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Capítulo 21

Al oír que llamaban a la puerta, giré la cabeza y un hombre entró al cabo de unos instantes. Necesité unos segundos para reconocerlo con su traje negro.  

—Ah, ¿ha recuperado el sentido? —preguntó él con su actitud profesional de siempre.

Era el guardaespaldas Gamma que me había recibido la primera vez que fui a la mansión. Como yo, incapaz de responder al instante, solo parpadeaba, él continuó hablando como si no le importara.

—Cuando haya descansado un poco, se sentirá mejor. No se preocupe por los gastos médicos ni otros gastos necesarios. Al fin y al cabo, fue un accidente involuntario…

Como yo seguía mirándolo fijamente, él, pareciendo turbado, desvió la mirada y dijo: —Lo siento, no imaginé que fuera Beta… Pensé que era un Omega invitado…

—…Ah.

Solo entonces comprendí por qué los guardias Gamma se habían burlado de mí. No era porque mi coche fuera cutre. Era porque creían que era un prostituto. Los Gamma, al no poder detectar las feromonas, naturalmente no podrían distinguirlo. Aunque eso lo supe después. También fue una de las razones por las que busqué a Alice. Como ella era la responsable de las invitaciones, el malentendido encajó perfectamente.

Estaba tan anonadado que ni siquiera se me ocurría qué decir. El hombre me lanzó una mirada furtiva, escudriñando mi rostro. En realidad, él solo había cumplido con su deber. Sin duda hubo un error, pero era de los que se pueden pasar por alto. El que había cometido la falta más grave era Nathaniel Miller. Pero después de haber pasado por aquello, no podía decir con amabilidad: No pasa nada. No era la Madre Teresa.

Justo cuando iba a soltarle una frase mordaz, de repente vi mis manos vendadas. Mi mano también se había cortado con los fragmentos de cristal con los que había apuñalado a Nathaniel. Al notar un dolor punzante, ya tarde, desvié la mirada y vi la aguja de una jeringa clavada en mi brazo. Seguí el tubo con la vista y vi el goteo constante del suero. Él, notando mi mirada, dijo:

—Ah, es para extraer las feromonas.

¿Feromonas? ¿Y no drogas?

Al instante fruncí el ceño y lo miré, y el hombre añadió:

—Dijo que tenía demasiadas feromonas innecesarias impregnadas… Las feromonas también se absorben a través de la piel. Además, si el aroma permanece, aunque sea inconscientemente, lo inhalará cada vez que respire.

No veía la necesidad de ponerme una inyección para extraerlas. Era un aroma que desaparecería naturalmente con el tiempo. Tarde, noté algo extraño en sus palabras y pregunté:

—¿Quién? ¿Se lo ha ordenado Nathaniel Miller?

—Sí.

¡¿Acaso no había sido él quien había provocado la inundación de feromonas?!

Era exasperante, pero no podía sacarme la aguja, así que la dejé allí. El hombre, que había permanecido de pie un rato, como si ya no tuviera nada más que decir, se dio la vuelta para irse. Tardíamente, lo llamé.

—¿Qué ha sido de Miller? 

«Seguro que si hubiera muerto, las cosas no estarían tan tranquilas», pensé para mis adentros.

Al preguntárselo, él me respondió con una expresión impasible.

—Sangró mucho, pero por suerte la arteria no fue seccionada… Recibió primeros auxilios y ahora está descansando.

No sabía si era algo bueno o malo.

Al menos había evitado un cargo de asesinato. Por ahora, ignoré el hecho de haber herido a un Alfa dominante. Permanecí en silencio, con los labios apretados, cuando él, como si se le hubiera ocurrido algo tarde, añadió:

—Me pidió que le transmitiera que no se preocupe más por lo del accidente.

—…¿Accidente? —pregunté instintivamente.

Él asintió con la cabeza.

—Sobre la compensación por el accidente de tráfico anterior.

Solo entonces comprendí a qué se refería. El hombre se despidió brevemente y esta vez sí que salió de la habitación del hospital.

