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Capítulo 3

A diferencia del enfado que había demostrado antes, Hetept movió su lengua glotona dentro de la boca mientras recordaba a la mujer de Akin que le habían enviado recientemente a su dormitorio.  

—Qué diestra era al hacer un oral… Me hizo correrme dos veces en su cara bonita. Incluso después de correrme, seguía lamiendo mi pene, buscando alargar el placer. Si no fuera porque mis súbditos me vigilaban, habría ordenado que me hiciera un oral todas las mañanas.

Jer, como siempre, no respondió. Se limitó a inclinar la cabeza antes de marcharse. Solo con ver su espalda alejándose, Hetept ya sentía alivio.

—Si se hubieran rendido antes, no habría hecho falta llamar al Coronel Jer. Los juegos de Akin ya llegaron a su fin.

 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

 

Desde que, por orden de Hetept, Kal Jer llevó su ejército a Akin, las defensas del reino se desmoronaron como un hormiguero arrastrado por la lluvia.

El castillo que habían defendido con tanto empeño se convirtió en un montón de paja ardiendo en un solo día y las trampas preparadas solo funcionaron al principio. Una vez descubiertas, perdieron toda utilidad.

Tal como Hetept había ordenado, Jer no mató a muchas mujeres. Redujo al mínimo las bajas civiles, a excepción de los hombres que intentaban contraatacar o resistirse.

De hecho, para él, aplastar a Akin habría sido demasiado sencillo. Por eso seguía al pie de la letra las órdenes del rey.

Más que nada, le resultaba fascinante ver a los generales del campo de batalla, mientras intentaban encontrar a un rey fracasado. Aquello solo confirmaba lo que siempre había sabido: eso era lo que los demás no podían hacer y él sí.

Su habilidad como General en el campo ya estaba más que reconocida, así que su objetivo ahora era capturar vivo al rey de Akin y arrojarlo a los pies de Hetept.

Pero encontrarlo no era tan fácil como parecía para Jer. Cada vez que interrogaba a oficiales de alto rango, sobre el paradero del rey, estos se suicidaban al instante antes de soltar una sola palabra.

No era porque supieran algo. Solo el peso de su presencia bastaba para abrumarlos, su aura mortal y el terror a ser torturados bastaban para que se quitaran la vida.

Las técnicas de tortura de Jer eran tan temibles que nadie podía resistirse a confesar. Incluso los propios sirvientes de Cask que presenciaron sus métodos, vomitaron todo lo que habían comido y evitaron volver a verlo durante un tiempo.

TAC, TAC.

Sentado en su silla, Jer hacía rodar entre sus dedos dos pequeños frascos de vidrio. Eran iguales a los que los sirvientes de Akin llevaban consigo para suicidarse. Siempre llevaban consigo pócimas de hierbas venenosas y, apenas se encontraban con alguien de Cask, los rompían en sus bocas y tragaban el veneno antes de que pudieran detenerlos. Ni siquiera disfrazándose de soldado común servía: morían igual.

Una frase seguía dando vueltas en su mente. Las últimas palabras de un sirviente que se había suicidado el día anterior:

{—Nunca… ghh… nunca sabrás dónde está el Rey… Ni siquiera los sirvientes más cercanos… kgh… lo saben… Nunca… nunca…}

Jer sabía que no mentía, no eran palabras para confundirlo. En tiempos de guerra, hasta la ubicación del rey, pocos la sabrían. Aunque los sirvientes de Akin seguían buscando gracias a su habilidad, el riesgo aumentaba. Y con cada informante muerto, encontrar al rey se volvía cada vez más difícil.

Entonces, Jer recordó a alguien.  

«El Príncipe Ramu.»

El hijo del rey. Decían que su sola presencia en el frente había elevado la moral del pueblo. Si lograba encontrarlo, él sería la clave para dar con el rey. Pero si también portaba veneno y moría antes de hablar, sería un problema.

Incluso si ganaban la guerra, si el rey no aparecía, Jer enfrentaría la que sería su primera “derrota” en un historial impecable.

Ganaran o perdieran daba igual. Él lo encontraría. Para Jer, lo imposible simplemente no existía.

Había alcanzado el rango y poder más alto, por encima incluso de los hijos de linaje noble de su madrastra, por una sola razón: una determinación implacable.

—No sé dónde se esconde esa rata… pero la encontraré y la arrojaré ante Hetept.

 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

 

—¿No es duro?

—No, estoy bien.

Varios hombres con cicatrices en el rostro y cabello cortado al ras se sentaban dentro de la cueva, afilando sus espadas desgastadas contra las rocas. Ya no quedaban balas, así que solo les quedaba mantener las hojas lo más filosas posible.

Agrupados, de aspecto escuálido, parecían niños jugando a la guerra, era patético y, aun así, a pesar de su delgadez, su moral era inquebrantable.

Aunque la guerra había traído incontables pérdidas, nadie culpaba al príncipe Ramu. Todos alababan la decisión del rey de apoyarlo. Al fin y al cabo, sin la guerra, habrían muerto de hambre igualmente.

Algunas mujeres que habían sido vendidas como esclavas a Cask criticaban a Ramu por imprudente, pero la mayoría creía que Hetept era el verdadero culpable. Ese estúpido, torpe y cruel soberano había llevado a Akin a ese extremo. Incluso otros países vecinos, que compartían ese pensamiento, los habían provisto de alimentos y armas para resistir.

—No les diré que “aguanten”, porque la guerra es cruel y con muchos sacrificios. Pero les agradezco por permanecer a mi lado.

—Nosotros también, Príncipe. Es un honor dar nuestras vidas por usted.

Akisha, que lo había acompañado desde el inicio, también se unió cuando Ramu abandonó el grupo del ejército.

Al enterarse de que el “Ángel de la Muerte”, Jer, invadiría Akin, Ramu se separó del ejército y reunió un pequeño grupo. Sabía que Jer lo buscaría primero y, si moría, muchos otros caerían con él.

Pero, contra los rumores, Jer había minimizado las bajas, matando solo a quienes ofrecían resistencia. Ramu no entendía el motivo, pero le dolía ver a los sirvientes leales suicidarse uno tras otro.

A pesar de su impresionante habilidad para encontrar escondites, Ramu sabía que Jer jamás daría con su padre. Nadie, excepto Akisha y él, conocían su paradero.

Cuando estalló la guerra, su padre había dejado atrás su corona y sus vestiduras reales. Vestido como un civil más, sin verle el rostro, sería imposible reconocerlo. 

Ahora, el pequeño grupo se dedicaba a reparar las armas, preparar trampas y mantenerse oculto. Si se encontraban con el Coronel Jer, lucharían. Mientras tanto, Ramu elaboraba estrategias para pasar desapercibidos.

Todos sabían que era una lucha entre David y Goliat. Pero, al final, ¿acaso no fue David quien venció?

Quizá, con un milagro, Akin también podría lograrlo.

 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

 

—¡Coronel Jer! ¡Encontré a una sirvienta que sirvió al rey!

Un subalterno irrumpió en la tienda donde se alojaba Jer, visiblemente agitado. Al parecer, había regresado de una región donde lo habían enviado en su lugar. Varios soldados alzaron la mirada al escuchar la voz. Llevaban días sin encontrar ni siquiera a un sirviente de Akin, sin avance alguno. Entre los generales, ya comenzaban los murmullos: incluso Jer podía fracasar.

—¿Descubriste dónde está el rey? —preguntó Jer sin moverse.

—Es que… bajo tortura, confesó que solo el Príncipe Ramu lo sabe. Intenté interrogarla más, pero de repente mordió su propia lengua y… ¡Agh!

Aunque tenía órdenes explícitas del rey de no matar a los de Akin, la cabeza del subalterno que traía noticias inútiles cayó al suelo sin dificultad antes de que pudiera terminar. Rodó entre los pies de los presentes, que desviaron la mirada o cerraron los ojos con rapidez. Minutos antes, muchos de ellos habían mirado al joven con envidia por haber encontrado a una sirvienta real.

—¿Alguno de ustedes tiene algo más que reportarme? ¿O quieren terminar como este desgraciado?

Al ver la cabeza del joven soldado caer, el silencio se extendió por la tienda y todos contuvieron el aliento.

Llevaban días sin ningún progreso. Aunque haber encontrado a una sirvienta del rey podía parecer un logro, para Jer no significaba nada.

—Parece que no hay nada más —murmuró con frialdad.

Ya tenía en mente a su nuevo objetivo: el Príncipe Ramu. Mientras retiraban el cadáver del soldado ejecutado, Jer marcó con cortes de su espada varios puntos en el mapa extendido sobre la mesa.

—Podemos asumir que ningún sirviente conoce el paradero del rey. A partir de ahora, nuestro objetivo no será el Rey de Akin, sino el Príncipe Ramu.

La verdad era que Jer bien podría haber recurrido a métodos más brutales. Si reunía a los civiles que aún quedaban frente al castillo en ruinas y ejecutaba a cientos cada día, el rey no tendría más remedio que revelarse. Pero si llegaba a estar entre ellos y moría por error, todo se perdería. Por eso, ese método quedaría reservado para el último recurso.

Los lugares que Jer había señalado eran las posibles ubicaciones del Príncipe Ramu. Todos los subalternos se inclinaron sobre el mapa con atención, intentando no despertar su ira.

Mientras se preparaban para la misión, Jer estrelló una botella de vino contra la mesa. El cristal se hizo añicos. Luego recogió el vino que se deslizaba entre los fragmentos y lo vertió en una copa. Bebió en silencio, con lentitud, como si degustara sangre humana. Mentalmente, calculaba cuántos días había perdido en Akin sin resultados.

Hetept no lo presionaba, pero Jer era demasiado perfeccionista. Ahora que su objetivo era Ramu, no podía permitirse más demoras. Tenía que capturarlo vivo. Y pronto.

«Seguro lleva un frasco de veneno. Tendré que destrozarle la mandíbula antes de que logre morderlo…»

Jer Apretó con fuerza la copa mientras imaginaba al príncipe Ramu, a quien solo había visto en retratos. Aun así, tenía la certeza de que lo reconocería.

«Algo me dice que así será…»

 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

 

—Príncipe, ¿no iremos por ese camino?

—Allí hay gente. Mi presencia podría ponerlos en peligro. Jer es impredecible; debemos ser cautelosos —Ramu evitó el atajo y optó por una ruta más difícil.

La lealtad del pueblo de Akin hacia su rey nacía del amor que siempre les había demostrado. Y el Príncipe Ramu, heredero de esa bondad, también era profundamente respetado.

De no ser por los tributos exigidos por Cask, grano y mujeres, Akin habría vivido en paz bajo un reinado benevolente.

Pese a las heridas de la guerra que marcaban su cuerpo, Ramu marchaba al frente sin una sola queja, seguido por sus hombres sin cuestionamientos.

Sus extremidades delgadas, difíciles de ocultar incluso bajo ropas masculinas, entristecían a Akisha. Pero la determinación que Ramu irradiaba no tenía nada que envidiar a la de cualquier guerrero.

Llevaba días sin comer bien, pero seguía trabajando en trampas y desplazándose sin descanso. Sabía que, si se mostraba débil, los demás también lo harían. Solo una vez había perdido el control: durante la guerra, cuando su menstruación le arrancó un grito mudo de frustración. Había deseado arrancarse de su propio cuerpo femenino.

Avanzaban con sigilo por la montaña bajo la cubierta de la noche. Al notar algo, Ramu se detuvo bruscamente.

Lo que creían que era un tronco resultó ser el cuerpo inmóvil de una niña. Tendida boca abajo, apenas respiraba. Ramu alzó su espada por reflejo, pero detuvo el golpe a tiempo, retrocediendo con un jadeo.

—¡¿Qué haces aquí?!

La niña, sola en medio de la oscuridad, rompió a llorar en cuanto Ramu le agarró el brazo con fuerza. Preguntar por sus padres carecía de sentido en mitad de una guerra, así que finalmente, Ramu soltó su agarre.

Esa pequeña le recordó algo. A su niñez, antes de comenzar a vivir como un hombre.

«La noche en que mi padre entró en mi habitación con el rostro sombrío y me dijo que viviría la vida de mi hermano muerto… lloré igual que ella.»

—Niña, estás sola. Quédate detrás de mí.

—¿Eh?

—No lejos de aquí debe haber una cueva donde se refugian civiles. La dejaremos allí.

—Pero… retrasará nuestra marcha. No podrá seguir el ritmo.

—Nos reunimos para proteger a nuestro pueblo. No podemos abandonarla.

—… Disculpas, mi Príncipe.

El subordinado, que cargaba a la niña aún paralizada por el llanto, se estremeció al sentir lo escuálido de su brazo, casi solo hueso. La culpa lo invadió de inmediato por haber pensado en dejarla atrás como si solo fuera un estorbo.

Akisha, con mirada compasiva, apoyó una mano suave sobre el hombro de la pequeña. Sin dudarlo, le ofreció uno de los caramelos de fruta que guardaban como ración de emergencia y susurrándole que todo estaría bien. Las lágrimas secas brillaban en el rostro de la niña, quien, animada por el dulce, logró seguir el áspero camino sin rezagarse.

Pero al llegar a una pendiente rocosa, sus fuerzas cedieron. Cayó de rodillas, agotada.

A pesar de las protestas de Akisha, Ramu se agachó y la cargó en su espalda. Los demás ofrecieron relevarlo, pero él no la soltó hasta que divisaron la entrada de la cueva.

—Haah…

El agotamiento de días sin comer decentemente, sumado al peso de la niña, le nublaba la vista. Para disimularlo, se clavó las uñas en las palmas hasta hacerse sangrar.

Poco después, escucharon murmullos.

—Encontramos a quienes te cuidarán.

La niña, que aún lamía los restos del caramelo, asintió y forcejeó para bajarse, avergonzada. Akisha dio un paso al frente:

—¡Somos soldados de Akin! ¡Bajen las armas si las tienen!

El murmullo se extinguió al instante.

—¡Repito, somos de Akin!

Entró primero, desarmado. Ramu evitó revelar su identidad real, aunque eso les habría asegurado confianza inmediata. Aun así, al reconocer las insignias que llevaba, los refugiados relajaron sus posturas tensas.

La mayoría eran mujeres y niños. Los pocos hombres apenas superaban la adolescencia. Algunas mujeres, mientras machacaban hierbas para hacer pan, se arrodillaron al verlos entrar.

—Lamento haberlos asustado —se disculpó Ramu, inclinando la cabeza a pesar de su rango. Empujó suavemente a la niña hacia adelante—. ¿Alguien la reconoce? ¿Sabe quiénes son sus padres?

Varias miradas furtivas recorrieron la cueva, pero nadie respondió.

Ramu se dirigió entonces a la mujer que parecía liderarlos:

—¿Cómo sobreviven aquí?

—Masticamos pescado seco o lo remojamos en agua.

—No es suficiente para tantos…

—Salimos por turnos, al amanecer, para buscar comida en el mar.

—Es admirable. Los días difíciles terminarán.

—¿El castillo… cayó?

—Sí. ¿Han visto otras tropas?

—No. Coman algo, al menos.

—No es necesario. Pero… ¿pueden quedarse con ella? No come mucho.

—Claro.

Aliviado, Ramu se preparó para marcharse. Aunque él y sus hombres también necesitaban comida, la miseria que había visto en la cueva le impidió aceptar.

Antes de partir, todos los refugiados se inclinaron profundamente. Sabían que, en esa guerra, cada despedida podía ser la última.

—¿De verdad fue la decisión correcta?

Mientras ascendían nuevamente por la montaña, dejando atrás a los refugiados, la duda se enroscó en el pecho de Ramu.

«Tal vez habríamos muerto de hambre bajo los tributos de Hetept… pero quizá aún había espacio para negociar.»

Sus hombros, ya cargados por el peso de la niña, se hundieron aún más bajo el peso del remordimiento. Caminó en silencio, adelantándose al grupo.

Solo Akisha notó las lágrimas que resbalaban por su rostro.

 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

 

Avanzaban sin pausa. Pronto necesitarían un lugar donde descansar, pero no cualquier sitio servía: debía estar lejos de zonas civiles.

—¡Ugh!

Un sonido metálico los detuvo. Ramu se giró y quedó paralizado al ver, a la luz de las antorchas, a la niña que habían dejado atrás en la cueva. Sus manos y pies estaban cubiertos de sangre, magullados por haberlos perseguido.

—¡¿Desde cuándo nos sigues?!

—…

—¡Te dejé allí para que vivieras, no para esta locura!

Desde que abandonó el ejército, no, desde que comenzó la guerra, Ramu había asumido que moriría. Había entregado a la niña para salvarla. Pero allí estaba, desafiando ese sacrificio.

La niña, pálida ante su grito, se contuvo. No rompió en llanto. Ramu se endureció aún más:

«Si sigue con nosotros, solo encontrará la muerte. En la cueva, al menos tendría un bocado de comida…»

Finalmente, las lágrimas comenzaron a caer. Entonces, como si su padre hubiera sido un bufón, comenzó a imitar las voces de los refugiados:

{[—¿Ahora debo alimentar a una huérfana cuando ni siquiera tengo para mis hijos?]}

—… —Ramu la miró, sorprendido.

{[—Dale un plato y ya. Los que la trajeron se lavaron las manos.]}

—…

{[—Que otro se ocupe. O échenla.]}

Al escucharla, Ramu comprendió su error.

En tiempos de guerra, una boca más era una maldición. Lo había olvidado.

Su expresión severa se aflojó.

—Acamparemos aquí. Partiremos al amanecer —murmuró, deslizándose al suelo.

—¿Y ella? —objetó un soldado—. No tenemos comida.

—No… no tengo hambre —interrumpió la niña, comprendiendo su carga incluso a esa edad.

Robin: vas a caer Jer ya te quiero ver rogar HP!!



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



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