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Capítulo 42

En ese momento, Chase, que estaba arrinconado como una hoja marchita, de repente revivió e intervino:  

—¿Y si mejor nos muestras al bebé primero?  

—¿Eh? ¿Al bebé?  

—Vinimos a ver al bebé, ¿por qué sólo hablan de tonterías?  

—¡Pero si vinimos porque estás mal!  

—¿Acaso no quieres ver a Yeontan?  

—¿Acabas de decir “Yeontan”? 

Casi me emociono al escuchar que por fin usaba el nombre correcto. De inmediato solté las manos del doctor y, tomando con cuidado la mano izquierda de Chase, pregunté:  

—¿Entonces al fin abandonaste lo de Bapoori?  

—…Sí, bueno. Yeontan le queda mejor al bebé.  

—¿Tan de repente?  

—No es tan de repente.  

Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Chase mientras reflexionaba. Su otra mano, que yo no sostenía, se acercó de pronto para despeinarme el flequillo.  

—“Bapoori” te lo dejo a ti.  

Luego, entrecerró los ojos y soltó una risita burlona.

«¿Yo? ¿Por qué yo? ¿Qué clase de trampa es esta? ¿Creen que cederé si me atribuyen ese nombre ridículo?» 

—¿Estás bromeando…?  

—¿Acaso solo sabes dejarte pisotear?  

—¿Eh? Sí.  

—…  

«Vaya cara. ¿Quién me ha estado molestando todo este tiempo para ahora hacerse el inocente?» 

Mi respuesta firme pareció dejar a Chase sin palabras. Tosió incómodo y murmuró que, aunque me hubiera dado un apodo cariñoso, seguía siendo insoportable. ¡Se escuchó perfectamente!  

Con un ataque de nervios, grité temblando:  

—¡No me llames “Bapoori”! ¡Yeontan es Yeontan!  

—¡Pero “Bapoori” no es un apodo cariñoso!  

—¿Y qué es entonces?  

—Solo es lindo como nombre temporal para el bebé en el vientre. ¿Pero llamar Granito de arroz a un hombre adulto, robusto y corpulento como yo? ¡Eso es un insulto, no un apodo!  

—¿Robus… lo dices en serio?  

—¡No sé, no me gusta! ¡Cámbialo!  

—¡Pero es adorable! ¿Por qué lo odias?  

—¡Entonces serás tú el que se apode Bapoori!  

—¿En qué mundo yo parezco un granito de arroz?  

—¡¿Y yo en qué mundo parezco uno?!  

—En todos los aspectos pareces uno.  

Fue entonces cuando el doctor intervino con voz gélida:  

—Disculpen, ¿pero estamos en medio de una consulta médica? ¿Quieren ver al bebé o no?  

Incluso golpeó el escritorio con la tabla médica. Parecía genuinamente molesto. Me intimidé un poco y solté rápidamente la mano de Chase.  

—S-sí, muestranoslo.  

Me limpié las palmas en los jeans mientras balbuceaba mi respuesta. El calor residual de la mano de Chase me hacía sentir extrañamente punzante.  

—Muy bien, comencemos entonces.  

El doctor recuperó su amabilidad profesional y preparó el ultrasonido.  

Aunque sabía que no pasaría nada, siempre me pongo nervioso con estos exámenes. Cuando el gel frío tocó mi piel, me encogí instintivamente. Chase inclinó la cabeza hacia mí y preguntó:  

—¿Te duele mucho?  

—¿Cómo va a doler el gel? —preguntó el doctor, exasperado.  

Pero Chase persistió:  

—No te estaba preguntando a ti.  

—¡Es gel frío, no un bisturí! ¿Se golpearon la cabeza antes de venir?  

—Cuando hay un bebé en el vientre, hasta el estímulo más mínimo puede doler.

—¿Qué estímulo hay al aplicar gel?

—Exacto. ¿No lo habrás aplicado demasiado fuerte?

—Uff…

El doctor tenía la expresión de alguien que deseaba echarnos de allí cuanto antes. Con un rostro de resignación, murmuró entre dientes:  

—Sí, tienes toda la razón.

—¡No me duele! ¡En serio que no!

Aunque era Chase quien insistía, yo era quien sentía vergüenza ajena. Al final, el temperamento de leopardo negro no desaparecía nunca, y cuando se ponía así de terco, me daba miedo que el bebé saliera parecido.  

—Mejor veamos al bebé.

El doctor, sin ganas de seguir discutiendo, giró su atención hacia el monitor.  

Una sombra blanquecina flotó en la pantalla, como siempre, incomprensible para mí.  

—¿Ven las piernas del bebé? Ha crecido mucho.

