Capítulo 57
Cada vez que Adeline lo necesitaba, Carlyle sentía una profunda alegría.
Esa era la razón por la que hoy también seguía a su lado hasta que ella cayera en un sueño profundo.
Si Adeline se lo pedía, él sería capaz de hacer cualquier cosa.
«Así que, por favor…»
—…No se aleje de mí.
Como era de esperarse, no hubo respuesta de quien dormía profundamente. Sus ojos, ya adaptados a la oscuridad, repasaron con detalle la silueta sobre la cama.
Cabello dorado esparcido en rizos sobre las sábanas.
Párpados cerrados con firmeza, una nariz afilada, y labios entreabiertos que dejaban escapar una respiración suave y pausada.
Carlyle la observó en silencio, y por primera vez, posó sus labios sobre los de Adeline.
Normalmente se conformaba con un roce leve, un beso de buenas noches en la frente, la mejilla o junto a los ojos. Pero hoy, no le bastaba con eso.
Al unirse aquellas carnes suaves, un escalofrío recorrió su espalda. El aliento cálido humedeció la punta de su lengua, y Divine cerró los ojos mientras contaba las respiraciones.
Una… dos… tres veces.
El pecho de Adeline subía y bajaba al mismo ritmo. Carlyle, aferrando con fuerza las sábanas, se incorporó con esfuerzo.
En el fondo, deseaba mantener sus labios sobre los de ella hasta que despertara. Era como beber agua salada por sed: solo aumentaba la necesidad.
Su aliento era dulce, y el tenue aroma de magnolia mezclado con el de su piel hacía crecer más su deseo.
Carlyle conocía lo suave que era su piel tras el baño con aceites perfumados, y sabía bien cómo caía el camisón desde su pecho sin apretarla. Y justamente por eso, le era más difícil reprimir el impulso.
Deseaba separar sus labios y rozar sus dientes blancos. Sacar esa carne escondida y saborearla. Robar su aliento no bastaba… quería arrebatarle hasta el último respiro desde lo profundo de su pecho, meterlo dentro de sí y, aun así, probablemente no sería suficiente.
«Esto no puede seguir…»
Carlyle se incorporó de golpe al sentir que su autocontrol se debilitaba hasta marearlo.
Si hubiera mantenido el beso un poco más, habría sucumbido por completo a su propia tentación.
Ya podía sentir cómo la tensión se acumulaba en su bajo vientre.
Si tan solo con un beso se sentía así… atreverse a desear algo más sin derecho alguno, ¿no sería buscar la ruina?
Besarle la frente o la mejilla aún podía tener excusa… pero haberle robado un beso en los labios mientras dormía era una falta tan grave que incluso merecería ser azotado.
«Si realmente quiero estar a su lado, no debería cometer este tipo de actos…»
Decía querer estar junto a ella, pero cometía justo lo que más podría hacerla rechazarlo.
Ni él mismo entendía qué pretendía, actuando de forma tan contradictoria.
«Si justo ahora la señorita hubiera despertado…»
No necesitaba verlo para saberlo.
Adeline lo miraría con desprecio. Ya no le sonreiría con ternura, ni lo llamaría con dulzura, ni volvería a regalarle nada.
Solo le quedaría el odio y la repulsión en sus ojos verdes como último regalo, antes de echarlo y castigarlo.
[ —Carlyle, ¿cómo pudiste hacerme esto? ¡Es horrible!]
Ya podía imaginar con claridad a Adeline viéndolo como si fuera un monstruo escondido en el armario, llena de asco.
Y tal vez, lo que había pasado hace un instante pudo haberse convertido en realidad.
«Contrólate, Carlyle.»
Presionando sus labios con el dorso de la mano, aún impregnados del tacto de Adelin, Carlyle se incorporó de la cama, cargando una mezcla de emociones en el pecho mientras daba el primer paso.
O al menos, lo intentó.
—Carlyle.
De no haber sentido aquella mano tomándole el brazo desde atrás en ese preciso momento…
Al oír su nombre pronunciado en voz baja, su cuerpo se congeló. Se sintió como si el castigo divino estuviera por caerle en plena cara. Con lo que se le aceleró el corazón, era increíble que el suelo bajo sus pies no se hubiera abierto ya.
No se atrevía a mirar atrás. Sus labios parecían sellados; no podía abrirlos.
Temía la expresión de Adeline, imaginándola deformada por la repulsión al mirarlo desde la cama.
Como un cobarde que, tras cometer un crimen, quisiera ocultarse del cielo con solo una palma.
Pero no se puede tapar el cielo con la mano, ni meter el mar en una taza de té.
Carlyle cerró los ojos con fuerza, abrumado por la culpa… y cuando los abrió otra vez…
La sentencia cayó sobre él.
—¿Por qué no seguiste? Pensé que me estabas besando.
—¿Eh…?
Carlyle, desconcertado por aquella pregunta tan inesperada, giró el cuerpo sin pensar.
Y vio a Adeline sentada sobre la cama.
No fruncía el ceño como él la había imaginado.
Tampoco lo miraba con ojos llenos de desprecio.
No había palabras crueles anunciando una ruptura definitiva.
Solo aquellos ojos verdes, límpidos, lo miraban desde abajo.
Cuando sus miradas se cruzaron, Adeline le sonrió con la suavidad de un copo de nieve derritiéndose en la punta de un dedo.
Entonces, Adeline extendió la mano y volvió a atraerlo hacia ella. Con la yema de sus dedos, acarició suavemente la mejilla del hombre.
—Si hay algo que deseas… hazlo. No tienes que contenerte, Carlyle.
Con ese susurro, Adeline fue quien besó a Carlyle.
Ese fue un desenlace que no existía en ninguno de los incontables escenarios que Carlyle había imaginado.
***
Todo salió según lo planeado.
En realidad, Adeline lo sabía: cada vez que Carlyle se alejaba de su lado mientras ella dormía, le dejaba un beso en el rostro.
« En el pasado, tal vez no me habría dado cuenta…»
Adeline solía dormir profundamente. Ni siquiera se movía con la presencia de otros, y su sueño era oscuro, sin sueños.
Al menos, hasta antes de casarse con Julian.
Tras compartir la cama con Julian unas cuantas veces, comenzó a despertarse incluso con el simple golpeteo del viento en la ventana.
Incluso dormida, su cuerpo ya no era capaz de relajarse por completo y reaccionaba con agilidad.
Lo único que no había cambiado era que, cuando lograba dormir, lo hacía sin sueños.
«A veces, cuando el dolor en el pecho la hacía desmayarse y caía dormida, entonces sí dormía sin despertarse fácilmente…»
El hábito de dormir como una presa que teme a su depredador quedó profundamente arraigado en su cuerpo durante el matrimonio, y aunque el tiempo pasara, parecía imposible deshacerse de esa costumbre.
Incluso ahora, un simple movimiento a su lado bastaba para despertarla.
«Pero Carlyle no debe saber eso.»
Por eso era que podía besar su rostro con tanta seguridad.
Ese fue su error: Carlyle creyó que ella era ajena a sus deseos, cuando en realidad hacía mucho que Adeline los había descubierto por completo.
Y así, finalmente, dejó que saliera a la superficie.
Crear una “oportunidad” fue algo muy sencillo.
«Porque sé que él estaba celando a Jack.»
Lo llevó a la sastrería fingiendo que elegirían un regalo para Jack, solo para mantener viva su incomodidad.
Y después, le entregó a él el traje elegido, recordándole a quién creía estar compitiendo con él.
«La parada en la botica no estaba planeada originalmente, pero…»
Al final, todo fluyó como debía, así que no importaba.
Cuando Carlyle la besó mientras ella fingía dormir, una oleada de júbilo la invadió.
Pero no era solo la alegría de haber conseguido lo que quería.
«Divine ya no puede traicionarme.»
Al final, fue derrotado por sus propios deseos. Con eso, se arrodilló ante Adeline.
Mientras la mano de Adeline siguiera cayendo sobre él como lluvia sobre su tierra natal…
Mientras ella lo permitiera, mientras le regalara sonrisas, él no podría pensar en nadie más.
Así que Carlyleya no podría dejar a Adeline.
Era su primera victoria.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK