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Capítulo 51

En apenas un instante, el dueño del taller de trajes regresó con un nuevo conjunto, y Carlyle volvió a entrar en el probador.

Cambiándose con la familiaridad de quien lleva años atendiendo vestidores ajenos.

Carlyle se miró al espejo, vistiendo el traje que se suponía sería para otro.

El joven frente al espejo le resultaba ajeno.

No era el uniforme de mayordomo de siempre, sino un traje lujoso bordado con hilos plateados.

Adeline incluso había soltado la cinta que recogía su cabello, alegando que no combinaba con el traje.

Y luego, con sus propias manos, le acomodó el cabello.

Carlyle sintió las yemas de sus dedos peinando su cabello. Aquellas manos eran torpes, a veces rozaban su frente por accidente.

Siempre había sido Carlyle quien peinaba, quien servía. Adeline, quien recibía. Así debía ser.

Así que, si su corazón se agitaba por algo tan trivial, seguramente era él quien estaba mal.

Por eso, el reflejo frente a él no le era familiar.

Cabello largo y miel cayendo por los hombros. Un traje fastuoso cubriendo su cuerpo.

En su rostro se mezclaban la vergüenza, la resignación… y una chispa de emoción inexplicable.

Y en ese instante.

Carlyle por fin entendió qué era ese sentimiento espeso, húmedo, que lo venía arrastrando desde hacía tiempo.

«Es miseria.»

Era una existencia desdichada. Tristemente ingenua.

Otros hablaban de que “el suelo se abre bajo los pies”. Pero esto no era así. No era repentino. No era violento.

Esto lo jalaba con lentitud. Un hundimiento tan gradual que apenas si podía notarlo.

Como una rana cocinándose viva en una olla que hierve a fuego lento.

Cuando lo notó, el agua ya le llegaba a la nariz.

Le faltaba el aire. Carlyle pudo prever su final.

Estaba destinado a ahogarse en ese lodazal emocional.

«Qué patético.»

Frunció el ceño y arrancó la corbata de su cuello con rudeza.

Desde el momento en que aceptó su deseo prohibido como parte de sí, este era un destino inevitable.

Sabía, ya no era tan joven, que todo desvío termina en tragedia.

Quiso alejarse de sus pensamientos y abrió la puerta del probador.

«Estos pensamientos no sirven de nada.»

Tal vez sería mejor rendirse del todo y entregarle a Adeline su voluntad.

Después de todo, llevaba tanto tiempo acostumbrado a vivir según la voluntad de ella.

Quizá si en lugar de esto le hubiese ordenado cargar cosas pesadas, se habría sentido menos miserable.

Con ese pensamiento en mente, Carlyle regresó hacia Adeline.

Desde que él empezó a probarse ropa, ella había estado sentada en el sofá, mirando trajes. Así que debía seguir ahí.

Pero…

—…¿Señorita?

En apenas un momento. Adeline había desaparecido.

 En un parpadeo, Adeline desapareció.

Carlyle sintió cómo el corazón se le desplomaba en el pecho mientras buscaba al dueño de la tienda.

Lanzó preguntas atropelladas: si había visto a Adeline, si no estaba sentada hacía un momento en el sofá… El dueño, sin darle mayor importancia, señaló hacia la vitrina.

La ventana que daba hacia la calle, donde se exhibían los productos para que los viandantes pudieran verlos.

Más allá del cristal, se distinguía la silueta de Adeline de espaldas.

—¿No está justo ahí? La vi mirar por la ventana y salir apresurada.

—¿Quizá se encontró con alguien conocido?

 ***

El dueño no estaba del todo equivocado.

Digamos… a medias.

«¿Qué hace esa persona aquí…?»

Un poco antes.

Adeline aguardaba mientras Carlyle se cambiaba, paseando entre los trajes dispuestos en exhibición.

Sus dedos recorrían las suaves telas con una expresión tan serena… que casi parecía disfrutarlo.

Y claro, todo era por Carlyle.

Parecía que había surtido más efecto del que esperaba.

Desde el principio, sacar a Carlyle con ella solo tenía un propósito: este momento exacto.

Y abrazarlo no había sido solo para estimar su talla… sino para derrumbar su estabilidad.

«También cuando le acomodé el cabello…»

 Aunque le supiera mal por Carlyle, todo había sido premeditado.

Y Carlyle reaccionó tal y como ella lo deseaba: perturbado. Lo de tenerlo deprimido era solo un extra.

 Ahora solo quedaba el toque final.

«Ese traje que le probé… le sentaba demasiado bien, ¿no?»

Decir que era un regalo para Jack, por supuesto, era una completa mentira.

Todos sabían que Jack Hatsfeld solo vestía trajes hechos a medida.

¿Para qué comprarle un traje de confección? No lo usaría jamás.

Ni siquiera era seguro que le quedara.

Por eso, ese traje iba destinado a Carlyle desde el inicio.

Para que soñara en grande. Para que su esperanza alcanzara el cielo.

«Porque mientras más alto… más fuerte será la caída.»

Le sabía mal por Carlyle…

Pero no se trataba solo de jugar con sus emociones por diversión. Había un destino claro al final de esta obra.

Ella quería ver a Carlyle de rodillas. Suplicando. Implorando. Mientras más desesperado, mejor.

Le presentaría una esperanza tan brillante… tan cálida, que dolería aún más cuando se la arrebatara justo antes de tocarla.

Claro, no planeaba quitársela del todo.

«Dejaré un hilo… apenas perceptible.»

Ese hilo sería su cadena.

Mientras ese sueño lo estrangule, Carlyle nunca podrá traicionarla.

Lamentaba que él no supiera nada… pero si no lo hacía así, no podría seguir teniéndolo cerca.

Aunque, bueno… ¿de verdad debía sentir culpa?

«Yo también fui una tonta. También me lo hicieron sin que supiera nada.»

No soñaba con venganza. No pensaba devolver lo mismo con la misma moneda.

Pero si en el proceso de “educarlo” se incluía por accidente un poco de revancha… ¿qué mal había?

«Ojalá esto sea suficiente para hacerlo reaccionar.»

Para que Carlyle, que siempre aceptaba con docilidad su papel, olvidara el deber… y la deseara de verdad.

Quería que esto fuera la piedra que rompiera la calma del lago.

Y si no era suficiente… mientras Carlyle siguiera viendo a Jack como amenaza, aún tenía muchas maneras de provocarlo.

«Ahora… es momento de pensar qué hacer con Millen.»

Por supuesto, aunque esta salida tenía como fin principal lo que acababa de hacer en la sastrería, no era mentira que tenía que comprarle un regalo a Katia.

Debía ganarse el favor de Katia con un presente si quería prolongar su estancia en la mansión del Marqués Bellof aunque fuera un poco más.

«Y esta visita… no es solo por Millen.»

Para ser exactos, más que Millen, lo importante era encontrarse con Huberck.

Adeline recordó las palabras del príncipe Kaiden.

{—No te cases con Millenberg, Adeline Zeller. No quiero que termines como mi padre.}

{ —El próximo Marqués Bellof no será Millenberg… sino Huberg. ¿Tú sabes por qué?}

El motivo por el que Millen decidió proponerle matrimonio a ella, en lugar de heredar el título… era algo que descubriría muy pronto.

 Y la mejor manera de llegar a esa verdad era atravesar a Huberg.

«Millenberg…»

Desde su visita al Club Lambert, habían pasado solo unos días.

 Adeline había estado evitando pensar en Millen lo más posible.

Por supuesto, aún había muchas cosas que necesitaba averiguar sobre él, así que no podía simplemente dejar de pensar en Millen por completo.

Pero, al menos, quería evitar pensar en esas otras cosas.

Como el hecho de que Millen no la amaba.

 Y que, lamentablemente… en Adeline aún quedaban restos de sentimientos hacia él.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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