Capítulo 50
Después de encargar el envío del regalo para Katia a la mansión ducal Cheller, Adeline salió de la tienda de antigüedades y murmuró con naturalidad:
—Me sobró más dinero del que esperaba. Ya que estoy aquí, ¿por qué no comprar algo más?
—¿Algo más…? ¿Hay algo que necesite, señorita?
Carlyle, sin sospechar nada, se ofreció a llevarla a cualquier tienda si había algo que necesitara.
Su diligencia era digna de elogio, pero lamentablemente, lo que Adeline pensaba comprar no era para ella.
De hecho, el regalo para Katia no había sido más que una excusa conveniente.
—Como sabes, el señor Hatzfeld me dejó un cheque para que me comprara ropa.
—Sí. ¿Hay algún problema con eso?
No, ninguno.
Simplemente…
—Si recibí dinero para ropa, tengo que comprar ropa —dijo Adeline con una sonrisa.
Carlyle asintió con seriedad ante su sonrisa.
—Entiendo. ¿Planea adquirir vestimenta para la nueva estación…?
—No. No es para mí.
Y con eso, Adeline señaló una boutique de ropa fina al otro lado de la calle.
—Voy a comprarle ropa al señor Hatzfeld.
Lo siento, Carlyle.
Acabas de caer en la trampa.
***
¿Qué demonios estaba pasando?
¿Qué estaba haciendo yo aquí?
—¿Qué le parece, señora? Este traje fue diseñado por un renombrado diseñador. Las costuras hacia fuera aportan una imagen más firme y sofisticada. Si se lo regala a su esposo, le encantará.
—Está bien, pero el color no me convence. Muéstreme algo en tonos fríos, por favor.
—Por supuesto, señora.
El encargado de la boutique hizo una reverencia rápida antes de desaparecer al fondo en busca de otra prenda.
Solo cuando el hombre se perdió de vista, Carlyle abrió la boca con incomodidad.
—…Señorita.
—¿Sí?
Adeline, sentada con las piernas cruzadas en el sofá frente a él, levantó la vista.
El contacto con la mirada tranquila de Adeline solo hizo que Carlyle se sintiera más torpe.
—¿De verdad tengo que probarme esto…?
El traje que el dependiente acababa de elogiar sin parar era justo el que Carlyle llevaba puesto.
Momentos antes, Adeline había entrado a la boutique diciendo que iba a comprar un traje para Jack. Escogió uno… y se lo dio a Carlyle con una orden directa.
—Anda, ve a probártelo.
—¿…Perdón?
La sorpresa se reflejó claramente en su rostro.
Había dicho que era un regalo para Jack Hatzfeld, ¿y ahora le pedía que se lo probara él?
De por sí ya le incomodaba que Adeline le fuera a regalar ropa a Jack. Así que ahora, su desconcierto era aún mayor.
«¿No se supone que regalar ropa es algo que solo hacen los esposos…?»
En la alta sociedad, regalar ropa a alguien fuera de la familia o la pareja era prácticamente inexistente.
Un accesorio, tal vez. Pero un traje… eso era cosa de parejas o familia cercana.
Era un gesto reservado a lazos íntimos: esposos, prometidos, como mínimo.
«¿Acaso piensa casarse con Jack Hatzfeld…?»
Ese pensamiento, esa pregunta que no se atrevía a formular en voz alta, flotaba constantemente en su cabeza, atormentándolo.
Y ahora, pedirle que se probara ese traje… el que supuestamente era para Jack.
Carlyle sintió cómo su ánimo se venía abajo sin poder evitarlo.
—…Lo siento, señorita. Pero, ¿cómo podría atreverme a ponerme un regalo suyo destinado a otro?
Estuvo a punto de sugerir que trajera a Jack directamente para tomarle las medidas.
—Pero si va a ser una sorpresa, no puedo tomarle medidas primero.
Adeline dijo eso con total naturalidad… y se acercó a abrazarlo.
