Capítulo 27
Carlyle sabía que las palabras de Jack eran una provocación descarada, pero no pudo pronunciar ni una sola palabra al respecto. Por mucho que le revelaran alguna vergüenza, nada habría sido tan devastador y horrible como esto. Y entre todo, había una cosa que lo hacía sentirse especialmente miserable.
«…¿Habrá notado algo la señorita?»
Si Jack lo había notado, no había forma de que Adeline no se diera cuenta. Especialmente porque la excusa con la que Carlyle la había llamado no era más que una burda mentira que se podía descubrir con solo echar un vistazo a los documentos.
Dicen que quien ha mentido antes sabe hacerlo bien.
Carlyle comprendió recién hoy cuán cierta era esa frase.
«Si al menos hubiera mentido alguna vez en mi vida…»
En otras circunstancias, jamás habría salido una mentira de los labios de Carlyle. Siempre había sido sincero y leal. Sin embargo, la existencia de Jack Hartzfeld, ese hombre, estaba minando poco a poco la paciencia de Carlyle.
Antes de que Adeline regresara…
{—¿También lo sabe el mayordomo? Que estoy saliendo con tu señorita.}
Desde que escuchó estas palabras de Jack, Carlyle comenzó a notar cómo su paciencia se desmoronaba poco a poco. Y fue aún peor cuando le dijeron que Adeline había regresado.
La razón por la que había estado evitándola durante los últimos días. La raíz de todo eso fue una sola: había tenido la absurda fantasía de que Adeline estaría en brazos de Jack.
«Justo tenían que ser dos personas cuyos rostros conozco tan bien…»
Carlyle era un hombre tan recto como carente de imaginación. Si no hubiera sabido que se trataba de Jack, si no supiera bien qué clase de persona era, nunca habría imaginado algo tan vívido. Lamentablemente, Carlyle acabó teniendo una fantasía muy realista, muy acorde con su cargo.
Adeline besando a Jack, y Jack recorriendo con sus manos la espalda de Adeline. Levantando el dobladillo del vestido y jugueteando con la piel que quedaba expuesta debajo, acariciándola.
No importaba qué hiciera, no podía sacar de su mente esos pensamientos sobre Adeline, y eso lo atormentaba. Se sentía como una bestia en celo que llevaba todo el día excitada.
«Por eso estuve evitándola.»
Ahora, con solo bajar un piso, esa escena que había estado imaginando una y otra vez podría presentarse justo frente a sus ojos. Solo con pensar en eso, la paciencia de Carlyle se agotó por completo en un instante. Y lo que sucedió después… incluso al recordarlo, era difícil considerar que lo hubiera hecho en su sano juicio.
Se atrevió a mentir con una excusa tan evidente que sería descubierta de inmediato.
«Ya no tendría nada que decir aunque la señorita me despreciara.»
Tras un largo silencio, Carlyle aceptó el castigo que se le había impuesto. Subió las escaleras y llamó a la puerta de Adeline.
TOC, TOC.
—Entraré, señorita.
Cuando abrió la puerta tras el llamado, vio a Adeline de pie frente al tocador. Era ya entrada la noche, y aunque había encendido la luz, el interior de la habitación estaba envuelto en una penumbra tenue.
La mujer, de pie entre las sombras, giró el rostro hacia él. Incluso en la oscuridad, Carlyle podía sentir de forma casi vívida la presencia de su señorita. Ni siquiera en luna nueva su cabello dorado perdía su color. Esa figura delgada y única cobraba aún más presencia en la noche.
Carlyle sabía, por experiencia, que existen personas que logran dejar una marca en uno simplemente con su mera existencia. Y su Adeline era justamente ese tipo de persona. Aquella a quien uno no puede evitar mirar, y que, sin darse cuenta, se cuela hasta lo más profundo.
«Tan fácilmente…»
Una persona que hace miserable a los demás.
Adeline se quitó la pulsera de la muñeca y la dejó sobre el tocador mientras hablaba.
—Carlyle, ya revisé todos los documentos del asunto que mencionaste. No parecía que el plazo fuera tan urgente.
—…Así es.
—¿Entonces me mentiste?
Finalmente, había llegado el momento. Carlyle apretó con fuerza sus manos y bajó la cabeza. Tampoco esta vez podía mentir. En ese instante, estaba más lúcido que nunca.
—Sí. Lo siento, señorita.
