Capítulo 55
Frente a Huberg, Millen estaba de pie con una taza de café en la mano, esbozando una leve sonrisa.
En el Imperio Crawford, la bebida recreativa por excelencia era el té negro, pero al menos dentro de la mansión del marqués Belof, el café caliente y oscuro era una bebida más familiar.
Eso se debía a que Katia, la esposa del marqués Belof, proveniente del Reino de Lamoro, había impregnado la mansión con algunas de sus costumbres.
Por ejemplo, beber café en lugar de té durante la hora del té.
Otra de esas costumbres era la creencia firme de que la familia debía estar siempre en armonía.
Por ello, mientras Katia estuviera en casa, Huberg tenía prohibido pasar la noche fuera.
Y esa era también la razón por la que Millen se había detenido deliberadamente a hablar con Huberg.
—Pensé que estarías de mal humor, ya que no podrás salir por un tiempo cuando nuestros padres regresen mañana, pero curiosamente pareces estar de buen humor.
Era comprensible su extrañeza, ya que Huberg solía ponerse nervioso cada vez que le restringían las salidas, pero esta vez estaba calmadamente revisando cosas.
Huberg soltó una breve carcajada ante el asombro de Millen.
—¿No debería decir yo eso? Qué raro que tú me hables, Millen. ¿Y todo para decir eso nada más?
—Idiota —Añadió una maldición con una risa burlona.
—En lugar de hablar conmigo, mejor ve a escribir una línea más en la carta de disculpas que le darás a mamá.
Al oír “carta de disculpas para mamá”, el entrecejo de Millen se crispó ligeramente.
Pero a diferencia de la mayoría, que mostraban su incomodidad frunciendo el ceño, Millen era alguien que sonreía con más belleza cuanto más molesto se sentía.
Así, soltando una breve risa, Millen colocó la taza de café sobre la mesa y habló.
—Es solo que me parece curioso, Huberg. En tu vida nunca pasa nada bueno, y sin embargo sonríes como un perro rabioso.
—¿Qué no pasa nada bueno en mi vida? No tener que ver tu cara ya es algo bueno para mí.
—Justo por eso no pasa nada. Veo que sigues sin entender lo que te dicen. Qué curioso que solo envejezcas y no ganes ni una pizca de inteligencia.
No, espera, ¿será que en realidad estás retrocediendo mentalmente?
Ante esa última frase, Huberg frunció el rostro y masculló una maldición.
Puede que el mundo no lo supiera, pero una de las especialidades de Millen era burlarse sin cambiar jamás la expresión del rostro.
Y Huberg jamás había ganado una sola de estas discusiones.
Por lo general, eso terminaba en peleas físicas, pero hoy fue diferente.
Huberg lo fulminó con la mirada por un momento, luego apartó los ojos y se encogió de hombros como si nada.
—Sí, haz lo que quieras. Pero oye, sobre la chica con la que cenaremos mañana…
Adeline Zeller.
—¿Es la misma chica a la que tú le propusiste matrimonio?
«…»
—No podía recordar su nombre, me costó bastante. Pero ya me acordé… la llamaban Renée,
Renée.
En el momento en que ese apodo de la infancia salió de los labios de Huberg, la sonrisa que había permanecido en el rostro de Millen desapareció.
Claro, fue sólo por un instante.
Millen se echó a reír como si nada y habló con una expresión sonriente.
—Vaya, Huberg, ¿y cómo lograste recordar eso? Con lo malo que es tu cerebro pensé que nunca lo harías.
Bien hecho, lo lograste.
Ante la burla de Millen, la ceja de Huberg se estremeció y se alzó con molestia.
—¿No me estás provocando demasiado, hermano? ¿Y si mañana me la robo, qué harías?
—¡Ja, ja!
—¿Tú? No lo creo. Renée no está ciega, ¿sabes?
Millen soltó una risa baja y volvió a tomar su taza de café.
Sus ojos azules, llenos de desprecio, miraron fríamente a su hermano menor.
—Un trapo debería quedarse en el suelo. ¿Por qué intentar alcanzar la taza si ni siquiera conoce su lugar…?
Entiendia que era un idiota, pero al menos debias saber cómo se llamak
Y tras esas palabras, Millen se retiró, dejando claro que no quería seguir hablando.
El rostro de Huberg se contrajo ligeramente al recordar la imagen de su espalda alejándose con calma.
«Millenberg… es absurdo que afuera lo vean como todo un caballero.»
Claro que él, Huberg, se revolcaba sin pudor en lugares vulgares, así que su forma de hablar se había vuelto tosca.
Pero Millen, con esa cara de aristócrata, fingía ser decente y educado, aunque en realidad no era diferente a él.
«Al menos yo soy honesto conmigo mismo.»
Con tipos hipócritas como él, no hace falta escarbar para saber lo que hay debajo.
Bajo esa máscara de pulcritud, esconden toda clase de podredumbre y suciedad.
Y Huberg lo sabía bien: lo que había bajo la sonrisa de Millen era lo que más le provocaba risa.
«Míralo, sonriendo sin saber lo que podría pasar mañana…»
Cuando Huberk mencionó a Adeline delante de Millen, este se había alterado, aunque fuera levemente.
Por eso recordó la conversación que tuvieron cuando escuchó que Millen le había propuesto matrimonio a Adeline.
—¿Le propusiste matrimonio? Vaya, con lo tranquilo que te haces el santo, ¿ya te buscaste una novia? ¿Están enamorados o qué?
Huberg lo dijo con burla a medias, y Millen le respondió con una risa fría, como si escuchara una tontería.
—¿Amor? Por favor…
Una respuesta breve, pero completamente carente de afecto.
Quedaba claro que en la propuesta de Millen no había ni una pizca de amor, y lo decía como si fuera un chiste.
Y es que, ¿realmente ese hipócrita sería capaz de amar sinceramente a alguien?
«Aun así, le incomoda que yo mencione a Adeline… vaya descaro.»
Si le dijera que vio a Adeline en el Club Lambert, seguro se desmayaba.
Quizá mañana, si tenía suerte, podría ver cómo esa sonrisa falsa suya se hace pedazos.
Solo de pensarlo se sintió de mejor humor, rió un par de veces y golpeó la mesa con ligereza.
—Olvidemos lo demás. Mejor aseguremos algo con certeza.
—¿Qué cosa?
El hombre que había dejado su cigarro en el cenicero respondió con tono complaciente, como invitándolo a hablar.
Aunque claramente ya sabía de qué se trataba.
—Que si le traigo a Adeline Zeller, usted me prometió que apoyaría nuestro matrimonio.
—Ah, por supuesto. ¿Acaso no lo prometí desde el principio?
Si lograban ganarse a Adeline, el matrimonio era lo de menos.
Ante la respuesta firme del hombre, Huberg sonrió satisfecho. No se molestó en preguntar cómo lo lograría.
Porque su socio tenía el poder suficiente para hacerlo.
—Pensándolo bien, tu hermano también le propuso matrimonio a Adeline Zeller. No entiendo por qué tú y tu hermano están tan obsesionados con esa mujer. ¿Es que acaso la aman?
Si se llegara a saber que dos hermanos están enamorados de la misma mujer, la alta sociedad de Crawford estaría alborotada por un buen tiempo.
Pero Huberg se rió por lo bajo ante esa pregunta y, como en su momento lo hizo su hermano, dio la misma respuesta.
—¿Amor? Por favor…
Millen no le propuso matrimonio a Adeline por amor.
Y no había razón para que con Huberg fuera distinto.
«Bueno… quizá cuando era más joven, sí me interesaba un poco.»
Una escena de su infancia pasó fugazmente por los ojos turbios de Huberg.
Una niña rubia con un vestido que le quedaba por encima de los tobillos, que entraba y salía de la mansión Belof como si fuera su propia casa.
Debido a que su único padre siempre estaba ocupado, la niña, a quien los hermanos Belof llamaban cariñosamente Renée, solía visitar la mansión casi a diario.
{ —¡Millen ! ¡Huberg! ¡Ya llegué!}
Cada vez que escuchaba su voz entusiasta llamándolos, Huberg soltaba lo que estuviera haciendo incluso los bloques de construcción y bajaba corriendo las escaleras.
Claro, al llegar al primer piso, desaceleraba el paso para disimular que había bajado corriendo de la emoción.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK