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Capítulo 52

«Si lo hubiera comprendido un poco antes, habría tenido tiempo de ordenar mis sentimientos.»

 La conciencia de Adeline llegó demasiado tarde. Y fue abrupta.

El vidrio que se agrieta lentamente aún puede conservar sus fragmentos cuando termina por romperse. Pero si se quiebra de golpe, cae hecho añicos, y miles de diminutos pedazos invisibles se esparcen como esquirlas.

El amor no correspondido de Adeline se hizo trizas en el mismo instante en que tomó conciencia de ello.

Cada vez que pensaba en Millen, sentía que se paraba sobre esos fragmentos rotos.

Los cristales le punzaban los pies. Dolía terriblemente.

No había forma de recogerlos ni de devolverlos a su forma original. Era una destrucción irreversible que le oprimía el pecho.

Las relaciones humanas son así: irreversibles. Si era algo que aplicaba para Carlyle, ¿cómo no iba a aplicar también para Adeline?

Por eso, lo único que Adeline podía hacer… era simplemente evitar pensar en Millen lo más que pudiera.

Aunque eso ya no era posible. No solo no podía evitar pensar en él… ahora debía enfrentarlo cara a cara.

La invitación de Millen era, sin duda, una buena noticia… pero al mismo tiempo, despertaba ansiedad en Adeline.

Claro que eso no significaba que tuviera intención alguna de huir.

Ya había aprendido, en una vida anterior, que cuanto más dolorosa es una situación, más necesario es encararla de frente.

 Adeline se armó de valor y repasó mentalmente los asuntos que le quedaban por hacer.

«Ahora tengo que encontrarme con Huberg y hablar con él… Sí, eso es lo que debo hacer.»

Ese pensamiento, sin embargo, se detuvo a mitad de camino. No pudo continuarlo.

La razón estaba justo al final de la mirada de Adeline.

Más allá del ventanal, al otro lado de la calle.

«¡…!»

La sastrería que Adeline visitó ese día estaba algo alejada del centro. Era un establecimiento tan antiguo que nunca había sido trasladado.

Aun así, no era un callejón oscuro ni nada por el estilo. Tampoco estaba en un sitio tan remoto.

Alrededor había otros locales, y uno de ellos, Adeline lo había escuchado mencionar antes.

Y nada menos que por parte de un traficante del mercado negro…

Cuando intentó infiltrarse en el Club Lambert, Adeline había contactado a un traficante del mercado negro. Y él le preguntó por su propósito.

—¿Acaso va usted a buscar a algún hombre?

—Algo así… ¿por qué lo pregunta?

—Ah, es que muchas damas nobles me piden ayuda para localizar a maridos o amantes infieles.

Y si era ese el caso, le explicó que sobornar a algún empleado sería más efectivo que infiltrarse ella misma.

El traficante tampoco quería meterse en líos. Su negocio ya era bastante turbio como para asumir riesgos innecesarios.

—Infiltrarse es riesgoso. Y se le nota que es usted de la nobleza, se vería muy fuera de lugar. Lo mejor es buscar otro método.

Adeline lo pensó por un momento. No era que estuviera buscando a un hombre que no volvía, como pensaba el traficante… pero el objetivo era similar, así que si había una manera menos peligrosa, estaba dispuesta a considerarla.

Tras reflexionar, habló con cautela.

—Entonces… ¿qué otra opción tengo?

—Bueno, para recuperar a un hombre que ha perdido el interés… nada mejor que un elixir de amor, ¿no cree?

—¿Elixir de amor?

El rostro de Adeline se cubrió al instante de escepticismo.

Y ella, que esperaba algo más serio, no pudo creer que hablara como si fuera un cuento de hadas.

Pero al traficante no le molestó su desconfianza. Abrió un mapa y señaló un punto.

—Solo escuche. Justo enfrente de esta sastrería hay una botica. Dicen que venden todo lo que no debería venderse… excepto las cosas que realmente no se pueden vender.

Adeline captó enseguida a qué se refería con “cosas que no se pueden vender”.

Probablemente se trataba de sustancias psicotrópicas.

Pero que lo mencionara tan casualmente… ya era bastante sospechoso.

—Esa botica. Aunque no venda lo prohibido, seguramente sí vende cosas que debería estar prohibido vender. ¿No?

—Muy perspicaz, señorita. Entonces ya debe intuir lo que intento decirle.

Como si no hiciera falta seguir hablando, el traficante guardó el mapa antes de que Adeline dijera algo más.

Ya todo lo importante estaba dicho.

«Así que… venden allí cosas que no se consiguen en ningún otro lugar.»

¿No se referiría eso, usualmente, a venenos?

¿Y lo llamaba elixir de amor?

«¿No me estará sugiriendo… que le dé veneno a mi esposo y lo chantajee con el antídoto?»

Había escuchado una vez que para retener a un marido infiel, lo más efectivo era cortarle el pene… así que esa idea le pareció hasta razonable.

Además, si se cortaba algo con tijeras era difícil de ocultar, pero envenenar tenía una ventaja: podías eliminar pruebas y quedar fuera de sospecha con facilidad.

En ese caso…

«¿Debería envenenar a Huberg?»

¿Solo para obtener un poco de información… le daría veneno a alguien?

Eso ya sonaba algo excesivo.

Después de todo, Huberg ni siquiera era su esposo o amante infiel.

Sí, habían discutido en el pasado, pero no era como para justificar algo tan extremo como envenenarlo.

Después de mucho pensar, Adeline asintió como si lo hubiera entendido todo.

—Entiendo lo que me dice. Pero creo que ese método no es para mí.

—¿En serio? Ese elixir hace efecto apenas se lo das…

Por supuesto que tendría efecto inmediato.

Porque para eso se compra veneno.

Cuando Adeline puso cara de incomodidad, el traficante pareció desconcertado.

—No es que le esté tratando de vender algo a la fuerza. Es solo que realmente funciona. No sabe cuántos matrimonios se han reconciliado gracias a esto. ¡Ahora viven como si fueran recién casados!

Las palabras del traficante sorprendieron un poco a Adeline.

En el Imperio Crawford, donde la vida libertina era alentada por la alta sociedad, no era raro que muchos sufrieran por cónyuges obsesionados con sus amantes.

Más allá de la influencia social, había quienes entregaban toda su atención y fortuna al amante, dejando a su verdadero cónyuge en la miseria… hasta el llanto.

Si se trataba de un matrimonio por conveniencia, aún podía tolerarse.

Pero si había amor verdadero, muchas veces terminaba en una tragedia sangrienta.

«Lo que sí sorprende… es que tantos hayan comprado veneno para dárselo a sus parejas.»

Eso, al menos, sí le parecía impactante.

Aunque pensándolo bien, también era común que las peleas por celos acabaran en duelos a muerte.

¿Tal vez… el veneno era una solución más pacífica?

Como si hubiera leído sus pensamientos, el traficante continuó hablando.

—Si lo que desea es recuperar a un hombre, entonces le recomiendo el elixir de amor. No hay método más pacífico ni más efectivo que ese.

—¿En serio?

—Pero… ¿no es un método cuestionable desde el punto de vista ético?

Ante esa pregunta, el traficante soltó una carcajada.

—Bah, ¿quién piensa en la ética en este tipo de asuntos?

—¿Y si le doy una sustancia de origen dudoso y ocurre una desgracia?

—No se preocupe. Si no hace efecto, al menos no es dañina para el cuerpo.

Eso de que no dañaba al cuerpo… le llamó un poco la atención.

—¿Entonces no deja secuelas?

—¡Por supuesto que no! ¿Quién vendería algo como eso y lo llamaría elixir?

Y con una sonrisa ladeada, añadió que además había un remedio para todo.

Probablemente con “remedio” se refería al antídoto.

«Un veneno sin secuelas… siempre que se tenga el antídoto.»

¿No podría resultar útil… llegado el momento?



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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