Capítulo 53. Un divorcio seguro
—¿Es por eso que insististe tanto en un juicio?
Ya no había a dónde huir.
Lacilia estaba descalza. Los caballeros de la Sombra, que podían correr mucho más rápido que sus pies desnudos, le cerraron el paso.
Eso era todo…
Mientras tanto, el Emperador se acercó.
—Es extraño… No hay forma de que te guste.
Rescal, que se detuvo frente a los ojos de Lacilia, ladeó la cabeza.
Sus ojos dorados eran afilados, pero también confundidos.
—Dijiste que habías perdido la memoria. No podrías recordar simplemente al Pequeño Duque.
Sus ojos se detuvieron en la mano de Lacilia, que Ternaden sujetaba con fuerza.
—Déjala ir.
—No… no quiero.
Ternaden apretó los dientes, hablando entre desesperación y terquedad.
—No puedo dejarla ir.
—¿Y qué pasa si yo no te dejo ir a ti?
Rescal tomó la muñeca contraria de Ternaden.
—¿Qué puede hacer el Pequeño Duque?
—Si dejo ir a mi hermana aquí… ¡Ah!
Ternaden se detuvo, soltando un quejido.
La fuerza con la que Rescal presionaba su muñeca se volvió evidente. El rostro de Ternaden se deformó de dolor.
¡CRACK!
—¡Argh!
—Suéltalo, Su Majestad —intervino Lacilia, firme.
Rescal giró la cabeza lentamente hacia ella.
—¿Si lo dejo ir…?
—Ya lo he dejado ir.
En algún momento, Lacilia había retirado su mano de la de Ternaden. La levantó suavemente, en un gesto que pasó desapercibido para su hermano, concentrado en el dolor.
—¡Hermana! —exclamó Ternaden, con ojos llenos de tristeza.
Lacilia asintió levemente, como si le pidiera perdón con la mirada.
—…En ese caso.
¡SOLTAR!
Rescal lanzó la muñeca de Ternaden con desprecio.
—Llévenselo y enciérrenlo.
—Sí, Su Majestad —respondió Serven, actuando al instante.
Agarró a Ternaden con firmeza y lo entregó a la Guardia.
—¡Nooo… no puede ser…!
Ternaden gritó desesperado mientras se lo llevaban.
Ese amor que nunca podría ser correspondido, en cierto modo… era desgarrador.
—Parece que hablar tomará un buen rato —dijo Rescal, acomodándose el flequillo con gesto cansado.
—Será mejor que volvamos al palacio por ahora.
Sin decir más, tomó la mano de Lacilia. Ella, por instinto, la retiró bruscamente.
—…
Rescal se acercó un poco más. Lacilia retrocedió, tratando de mantenerse lejos de él.
—…No creo que lo entiendas aún.
Rescal se quedó observando su mano vacía por unos segundos, luego continuó con voz firme:
—No puedes ir a ningún lado sin mí. Todo está cerrado. El perímetro está sellado. Si vuelves a intentar huir, los hechizos de rastreo te seguirán de inmediato. Tu fuga ha terminado.
—¿Entonces qué? ¿Quieres que regrese como si nada? ¿Que vuelva y viva como una Emperatriz… en estas condiciones?
Todo se había venido abajo.
El Duque, quien debía respaldar su destronamiento, había perdido parte de su conciencia tras su paso por el templo.
Y el pequeño Duque de Pielion, quien había intentado rescatarla… fue capturado por la Guardia.
Ya no había nada más que pudiera hacer.
A Lacilia solo le quedaba esperar… esperar el final, un final donde posiblemente el Emperador mismo decidiera su muerte.
—No se puede vivir así
Lacilia pensó.
«No puedo morir así. Una muerte así es inaceptable.»
Entonces tenía que hacer algo.
—No puedo, Su Majestad.
—¿Si no puedes… entonces qué puedes hacer?
Rescal ladeó los labios en una mueca amarga.
—Estás descalza. Apenas llevas una prenda sobre tu cuerpo desnudo. No hay nadie más que pueda ayudarte. ¿Qué más planeas hacer en esta situación?
—Al menos puedo decir… que no quiero estar a tu lado.
—…¿Qué dijiste?
Sus labios, ya curvados con frialdad, se distorsionaron más aún. Esa expresión que tan bien conocía, ahora parecía completamente deformada, como si se hubiese quebrado desde dentro.
—No puedo ser la compañera de Su Majestad. Me di cuenta cuando escuché que la marca estaba desapareciendo. Esa es la prueba de que no soy su compañera. Debe encontrar a su verdadera compañera antes de que sea demasiado tarde. Sé que Su Majestad no tiene mucho tiempo.
—Estás diciendo tonterías.
Rescal simplemente se negó a escuchar.
—Tú eres mi compañera.
—No. ¿Acaso no fue usted mismo quien dijo que la marca había desaparecido?
—¿Y vas a creer en las acusaciones del templo antes que en mis propios ojos? No hay razón para hacerlo. Ningún sacerdote ha confirmado jamás la desaparición de tu marca.
Era obvio que Rescal no iba a creerlo… a menos que Lacilia se desnudara frente a él, aquí y ahora, para mostrarlo. Y eso no iba a pasar.
—Así es como me siento —dijo ella, ahora con más firmeza.
—¿Cómo puede alguien que no siente amor por su cónyuge, ser su compañero?
No puedo amar a Su Majestad. Y probablemente… mi corazón está con otra persona, aunque no lo recuerde.
CRUJIDO.
Rescal apretó el puño. Las articulaciones, tan tensas que se tornaron blancas, parecían escamas negras a punto de romper la piel.
—¿Te refieres al Pequeño Duque?
—He oído rumores de que teníamos una relación. Supongo que son ciertos.
—¿Y solo por rumores llegas a esa conclusión?
—¿No lo viste hace un momento? Lo que hizo por mí. Tiró todo lo que tenía para salvarme. Es difícil no sentir cariño por alguien así.
—…
Rescal cerró los ojos, respiró hondo… y luego los abrió otra vez.
—Entonces toma también lo que yo tengo. Todo lo que soy.
—No. Con una persona así ya es suficiente. El Pequeño Duque ya se ha convertido en alguien que lo dio todo por mí.
—Yo… no lo creo.
En ese instante, una sombra oscura se arremolinó alrededor del Emperador.
No era una sombra común. Eran escamas negras.
—¡Su Majestad! —gritaron los Caballeros de las Sombras, alarmados.
Pero la mutación no se detuvo.
—Eres mía desde que naciste. Como yo soy tuyo. No puedes tener a otro en tu corazón.
Una grieta se abrió en su frente. Sangre roja fluyó sobre la piel rota.
Lacilia lo supo: si esa transformación seguía, pronto… brotarían cuernos.
—Su Majestad…
Ella no encontró palabras.
La luna azul ni siquiera había salido, pero el cuerpo de Rescal estaba cambiando.
Significaba que su perturbación era tan profunda… que ni siquiera podía controlar su sangre demoníaca.
Sus ojos dorados, normalmente serenos, ahora parecían un mar embravecido.
Rescal la tomó de la mano. Sus uñas, teñidas de rojo, presionaban su piel.
—Tu fuerza no puede resistirme. Aunque huyas, aunque te escondas… te encontraré. Porque todo vuelve a mí.
—Su Majestad, yo…
Lacilia intentó hablar con calma, con firmeza.
—No puedo sentir amor por alguien que intenta encerrarme. De hecho… sus acciones ahora son la prueba de que no soy su compañera. Por favor, piénselo de nuevo.
Entonces, ocurrió.
Una sombra negra se extendió por el aire, igual que en la habitación donde Lacilia esperó su juicio en soledad.
—¡Oh…!
Era la magia de Ternaden. El hechizo seguía vivo.
Un conjuro que solo se activaba si ella estaba en peligro. Si no podía escapar… el hechizo regresaría por ella.
—¡Hermana!
Ternaden apareció entre la sombra, extendiendo su mano.
—¡Tómala! ¡Ahora puedes huir!
—¡Maldito…! ¿Qué clase de mago usaste? —rugió Rescal.
—¡Decan! —gritó Liyan, desenvainando su espada y corriendo hacia ellos.
Decan, con los ojos cerrados y los dedos cruzados, empezó a conjurar algo más poderoso.
—¡Hermana, no hay tiempo!
El pasaje se empezaba a cerrar, centímetro a centímetro.
Y Liyan corría directo hacia ellos.
Lacilia tomó la mano de Ternaden.
—…¡Puaj!
En ese momento sintió dolor. La mano de Rescal, completamente cubierta de escamas, agarró su mano y las escamas atravesaron su piel.
—No te vayas.
—¡Hermana!
CRACK, CRACK
La frente de Rescal quedó completamente partida y la sangre comenzó a brotar.
—¡Hermana! ¿Qué estás haciendo? ¡El pasadizo está desapareciendo!
Ternaden gritó desesperado, mientras que la voz de Rescal se quebraba de puro dolor.
—Haré cualquier cosa por ti. Toma todo lo que tengo. Pídeme lo que quieras… solo no ames a otro ser humano en mi lugar.
—Su Majestad…
—Si no te gusto, lo aceptaré. Esperaré. Pero eso no te da derecho a elegir a otro.
—…
Lacilia abrió la boca… pero no salió nada.
La sangre caliente resbalaba por el rostro de Rescal, cubriéndolo. Y entre esa mezcla de rojo, sus ojos dorados brillaban… distintos, solitarios.
No daba miedo. Dolía.
—¡Hermana!
El pasadizo se había reducido a la mitad. Ternaden la llamó con una mezcla de tristeza y desesperación.
—¡Príncipe Piellion! ¡Suelte la mano de Su Alteza! ¡O la cortaremos!
Liyan, que finalmente llegó hasta el borde del pasillo mágico, alzó su espada hacia la muñeca de Ternaden.
—¿…Qué?
Pero no logró entrar.
—¡Hermana!
Ternaden, en su desesperación, tomó la mano de Lacilia con ambas manos y tiró con fuerza.
—¡Duque de Piellion!
—¡Maldición!
Liyan volvió a lanzar su espada. Pero rebotó, sin lograr cruzar el umbral.
Con los dientes apretados, Liyan intentó meter la mano. Tampoco pudo. El pasadizo era como un espejismo: estaba allí, pero era intocable.
—¡Decan! ¿Aún falta mucho? ¡Maldita sea! ¡No puedo hacer nada! ¡Ni siquiera puedo entrar aquí!
Decan murmuraba el hechizo aún más rápido. El pasaje se hacía cada vez más pequeño, como si el tiempo se acabara.
—¡Hermana!
—Toma lo que tengas. Todo lo que tengo…
Ninguno soltaba. Nadie se rendía.
Y entonces llegó el momento de elegir.
Lacilia volvió a mirar a Ternaden.
—¿Hermana…?
—Suelta tus manos.
—¡Hermana!
—Dejaré de lado los sentimientos del Duque hacia la Emperatriz. El Duque seguirá su camino… y yo el mío. Gracias por tu cariño.
—Hermana… ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás…?
Ternaden tartamudeó, con los ojos completamente desbordados.
Entonces Lacilia le apretó la mano una última vez… y la soltó.
Para su sorpresa, fue fácil. Suave. Como si ya no lo retuviera nada.
Y en ese instante…
UUUUUUU
—…¡Está hecho!
Decan terminó el hechizo, y los pasillos desaparecieron.
—¡Hermana…!
El grito de Ternaden quedó flotando, como un eco débil y triste. Escuchar una voz que ya no tenía cuerpo ni presencia en ese lugar… era inquietante. Casi fantasmal.
—Déjalo ir ahora —dijo Lacilia, con voz firme.
Mientras Rescal seguía sosteniéndole la mano sin responder, ella tomó con su otra mano la de él… y retiró lentamente la que él le había forzado a sostener.
¡ZAS!
Algo se raspó con las escamas.
El dedo anular de Lacilia se cortó, y la sangre empezó a gotear.
—…
Cuando Rescal lo vio, intentó acercarse de inmediato.
—No, está bien —lo detuvo ella, con voz suave pero decidida.
Cerró los ojos un momento… respiró hondo.
Lacilia no eligió quedarse por amor.
Eligió no huir con el Duque de Piellion.
No era una decisión nacida del miedo… sino del deseo de ponerle fin a todo con dignidad.
—Olvidaré a los demás, como me pidió Su Majestad. Nunca volveré a mencionar a Piellion con mis propios labios. Y si quedan recuerdos que no logro borrar… también los sacaré de mi memoria.
—Por supuesto…
En el rostro manchado de sangre de Rescal apareció, por un instante, una expresión cálida. Una chispa de esperanza.
Pero entonces…
Sus palabras lo congelaron.
—…Entonces, te pido algo a cambio.
—…
—Por favor… divórciate de mí.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: YAKULT
CORRECCIÓN: ALI
REVISION: SHAI