Carlyle admitió su falta. Sin embargo, por alguna razón, su señorita no parecía especialmente disgustada por el hecho de haber sido engañada. Simplemente asentía mientras se quitaba uno a uno los accesorios que llevaba puestos.
—Sabía que era así. Gracias.
—…¿No me va a reprender?
—¿Y si te reprendo, tienes intención de decirme por qué lo hiciste?
—…
No obtuvo respuesta.
«Claro. Ya lo suponía.»
Adeline tampoco esperaba mucho, así que no se sintió particularmente molesta.
«Carlyle ya se había molestado antes por las huellas que dejó Jack.»
¿No sería por una razón similar esta vez también? En realidad, la razón no era tan importante.
«Lo importante es que Carlyle me mintió.»
Y además, una mentira tan evidente. Al saber que no fue una mentira elaborada, no pudo evitar soltar una risa seca. Si se tratara del Carlyle de siempre, jamás habría cometido un error así.
«Simplemente… debe estar perturbado.»
Tal como ella deseaba. Cuando se prepara el té, se necesita paciencia para dejarlo reposar. Y esto era, precisamente, la recompensa que Adeline había estado esperando.
Provocar esos fallos en un Carlyle que siempre había sido tan perfecto e impecable. Y así, derrumbarlo y hacer que se pusiera de su lado.
«Aunque, claro, no pensé que el resultado llegaría tan pronto.»
La visita de Jack había resultado ser una ayuda inesperada. Una ironía difícil de ignorar. El ánimo de Adeline seguía por los suelos, y sin embargo, todo lo que deseaba iba saliéndole bien.
«…Estoy cansada.»
Al principio, tenía intención de tomar un largo baño, pero ahora lo único que quería era dormir cuanto antes. Adeline, por último, llevó la mano al collar de perlas que llevaba al cuello. Pero al intentar quitárselo sola, no fue fácil, y tras varios intentos fallidos, Carlyle se acercó y extendió la mano.
El collar que llevaba hoy tenía un cierre demasiado pequeño como para quitárselo sola, pero en cuanto Carlyle lo tocó, este se deslizó suavemente y cayó. Carlyle se lo entregó en la mano a Adeline mientras decía:
—Para este tipo de cosas, debería llamar a alguien. Todo el personal de la Casa Ducal de Zeller existe para su comodidad, señorita.
—No me respondes, pero sí me regañas.
—…Lo siento.
Cuando Carlyle bajó la cabeza, Adeline soltó una risita.
—Está bien. Ya te lo dije. Gracias. En realidad, no me apetecía tanto estar con Jack. Pero gracias a ti, pude evitar ese encuentro.
—…
—Te perdonaré esta vez. Pero no habrá una segunda.
Ese “segunda vez” que mencionó Adeline tenía un peso implícito. Se refería a una traición que, en este momento, nadie más conocía. Sin embargo, Carlyle no podía prestarle atención a nada de eso.
La razón era simple.
«Eso de que no le apetecía estar con Jack…»
—…No puede ser. —El rostro de Carlyle se endureció al instante—. ¿Jack Hartzfeld se atrevió a faltarle al respeto, señorita?
—No, no es eso. Pensándolo bien… se me olvidó decírtelo —murmuró Adeline con tono tranquilo—. Millen me propuso matrimonio.
En realidad, para ser precisa, la propuesta de Millen fue hace ya un mes. Pero el asunto relevante era lo que había ocurrido hoy, así que Adeline no consideró necesario dar más detalles sobre la fecha.
Carlyle, que no sabía nada, simplemente se quedó paralizado.
—Entonces… ¿planea casarse con el señor Millenberg?
—No lo sé. Solo que hoy, estar con Jack se me hizo incómodo.
«Había estado con Millen hace poco, y ahora estar con Jack de esta manera… me hacía sentir un poco rara.»
Mientras decía esto, Adeline tomó la mano de Carlyle y la llevó de nuevo a su espalda. Era una señal para que le desabrochara los botones. En esos pequeños gestos, no hacían falta palabras entre ellos.
Mientras Carlyle le desabrochaba los botones del vestido uno por uno, Adeline, que observaba en silencio el espejo, abrió de pronto la boca.
—Y dime, Carlyle. Quiero preguntarte algo también.
—¿Qué desea preguntarme?
Carlyle levantó la cabeza sin pensar, y en el reflejo del espejo, sus ojos se encontraron con los de Adeline.
—¿Con quién crees tú que debería casarme?

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK