Capítulo 58
Dos siluetas se superpusieron sobre la cama.
En aquella habitación sin luna, los únicos sonidos flotando eran el crujido de las sábanas y el húmedo estallido entrelazado de sus respiraciones.
El hombre que se alzaba sobre el cuerpo femenino no dudaba en invadir su estrecha boca como si hubiera perdido la razón y el autocontrol.
Cada vez que sus rostros se separaban entre los besos, un hilo de saliva se estiraba largamente entre sus labios.
Y aquello servía de nuevo como gatillo para que él volviera a besarla con más fuerza.
Habiendo contenido todo ese deseo durante tanto tiempo, cuando la presa por fin se rompió, la lujuria de Carlyle lo inundó y le nubló el juicio por completo.
—Señorita… haa… señorita…
Con una respiración agitada, no dejaba de llamar por Adeline.
A veces, esos leves gemidos que escapaban de Adeline parecían responderle, y eso lo colmaba por completo.
Cada vez que eso pasaba, Carlyle separaba los labios y la contemplaba, admirando cómo gemía bajo él.
El rostro enrojecido por la seguidilla de besos intensos, los labios entreabiertos y húmedos jadeando… todo le resultaba insoportablemente adorable.
Quería besarle hasta el último cabello esparcido sobre las sábanas.
La mirada de Carlyle, hundida en el deseo, recorría como una lengua su cabello, su rostro y las curvas visibles bajo su delgado pijama.
Sus ojos la violaban con una insistencia y una perversidad que rayaban en lo obsesivo.
Con la razón ya deshecha, su mente solo repetía una frase una y otra vez.
—No tienes que contenerte, Carlyle.
Esa fue la frase que selló el inicio: fue Adeline quien lo besó primero.
La señorita…
A el…
Primero…
En el instante en que lo volvió a recordar, su razón se rompió por completo.
Cuando recobró algo de conciencia, ya tenía a Adeline tendida en la cama, y la besaba como un animal.
No había espacio para la delicadeza; el beso era avasallador, implacable.
Enredaba su lengua con la de ella hasta que le faltaba el aire. Solo cuando Adeline lo empujaba con fuerza por el hombro, él aflojaba y la lamía suavemente como si intentara calmarla.
Y entonces susurraba, descarado:
—No me rechace. ¿Acaso no fue usted quien me dio permiso primero? Fue usted quien me dijo que hiciera lo que quisiera. ¿No me pidió que no me contuviera…?
Era una entrega tan obsesiva y descaradamente ansiosa, que ni Carlyle podía entender de dónde surgía tanta lujuria en sí mismo.
Bajo el consentimiento de Adeline, todo lo indebido quedaba justificado.
Todo lo que Carlyle deseara se volvía acto impulsado por ella.
Ese hecho lo alteraba más que cualquier impulso.
—Señorita…
Su voz, al llamarla, sonó más áspera que nunca.
Y su mirada dirigida hacia Adeline era más impura que nunca.
Aun así, mantenía una actitud extrañamente calmada, quizá porque su interior hervía demasiado.
Su pensamiento, ya paralizado, se vio anegado por el deseo como por una presa rota.
No pudiendo resistir más, habló entre besos:
—¿Me permitirá comportarme como un perro?
«Dígame que sí. Como hace un momento, dígame que está bien, que puedo hacer lo que quiera.»
«¿No me lo permitió usted? ¿No me dijo que podía montarme sobre su cuerpo sin pedir permiso…?»
Aunque me comporte como un animal y la posea sin tregua… no me rechace. Diga que le gusta.
Esas palabras ya no eran una súplica, sino una exigencia por la respuesta que quería oír.
sí, aunque ella asintiera ante esa insistencia, incluso con el aliento entrecortado y la mente nublada, una duda asomó sin querer.
«¿Carlyle… siempre fue así?»
El mayordomo de la casa ducal Zeller, Carlyle Divine.
No había en toda la mansión alguien que no supiera lo recatado y casto que era ese fiel mayordomo.
¿Realmente sabría él lo que era la codicia?
Tal era la duda que surgía. Carlyle no mostraba pasión por nada ni anhelo por nadie.
Si ese hombre sobrio y abnegado se llamaba Carlyle…
Entonces, ¿quién demonios era este hombre que la miraba así desde arriba?
Ese hombre que en otro tiempo parecía estar lo más lejos posible de lo vulgar, ahora succionaba los labios de Adeline y murmuraba obscenidades sin ningún recato.
Al haber reprimido tanto para que no estallara, todo se desbordaba ahora de forma aún más caótica y lasciva.
En cuanto Adeline asintió, Carlyle hizo un chasquido con la boca al succionar sus labios, luego los soltó.
Aquello, húmedo y brillante por la saliva, no fue suficiente. Así que besó su barbilla, y descendió por su nuca.
Bajó por la piel palpitante hasta presionar sus labios sobre el hueco profundo de la clavícula.
Cada punto donde los labios de Carlyle tocaban le resultaba familiar. Porque iba recorriendo exactamente donde Jack había dejado marcas moradas.
Pero en lugar de morderla como lo hizo Jack, Carlyle la besaba con delicadeza… y la lamía con su lengua.
El cuerpo de Adeline tembló y se arqueó al instante.
El cuerpo de la mujer, agitándose como un ave atrapada en una red, devoraba poco a poco la paciencia de Carlyle.
Cada caricia era una nueva disonancia.
No existía instrumento capaz de emitir sonido con tanta facilidad como Adeline. Solo pensarlo era un estímulo que le hacía doler la cabeza.
Carlyle volvió a besarla.
Fue… una larga noche.
***
Tarde del día siguiente.
De pronto, Adeline recordó algo que había incomodado mucho a Carlyle cuando eran pequeños.
Fue, quizás, la primera vez que supo algo sobre las relaciones íntimas entre un hombre y una mujer.
—Carlyle, ¿qué es esto? ¿Por qué están abrazados sin ropa?
Adeline, que aún ni siquiera había entrado a la academia en aquel entonces, encontró lo que parecía ser una pintura erótica que alguna de las doncellas había escondido en secreto.
No lograba entender por qué esas dos personas estaban desnudas y abrazadas, así que, como siempre, fue directo con Carlyle.
Y Carlyle, que sí entendía lo que aquello representaba, cerró los ojos con fuerza antes de responder con dificultad:
—Esas dos personas… están haciendo el amor.
—¿Eso es amor? Pero yo también amo a papá, a ti, a mi nodriza…
Carlyle volvió a cerrar los ojos con firmeza y los abrió.
—Existen distintos tipos de amor, señorita. Con el tiempo los irá conociendo. Aunque me quiera a mí, no es el mismo tipo de amor que el de esa imagen.
Carlyle era una persona muy formal. Le quitó la pintura a Adeline, la llevó al estudio y abrió un diccionario frente a ella.
—Aquí, señorita. Puede ver los diferentes tipos de amor. Ágape, eros, storgē, entre otros.
Palabras difíciles y explicaciones complicadas. Para la pequeña Adeline, todo eso era casi imposible de entender.
Pero en ese entonces Carlyle no era más que un adolescente entrando en la pubertad, así que eso fue lo mejor que pudo hacer como alguien que apenas había llegado a conocer “ese mundo” un poco antes.
Explicarle con la mayor honestidad posible sobre los distintos tipos de amor.
Sea como sea, no podía negarse que esa especie de “educación sexual” de Carlyle fue bastante efectiva.
—Así como el amor que siente por sus padres es distinto al que tiene por sus amigos, cuando tenga una pareja algún día, ese amor también será diferente. Lo entenderá cuando sea adulta, tenga un amante y se case.
—Ya veo…
—Entonces… cuando sea adulta y me case, haré lo que esas personas hacían en la imagen…
La joven Adeline no entendió mucho más allá de eso, y eventualmente lo olvidó por completo.
Tal vez volvió a recordar ese momento solo mucho después, cuando comprendió qué era realmente una pintura erótica, y que los besos podían volverse más intensos con el tiempo.
No era necesario conservar en la memoria un incidente tan trivial de la infancia, así que era natural que lo hubiera olvidado. Pero ahora, sin querer, Adeline volvió a recordarlo.
Y por supuesto, la razón era lo que había pasado la noche anterior.
{ —Ya que fue usted quien me dio permiso primero… me permitiré actuar un poco más como quiera.}
{—Dígame que le gusta que la abrace así… ¿acaso su cuerpo no ha sido completamente honesto?}
Para ser sincera… Adeline había subestimado a Carlyle todo este tiempo.
Después de todo, Carlyle era muy tranquilo.
Creyó que incluso en la cama se comportaría igual. ¿Dónde había estado escondiendo ese otro lado?
Incluso pensó que quizá sería parecido a sus encuentros con Julian.
Pero una vez se liberó la tensión, Carlyle se transformó en otra persona por completo.
Debe ser así como uno se siente al descubrir que el gatito tranquilo era en realidad una fiera salvaje.
«Bueno… eso de que se comportó como una bestia… no está tan lejos de la verdad.»
Porque la verdad es que era incontrolable. Tal como una bestia.
Para Adeline, todo lo que ocurrió esa noche fue completamente nuevo.
Nunca antes había aceptado a un hombre con tanta facilidad, ni había gemido tanto, ni había perdido tanto el control deseando más.
Y lo más impactante para Adeline fue que lo hicieron varias veces.
«Julian siempre terminaba con una sola vez…»
NOTA: pinche Julian, dice la Adeline que le dura mas en peo en la mano que tu en el cuchicuchi.
Robin: ajajajajaja solte la carcajada ajajajaja
¿Así era como funcionaba una relación sexual real…? ¿Larga? ¿Repetida?
Adeline recordaba claramente que, al principio, Carlyle todavía tenía la ropa bien puesta.
Pero en su última imagen antes de quedar exhausta como si se hubiera desmayado, Carlyle también estaba completamente desnudo, igual que ella, con su piel pegada a la de ella mientras la abrazaba.
Había perdido el conocimiento antes por dolores en el pecho que le impedían respirar, pero jamás se había quedado dormida simplemente por quedarse sin fuerzas.
Por eso, no fue sino hasta después del almuerzo de ese día que Adeline logró abrir los ojos.
Mientras despertaba con la vista aún nublada, escuchó una voz familiar.
—Puede seguir descansando, señorita. He avisado a la cocina que retrasen su comida.
—¿Carlyle…?
—Sí. ¿Ha dormido bien?
¿Cómo podría no reconocer esa voz tan formal y concisa?
Parpadeó para despejarse y, al hacerlo, ya no quedaba rastro del hombre que había perdido la razón por el deseo la noche anterior. Solo estaba Carlyle, el devoto mayordomo de la casa Zeller, de vuelta a su forma habitual.
Ella seguía sin recuperarse de las secuelas de la noche pasada, y sin embargo él ya vestía su uniforme perfectamente planchado, como si nada hubiera pasado, cumpliendo con sus deberes de siempre.
Y como era de esperarse, Carlyle se inclinó, le besó la frente y le susurró:
—Solo por si le preocupa: ningún otro sirviente se ha dado cuenta. Puede estar tranquila.
Según explicó él mismo, cuando Adeline se desmayó de cansancio, Carlyle la limpió completamente, se encargó de su ropa interior, y volvió a su cuarto antes del amanecer.
No fue sino hasta escuchar eso que Adeline se dio cuenta de lo limpio que estaba su cuerpo.
Todo gracias a que Carlyle se encargó de la limpieza posterior a lo ocurrido.
Quizá era una especie de “manía profesional”, esa costumbre suya de no dejar jamás un deber sin cumplir.
—Para hoy solo tiene un compromiso: visitar la mansión del marqués Bellof esta noche. Le recomiendo seguir descansando mientras pueda.
Sabiendo que la noche anterior había sido excesiva, Carlyle insistía en mantener a Adeline en cama. Pero ella ya sentía que era hora de levantarse.
«Aunque, sinceramente, sí me gustaría quedarme acostada un poco más…»
Había cosas que debía preparar antes de la cena.
Porque ahora… era momento de encargarse de Millen.
***
El matrimonio Bellof: Philip y Katia.
No regresaron a la mansión Bellof sino hasta la caída del crepúsculo.
Catorce sirvientes se alinearon en dos filas para recibir a los dueños que volvían tras varios días. Al frente, Millen, el hijo mayor de la familia Bellof, los esperaba para darles la bienvenida.
—Bienvenidos, madre. Padre. ¿Disfrutaron el viaje?
Aquel apuesto joven de cabello plateado sonreía con encanto, pero la dama frente a él —Katia— no parecía impresionada por semejante recibimiento.
Ella apenas asintió con la cabeza y pasó de largo junto a Millen, respondiendo sin mirarlo.
—Los viajes siempre son lo mismo. Más importante… ¿Dónde está Huberg?

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK