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Capítulo 4

Al ver a esa niña, Rane, quien sostenía una espada, extendió su mano cansada y, pasando por los subordinados que se tensaron en un instante, cortó las hierbas puntiagudas que sobresalían para poder dormir y pateó las piedras con el pie. Entonces, sin darse cuenta, la niña también apartó las piedras con sus manos pequeñas como brotes de helecho y se pegó a Rane.   

Parecía que, desde que había nacido, siempre había luchado por sobrevivir. La niña parecía saber junto a quién debía estar para mantenerse con vida.

—No tenemos ni una manta para cubrirnos. Si tienes frío, acércate a mí y duerme aquí.

—Sí…

Después de limpiar el lugar para dormir junto a sus subordinados, Rane recostó su cuerpo exhausto. Había extendido un brazo para que la niña, que vacilaba, pudiera acostarse a su lado.

Akisha había sugerido llevar a la niña junto a él para no molestar a Rane, pero ella se negó. Aunque ella había vivido disfrazada de hombre, al ver a la niña, su instinto maternal básico superó a la razón. En una situación como esa, donde ni siquiera podían ver un paso adelante, no resultaba difícil ofrecerle un brazo a la niña.

—¿Qué es esto…?

Cuando Rane le hizo espacio, la niña, que ya había bajado la guardia, preguntó señalando un frasco de medicina que él había sacado de su bolsillo. Incluso en la oscuridad de la noche, la vista de la niña era aguda. Se trataba de un frasco de veneno que llevaban los oficiales de alto rango de Akin para suicidarse en caso de captura. Una ironía cruel: querían morir para sobrevivir.

En lugar de responder, Rane abrazó a la niña y le dijo que durmiera, cerrando sus ojos cansados. Desesperadamente deseó que, al día siguiente, apareciera al menos un animal flaco y seco. Él podía aguantar un poco más, pero quería darle a esa frágil niña y a sus subordinados, aunque fuera, unos pocos granos de cereal.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

Desde que había iniciado la guerra, Rane no había tenido tanta suerte por la mañana como aquel día.

¿Habrían sido escuchadas sus oraciones de la noche anterior? ¿O sería la niña un amuleto de buena suerte?

Una ardilla que apareció entre los arbustos del bosque, que parecían secos, fue suficiente para saciar el hambre de sus subordinados y de la niña. Le había dolido no poder darles ni una comida decente mientras se agarraban el estómago hambriento.

Aunque solo se tratara de un animal, la carne les devolvió la vitalidad y los subordinados dejaron de mirar con descontento a la niña.

—Príncipe Ramu, se ve el mar —dijo un subordinado al percibir el olor del mar después de caminar por montañas escarpadas.

—Parece que esta niña nos trae buena suerte. Vamos a recolectar agua aquí —dijo Rane.

Mientras los subordinados preparaban el agua salada para hacerla potable, Rane miró a la niña, quien observaba en silencio.

—Akisha.

—Sí, príncipe.

—Tengo preocupación de dejar a esta niña con la gente. No puedo pedirles que la cuiden tan fácilmente como ayer.

Akisha respondió:

—He oído que todos nacemos con lo necesario para sobrevivir. Ella también lo tendrá.

Rane asintió y luego le tendió un caramelo de frutas a Akisha.

—Toma. Sé que le diste el tuyo a la niña ayer.

Akisha rechazó el caramelo y se levantó.

—Si atrapamos una ardilla, puede haber más animales. Iré a buscar.

Rane guardó el caramelo con amargura. Si alguna vez llegaban a una situación realmente peligrosa, estaba decidido a dárselo a Akisha.

Mientras Rane se sumía en sus pensamientos, el olor de la carne asada llegó hasta el campamento de Kal Jer.

Era un error que solo los soldados novatos cometían: encender fuego en medio de la guerra. Rane, quien había estudiado tácticas, no lo notó debido al agotamiento y la deshidratación.

Mientras los subordinados celebraban haber recolectado un poco de agua, la niña habló:

—Príncipe Ramu.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—…

—Eres perspicaz.

—Quiero un nombre. Olvidé cómo me llamaba.

—¿Un nombre?

En medio de una situación donde la vida pendía de un hilo, el deseo de la niña por tener un nombre parecía un sueño.

—¿Quieres que te dé un nombre?

—¡Sí!

—Mmm… Pero no se me ocurre uno adecuado de repente. ¿Qué tal Annie, por ahora?

—¡Me gusta!

En el Reino de Akin, era común llamar “Annie” como apodo a las niñas bonitas, incluso si ya tenían un nombre. Aunque no era un nombre propiamente dicho, Annie, sintiéndose feliz, corrió hacia donde estaban los subordinados para presumir.

Pero, al poco tiempo, la arena arrastrada por el viento comenzó a revolotear alrededor de sus ojos. Extrañada, se incorporó y, en ese instante, vio a Akisha corriendo hacia ellos con el rostro serio.

—¡La columna de las tropas de Cask se acerca! ¡Debemos escondernos! ¡Aún no nos han descubierto!

—¡Todos, ocúltense entre los arbustos! ¡Annie, ven conmigo!

Los subordinados, en un abrir y cerrar de ojos, pisotearon el agua que con tanto esfuerzo habían recolectado y se escondieron junto a Rane. Akisha, conteniendo al máximo su respiración agitada, le explicó con gestos la formación militar que había visto en las montañas. Sus señas indicaban un batallón considerable.

Rane, al escuchar el cada vez más cercano galope de los caballos, rogó que pasaran de largo sin descubrirlos. Pero, contra sus deseos, los cascos se dirigían hacia la playa donde ellos se ocultaban.

Rane y sus hombres contuvieron la respiración. Por desgracia, la tropa de Cask se acercó demasiado y descubrió incluso el hoyo que habían cavado para recolectar agua.

En ese momento de tensión extrema, donde el corazón parecía latir al revés, Rane jugueteó con el pequeño frasco que guardaba en su bolsillo.

«Si nos descubren, compartiré las últimas gotas de veneno con Annie».

—Alguien estuvo aquí hace poco —dijo uno de los soldados enemigos.

Agachado entre la maleza, Rane observó al líder vestido con ropas marrones y grises. Aunque no distinguía bien su rostro, sabía que ese hombre solo podía ser el coronel Kal Jer, recién asignado a la guerra contra Akin.

«Si realmente es Kal Jer, al que llaman “la Muerte personificada”, antes de morir, al menos debo cortarle la cabeza».

—No son civiles. Se mueven en grupo —masculló otro soldado.

Demasiado lejos para escuchar claramente, Rane solo podía intuir la conversación por el movimiento de sus labios.

—Hoy podría ser nuestro último día —finalmente susurró.

—Príncipe…

—Si es así, gracias por seguirme a pesar de mis faltas.

—Ha sido un honor servir a su lado.

—Su líder debe ser el coronel Kal Jer. Al encontrar el pozo de agua, quizás nos busquen. Si es así, lo mataré antes de caer.

—Moriremos llevándonos al menos a uno más de ellos.

Mientras intercambiaban palabras solemnes, Annie, aterrada, tiró del dobladillo de la ropa de Rane.

«Ojalá esta niña, que solo conoce el miedo a la muerte, hubiera seguido en aquella cueva».

Pensó Rane mientras le apretaba la mano con calma.

Pero, de pronto, sin razón aparente, la columna enemiga giró sus caballos y comenzó a alejarse.

La inesperada retirada dejó perplejos tanto a los subordinados como al propio Rane. Solo cuando los soldados desaparecieron por completo, Rane dejó escapar un suspiro profundo.

—¿Por qué se han ido así? —murmuró, incapaz de entender.

—Quizás pensaron que éramos civiles. Desde que Kal Jer llegó, las masacres han cesado… sin explicación.

Las dudas persistieron incluso después de discutirlo. Akisha, sin bajar la guardia, observó fijamente el horizonte, pero los soldados no regresaron.

—Fue suerte. Pero ahora que conocemos el uniforme del coronel Jer, será más fácil identificarlo y matarlo la próxima vez.

Abrazando a Annie, que aún temblaba de miedo, Rane respiró hondo. Había sido un día afortunado. Aun así, permanecieron ocultos un rato más.

«En la guerra, la confianza es el peor error».

—Príncipe, debemos cambiar de ruta. Si encontraron rastros, podrían rastrearnos.

—Coincido. Evitemos zonas pobladas y preparemos trampas.

—Aquel de marrón y gris era el coronel Jer. Su cabeza será… ¡Agh!

—¡Aaaah!

Mientras planeaban agachados entre los arbustos, un grito desgarró el aire, el chillido de Annie cortó el aire como una cuchilla.

Antes de que pudieran reaccionar, se escucharon huesos rompiéndose.

En un instante, Rane intentó sacar el frasco de veneno, pero una bota lo golpeó por detrás, exponiendo su cuello y arrojándolo al suelo. El frasco cayó girando entre la maleza, inalcanzable.

—Ugh…

«Debo recuperar el sentido».

Pero el golpe en la cabeza lo dejó aturdido. Cuando estiró la mano hacia el frasco, otra patada lo impactó en la mandíbula, dejándolo sin fuerzas.

Incapaz de moverse, Rane yacía indefenso.

Cuando finalmente abrió los ojos, mucho después, una ráfaga de viento caliente rozó su rostro.

Y ante él, como si hubiera devorado todo el sol del mundo, alguien se alzaba haciendo flamear su gran capa.

El olor a sangre.

Un hedor a muerte y hierro sacudió sus fosas nasales, emanando de aquella imponente figura. Aparte del llanto intermitente de Annie, ya no se escuchaba los gemidos de sus hombres.

El campo quedó en un silencio seco, apenas roto por el viento y los sollozos cortados de Annie.

Por un instante, incluso creyó que el Ángel de la Muerte había venido a buscarlo.

Aunque apenas tenía fuerzas ni para tragar el veneno, un soldado de Cask le embutió en la boca un trapo áspero.

«Quieren impedir que muerda mi lengua y me suicide».

Ni la voluntad de morir le pertenecía ya.

Cuando su visión empezó a enfocarse, reconoció el rostro del hombre frente a él:

Ojos afilados como dagas.

Una nariz recta y labios gruesos en perfecto equilibrio.

No necesitaba confirmación. Era Kal Jer, el temido coronel de Cask.

Contrario a los rumores, su belleza era perturbadora, pero la crueldad en su mirada delataba su identidad.

«No debo ser capturado vivo».

Pero, con la boca amordazada y el cuerpo inmovilizado, ni siquiera podía hacerse una herida.

Jer se agachó, tomó el frágil hombro de Annie, que parecía a punto de quebrarse bajo su mano y la arrastró hasta colocarla frente a Rane.

—¿Cómo se llama él? —preguntó, sin apartar la mirada del joven que yacía en el suelo.

Annie rompió a llorar. Las lágrimas surcaban sus mejillas con torpeza, pero Jer, impasible, apretó con más fuerza su pequeño hombro.

—Si no respondes, lo mataré frente a ti.

—¡S-s-solía llamarlo… Príncipe Ramu! —balbuceó entre hipos, apenas podía articular el nombre.

Al oír su título, Rane cerró los ojos.

Estaba perdido.

Jer se incorporó con lentitud, satisfecho con la respuesta.

Rane intentó moverse, impulsado por la adrenalina, pero su cuerpo no respondía. Al desviar la vista y encontrar a Akisha inconsciente cerca, sintió que la desesperación lo tragaba por completo.

«Demasiado tarde… para huir».

El dolor en su cabeza era insoportable.

Todo giraba.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

En el campamento de Cask

—¡El Coronel Jer ha capturado al Príncipe Ramu!

—¿¡Qué!? —rugió Hetept, poniéndose de pie de un salto—. ¡Ese hombre es un prodigio!  

Mientras otros generales solo sabían masacrar civiles y derrochar recursos, Jer había dado un golpe maestro: había reducido las bajas… y capturado al heredero de Akin.

—Con Ramu como rehén, el Rey de Akin no tendrá más remedio que salir de su escondite —dijo Hetept, frotándose las manos con avidez.

—Pero… ¿acaso confesará el paradero de su padre tan fácilmente? —aventuró un cortesano con voz temblorosa.

Hetept lo fulminó con la mirada. El hombre se encogió sobre sí mismo.

—Tienes razón… Habrá que persuadirlo. Y nadie es mejor en eso que Jer —añadió asintiendo, recuperando el humor con una sonrisa torva—. ¡Cuando esto termine, le daré mujeres, oro… incluso que gobierne Akin como recompensa para mi segundo hijo!

Los cortesanos asintieron, tragándose la envidia. Nadie se atrevía a oponerse a Jer.

—Envíenle mujeres al frente —ordenó Hetept, sin perder la sonrisa—. Incluso sus hombres merecen un premio.

En medio de la guerra, el sexo y la carne eran los mejores regalos.

Robin: Ojo aquí en la narración se refiere a ella como él, en masculino. Así me lo lanzó la traducción.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



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