Capítulo 32
—Quiero comer algo… —murmuró Leoruca con gesto de pocos amigos.
—No hay nada… —respondió Chase sin mirarlo—. Si no lo dices rápido, de verdad no te lo haré.
—¡Que no quiero nada! Ve y cocínalo para el Sunbae Abel si quieres.
—¿Por qué sigues mencionando al Sunbae Abel desde hace rato? ¿Acaso ese tipo tiene algo contra ti?
—¡Te lo digo porque me preocupas! Así que escucha bien para que no te arrepientas después golpeando el suelo.
—Contaré hasta tres. Si no lo dices, no hay cena. Tres… Dos…
—¡Tangtsuyuk! Es que… primero cortas el cerdo, le pones sal y pimienta, lo rebozas en harina, lo fríes en aceite. Pero lo más importante es la salsa. A mí me gusta una salsa dulce y fresca con un toque de limón, así se tiene que hacer…
Tangtsuyuk: Plato coreano de carne frita con salsa agridulce, crujiente y servido con verduras.
Desde que regresaron de la reunión con la productora, Leoruca no había hecho más que poner mala cara. Chase pensó que hoy tendría que arreglárselas solo para comer, pero… como si eso fuera posible. Si este cachorro se ponía así de malhumorado y encima tenía que conseguir su propia comida, dejaba de ser una mascota. Aunque refunfuñaba por dentro, Chase tomó notas diligentemente de la receta que Leoruca explicaba con entusiasmo.
—¿Dónde demonios aprendes todas estas recetas extrañas que me pides?
—Pero al final siempre te lo comes todo…
—¿Se lo dices al espejo? El que cocina soy yo y el que come eres tú.
—Por eso… digo que me lo como todo…
—De verdad, este chico…
Chase contuvo las ganas de golpear esa cabecita redonda de Leoruca y se dio la vuelta abruptamente. Las recetas que Leoruca describía solían omitir pasos importantes, mezclar ingredientes al azar o contener errores, por lo que Chase tenía que experimentar varias veces para lograr el platillo correcto.
Últimamente estaba tan ocupado cocinando desde que abría los ojos, que hasta había tenido que reducir sus trabajos de medio tiempo. Por suerte…
«Al menos me gradúo en unos meses».
Cuando consiguiera un trabajo estable, su situación financiera sería mucho más holgada. Pero entonces… ¿Quién cocinaría para este cachorro? Chase golpeó el cerdo con el cuchillo mientras se sumía en sus pensamientos.
Para entonces ya habrá nacido el bebé, así que quizá no mendigue comida de esta manera… aunque no parecía probable. Más bien, se le venía a la mente la imagen de dos criaturas chillando y exigiendo atención. Chase dejó escapar otro suspiro profundo.
Últimamente, el tiempo pasaba sin que se diera cuenta. Como si fluyera como el viento.
Afortunadamente, las náuseas matutinas habían disminuido, quizá por pasar tanto tiempo al lado de Leoruca. Claro que este no perdía oportunidad de presumir:
—¡Así que ya sabes a quién se lo debes! Sin mí, volverías a sufrir como antes.
—¿Y mi agradecimiento dónde queda? Me tienes con la espalda doblada de tanto cocinar. ¿Qué más quieres?
—¡Mira cómo me hablas! Llorarás cuando sea tarde.
—A ver, explícame exactamente cómo lloraré.
—Ya te lo diré… Pero, eh… ¿cuándo sale la comida?
—¿Me ves cara de menú de restaurante?
—Matando de hambre a un embarazado…
—¿Quién mata de hambre a quién? Hace una hora te comiste un filete. ¿Llevas un mendigo en el vientre?
—¡Llevo a tu hijo!
Era cierto, así que Chase no pudo replicar. Con resignación, giró hacia la cocina para tomar nota del pedido.
«¿Qué demonios quería hoy?»
Por más que lo pensaba, no recordaba cómo había terminado convertido en el repartidor de comida a domicilio de Leoruca. Su primer encuentro había sido desastroso. El segundo y el tercero, también… De hecho, durante casi un año, el solo nombre de Leoruca le hacía rechinar los dientes.
—Bueno, tampoco es que ahora me caiga bien…
Al golpear el cerdo con el lomo del cuchillo, el “cachorro” se acercó, entrometiéndose:
—Si sigues así, la carne quedará hecha trizas. ¿O es que estás descargando tu frustración?
—Quita las manos de mi cintura.
—Es que te estoy ayudando con las náuseas.
—¿De verdad necesitas manosearme tanto la cintura para aliviar las náuseas?
—Es que esta zona es la más agradable de tocar… Y está bonita…
No sabía cuándo había desarrollado ese pésimo hábito. Por más que Chase lo apartara agarrándolo por la nuca, en cuanto bajaba la guardia, Leoruca ya estaba abrazado de nuevo a su cintura. Aunque aún no se rendía, Chase se sentía exhausto, así que al final cedió: Haz lo que quieras.
Ni Chase había imaginado que este absurdo arreglo de convivencia se alargaría tanto. No habían fijado un plazo, pero asumió que las náuseas matutinas durarían uno o dos meses como máximo.
Incluso ahora, aunque a veces sentía arcadas como antes, la mayoría del tiempo estaba bien. ¿No sería mejor vivir separados? Leoruca insistía en que no era un cachorro, pero Chase sospechaba que se resistía porque, en la Mansión de Kaisa, no podría seguir aprovechándose de él.
Hace unas semanas, Chase había insinuado cuidadosamente:
—¿No sería mejor que volvieras a casa ya?
Leoruca, con la nariz hundida en un dulce estofado de carne preparado por Chase, alzó la cara sorprendido. Sus ojos, ya de por sí grandes, se redondearon como platos al quejarse:
—¿Qué pasa? ¿Ya no quieres cocinarme?
—No es eso… Es que aquí el espacio es reducido, frío e incómodo. ¿Para qué sufrir teniendo una Mansión amplia y cómoda? Además, yo ya estoy mucho mejor.
Aunque esa era la razón principal, no era la única.
Últimamente, Leoruca había cambiado demasiado. Pero Chase aún recordaba al Leoruca que conoció al principio: aquel que lo miraba fijamente con los ojos entrecerrados y lo amenazaba sin pestañear.
¿Y si recupera sus memorias y vuelve a ser ese Leoruca? Por ahora no había problema, pero si se acercaban más… podría complicarse. No es que ahora fueran cercanos, pero…
Si me encariño demasiado, podría salir lastimado. No es que ya estuviera encariñado con ese cachorro.
En fin, antes de que algo así pasara, quizá lo mejor era separarse aquí. No es que estuvieran juntos de todos modos…
—¿Así que este es mi último banquete?
—¿Por qué siempre saltas a lo dramático?
Los ojos de Leoruca brillaban con lágrimas que parecían a punto de desbordarse, con una mirada tan conmovedora que casi partía el corazón. Chase estuvo a punto de sentir pena… hasta que se dio cuenta de que esas lágrimas no eran por él, sino por el estofado de carne que contemplaba con tristeza. De pronto, sintió que le estallaba un dolor de cabeza.
—Si ya terminaste, levántate —ordenó Chase, limpiando rápidamente la cocina antes de salir a su trabajo de medio tiempo.
Pero al regresar, la casa estaba sospechosamente silenciosa. Demasiado silenciosa. Donde estaba el caos habitual de Leoruca quejándose por la hora o al menos el ruido de patitas corriendo hacia él ahora solo había un vacío inquietante. Una mala sensación se apoderó de él mientras dejaba su mochila y gritaba:
—¡Oye, Leoruca! ¿Dónde estás? ¿Otra vez te metiste en problemas…?
¡YIP!…
—¿Cachorro…?
…KYEK
—¡Este maldito cachorro…! ¿Dónde te metiste?
Las lamentosas respuestas sonaban lejanas, pero no veía por ningún lado al culpable. Con el corazón acelerado, registró cada rincón de la pequeña casa. Justo cuando la preocupación empezaba a apoderarse de él…
KYYAAANG…
Esta vez, el llanto era un poco más fuerte. Siguiendo el sonido, sus ojos se posaron en el cachorro, dentro de la olla de estofado guardada en lo alto del armario, ahora temblando con el pelaje blanco completamente cubierto de salsa. Chase vio su vida pasar ante sus ojos.
—¿Qué demonios haces ahí dentro?
GÑIII…
El cachorro, sollozando, extendió sus patitas delanteras pidiendo ser cargado.
—¡¿Y quieres que te cargue después de convertirte en un desastre ambulante de salsa de carne?!
NNG… KYII…
A pesar de sus palabras, no pudo dejarlo ahí. Con cuidado, lo levantó de la olla, sintiendo cómo lo ridículo de la situación lo golpeaba. Lo llevó rápidamente al baño, abriendo la ducha para enjuagar ese cuerpecito tembloroso con agua tibia mientras lo regañaba:
—Vuélvete humano ahora mismo.
NNG…
—No te regañaré. Solo dime… ¿cómo terminaste dentro de esa olla?
KKUNG…
El cachorro, ya de por sí pequeño como la palma de la mano, pareció encogerse aún más al perder el volumen de su pelaje empapado. Chase lo enjabonó con gel de baño, frotando con firmeza su cuerpo mientras insistía:
—Habla. ¿Qué pasó?

TRADUCCIÓN: ELIZA
CORRECCIÓN: HASHI
REVISIONISMO: ELIZA