—Sí, sí…

«¡Ah, pero si no se ve nada!… ¿Eso… son piernas?»

Mis pupilas parecían sufrir un terremoto. Busqué ayuda mirando a Chase, quien, al notar mi confusión, señaló una esquina de la pantalla:  

—Ahí está. Los pies han crecido mucho desde la última vez.

—Sí, mucho. Pero los pies no están ahí, sino aquí.

El doctor tomó la mano de Chase y la guió hacia el lugar correcto. 

«¿Por qué le agarra la mano a él y no a mí?» 

Alcé la cabeza con fuerza, solo para que el doctor, quizás malinterpretando mi expresión, sonriera y asintiera:  

—Sinceramente, parece un renacuajo, ¿no? Es normal en esta etapa.

—¿A quién llamas renacuajo? ¡Nuestro bebé no es ningún renacuajo!

—Es solo una expresión común.

—¡Es el renacuajo más perfecto que existió!

—Sí, es el renacuajo más hermoso del mundo…

Chase frunció el ceño, mirando fijamente al doctor, quien levantó las manos en señal de rendición y soltó una risita nerviosa. Parece tener mucha paciencia o quizás decidió ignorar directamente a Chase.

Me sentí culpable por el pobre doctor y traté de cambiar de tema:  

—Doctor, ¿no dijo que hoy podríamos saber el sexo del bebé?

Era el pretexto perfecto para distraer a Chase, quien, en medio de su actitud combativa, se giró de golpe, visiblemente tenso.  

Habíamos tenido varias discusiones sobre esto. Yo quería saberlo cuanto antes, pero Chase prefería esperar.  

{—¿No sería mejor saberlo cuando nazca? Sería como un regalo sorpresa.}

{—Me muero de curiosidad. No puedo esperar. ¿A ti no te intriga?}

{—Sí, pero aún así…}

Parecía que Chase tenía una especie de romanticismo por descubrir el sexo en el momento del parto. Por eso, hasta hoy, no nos decidíamos.  

—Así es. Hoy debería verse. Veamos…

—¡Ni hablar, Leoruca! ¡Acordamos esperar hasta que nazca!

—¿Qué? ¿Cuándo acordamos eso?

Nunca. Chase lo había decretado unilateralmente. Al protestar con seriedad, él empezó a justificarse con un discurso emotivo sobre la magia del momento:  

—Pero… ¿no sería tierno descubrirlo juntos cuando nazca? 

—Mmm…

Pero qué importaba lo que Chase quisiera. ¡Si tanto le molestaba, que se embarazara él mismo!  

—Entonces yo lo sabré y tú te quedas fuera. ¿Me lo muestra, doctor?

—¿En serio haces esto? ¡No me ignores, cachorro!

—¿Es niño o niña?

—¡No finjas que no me oyes, Bapoori!

—Sí, ya se ve. ¿Prefieren niño o niña?

—¡Espera! No lo digas, doctor.

—A mí me da igual, con que esté sano…

—¿Cómo que te da igual? ¡A mí no! ¡Para nada!

—¡Ay! ¿Qué quiere entonces? ¿Podría callarse?

Ignorando los gestos exagerados de Chase, me concentré en la pantalla. Aunque seguía sin distinguir brazos de piernas en esa imagen borrosa.  

—¿No va a salir? ¿Se queda?

—…  

El rostro de Chase era un poema de contradicciones: No quiero saberlo, pero tampoco que lo sepas tú solo, aunque la curiosidad me mata.  

—Yo… prefiero una niña.

—¡Esa no era la pregunta!

¿En eso estaba pensando todo este tiempo? Estaba a punto de iniciar otra pelea cuando el doctor señaló algo en la pantalla y comentó con tono casual:  

—Miren, aquí hay algo.

—…  

—…  

«¿Algo…? ¿Qué algo?»

Un silencio espeso cayó sobre el consultorio. Con la mente en blanco, sólo atiné a mover los labios sin sonido. Chase se había petrificado, pálido.  

—Eso es… el cordón umbilical.

Su negación de la realidad fue patética. ¡Como si el doctor hablará del cordón así!  

En un arranque, golpeé el muslo de Chase con el puño cerrado. Mi voz se disparó:  

—¡Es niño! ¿Verdad, doctor? ¿De verdad? ¡Wow!

—No, yo no dije…

—¡Un bebé leopardo negro! ¡Será adorable! ¡Se parecerá a Chase!

—Imposible. No se parecerá…

—¡Doctor, dígaselo! ¡Rápido!

—Jaja, sí. Parece un varoncito leopardo. Aunque ojalá no herede el temperamento de Chase.



TRADUCCIÓN: ELIZA
CORRECCIÓN: HASHI
REVISIONISMO: ELIZA


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