Capítulo 35
Lionel propuso que hoy mismo completáramos la certificación notarial del contrato, y yo acepté sin dudarlo. Con el proceso de abandono de la vida monástica ya concluido, en este momento no pertenecía a ningún lugar.
Aunque en la mansión no fuera a ocurrir nada extraño, deseaba esconderme cuanto antes detrás de la muralla llamada Lionel Ruanax.
Ambos terminamos de prepararnos para salir y acordamos encontrarnos frente al edificio principal.
Como aún tenía una sensación incómoda en la parte baja, me di una ducha rápida y elegí uno de los pocos vestidos de calle que tenía.
Era algo mejor que el que había usado en la última salida con Vivian, pero seguía siendo igual de sencillo.
Todos los vestidos lujosos que había usado en mi época de señorita de Solen habían ardido, y las prendas que poseía ahora eran las que había conseguido durante mi estadía en el monasterio, así que era natural.
No era de extrañar que, en nuestro primer encuentro, Ardin me hubiera tomado por la doncella de Vivian.
Me cubrí por completo, como aquella vez, y salí de la residencia anexa.
Después de todo, uno es atacado en el momento en que baja la guardia. Hasta que todo estuviera asegurado, debía mantenerme lo más precavida posible.
Lionel me miró con ternura a través de las gruesas gafas que yo llevaba, que dejaban a la vista solo mi nariz y boca, y me tendió la mano.
Me ayudó primero a subir al carruaje, y luego entró él, sentándose a mi lado.
—Aquí tiene, este es el contrato que se certificará hoy. Revíselo.
Sacó de un sobre los documentos y me los entregó.
Ya había revisado una vez el borrador corregido, así que repasé todo de nuevo para ver si había cambios.
Todo era igual, salvo por una cláusula añadida.
—Su Excelencia, esto me parece excesivo.
En ella se estipulaba que cada vez que le inyectara poder divino, se me pagaría un costo de tratamiento por separado… y la suma era considerable.
Era casi del nivel de las enormes donaciones que las familias nobles de alto rango entregaban al templo cuando recibían tratamiento sagrado.
—Ya recibo un subsidio para mantener la apariencia, pero esto…
—Para mí es algo de suma importancia. Nadie puede reemplazarla, así que no considero que sea demasiado.
—Aun así…
Quizá si se tratara solo hasta que recuperara todos sus recuerdos, pero ¿cobrar esa cantidad cada vez…?
—Llegará el momento en que necesite dinero de libre disposición. Su uso no es el mismo que el del subsidio, así que acéptelo.
Su decisión era firme.
—Aun así, es menos de lo que gano en un solo día.
—¿Eh…? ¿En serio?
Lo miré, sorprendida.
—Se lo dije, ¿no? No hay hombre en todo el imperio con más riqueza que yo. Las ganancias que se generan de forma natural son varias veces esa cantidad.
«Dios mío.»
¿De verdad era hasta ese punto?
Mientras yo aún intentaba asimilarlo, me entregó unos documentos más.
—Estos son para inscribir a Serenia Solen en la familia Dilot. El Reino de Cloren ya ha completado la certificación.
De ahora en adelante, viviría como Sasha Ruanax, originaria de la familia Dilot del Reino de Cloren.
Aun así, en el peor de los casos, podría llegar el día en que se descubriera que en realidad era Serenia Solen.
Esos documentos, que contenían un nombre y un linaje falsos, servirían como seguro en caso de que la familia imperial intentara reclamarle a Lionel Ruanax, alegando que el contrato matrimonial era inválido.
Habiendo pasado por otras familias de un reino extranjero antes de llegar a la familia Dilot, no sería fácil rastrear la verdad.
No pude evitar admirar lo minucioso del plan.
Sin conexiones e influencia extendidas por todo el continente, y sin una fortuna de ese calibre, ¿habría sido posible algo así? Solo Lionel Ruanax podía hacerlo por mí.
Gracias a que todo estaba preparado de antemano, el procedimiento avanzó rápido. Primero certificamos el contrato según las normas imperiales y luego tramitamos enseguida los documentos de compromiso para presentarlos a la familia imperial.
—Muchas gracias, Su Excelencia.
—No me lo agradezca. Esto no es más que parte de mis intentos por seducirla y lograr que se case conmigo.
—Aun así…
Fuera cual fuera el motivo, había obtenido el estatus de prometida de Lionel, algo que en los tiempos de esplendor de la familia Solen ni siquiera habría soñado.
¿Cómo no agradecerle a quien había hecho realidad algo tan impensable?
—Entonces, ¿por qué no cambiamos el modo de dirigirnos el uno al otro?
—Ah… es verdad.
Cierto; ya no era sacerdotisa, así que seguir llamándome así resultaba extraño.
—¿Qué le parece si nos llamamos por nuestros nombres? Cuanto más cercanos parezcamos, menos sospechas habrá.
—Me parece bien.
Asentí, y él me miró fijamente, como si esperara que lo hiciera en ese mismo instante.
—Eh… mm… Lionel…
No era tan fácil como pensaba.
Era solo pronunciar su nombre, pero sentí cómo mis mejillas se encendían.
Aparté la mirada con disimulo, y él tomó mi mano, entrelazando los dedos, para luego acercar sus labios a mi oído.
—Serenia —susurró mi nombre como si me confiara el secreto más importante—. Cuando estemos a solas, podré llamarla así, ¿verdad?
Solo era eso.
Apenas había dicho su nombre, y aun así, ¿por qué mi pecho se agitaba así?
Sentía unas ganas tremendas de rascarme la zona del corazón… o, en su defecto, el lóbulo de la oreja donde sus labios habían rozado al pasar.
—¿Quién le puso el nombre de Sasha?
—En realidad, era el nombre de un conejo que tuve de pequeña. Tenía el tamaño de un puño y un pelaje completamente blanco.
—Ah.
—Conejo… visto así, creo que le queda bien —murmuró Lionel en voz baja.
—Cuando llegué al monasterio y tuve que dar un nombre, fue lo único que se me vino a la mente…
—Ya veo.
La fría mirada de Lionel se suavizó. Me observó en silencio durante un buen rato, como si tratara de imaginarme en aquel momento.
Entonces, el carruaje en el que viajábamos tomó un camino distinto al de la ida.
—¿A dónde vamos? —pregunté con una ligera tensión, al notar algo inusual.
—A ocuparnos de lo más importante.
«¿Había algo más importante que certificar el contrato?»
Mientras miraba por la ventana, intrigada, empecé a ver la zona comercial.
El carruaje se detuvo frente a una joyería en la calle más concurrida.
—Llamaremos al sastre a la mansión; hoy elegiremos primero los anillos de compromiso.
—Ah…
Con esta apariencia, no sabía si era buena idea. No tenía aspecto de alguien que pudiera entrar con naturalidad en un establecimiento tan lujoso.
Pero Lionel, como si nada, tomó mi mano, me ofreció su brazo y caminó conmigo hacia la entrada.
El joven portero, al ver el escudo de los Ruanax grabado en el carruaje, se apresuró a abrirnos la puerta, y entramos en la joyería.
El encargado nos miró sorprendido: el Duque Ruanax entraba del brazo de una mujer vestida con tanta sencillez que rozaba lo humilde. Sin embargo, se apresuró a recibirnos.
—Su Excelencia, lo estábamos esperando.
¿Porque Lionel ya había avisado?
La amplia y lujosa tienda estaba vacía, salvo por los empleados y nosotros.
—Los anillos de boda de la familia Ruanax son tan aparatosos que resultan incómodos para usarlos a diario. Mejor elijamos algo sencillo y cómodo.
Al recibir la señal de Lionel, el encargado y los empleados colocaron sobre el mostrador varias joyas que ya tenían preparadas.
—…¿Se supone que elija de entre esto?
«¿No acababa de decir que fueran sencillos y cómodos?»
Esas piedras enormes brillaban con tal intensidad que cegaban; incluso la más pequeña parecía del tamaño de la primera falange de mi dedo índice.
Entonces, ¿cuánto más grande sería, según Lionel, el anillo “aparatoso” de los Ruanax?
No sé qué interpretó al verme tan desconcertada, pero Lionel, con un gesto amable, me quitó las gruesas gafas.
—Así podrá verlo mejor.
«Ah…»
Ahora sí que sentí ganas de gritar: “¡Ay, mis ojos!”.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANNAD
RAW HUNTER: ANNA FA