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Capítulo 49

—Ah, señorita Adeline. Estas flores sobraron del festejo en el jardín que organizó la señora.

En aquella época, con la llegada de la primavera, en Crawford era costumbre entre las damas nobles adornar los jardines con cientos de flores y celebrar fiestas elegantes.

Katia, que también adoraba las flores, no se quedó atrás con la moda y organizó un banquete usando muchísimas.

—Como la fiesta solo dura un día, después toca recoger las flores.

—Ya veo. ¿Entonces todo esto se va a tirar?

—Sería un desperdicio. Se usarán para decorar el interior o exterior de la mansión.

Claro, no se verán tan espectaculares como el día de la fiesta, pero se podrán colocar en floreros o cestas para decorar los alrededores.

Al oír eso, los ojos de Adeline brillaron de emoción.

—¡Entonces yo también quiero! ¡Quiero hacer algo con las flores!

—¿Ya aprendiste arreglos florales, señorita Adeline?

—¡No!

Pero sabía cómo hacer una corona de flores. Carlyle le había enseñado.

Cuando Adeline hacía anillos con tréboles, Carlyle solía trenzarlos también para hacerle coronas y colocárselas.

Y por supuesto, Adeline no dejó pasar la oportunidad y le rogó a Carlyle hasta aprender a hacerlas.

—¿Puedo llevarme algunas?

—Claro. De todas formas sobraron muchas, úselas como guste.

Adeline recibió un gran ramo de flores de los sirvientes de la mansión Belof, se sentó en una banca del jardín y comenzó a trenzar con sus pequeñas manos.

Huberg, que jugaba cerca lanzando un disco, se le acercó fastidiándola: “¿Qué haces? ¿Quieres venir a jugar adentro?”, pero Adeline lo rechazó con firmeza.

Para cuando llegó la hora del té, por fin terminó su corona de flores, que incluso a ojos de Adeline parecía una obra maestra.

«¡Creo que está mejor que la corona de trébol que me hizo Carlyle!»

 ¿No es esto superar al maestro?

Por supuesto, una corona hecha con flores de muchos colores era más vistosa que una hecha solo de tréboles, pero Adeline era pequeña y no pensaba en eso.

Simplemente corrió muy orgullosa con su corona de flores hacia Katia.

—¡Marquesa Belof! ¡Mire esto!

—Oh, ¿mi pequeña señorita Zeller?

Justo en ese momento, Katia estaba tomando el té. Al ver a Adeline, bajó su taza con una suave sonrisa.

—Justo pensaba ir a buscarte para merendar. Me preguntaba dónde estabas, y resulta que hacías una corona de flores.

—¡Sí! Pensé que le quedaría muy bien, la hice en el jardín.

—Es preciosa. Gracias. Qué talento tienes.— Katia le sonrió con gratitud y llamó con un gesto a la doncella que estaba a su lado.

 La doncella se acercó a Adeline y extendió la mano.

 —Puede darme la corona, señorita Adeline.

 —Ah…

Pero Adeline deseaba que la marquesa Belof se pusiera la corona.

Adeline, dudando, terminó entregándole la corona a la doncella, quien la tomó y se fue con ella a algún lugar desconocido.

Katia no tocó la corona ni se acercó a Adeline.

Solo permaneció sentada, tomando el té, y le sugirió amablemente a Adeline que fuera a lavarse.

—Ve pronto a lavarte la cara y las manos, Adeline. Has estado todo el tiempo en el jardín y debes estar llena de polvo.

 Cuando regreses, tomaremos el té junto a Millen y Huberg.

La voz de Katia era tan cálida como siempre, y su tono suave era agradable de oír.

 Pero Adeline percibió una especie de desarmonía.

«Siempre me acariciaba la cabeza cuando me felicitaba…»

Como si no quisiera tener contacto con ella hasta que no se hubiera limpiado el polvo del jardín.

La pequeña Adeline sintió que algo no estaba bien, pero como sucede con la mayoría de los niños, su desconcierto no pasó de ahí.

«Y nunca supe qué pasó con esa corona.»

Katia solía secar cuidadosamente los ramos y los guardaba como flores secas decorativas.

Pero la corona que hizo Adeline nunca apareció entre esas flores secas, así que seguramente fue desechada cuando se marchitó.

«Aunque, en realidad, no fue solo la corona.»

De niña, al no tener madre, Adeline deseaba inconscientemente recibir afecto de Katia.

Y con Diego siempre tan ocupado y ausente, ese deseo se hizo más fuerte.

La joven Adeline regaló a Katia muchas cosas hechas por ella, no solo coronas, pero el resultado siempre fue el mismo.

Una doncella tomaba el obsequio… y después desaparecía sin dejar rastro.

Con los años, Adeline comprendió que esas actitudes venían de la naturaleza quisquillosa de Katia.

Katia era sin duda una persona amable y cálida, pero eso no impedía que a veces actuara de esa forma.

«¿Será porque no le gusta lo complicado?»

No le guardaba gran rencor. Al final, solo era que sus regalos desaparecían; Katia nunca los rechazó con crueldad.

Como casi nadie guarda un trébol de cuatro hojas toda la vida, probablemente Katia también desechó sus regalos cuando ya no servían.

De cualquier modo, esas experiencias hicieron que Adeline fuera especialmente cuidadosa al elegir un regalo para Katia.

Porque un mal regalo podría ser peor que no dar nada.

Y en esos casos, la mayor ayuda era siempre Carlyle.

Mientras revisaban una tienda de antigüedades, Adeline tomó un joyero con incrustaciones de zafiro tallado en forma cuadrada.

—¿Qué te parece esta caja de joyas, Carlyle? El trabajo de talla es muy delicado.

—Aunque el tallado es fino, la forma general es algo tosca y su estructura es bastante simple. Como es un objeto que probablemente se use con frecuencia, creo que sería mejor buscar algo más funcional.

Resumiendo la larga explicación de Carlyle, venía a decir: “Si das eso como regalo, acabará olvidado en una vitrina.”

Al final, Adeline chasqueó la lengua y dejó la caja de joyas de vuelta.

—Qué exigente eres…

Le molestaba un poco, pero Carlyle tenía razón.

«Carlyle ha gestionado todas las pertenencias de la mansión ducal Zeller.»

Así que incluso las antigüedades y objetos de valor de la mansión estaban bajo su supervisión.

Con los años que llevaba en eso, no era raro que tuviera tan buen ojo para distinguir objetos finos.

Era la persona ideal para aconsejarla cuando se trataba de regalarle algo a alguien tan exigente como Katia.

El único problema era que sus estándares eran demasiado altos.

Y como además era meticuloso, llevaban casi una hora recorriendo tiendas buscando un regalo para Katia.

Cuando la paciencia de Adeline ya estaba llegando al límite…

—Señorita, ¿qué le parece esto?

Por suerte, apareció un objeto que cumplía con los exigentes criterios de Carlyle.

Lo que señaló era una figura de un ave hecha de piedras preciosas.

Una pieza decorativa dentro de una jaula dorada: al girar una cuerda, el pájaro se movía y cantaba.

—Si la marquesa Belof realmente necesitara algo, podría conseguirlo sin problema. Por eso, en lugar de algo útil, creo que es mejor regalarle un objeto ornamental.

Cuando se giró la cuerda del pájaro, el mecanismo se movió con suavidad.

En las piezas baratas, el resorte se siente forzado y el engranaje suena al girarlo. En cambio, en este pájaro, la cuerda giraba sin ruido y con fluidez, lo que evidenciaba la mano de un artesano.

El sonido que emitía al cantar era claro y delicado, como el de un xilófono, y resultaba encantador.

—Tiene valor técnico, está adornado con piedras preciosas, y visualmente no luce barato. Creo que es ideal como obsequio.

—Tienes razón. Entonces me quedaré con este.

Como se esperaba, la figura era bastante costosa, pero por suerte seguía dentro del presupuesto.

«Más o menos la mitad del dinero que Jack dejó para la ropa.»

Probablemente Carlyle no lo sabía, pero esa mitad restante era algo que Adeline había dejado a propósito.



TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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