…Era cierto que había logrado mi objetivo.

Aturdido, permanecí tumbado, parpadeando. Al final de mi campo de visión, el suero, que ya ni siquiera llegaba a la mitad, goteaba lentamente.

***

—¡Dios mío, fiscal! ¿Qué le ha pasado? ¿Se metió en una pelea en un bar durante el fin de semana?

Nada más llegar a la oficina, mi asistente fiscal, al ver mi rostro, palideció y gritó. Instintivamente, levanté una mano para mostrarle, pero al ver las vendas blancas, la bajé de inmediato.

—Bueno, algo así pasó.

Aunque me lo tomé a la ligera, él seguía pálido y no sabía qué hacer. Como no necesitaba dar una explicación detallada, giré la cabeza fingiendo ignorancia y me dirigí a mi oficina.

—Por la tarde se reunirá con el juez Regan, ¿verdad? Prepararé todo.

Al oír las palabras apresuradas de mi asistente desde atrás, le di las gracias e intenté entrar en mi oficina.

—Ah, espere…

Justo cuando el asistente iba a decir algo más, abrí la puerta.

FUH.

Al inhalar con un suspiro breve, me detuve de repente. Un aroma nada bienvenido fluía sutilmente. Levanté la vista lentamente y, como esperaba, allí estaba el hombre con el que menos deseaba encontrarme en ese momento. Sentado, con sus bien formadas nalgas apoyadas en mi escritorio.

Me quedé mirando a Nathaniel Miller fijamente durante un momento. Mi cuerpo estaba tan paralizado que hasta olvidé respirar; solo mi corazón latía como loco. ¿Era esto miedo, o era otra cosa? Nathaniel abrió la boca.

—Buenos días, fiscal Chrissy Jin.

Su voz, baja y lánguida, flotó en el aire con calma. Su rostro, que esbozaba una tenue sonrisa hacia mí, era como una máscara. O quizás ni siquiera había sonreído en absoluto. No podía descifrar su expresión. Pero lo único seguro era que su voz hizo que mi cuerpo se liberara de la anestesia.

—…¿Cómo ha llegado hasta aquí? —pregunté, desviando la mirada mientras fingía cerrar la puerta.

A través de la estrecha abertura, vislumbré el rostro consternado de mi asistente. Al darme cuenta de lo que había intentado decirme, le sonreí para indicarle que estaba bien.

Al cerrar la puerta de golpe, una repentina quietud trajo consigo una sensación de tensión. Me preocupé, ya tarde, sobre si era correcto estar solo con él en un espacio cerrado. Tardíamente, noté que su dulce aroma se extendía por todo mi cuerpo. Pensé que había cometido un error, pero como parecía que sería admitir derrota, no podía volver a abrir la puerta. En su lugar, me di la vuelta y lo miré.

—Parece que le gusta colarse en oficinas desocupadas. ¿O es que en su empresa no hay oficinas vacías? Si lo necesita, puedo pedir al jefe de fiscales que le consiga otro escritorio.

Cuando le solté esta indirecta con un tono duro, él, para mi sorpresa, se rió. Esta vez estaba seguro. Porque la comisura de sus labios se había relajado claramente. Fingiendo no darme cuenta, caminé directamente hasta el escritorio y dejé mi maletín. Esta vez pude bloquear con mi cuerpo el cajón lleno de condones. En ese momento, me sentí invencible.

Me enfrenté a él directamente con el escritorio entre nosotros. Al acercarme, el tenue aroma que flotaba en el aire se volvió notablemente más intenso. Al mismo tiempo, mi hostilidad hacia él no dejaba de suavizarse.

«Un hombre tan frío como el acero despide un aroma tan dulce. ¿Puede haber una realidad más irracional que esta?»

—¿Es que ustedes esparcen sus feromonas por todas partes porque no saben contenerse? —No pude evitar soltar una pulla.

Pero Nathaniel Miller, sin mostrar ningún signo de disgusto, respondió con su habitual calma.



TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN TU PATRONA


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