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Capítulo 5

—Tome.   

Elegí el lemon grass entre los frascos alineados en el estante, lo infusioné y se lo ofrecí a Lionel. Por supuesto, también preparé una taza para mí. Sostener la taza y mirar el té era mi forma de evitar dirigir la mirada a su torso desnudo.

—Sacerdotisa.

—¿Sí?

Me habló mientras sujetaba su taza igual que yo.

—¿Hay algo que le resulte incómodo aquí, o algo que necesite?

Tal vez porque el dolor físico y emocional que lo atormentaban había desaparecido, Lionel se veía más relajado que en cualquier otro momento desde que lo conocí. Su mirada afilada se había suavizado, su entrecejo estaba completamente relajado, y sus labios, teñidos por el té, formaban una línea sutil y amable. No sé por qué, pero por un instante sentí que si se lo pedía ahora, podría concederme cualquier cosa.

—Durante estas dos semanas que he estado aquí… he tenido tiempo para reflexionar. ¿Puedo hablarle con total honestidad?

—Por supuesto. Adelante.

—Su Excelencia, la señorita Vivian no está enferma. Solo tiene un cuerpo débil desde su nacimiento. Lo único que yo puedo hacer por ella es ayudarla a recuperar fuerzas o aliviar sus síntomas cuando aparezcan.

A pesar de ver cómo su expresión se endurecía, continué firme con lo que quería decir.

—Usted también debe saber que eso puede resolverse con una simple prescripción médica.

—¿Y entonces?

—Entonces, esta mansión no necesita una sacerdotisa sanadora. Si usted me lo permite… quisiera volver al monasterio.

En este punto, el Príncipe Heredero ni siquiera sabe de mi existencia, así que no puedo usarlo como excusa. Lo único que puedo hacer frente a Lionel… es recordarle que no le soy útil.

—Que no se le necesita, ¿eh…?

Él me miró fijamente, dejó la taza de té sobre la mesa y se inclinó hacia mí.

—Entonces, ¿qué cree usted que hace falta?

—¿Perdón?

—No una sacerdotisa. ¿Qué más necesito yo, o esta mansión?

Con esa pregunta… no tenía ni idea de qué responder. De hecho, ni siquiera estaba segura de que esperara una respuesta real. Sin embargo, su mirada persistente se mantenía fija en mis labios, y no me quedó más opción que decir algo, lo que fuera.

—Desde mi punto de vista… Su Excelencia parece no necesitar nada. ¿Qué podría faltarle?

—¿De verdad lo piensa?

… Tenía la clara sensación de que no debía decir que sí. Parecía que si no mencionaba algo, lo que fuera, que sonara creíble, no solo no quedaría satisfecho, sino que jamás me dejaría marchar. Por suerte, luego de pensarlo intensamente, una idea me cruzó por la mente.

—A usted y a la señorita Vivian aún les queda por elegir con quién casarse. Ambos ya pasaron un poco la edad ideal, ¿no?

—Matrimonio… Ahora que lo menciona, quizás ese ha sido el problema.

¿El problema? ¿A qué se refería?

—No me he casado. Nunca.

Sí, bueno… eso ya era evidente. ¿Por qué lo decía con tanta seriedad?

—Esta vez, sí me casaré.

Retrocedí sutilmente en el asiento. La expresión en el rostro de Lionel se parecía a la alegría, pero… había algo extraño. Había un destello leve, casi imperceptible, de locura.

—Claro, entonces oraré para que encuentre una buena pareja y pueda casarse pronto. ¿Eso significa que… ya puedo volver al monasterio?

Aprovechando que parecía absorto en sus propios pensamientos, intenté preguntarle con suavidad, con la esperanza de obtener su aprobación. Pero su respuesta fue firme e inmediata.

—No. Eso no es posible —respondió él con absoluta firmeza—. Deberá quedarse aquí hasta que termine de comprobarlo.

—¿Comprobar… qué exactamente?

—Lo necesaria que es su presencia para mí. En esta mansión.

Un círculo perfecto. Una vuelta al mismo punto sin ningún progreso real. Me sentí totalmente agotada, sin energía, y bajé la cabeza justo cuando se escuchó un golpe en la puerta del salón.

—Sí, adelante.

Respondí sin pensar, asumiendo que se trataba del sirviente trayendo la ropa de recambio para Lionel. Pero en cuanto el hombre cruzó la puerta, su aspecto tan llamativo me sobresaltó.

—¡Lionel, aquí estabas!

Cabello rojo intenso y largo, ojos ligeramente caídos, iris dorados y un lunar justo debajo del ojo izquierdo. Coincidía por completo con la descripción de la novela. Era Danteer Orthatum, uno de los protagonistas masculinos de “La noche en que las serpientes se enredan”. A través de la puerta abierta de par en par, Danteer entró con paso decidido. Detrás de él, el sirviente que sostenía las prendas se quedó paralizado, visiblemente incómodo.

—Oh, vaya. ¿Qué es esto? —se detuvo cerca del sofá y entrecerró los ojos mientras observaba a Lionel de arriba abajo—. ¿Estoy interrumpiendo algo?

—Sí. Así que sal —respondió Lionel sin siquiera dirigirle la mirada.

No quería enfrentarme ni a la mirada tensa de Lionel ni a la atención de Danteer. Fingí tomar el té, inclinando tanto la cabeza que casi hundí la nariz en la taza, y me limité a observar la situación de reojo.

«Por favor, vete ya.»

Pero como siempre, las cosas tomaron el camino que menos quería.

—No quiero.

Danteer cambió de dirección y vino a sentarse justo al lado mío, pegándose a mí.

—¿Hola?

—A-ah… hola.

No tuve más remedio que dejar la taza de té y devolverle el saludo.

—¿Qué estás haciendo? Te dije que te fueras.

—Y yo también te dije que no quería, cariño.

Cariño… ¿cariño?

—Sacerdotisa, ¿cómo te llamas?

—No es necesario que lo sepa.

Lionel se levantó de golpe, rodeó la mesita del té y se acercó a grandes pasos. Sin dudarlo, agarró a Danteer del cuello de la camisa.

—Ya te advertí que nadie puede desobedecerme en mi propia mansión. Si no te gusta, no deberías haber puesto un pie aquí.

Lo miré con los ojos bien abiertos, sin darme cuenta.

«¿Siempre ha podido hablar así de rápido…?»

Lionel hablaba con un tono bajo, pero a tal velocidad y con una expresión tan inexpresiva, que daba miedo.

—Está bien, está bien, suéltame…

Danteer alzó ambas manos cerca de su cara en señal de rendición, con una actitud casi burlona. Pero Lionel no parecía dispuesto a dejarlo pasar. Lo levantó como si nada, a pesar de que Danteer no se quedaba atrás en tamaño, siendo uno de los protagonistas masculinos del harem inverso, lo cargó directamente hasta la ventana, que abrió con decisión. Y sin el menor reparo, lo lanzó afuera como si estuviera deshaciéndose de una bolsa de basura.

Luego, sacó un pañuelo de su bolsillo, se limpió las manos y también lo arrojó por la ventana sin inmutarse. Cerró la ventana, corrió las cortinas con cuidado, y con un gesto de la mano llamó al sirviente que seguía de pie junto a la puerta.

—Asegúrate de que no se reciba a ningún otro invitado en el ala anexa.

—Sí, Su Excelencia. Mil disculpas —respondió el sirviente de inmediato, apresurándose a asistirlo mientras le ayudaba a vestirse.

Solo después de haberse puesto por completo la chaqueta, Lionel regresó al sofá. Colocó una pesada bolsa que había recibido del sirviente sobre la mesa de té, y se sentó junto a mí como si nada hubiera pasado.

—¿En qué parte de la conversación nos quedamos? —habló con tranquilidad tras tomar un sorbo de té ya frío, con una elegancia inalterable.

—Ah… eso… yo…

Mi brazo rozó el suyo, firme y musculoso. El dulce aroma del perfume que Danteer había dejado en el aire se desvanecía, reemplazado por el aroma profundo del cuerpo de Lionel. Sentí la garganta seca, como si se secara por dentro, y tragué saliva con fuerza.

—Solo quería decir que… a partir de ahora me esforzaré más. Era eso lo que quería expresar.

¿Acaso le gustó mi respuesta?

Cuando lo miré de reojo, vi una leve sonrisa extendiéndose por su rostro.

—No es necesario que se esfuerce tanto. El solo hecho de que esté aquí, en mi mansión, ya es más que suficiente.

Tal vez fue el tono particular con el que dijo esas palabras. El sirviente, que aún estaba en la sala recogiendo las prendas manchadas de sangre, se quedó paralizado con una camisa en las manos. Y al instante siguiente, se dio media vuelta y salió del salón con sorprendente rapidez, cerrando la puerta con sumo cuidado y sin hacer el menor ruido.

—Ah…

—El aroma del té me agrada.

Lionel bebió dos tazas más antes de levantarse. Antes de irse, me invitó a cenar con él esa noche. Sin embargo, tal vez por haber gastado demasiada energía mental, me quedé dormida en el sofá y no abrí los ojos hasta la medianoche. Y como ya era tarde, simplemente volví a meterme bajo las mantas y caí dormida otra vez. Fue recién al amanecer, cuando desperté por completo, que me quedé completamente inmóvil, desconcertada.

No tenía idea de cuándo me había levantado del sofá ni de cómo había llegado hasta la cama.



TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANAND
RAW HUNTER: ANNA FA


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