Capítulo 42
Quizás la razón sea lo que pasó después de esa conversación.
{—Eres tú quien me quita la ropa, pero luego me dices que me case con otro.}
{—No te vayas, quédate un poco más, Carlyle.}
{—Es que siento que no podré dormir. Quédate hasta que me duerma.}
Adeline, sin darse cuenta de que Carlyle deseaba impíamente a la señorita a la que servía, seguía atrayéndolo una y otra vez.
Soplaba sobre las brasas de su deseo, sin saberlo.
Cada vez que servía a Adeline por la noche, Carlyle se encontraba inconscientemente esperando.
«¿Y si esta noche vuelve a pedirme que me quede a su lado…?»
Soñaba, aunque fuera en broma, con que ella dijera algo como: “¿Y si no me caso…?”
Aunque sabía que no debía atreverse a pensar así, cada noche seguía esperando y decepcionándose sin motivo alguno.
¿Cuánto tiempo podría soportar esa vida?
—… Ja.
Carlyle respiró hondo e intentó calmar las vagas emociones que le invadían el corazón.
Si algo había aprendido de su larga vida como mayordomo, era que hasta que un problema salía a la luz, era prácticamente inexistente.
Así que, cuando la paciencia finalmente se agotó y las emociones que se habían acumulado como una presa finalmente surgieron, no hubo necesidad de contenerlas hasta que llegara el momento de confesar con su propia boca.
«Primero, tengo que revelar la verdadera identidad de Jack Hartzfeld y decírselo a la señorita.»
No había necesidad de preguntarse ahora a quién elegiría Adeline, ya se sabrá cuando llegue el momento.
Tenía trabajo que hacer, y esos sentimientos no servían de nada.
Sobre todo.
«Me resultara difícil investigar a Jack Hartzfeld yo mismo.»
Como mayordomo, Carlyle no podía simplemente irse de la mansión.
Si descuidaba el trabajo de la mansión para investigar a Jack, ¿no sería poner el carro delante de los bueyes?
Así que necesitaba un cómplice.
Solo había un problema.
«Es como llamar a un tigre para que persiga a un zorro.»
Supuso que debería pensarlo un rato.
Carlyle volvió a juntar las cajas y salió del estudio para terminar su trabajo.
Fue una suerte que las finanzas de la familia Zeller hubieran mejorado tanto de repente que pudo permitirse gastar dinero extra en reparaciones en varias partes de la mansión.
Mientras revisaba las finanzas y llenaba los libros de contabilidad, el sol se había puesto por completo y el cielo estaba oscuro.
Carlyle se quitó el monóculo y lo dejó sobre la mesa, luego se levantó con la linterna.
El pasillo del Ducado Zeller, azotado por la noche, estaba tan oscuro y silencioso como siempre.
Era natural que las luces no se encendieran a menos que alguien se moviera.
Después de atravesar una larga y familiar penumbra, Carlyle se detuvo frente a la puerta y llamó con el gesto habitual.
TOC, TOC.
Aunque nadie respondió, esperó dos exhalaciones. Al final, abrió la puerta sin hacer ruido.
La habitación, apenas penetrada por la sombra de la linterna, estaba tan oscura como el pasillo.
Solo había una diferencia.
La ventana abierta de par en par, las cortinas ondeando al viento, la luz de la luna entrando a raudales, y la mujer en pijama de pie en el alféizar.
—Hola, Carlyle.
Descalza, sin siquiera llevar zapatos, se giró en silencio. Con el movimiento, su largo cabello rubio se alzó suavemente, para volver a caer sobre sus rectos hombros.
En su rostro pálido, sin rastro de sonrisa, casi como una pintura inmóvil, las largas pestañas proyectaban una sombra que se extendía como una lágrima.
La luz de la luna rozaba el contorno de su rostro, delicadamente tallado.
En el instante en que aquella expresión inerte, carente de emoción, cruzó la mirada con la suya,
Carlyle frunció ligeramente el entrecejo sin darse cuenta.
Era como si alguien le hubiese aferrado a su pecho. Se le cortó la respiración y el corazón le dio un
vuelco.
Y en ese momento, Carlyle lo comprendió.
«…Ah.»
Creía que el agua solo le alcanzaba los tobillos, pero ya le había subido hasta el mentón sin que lo notara.
Uno puede prever su propio ahogo aun cuando pisa tierra firme.
Y no tardaría mucho en quedar completamente sumergido bajo aquella corriente desbordante.
Incluso en medio de esa revelación, no fue el miedo lo primero que sintió, sino una extraña paz, una sensación de que así debía ser.
¿No era natural anhelar a quien le había sido confiada toda su vida?
Incluso bajo la tenue luz de la luna, incluso envuelta en sombras, era alguien imposible de ignorar.
¿No era acaso demasiado pedir que no albergara deseo por ella?
Era una oscuridad en la que uno podría incluso quedar ciego.
El latido acelerado de su corazón le anunciaba que se acercaba al límite.
Había tomado conciencia de su primer amor.
***
Hace un rato, Adeline abrió los ojos en la oscuridad.
Lo último que recuerda es estar en Lambert, pero al abrir los ojos, estaba bajo un techo familiar, e incluso su ropa era diferente a la que recordaba al llevar una bata blanca.
Era una situación en la que no saber lo que pasó hacia que sea más difícil saberlo.
—…Me quedé dormida.
Adeline suspiró mientras se pasaba la mano por su pecho aún sintiendo una ligera opresión.
La sensación de estar sofocada y asfixiada, como si le hubieran colocado una roca en el pecho, no era tan diferente de la del banquete imperial.
La única diferencia era que había tenido tiempo de recuperar el aliento entonces, ¿pero en Lambert no?
Sin embargo, era la primera vez que se quedaba profundamente dormida delante de alguien así.
«Si esto sigue así será difícil.»
Por suerte, Jack la había traído sana y salva, pero si algo así volvía a ocurrir en el futuro, quién sabía qué problemas tendría.
Por eso abrió la ventana aunque sabía que hacía frío.
Aunque era evidente que se había quedado dormida, seguía sintiéndose un poco sofocada, así que movió el cuerpo inconscientemente, por la costumbre de ventilar la habitación cada vez que sentía el calor sofocante durante su vida de casada.
Nunca se le pasó por la cabeza encender la chimenea ni la lámpara.
Quizás porque llevaba un tiempo acostumbrada a dormirse temblando en una habitación fría.
Así que, solo después de que Carlyle entrara en la habitación, pudo darse cuenta de que estaba de pie bajo el viento frío con su ropa fina.
«¿Me va a regañar otra vez?»
La pregunta fue acallada rápidamente por Carlyle, que cerró la ventana y corrió las cortinas.
Se detuvo un momento y cerró la ventana y las cortinas meticulosamente, sin decir palabra, antes de cubrir a Adeline con una de las gruesas batas.
Con la punta de los dedos, le abrochó los botones de la bata alrededor del cuello. Ocultaba los moratones que habían quedado visibles bajo el fino escote.
—Me sorprendió encontrarte volviendo a casa con el señor Jack Hartzfeld mientras dormías. El médico dijo que no te pasaba nada, pero ¿había algún problema de salud?
Aunque no le regañara, el tema de la salud siempre salía a relucir.
De hecho, la pregunta era esperada, así que Adeline negó con la cabeza rápidamente.
—Bueno, sólo me sentía un poco mareada, pero tal vez fue el humo del cigarrillo en la habitación.
—Dijiste que estabas en un club de lectura, así que debe haber sido allí donde estabas.
La excusa de Adeline para salir hoy era asistir a un club de lectura para mujeres de la nobleza.
Los clubes de lectura se celebraban a menudo en clubes sociales, aunque en un ambiente muy diferente al de Lambert, y Adeline había utilizado la excusa de que había conocido a Jack allí para ayudarla.
«Es cierto que nos conocimos en un club social, y también es cierto que Jack me ayudó… Por ahora.»
Técnicamente, era cierto que se había desmayado por estar enferma, así que no era del todo falso.
Así que Adeline utilizó su enfermedad como excusa para encubrir sus palabras.
—No sé por qué, pero estaba mareada y me tambaleé, y me encontré con Jack, y él me ayudó a levantarme.
—¿Y qué pasó con tu ropa?
—Tropecé, me caí una vez y me manche de barro. No parecía algo que pudiera ponerme. Jack también me ayudó con eso.
—…
—Oh, no me crees.

TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK