Capítulo 26
Josh estiró lentamente el cuerpo. Los coyotes, por instinto, distinguen entre presas más débiles y enemigos más fuertes. La primera manera de evitar un ataque era demostrar visualmente que él era más fuerte que ellos.
Tal como lo esperaba, los coyotes no se atrevieron a atacar de inmediato y lo observaban, retrocediendo con cierta cautela. Habían subestimado su estatura.
Aunque eso los hacía dudar en lanzarse con el cuello estirado, no significaba que se hubieran rendido. Uno de ellos, más grande que el resto y que parecía ser el líder de la manada, dio un paso hacia adelante y mostró los dientes con un gruñido bajo. No parecía dispuesto a dejar escapar a su presa.
Sosteniendo el contacto visual con el líder, Josh se apresuró a repasar mentalmente qué armas tenía a su disposición. Enfrentar a una manada de animales salvajes con las manos vacías no era algo que ni un idiota haría.
Lo primero que pensó fue en su pistola, pero ya se había quedado sin balas. Al ver que el coyote mostraba los dientes sin retroceder, Josh se preguntó si el animal no se habría dado cuenta de que ya no tenía armas con las que defenderse. Aunque parecía imposible, la idea le cruzó por la mente.
Sin apartar la vista del líder, Josh echó un vistazo rápido alrededor. Por suerte, el maletero seguía abierto. Recordó la llave inglesa que había dentro y enseguida calculó por dónde atacar.
El problema era Chase. Dentro del auto estaba seguro, pero había un punto débil: el cristal trasero, reducido a polvo, había dejado un hueco por donde un animal podía entrar sin dificultad. Manteniendo la tensión, Josh habló:
—Señor Miller. —Lo llamó en voz baja, sin dejar de mirar al coyote alfa—. Cuando dé la señal, pase al asiento delantero. Agáchese lo más que pueda. Yo me encargaré del resto. ¿Entendido?
—…
—Señor Miller.
Esta vez lo llamó con más firmeza. Pero Chase seguía sin responder. Josh, sin alternativa, se obligó a mirarlo. Y entonces se quedó congelado de sorpresa.
Para su asombro, Chase estaba completamente pálido. Con los ojos abiertos, parecía haber perdido la conciencia. Ni siquiera parecía escuchar la voz de Josh. Solo miraba fijamente a los coyotes, sin siquiera parpadear. Josh se preguntó si siquiera estaba respirando.
Desconcertado por su reacción, Josh desvió rápidamente la vista entre los coyotes y Chase, y le gritó con urgencia:
—¡Señor Miller, qué está haciendo! ¡Despierte!
—…
—¡Señor Miller!
De pronto, a Josh le vino a la mente el pánico que Chase sentía por los perros. Incluso recordó el momento en que se había derrumbado llorando, colgado de él.
«¿Y si le decía que no eran perros, sino coyotes? ¿Eso lo calmaría? Aunque, bueno, al fin y al cabo, también son de la misma familia. ¿Y si le decía que eran zorros? Se parecen más a los zorros… pero los zorros también son cánidos, demonios.»
Todo eso cruzó su mente en apenas dos o tres segundos. Pero no era momento de consolarlo.
El momento clave había llegado. Sin apartar la vista del líder, Josh comenzó a desplazarse lentamente hacia el maletero. Muy despacio, metió la mano por debajo de la compuerta abierta. Cuando sintió el metal frío de la llave inglesa tocarle los dedos, la tomó con fuerza.
El líder percibió enseguida que algo cambiaba. En el mismo instante en que saltó hacia él, Josh rugió con fuerza:
—¡Señor Miller, al frente! ¡¡Ahora!!
Los coyotes ladraron con furia desde todos lados y se abalanzaron sobre ellos. Fue entonces cuando Chase soltó un grito agudo, cubriéndose la cabeza.
—¡¡¡Aaaaaaaah!!!
—¡Señor Miller!
Josh pateó y golpeó a los animales salvajes que se le lanzaban encima, gritando al mismo tiempo:
—¡Señor Miller, despierte, por el amor de Dios! ¡Maldita sea, muévase ya!
—¡A… aaah… aaAAAAAH!
—¡Chase Miller!
Josh volvió a gritar su nombre, pero Chase seguía atrapado en un ataque de pánico, gritando sin parar, sin mostrar la menor señal de haberlo escuchado. Al final, Josh no pudo contenerse más y soltó una maldición.
—¡Maldita sea!
Con un golpe sordo, el coyote que se había abalanzado sobre Josh salió despedido sin fuerza. De inmediato, Josh cerró a toda prisa la puerta trasera del auto. Ojalá eso fuera todo… pero, por desgracia, la luneta trasera seguía completamente rota.
—¡Maldito imbécil! ¿¡No me oyes!? ¿¡Qué demonios estás haciendo, por qué no reaccionas!?
En ese instante, el líder de la manada se lanzó desde atrás. Josh giró el cuerpo justo a tiempo para evitar que le mordiera el hombro, y le golpeó con fuerza. Con un CLANG, el animal salió volando, pero otro se le lanzó a las piernas. Josh le dio una patada y lo hizo caer, lo que hizo que el resto de la manada se detuviera por un momento.
Pero no fue el final. Sintiendo un escalofrío detrás de él, Josh giró y vio a un coyote saltando hacia él. Se impulsó con el cuerpo y, mientras bajaba con una mano la compuerta abierta del maletero, le dio una brutal patada al animal que lo atacaba con los dientes expuestos. Con otro golpe sordo, el coyote rodó por el suelo, pero pronto otro vino a atacarlo. Mientras tanto, Chase seguía encogido en el asiento, temblando y sin poder moverse.
«Maldita sea.»
Josh apretó los dientes y reformuló la estrategia. No había otra opción: tenía que expulsar a los coyotes. Proteger al cliente y eliminar a los enemigos al mismo tiempo era algo extremadamente difícil, pero dadas las condiciones en las que se encontraba Chase, esa era la única alternativa.
Los ladridos feroces se multiplicaban a su alrededor. Tenían un solo objetivo: agotar a Josh. El líder parecía confiado en su ventaja numérica. No retrocedía en ningún momento y esperaba pacientemente una oportunidad. Y al final, la encontró.
Mientras el líder amenazaba con gruñidos, otro coyote aprovechó para lanzarse desde atrás. Cuando Josh giró para enfrentarlo, el líder se precipitó directamente hacia Chase.
«Mierda.»
Al verlo, Josh gritó desesperado:
—¡Chase!
Chase se quedó paralizado. Todo a su alrededor pareció moverse en cámara lenta. Levantó la cabeza, se giró y, entonces, lo vio: el coyote enseñando los dientes, dispuesto a desgarrarle el cuello. Sus colmillos brillaban con nitidez a la luz de la luna.
Y aun viéndolo venir, Chase no pudo moverse. En sus ojos bien abiertos, la boca del coyote ocupaba todo el campo de visión. Su mente se quedó en blanco. Por un instante, deseó que lo mordieran y que todo terminara ahí.
Pero ese momento nunca llegó.
Un golpe sordo resonó frente a él. Pero no sintió dolor alguno.
—¿…?
Chase abrió los ojos con incertidumbre y se encontró con las pupilas amarillas, llenas de rabia, del coyote. El animal jadeaba y enseñaba los dientes con una mirada feroz aún fija en él.
Pero no lo estaba mordiendo a él. Recién entonces Chase se dio cuenta de que Josh se había interpuesto con el brazo.
Y el coyote, en vez de morderle el cuello a él, tenía enterrados los colmillos en el brazo de Josh.
El momento de horror no duró mucho. Josh, acostado sobre el maletero, aguantaba la mordida con un brazo mientras con la otra mano usaba la llave inglesa para golpear la cabeza del coyote. El animal no lo soltaba con facilidad, incluso recibiendo el golpe. Los demás empezaron a lanzarse sobre él. Josh los pateaba y los echaba con fuerza, uno tras otro.
Ya respiraba con dificultad. Finalmente logró zafarse del líder, pero la herida era profunda y la sangre le caía a chorros por el brazo. Al ver eso, los ojos de Chase se agrandaron. Cuando otro coyote saltó, Josh lo despachó de un golpe sin dudar, y respiraba agitadamente con los hombros sacudiéndose.
—Ha…
Tomando aliento por fin, tragó saliva y se irguió. Chase solo podía mirarlo en silencio.
Los ojos amarillos del líder, clavados en él, revivieron en la memoria de Chase. Una presión en el pecho le impidió respirar. Los ladridos aún resonaban en sus oídos, el corazón le retumbaba como si fuera a estallar, y todo se volvió oscuro delante de sus ojos.
«Tengo que ayudarlo.»
Chase logró pensar eso, pero su cuerpo no respondía. Josh no podía seguir peleando solo por siempre. Ya estaba cubierto de sangre.
