Capítulo 3
―Sí. Inmediatamente después de la evaluación psicológica, procedieron a plantear las negociaciones.
―Mmm, entonces debe de estar por terminar. De acuerdo.
El fiscal jefe asintió con la cabeza como si no fuera nada importante y acto seguido desvió la mirada. Era su manera de decirme que podía irme. Pero yo, permanecí sentado en mi sitio sin moverme.
―¿Hay algo más de qué hablar? ―preguntó el fiscal jefe.
Tras respirar hondo suavemente, abrí la boca.
―Lo rechacé.
El fiscal jefe me miró fijamente sin decir palabra.
―¿Por qué? ¿No te gustaron los términos?
―Sí.
Me esforcé por relajar al máximo mi expresión para no apretar los dientes y añadí con serenidad:
―Querían 5 años por un homicidio de tercer grado. Por supuesto, lo rechacé.
―Mmm. Eso sí que fue excesivo.
―Y además, en el pasillo. Inmediatamente después de la audiencia preliminar.
―¿Quieres decir que ni siquiera fueron a tu oficina? ―vi cómo el fiscal jefe fruncía el ceño y repetí―: Fue en el pasillo.
El fiscal jefe asintió con la cabeza como si comprendiera mi disgusto.
―Entonces, ¿cuál es nuestra propuesta?
―Tenía intención de proponer homicidio de segundo grado con una sentencia de 30 años, pero…
―¿Pero? ―repitió el fiscal jefe el final de mi frase con el rostro contraído.
Respondí con calma: ―Si ellos no lo aceptan, no tendremos más remedio que proceder a juicio. Si sus padres no les enseñan qué está mal, la ley tendrá que hacerlo.
El fiscal jefe parpadeó, atónito.
―Oye… ―carraspeó, pero no pudo seguir hablando.
Tomé la palabra en su lugar, ya que se había quedado bloqueado.
―Es un delito flagrante sin margen para negociar. Lo único que podía ofrecer eran 30 años de prisión sin libertad condicional, un millón de dólares en compensación a la familia, la redacción de una declaración de arrepentimiento y una disculpa pública a la víctima a través de los medios. Nada por debajo de eso. Y eso es lo mínimo. Si él no fuera tan rico como para contratar al bufete Miller, no habría salido de la cárcel en vida.
―…Tú… ―abría y cerraba la boca repetidamente, como si no supiera por dónde empezar―. Entonces, ¿vas a procesarlo?
A la pregunta del fiscal jefe, respondí brevemente:
―Sí.
―Si rechazan mi propuesta.
Al añadir a regañadientes esa condición, él puso de nuevo cara de desconcierto y acto seguido soltó un suspiro.
―¿Por qué diantres complicas las cosas?
El fiscal jefe repitió lo que había dicho el abogado, como si fuera un guion preparado. Añadiendo una cosa más:
―Y además, el presupuesto es ajustado.
―Es que no muestran el más mínimo arrepentimiento.
Se lo solté mientras la rabia me embargaba, pero él negó con la cabeza.
―Eso es algo que no se puede evitar. ¿Acaso no sabes muy bien cómo son los Alfas? ¿Y qué quieres que hagamos? Si los encerramos en prisión cada vez que cometen un delito, ¿cómo vamos a afrontar el costo? El país quebraría, y como los impuestos subirían, los ciudadanos se alzarían. ¡Cielos, solo imaginarlo es terrible!
El fiscal jefe, exagerando como en una obra de teatro, alzó y bajó los brazos. Luego, serenando la voz, añadió en tono de consejo:
―Para Betas como tú y yo hay límites que simplemente no podemos traspasar, como por ejemplo, llegar a donde están ellos.
Yo le respondí con sarcasmo:
―¿Una vez que llegas a esa posición, es que los Betas como nosotros respiramos dos veces por cada una de los Alfas?
Al oír mis palabras, las sienes del fiscal jefe se congestionaron de ira.
―¡No estoy de humor para bromas!
Finalmente, estalló de furia y alzó la voz.
―¡No permitiré que lleves esto a juicio. ¡Llama ahora mismo al abogado de Davis y negocia en términos razonables! Tus condiciones son demasiado severas. ¡Tienes que hacer una oferta que la otra parte pueda aceptar, que es de lo que se trata negociar! Quiero este caso cerrado hoy. ¡Si vuelves a actuar por tu cuenta, no seré indulgente! Si te niegas, no tendré problema en asignar otro fiscal a este caso de inmediato, ¿está claro?
En lugar de responder, apreté la comisura de los labios y lo miré directamente. Justo cuando el fiscal jefe, leyendo mi clara negativa, empuñó la mano con intención de golpear el escritorio…
TOK, TOK.
unos golpes repentinos en la puerta aliviaron de inmediato la tensión sharp. El fiscal jefe volvió la cabeza y yo también miré hacia la puerta. Era su asistente.
―Disculpe la interrupción, señor fiscal jefe. Tiene una visita…
―¿Quién es? ―preguntó el fiscal jefe con un tono que aún delataba su enfado.
La asistente, que parecía turbada por su brusquedad, vaciló antes de responder:
―Sí, es… la madre de Anthony Smith.
Al instante, el rostro del fiscal jefe se crispó y luego me miró a mí. Yo negué con la cabeza, indicando que no sabía nada del asunto. Él emitió un gruñido y habló con voz abatida:
―Hazla pasar.
La asistente se hizo a un lado y pronto apareció una mujer entrada en años y de complexión gruesa. Su piel estaba apagada y su rostro carecía de vitalidad. Allí estaba, una mujer que había perdido a su hijo y con él, todo su mundo.
―Señor fiscal jefe, señor fiscal.
Nos miró alternativamente a los dos y entró lentamente, con un paso algo tambaleante. Tanto el fiscal jefe como yo nos pusimos instintivamente de pie. Estábamos preparados para tenderle la mano por si acaso se caía, pero por suerte, llegó hasta frente al escritorio del fiscal jefe sin incidentes.
―Tome asiento, por favor ―ofreció el fiscal jefe una silla, pero ella negó con la cabeza.
―Siento molestarle estando tan ocupado. No le quitaré mucho tiempo.
Con una voz tan inestable como su paso, continuó:
―Quería saber cómo iba el juicio… He oído decir que, en la mayoría de estos casos, se llega a un acuerdo con el criminal. Pero he oído que, si hay un acuerdo, a menudo la sentencia se reduce o queda en suspenso, y ya sabrá, como es de… una familia tan influyente, temía que pudiera pasar algo.
Ella estaba nerviosa, como si fuera la culpable esperando sentencia. Aunque quien debía ser castigada no era ella, y sin embargo, con solo haber perdido a su hijo, ya había sido suficientemente castigada, sin importar qué falta hubiera cometido.
El fiscal jefe, mostrando visible incomodidad, habló:
―Ah, por supuesto, seguiremos el procedimiento. Por supuesto, haremos todo lo que esté en nuestra mano.
Incapaz de ocultar su inquietud, desvió la mirada. Ella, confundida por su actitud, nos miró alternativamente al fiscal jefe y a mí. Yo, sin decir nada, miré fijamente al fiscal jefe. Ella tragó saliva secamente y continuó:
―No irá a quedar en nada, ¿verdad…? ¿Ese hombre será castigado?
Al instante, sus ojos se llenaron de lágrimas.
―Mi hijo era muy bueno, pero todos los periódicos y la televisión lo insultan. Mi hijo no era así, nunca había probado las drogas y jamás había engañado a nadie. Pero ese hombre, mató a mi hijo y cómo se atreve a…
Finalmente, rompió a llorar con sollozos.
―Todos llaman a mi hijo un despojo. ¿Cómo pueden hacer esto?

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN TU PATRONA