En pocas palabras, lo rodeó con sus brazos.
Un peso desconocido lo envolvió, y un súbito aroma a magnolia lo inundó.
—¿S-Señorita?
—Quieto. Quédate así.
Carlyle se quedó completamente inmóvil. Algo —¿una descarga?, ¿una tensión?— le recorrió la espalda, tan rápido que no tuvo tiempo de analizarlo.
Había estado muchas veces cerca de ella últimamente, por el servicio… pero nunca tan cerca como ahora. Nunca pecho con pecho.
Inconscientemente, apretó y aflojó los puños mientras cerraba los ojos con fuerza.
«¿Qué está pensando de repente…?»
Jamás ni en sus delirios más osados, se habría permitido creer que Adeline pudiera tener otro tipo de sentimientos por él.
Solo él la miraba con deseo. Para ella, él no era más que un sirviente de confianza. Nada más.
Seguramente esto también tenía un motivo práctico, nada más.
Mientras Carlyle no podía ni moverse, mucho menos apartarla…
Adeline terminó de rodear su cintura con ambos brazos… y por fin lo soltó.
—Viendo bien… son de estatura parecida. Pero tú eres un poco más delgado que Jack.
Jack tenía una presencia feroz muy particular. ¿Cómo decirlo? Una especie de aura intimidante.
Y no era solo por su expresión altiva o su mirada afilada.
Era su estatura, casi una cabeza más que la media, sus hombros anchos y los músculos que sobresalían sutilmente bajo el traje a medida.
El torso de Jack era más ancho, resultado de una complexión fuerte y musculosa.
Claro que Carlyle también poseía buena estatura y una figura bien trabajada gracias al cuidado constante. Pero su cuerpo, sin relieves marcados, ofrecía una silueta más estilizada.
«Millenberg debe de ser algo similar.»
Milen había sido un fanático del ejercicio en su época en la academia.
Aunque con Adeline era particularmente dulce y considerado, su imagen general era la de alguien enérgico y activo. Así que tampoco era delgado, en el sentido más estricto.
Lo que suavizaba ese impacto físico era su rostro, lo bastante hermoso como para que incluso disfrazado de mujer resultara convincente. Aunque, claro está, no imponía como Jack.
Por eso, probablemente Adeline lo había abrazado: para calcular la talla de Jack.
—Ahora que te abracé, creo que con una talla más será suficiente. ¿Ya no hay problema, verdad? Anda, ve a probártelo.
Dicho eso, Adeline se fue a mirar otros trajes.
Carlyle se quedó quieto un instante, invadido por una sensación de decepción que le era muy familiar, casi como una resignación aprendida.
No, era algo más denso, más húmedo… Como si su propia sombra estuviera jalándolo hacia abajo.
Simplemente no tenía otra palabra para definir lo que sentía. Así que lo llamó “decepción”.
Pero…
¿Decepción por qué, exactamente?
Sabía muy bien que Adeline no sentía nada por él. Él no era más que su sirviente.
Por eso, aun después de advertirle sobre el libro, ella no dudó en venir hasta aquí para comprarle un traje a él.
« …Ya lo sabía todo, ¿no?»
Entonces, ¿qué era lo que esperaba?
De cualquier modo, Adeline se casaría algún día, aunque no fuera con Jack.
Tal vez con Millen… o con alguien más.
Pero no habría un solo mundo, ni una sola línea temporal, donde Carlyle ocupara ese lugar.
Porque Carlyle no había nacido para eso.
Mientras se dirigía al probador para cambiarse el traje, las palabras de aquel día en que conoció a Adeline, aún recién nacida en la cuna, resonaban en su cabeza.
{—A partir de ahora, tú cuidarás a la señorita Adeline toda tu vida, Carlyle. Para eso naciste, hijo mío. Es tu deber. ¿Lo entiendes?}
Entendió perfectamente lo que le había dicho su madre.
Y por eso… su corazón se sintió tan pesado.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK