Capítulo 49
Pero al día siguiente, Serenia ya no quiso mirarlo a los ojos.
Por más que él la buscara con insistencia, ella apenas sostenía la mirada unos segundos antes de apartarla, y eso lo carcomía por dentro como fuego negro que se extendía sin freno.
Ella le había dicho que no le desagradaba, tampoco había rechazado sus besos, y aun así, después de aquello, lo evitaba con claridad.
Al no cruzar miradas, las conversaciones se cortaban a medias, y al terminar la cena, apenas la acompañaba hasta su habitación, ella entraba a toda prisa como si huyera.
«¿Acaso la hice enojar?»
No tenía idea de cuándo ni dónde se había equivocado. A decir verdad, sentía que había fallado en absolutamente todo. Era como si hubiese dejado escapar como un idiota a un hermoso pajarillo que había volado directo a sus brazos. Esa ansiedad lo consumía día tras día.
Desde que abría los ojos en la mañana hasta que volvía a cerrarlos por la noche, solo pensaba en ella.
Era absurdo. Apenas llevaban poco tiempo de conocerse y ya estaba tan obsesionado que había perdido la razón.
Pero…
«¿No es lógico?»
Serenia Solen era la llave para poner fin a sus infinitos regresos. Además, tal vez ella pudiera devolverle los recuerdos de su pasado perdido.
Eso por sí solo ya la convertía en alguien más valiosa que cualquier tesoro. Pero además… se había enamorado.
Era su primer amor en incontables vidas.
Un anhelo profundo y avasallador, nada que ver con la ligera inquietud juvenil de un primer amor adolescente.
Que perdiera la cabeza era natural. Cualquiera lo entendería.
De hecho, parecía que todos a su alrededor habían notado cómo Lionel se retorcía de nervios por Serenia. Al principio, incredulidad; ahora, se veía claro que intentaban ayudarlo como podían.
No rechazó nada. Aceptó toda la ayuda sin importar su orgullo.
Los postres más codiciados de la capital, vestidos que llenaron el guardarropa de la futura Duquesa, joyas que apenas salían en subasta ya eran adquiridas.
Hizo todo lo que pudo para ganarse el corazón de Serenia.
La urgencia lo llevaba a actuar con tal intensidad que, para quienes estaban al tanto de los rumores, era imposible no enterarse de que el Duque Ruanax se había enamorado.
Tan desesperado estaba Lionel que llegó incluso a hacerse otra herida.
Decía que era para confirmar si el poder divino de Serenia realmente despertaba recuerdos olvidados. Pero en verdad, solo quería llamar su atención.
Quería que lo mirara. Que le hablara.
Porque cuando lo sanaba, su expresión se suavizaba mucho más que de costumbre, y la compasión brillaba en sus ojos. Aunque fuese por lástima, él quería recuperar esa mirada.
Quizá por la impureza de su intención, cuando ella descubrió que era una herida infligida por él mismo, creyó que todo había terminado. Que nunca más volvería a mirarlo, que lo perdería para siempre. El corazón se le desplomó.
Pero Serenia le dio otra oportunidad.
Le confesó que ella también se había sentido agitada, que su corazón también había latido con fuerza.
Que por eso lo había evitado, incapaz de sostener su mirada.
Sentada sobre sus rodillas, lo miró a los ojos y le susurró dulcemente.
Lionel no parpadeó siquiera mientras la contemplaba, y de inmediato atrapó sus labios.
Fue el tercer beso.
Esta vez, Lionel cruzó la línea sin dudar.
Introdujo su lengua en su boca mientras, con ella sobre sus piernas, rozaba con su miembro la suavidad de su cuerpo.
Tan hinchado y duro bajo la tela, presionaba contra ella, provocando una sensación de vértigo y un deseo desbordante.
Más.
Quería más contacto, más cercanía, más unión.
El cuerpo de Lionel se movió por sí solo. Casi como si fuera a atravesar la tela de inmediato, agitaba la cadera mientras devoraba su boca, enlazando su lengua con la de ella y succionándola con ansia.
Estaba al borde de perder la razón.
Entonces Serenia posó su mano en su cintura. Sus delicados dedos deshicieron el cierre del pantalón y, a través de la tela interior, rozaron lo que ocultaba. Apenas lo tocó, dio un respingo y retiró la mano como si se hubiese quemado.
Ver aquello lo hizo estremecer.
«Es demasiado pronto.»
Ella aún no estaba preparada. Si con un simple roce por encima de la tela ya reaccionaba así, era impensable lanzarse sin más.
Lionel decidió contenerse una vez más.
En cambio, dio un paso distinto: hacer que Serenia se acostumbrara poco a poco al placer.
Seducida por sus caricias, ella misma se quitó la ropa interior y levantó la falda, sentándose al borde de la cama con las piernas entreabiertas, temblorosa pero dispuesta a recibirlo.
Al ver aquel lugar ya húmedo antes de empezar, el impulso de hundirse en su interior lo sacudió con violencia. Sin embargo, con un esfuerzo sobrehumano, apretó los dientes y se obligó a resistir.
Avergonzada, con las piernas apenas abiertas, Serenia se estremeció cuando él inclinó el rostro hacia ella. El leve aroma dulce que emanaba de su piel, junto con la suavidad de ese contacto, lo envolvieron hasta nublar sus pensamientos.
Antes solía burlarse de los hombres que perdían la cabeza entre las piernas de una mujer, pero en ese instante comprendió perfectamente el motivo.
Cuando volvió en sí, ya la estaba probando con avidez, como un hombre hambriento que no podía detenerse.
El sabor concentraba el aroma delicado de su cuerpo, mezclado con un dejo tentador que lo embriagaba más y más, como un brebaje que incitaba a perder el control.
Tan absorto estaba en su entrega que apenas pudo pensar en su propia necesidad. El deseo lo consumía, pero lo único que quería era prolongar el temblor de Serenia, oír sus gemidos, sentir cómo se retorcía de placer bajo él.
La estrechez de aquel calor, aunque solo lo rozara con la lengua o los dedos, lo hacía imaginar qué ocurriría si llegaba a unirse de verdad con ella. Solo esa imagen bastaba para que su cuerpo ardiera hasta el límite.
Un simple roce bastaba para que su propio deseo se desbordara, húmedo y tembloroso, pidiéndole que cruzara la línea.
«No. Todavía no.»
Se repetía la advertencia una y otra vez. Bastaba un descuido y la perdería.
Pero Serenia, perdida entre jadeos y estremecimientos, le parecía tan hermosa que le faltaba el aliento.
Las mejillas encendidas, los labios entreabiertos, sus ojos brillantes empañados por el llanto del placer… todo en ella aceleraba su corazón sin freno.
Cuando alcanzó su tercer clímax, Lionel no pudo contenerse más y también se derramó, apenas rozándola con torpeza.
Aunque se había desahogado tantas veces en soledad pensando en ella durante los últimos días, tenerla realmente frente a él lo desbordó hasta el límite.
Aun así, su cuerpo no parecía satisfecho. El deseo seguía palpitando, insaciable.
Con fastidio, volvió a guardarse dentro de la ropa, temiendo que Serenia pensara que él era igual de voraz y sin medida que su propio cuerpo.
Aun así, ella lo descubrió. Y peor, lo malinterpretó.
Convencida de que sus gustos eran extraños y que tenía una obsesión peligrosa, Lionel sudó frío tratando de explicarse.
Estuvo a punto de confesarle incluso la verdad de sus regresos, pero justo en ese instante su sirviente, Keil, entró con la noticia de que los trámites de secularización habían concluido.
Era una buena noticia, pero llegó en el peor momento.
Serenia, sonriente, comentó que ya no tendría que volver a usar sus hábitos de sacerdotisa, mientras él se oscurecía por dentro.
«Espero que no lo crea en serio…»
Deseó con toda su alma que no lo viera como un hombre gobernado por una lujuria interminable, obsesionado con su antigua vida de sacerdotisa y con lo prohibido.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANNAD
RAW HUNTER: ANNA FA