«Míralo… está agotado.»
Chase observaba con la mente en blanco la espalda de Josh, que se mantenía firme entre él y los coyotes. A pesar de estar solo, herido, Josh seguía luchando para protegerlo. Y él, en cambio, no hacía nada, paralizado por el miedo.
Aunque lo sabía, ni siquiera podía controlar su mente, que se le desvanecía poco a poco.
Su vista se llenó con la espalda recta de Josh. En medio de su aturdimiento, Chase vio cómo Josh se quitaba la chaqueta rota y la arrojaba al suelo. Luego apareció ante sus ojos su espalda cubierta solo por una camisa blanca. Por alguna razón, le ardieron los ojos.
HAH, HAH. HAH, HAH.
La respiración entrecortada se arremolinaba en su boca sin parar. Su mano temblorosa se apretaba contra el pecho, pero su aliento no lograba calmarse. Al final, cuando tres coyotes se abalanzaron al mismo tiempo contra distintas partes del cuerpo de Josh, Chase terminó por perder el conocimiento por completo.
{—Uuh… hhh, sniff…}
Desde algún lugar, se escuchaba un sollozo. El niño, limpiándose sin parar las lágrimas con el puño, lloraba y lloraba. De cabellos rubios, con tirantes sobre pantalones cortos, su carita bonita estaba empapada de lágrimas, saliva y mocos, hecha un desastre. Pero no importaba cuánto llorara, no había nadie que lo consolara.
{—Chase es raro.}
Grayson lo había dicho con el ceño fruncido. Él era el único que al menos se molestaba en mostrarle esa clase de atención. Nathaniel solo fumaba mientras miraba el celular sin ningún interés, y Stacey también reaccionaba con indiferencia. Los otros dos eran demasiado pequeños.
Pero Chase no habría podido decir cuál era peor. La incomprensión dolía tanto como la indiferencia.
Aquel día, los pájaros no cantaron en toda la mañana. Tampoco bebieron agua ni comieron. Su canario amarillo, ese ser precioso para él, no se comportaba como siempre, y Chase no pudo concentrarse en clase en todo el día por la preocupación. Volvió a casa apresurado, solo para encontrar al pajarito tirado en el fondo frío de la jaula.
Pálido del susto, Chase gritó. Grayson, al verlo, abrió la puerta de la jaula. Chase ya tenía los ojos llenos de lágrimas.
{—Mi pájaro está enfermo, Grayson.}
Al borde del llanto, su voz temblaba. Grayson tomó al ave en la palma de la mano, la tocó un par de veces y luego dijo:
{—No está enfermo. Está muerto.}
{—¿Muerto?}
{—Sí.}
Y lo dijo como si no fuera nada:
{—Habrá que tirarlo.}
Chase ni siquiera tuvo tiempo de asimilarlo. Antes de poder procesar lo que había escuchado, Grayson ya se había dado la vuelta con total naturalidad. El pequeño canario amarillo cayó en el bote de basura.
Chase gritó, horrorizado.
Ante la reacción inesperada, Grayson solo lo miró sorprendido. Chase, desesperado, corrió a recoger al ave del basurero. No se movía. Por más que la acariciara, por más que llorara, nada cambiaba. Lloró durante horas, pero lo único que recibió fueron miradas frías.
{—Está muerto, Chase.}
Grayson lo señaló con despreocupación, como siempre.
{—Cuando se mueren, hay que tirarlos.}
Pero Chase no podía aceptarlo. Mientras seguía llorando sin parar, Grayson lo miró con la cabeza ladeada. Al ver su expresión incómoda, Nathaniel dijo con tono desinteresado:
{—Chase siempre ha sido raro. Déjalo.}
Chase, por un instante, dejó de llorar. Entre sollozos, parpadeó desorientado. Grayson se encogió de hombros mientras subía las escaleras a su habitación. Chase lo observó irse. Luego vio cómo Nathaniel salía sin más, y cómo Stacey negaba con la cabeza mientras lo miraba.
Todos se burlaban de él.
Al final, ya no sabía si lloraba por el pájaro o por otra cosa. Solo sabía llorar. Lloraba, lloraba y lloraba.
Al atardecer, su padre regresó a casa. Al ver el rostro empapado en lágrimas de su hijo, se detuvo un segundo. Chase levantó la mirada con su última esperanza.
{—Mi pájaro se murió, papá.}
Lo dijo entre lágrimas, suplicando. Su padre solo lo miró desde arriba, sin expresión alguna. Incapaz de soportar la pena, Chase sollozó con fuerza.
{—Grayson lo tiró a la basura… y me dijeron que soy raro. Stacey, Nathaniel… todos dicen que algo está mal conmigo. ¿Es cierto? ¿Soy raro?}
Y volvió a romper en llanto. Pero su padre simplemente lo observó con una mirada árida. Mientras su hijo se desgarraba llorando, exhausto hasta casi no poder respirar, él finalmente abrió la boca con esa voz seca tan suya.
{—Un pájaro no sirve para nada.}
{—…}
Su mente, nublada por el llanto, no podía entender. Chase levantó la vista, desorientado. Y ahí estaba el rostro de su padre, igual de frío que su voz. Igual que la expresión que le dedicaban Nathaniel, Grayson, y los demás.
Exactamente la misma.
Chase sintió que las lágrimas volvían a subirle a los ojos. Habló con una voz temblorosa y ahogada.
{—…Es bonito… y canta.}
Esa fue la única protesta que pudo hacer. Pero la respuesta que recibió no fue muy distinta.
{—¿Y qué?}
Papá le respondió con el ceño fruncido. De verdad no lo entendía. Igual que sus otros hermanos. En ese instante, Chase perdió toda la voluntad y el valor para seguir hablando. Con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir, vio cómo su padre le hablaba con el rostro más impasible del mundo.
{—Te compraré otro.}
Eso fue todo. Como si con eso todo estuviera resuelto, le revolvió el cabello con una mano y luego subió a su habitación. Chase volvió a quedarse completamente solo.
Unas horas más tarde, Daddy regresó a casa. Pero Chase ya no volvió a hablar sobre el ave. Aunque Daddy se apenó al saber —por boca de Papá— que el canario de Chase había muerto, como el niño no mostró ninguna reacción, decidió no insistir más.
Chase no fue plenamente consciente de la herida vacía en su interior hasta que estuvo acostado esa noche, solo en la cama. Se dio cuenta entonces de que, en el fondo, esperaba que alguien notara su tristeza. Pero nadie lo hizo. Y así comprendió algo.
Que dentro de esa familia, él era un completo extraño.
Las lágrimas, que habían parado, volvieron a llenarle los ojos. Se mordió los labios para contenerlas, pero no sirvió de nada: las lágrimas cayeron igual.
El mundo entero era igual. Todos lo miraban con esa misma cara de “qué raro eres”. Nadie lo entendía. Solo se sentían incómodos, sonreían con torpeza y seguían de largo. El tiempo pasaba sin detenerse. Chase estaba cansado de esa incomprensión. Ya no quería nada. Solo deseaba que lo dejaran en paz.
Algún día, todo esto terminará.
***
Cuando abrió los ojos, Chase tardó un momento en entender cuál era su situación. Parpadeó, inmóvil, repasando con la vista el paisaje que tenía delante.
Tal como ocurrió justo antes de perder el conocimiento, su cuerpo seguía recostado en el asiento trasero del coche. Todo estaba increíblemente en silencio. Tanto, que las desgarradoras escenas que recordaba parecían solo un eco lejano. En medio de ese silencio que parecía haber tragado al mundo entero, lo único que se oía era la respiración débil de Chase.
Pero fue su cuerpo el que reaccionó primero. Se le erizó la piel y sus ojos comenzaron a abrirse más.
«Ese hombre… ¿qué fue de él?»
Contuvo el aliento sin darse cuenta y se incorporó de golpe.
Fue entonces cuando, a través de la luneta trasera rota, sintió el aire frío y un aroma amargo. Alguien estaba fumando.
«No puede ser…»
Chase giró lentamente. Desde su ángulo, apenas podía ver parte del cuerpo del hombre más allá de la puerta del coche. Dudó un momento, luego se acercó y asomó el rostro por la ventana rota. El aire helado entraba sin barreras, permitiéndole ver con claridad el exterior.
Allí estaba él, de espaldas, como antes. De pie a unos pasos, con el cigarrillo entre los labios. El humo blanco flotando alrededor de su rostro era suficiente para confirmarlo. Chase lo miró absorto por un momento.
La camisa blanca estaba arrugada y manchada por todas partes, hecha un desastre. Aun así, los músculos firmes de su espalda se adivinaban claramente bajo la tela fina. Cada vez que movía un brazo para llevarse el cigarro a la boca, la camisa se tensaba, revelando las líneas limpias y marcadas de su cuerpo.
Su mirada bajó lentamente hasta la cintura estrecha. Luego se detuvo brevemente en las firmes caderas, y de allí bajó más.
De pronto, Chase frunció el ceño. Ese hombre tenía unas piernas increíblemente largas. Al recordar cómo había pateado a los coyotes con esas piernas, sintió un escalofrío inmediato. Eran unas patadas realmente impresionantes.
Ahora que lo pensaba… «cuando me golpeó, no fue tan fuerte como cuando golpeaba a los coyotes.»
Chase se quedó quieto ante esa revelación. «¿Acaso… se había contenido a propósito?»
Justo en ese momento, Josh sacudió la ceniza de su cigarro y sus miradas se cruzaron. Él se sorprendió brevemente, con los ojos un poco abiertos, pero enseguida sonrió con su expresión habitual.
—¿Durmió bien?
Su sonrisa relajada y la mirada amable lo tomaron por sorpresa. «¿No era ese el momento para enojarse o mostrar fastidio? ¿Por qué estaba sonriendo?»
Sin importarle los pensamientos de Chase, Josh se acercó caminando sin dudar. Su aspecto era desastroso.
La ropa estaba hecha jirones, con sangre seca por todo el cuerpo, y el brazo herido por la mordida del coyote estaba cubierto de carne viva al descubierto. Visto de cerca, casi no quedaba parte de su cuerpo en buen estado. Su rostro atractivo estaba manchado de sangre y tierra, y en un costado tenía una herida abierta. Chase no pudo apartar la vista.
Josh, malinterpretando su mirada, apartó el cigarro de los labios y exhaló el humo con un FUUU. Al notar que Chase lo observaba en silencio, Josh desvió un momento la vista hacia el cigarro y comentó:
—Tomé uno prestado. Lo siento.
Su sonrisa ladeada no tenía nada de disculpa, pero tampoco sonaba burlona en lo absoluto. Chase pensó que tenía un descaro encantador.
—¿No habías dicho que lo habías dejado?
Ante la pregunta, Josh volvió a sonreír, entrecerrando los ojos. El cansancio en su rostro capturó sin querer la atención de Chase, quien lo miró sin darse cuenta, como hipnotizado. Josh, entonces, respondió:
—Estoy sangrando. El tabaco es un veneno, pero ayuda a contraer los vasos sanguíneos.
Inhaló el humo con toda intención y luego lo expulsó con lentitud. La línea de humo cruzó el aire antes de deshacerse en partículas. Chase lo observó en silencio.
—…Te heriste la cara.
Se dio cuenta demasiado tarde de que lo había dicho en voz baja, casi como un suspiro. Pero la reacción de Josh fue tan simple que casi resultó decepcionante.
—¿Sí? —respondió, llevándose el cigarro de nuevo a la boca como si no fuera nada.
Y eso fue todo. Chase, desconcertado, parpadeó sin saber cómo reaccionar.
—…¿Eso es todo?
Como si no pudiera creerlo, preguntó de nuevo. Josh ladeó la cabeza con expresión perpleja, de verdad sin entender el motivo de su sorpresa. Parecía completamente indiferente a la posibilidad de quedar con una cicatriz en el rostro. Incluso añadió:
—Es algo que puede pasar en este trabajo.
Chase se quedó atónito. Tal vez su desconcierto se le notó demasiado, porque Josh de pronto soltó una risa. Una risa clara y luminosa.
Chase se quedó de nuevo en blanco.
«¿Por qué se ríe? ¿Qué tiene de gracioso?»
No entendía nada, pero esa sonrisa era tan asombrosamente atractiva que sintió que podría mirarla para siempre sin cansarse.
Josh se llevó el cigarro a la boca. La brasa se encendió con un chisporroteo rojo y luego se apagó en un tono grisáceo. FUU, esta vez exhaló solo una bocanada breve antes de inclinarse hacia adelante.
Con el cigarro aún en la mano, apoyó el brazo sobre el techo del auto y bajó el torso hasta que quedó justo frente a Chase. Estaban a escasos centímetros, cara a cara. Chase no apartó la mirada, no frunció el ceño ni mostró fastidio.
Josh lo observó en silencio unos segundos, luego habló.
—Señor Miller.
Su voz, suave, se escurrió hasta perderse en el oído de Chase. Sintió un escalofrío, pero no por el frío. Josh le sonrió mientras preguntaba:
—¿Puedo besarlo?

TRADUCCIÓN: ROBIN KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN KLYNN
RAW HUNTER: KLYNN