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Capítulo 2

La expresión del Coronel no mostraba el menor atisbo de satisfacción y Zenny comprendió que algo iba mal.

El corazón, golpeando con fuerza bajo su pecho generoso, parecía a punto de escapársele.

Hasta ese momento, en medio del caos, no se había detenido a observar con atención, pero el rostro de Jer poseía una belleza sobrecogedora. Aunque Zenny había crecido rodeada de halagos sobre su propia apariencia, no pudo evitar quedarse embelesada ante aquella hermosura casi irreal. Sin embargo, sus ojos escondían algo profundamente inquietante. No era un hombre común.  

—¿Viniste del Reino de Akin? —habló Jer al fin. Su voz, grave y pesada como una sentencia, rompió el silencio en el que había permanecido, inmóvil como una estatua.

Zenny asintió lentamente.

Al levantar la vista, volvió a encontrarse con ese rostro. Una chispa de asombro cruzó su expresión, pero no tuvo tiempo de reaccionar.

¡CHAS!

La espada que Jer sostenía descendió en un solo movimiento. Aquella hoja, forjada por muchas manos, cercenó su cuello con aterradora facilidad. Su hermoso rostro y su cintura esbelta se separaron de su cuerpo, que cayó pesadamente al suelo, hundiéndose en un charco espeso de sangre.

—¿Hay alguien más afuera?

—¡Sí!

Dos sirvientes, atentos a cada orden del Coronel, entraron con rapidez a la habitación. Al percibir el hedor metálico de la sangre y ver el cuerpo mutilado se quedaron paralizados; el terror deformó sus rostros.

—Límpienlo.

Robin: ¡Ste men está loco!

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

El Príncipe Ramu y su padre emprendieron por fin el largo viaje a Cask. Habían considerado muchas opciones, pero al final solo quedaba una opción viable: presentarse en persona para exponer su situación.

«Si el Rey de una nación se humilla y súplica, quizá eviten que su pueblo muera de hambre bajo tanto abuso…»

El Príncipe Ramu cabalgaba detrás de su padre, dejando escapar un suspiro. A lo largo del trayecto, las tierras que veía eran tan áridas, olvidadas, abandonadas sin cultivo.

«Si al menos retiraran las piedras y sembraran, podrían volverse fértiles… pero en Akin ya no queda mano de obra para hacerlo.»

Mientras su pueblo se debatía entre el hambre y la entrega forzada de mujeres y cosechas, Ramu estaba decidido a no quedarse de brazos cruzados.

Su plan era claro: buscar una alianza amistosa. Si eso no era posible, imploraría una tregua de algunos años para dejar de entregar mujeres y alimentos. Ese tiempo serviría para revitalizar la tierra, restaurar a su pueblo y reducir la edad de matrimonio, disminuyendo así su sufrimiento.

—Haah…

Montar a caballo no resultaba fácil para una mujer. Mucho menos cuando estaba con la menstruación. El incómodo roce constante en su pelvis se volvía insoportable, pero debía disimularlo. Vivir como príncipe en lugar de su hermano le había revelado todas las desventajas que implicaba ser mujer.

«¿No habría sido mejor haber nacido hombre…?»

Así no tendría que buscar una esposa, fingir que un hijo ajeno era suyo ni lidiar con todas esas complicaciones.

—¿Se encuentra bien, Alteza?

A su lado, Akisha, siempre atento, le hizo la pregunta en voz baja. Aunque no lo mencionara directamente, él siempre notaba cuando le llegaba el ciclo y se ofrecía a ayudar.

«Es vergonzoso, pero sin su ayuda no habría sabido qué hacer…»

Su madre había muerto poco después de dar a luz y no había tenido a nadie a quien preguntar.

Afortunadamente, Akisha, que había crecido con dos hermanas mayores, le había explicado todo lo necesario con naturalidad.

Ella asintió levemente y ajustó la postura, moviendo la pelvis un par de veces. El futuro de su reino estaba en juego; un poco de incomodidad no sería motivo para quejarse.

Su mirada volvió a posarse en las tierras yermas que se extendían frente a ella.

Haría todo lo que fuera necesario con tal de alcanzar un acuerdo que les permitiera cultivarlas.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

El Príncipe Ramu mordió con fuerza su labio. Su padre, el Rey, se había postrado ante Hetept, quien esbozaba una sonrisa burlona bajo el falso disfraz de cortesía. A Ramu le revolvía el estómago verlo inclinarse ante alguien como él.

«Cerdo asqueroso… Ojalá pudiera despellejarte y dar tu carne a mi pueblo para que la asaran.»

Mientras se perdía en sus pensamientos, su padre se incorporó lentamente y ella, con esfuerzo, se arrodilló en señal de respeto.

—Bueno, sabía que vendrían, pero… ¿qué los trae desde tan lejos? —preguntó Hetept con tono fingidamente amable. Ambos sabían perfectamente el motivo, pero su voz maliciosa fingía ignorancia.

Ramu soltó el aire con disimulo, conteniendo el fastidio.

En su lugar, su padre se adelantó a hablar:

—No habíamos tenido ocasión de presentarnos antes, así que hemos venido a saludarlo personalmente.

Los ojos de Hetept se posaron en Ramu. No la reconoció. Para él, no era más que un joven Príncipe. No vio a la Princesa Rane, aquella niña con la que se había obsesionado.

Asintió sin más y bebió un sorbo de vino.

«¿Cuántas uvas se habrán exprimido para llenar esa copa…?

A Ramu le pareció que el líquido rojo era la sangre de su pueblo.

«Si Hetept tuviera al menos una pizca de la bondad de mi padre, jamás habríamos llegado a esto.»

Ese tirano que oprimía a su gente y, lleno de riquezas, seguía invadiendo otros reinos por pura avaricia. Pensar en ello le encendía la sangre. Había venido a negociar, pero al ver aquel rostro codicioso, su determinación flaqueó por un segundo.

Sin embargo, no podía retroceder. Era el Príncipe de Akin.

—Rey Hetept —dijo de pronto, su voz rompió el silencio antes de que su padre interviniera.

Ya había tomado una decisión. No fingiría más. Diría la verdad, la razón que Hetept fingía ignorar por conveniencia.

Aunque la mirada preocupada de su padre se clavó en ella. ¿Acaso no habían viajado hasta allí para eso?

—Siempre estaremos agradecidos por su generosidad. Pero, cómo sabrá, Akin ha sufrido sequías e inundaciones en los últimos años.

—Sí, lo he oído. ¿Tu pueblo pasa hambre, no?

«Hijo de puta…»

—Sí. No tienen qué comer, así que desentierran raíces y hierven las cortezas para sobrevivir.

—Qué pena.

Ramu soltó un suspiro, pero Hetept volvió a llevarse la copa a los labios. Lo que decía y lo que hacía no coincidía. En su mirada no asomaba ni un atisbo de compasión por el pueblo de Akin.

—El nivel del mar ha bajado… Cada vez es más difícil arrastrar los barcos. Estamos pasando tiempos complicados. Por eso…

—¿Por eso?

—Los tributos… anuales de grano y mujeres…

¡CLAC!

La copa se estrelló contra la mesa antes de que Ramu pudiera terminar. Hetept no lo dijo con palabras, pero su rostro ya reflejaba una clara irritación.

—El grano que envían cada año es insuficiente. De hecho, justo pensaba mencionarlo.

—¿Perdón?

—Como sabrás, Cask acaba de conquistar Yangkum, al oeste. Ahora que forman parte del Reino, necesitamos más provisiones.

—¡Su Majestad! Akin ya no tiene más grano para enviar. Nuestro pueblo muere de hambre solo por intentar cumplir con esos tributos.

Los ojos de Hetept se afilaron como cuchillas.

—Mientras el pueblo de Cask come caliente y sin carencias, el de Akin no tiene ni una comida al día. Si seguimos enviando grano, eso firmaría la sentencia de muerte para todos. ¡Solo pedimos unos años de tregua! Si nos permiten cultivar nuestra tierra…

—¿Y así es como habla un príncipe? ¿Como si su Reino ya estuviera muerto? ¿Acaso así se gobierna en Akin?

—Su Majestad…

—En tiempos difíciles, hay que levantar el ánimo del pueblo. Buscar soluciones, no venir a romper alianzas. ¿Acaso buscas guerra?

—¡No! Solo… solo pedimos tiempo.

—Dejar de enviar granos y mujeres significa romper el pacto. La última guerra terminó precisamente porque Akin aceptó esas condiciones. ¿Lo olvidas?

Sin darse cuenta, Ramu apretó los puños, temblando. Su padre, discretamente, le sostuvo el brazo con firmeza.

Sabía que, si dejaba que el temperamento de Ramu se desbordara, empeoraría la situación.

—Su Majestad —intervino el rey—. Comprendo lo que dice. Mi hijo aún es joven. Le falta experiencia.

—Sabio como siempre. Al príncipe aún le queda mucho para estar listo como rey.

—Lo instruiré con esmero.

—Este año no aumentaré el tributo. Cuiden bien de su pueblo.

El Rey de Akin se inclinó hasta tocar el suelo en agradecimiento. Al verlo, a Ramu le ardía la sangre y sus hombros temblaban de rabia.

«Quiero desenvainar mi espada y atravesar ese vientre de cerdo una y otra vez…»

—Contrólate —susurró su padre.

La advertencia lo hizo soltar los puños. Inclinó la cabeza lentamente, impotente.

—Han viajado desde lejos. Les he preparado un obsequio. Descansen antes de volver a partir.

—Agradecemos su generosidad.

Hetept se puso de pie y bebió el último sorbo de vino sin apartar la vista de Ramu.

Sabía que, a pesar de su rostro demasiado delicado para ser hombre, ese temperamento era un obstáculo para mantener el equilibrio de poder.

Además, Hetept deseaba coronar a su segundo hijo, nacido de su segunda esposa, como Rey de Akin.

«No es una tierra fértil, pero gobernarla sería un buen entrenamiento para cuando herede Cask.»

Pero la lealtad del pueblo de Akin hacia su Rey y su Príncipe seguía siendo inquebrantable.

«Incluso en la guerra, lucharon hasta la muerte antes de rendirse.»

Esa era la verdadera razón por la que, bajo la fachada de una alianza, Hetept no los había aniquilado aún.

La mirada calculadora de Hetept siguió a Ramu hasta que éste salió del salón.

«El Rey morirá en unos años… ¿Qué haré con ese muchacho?»

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

El regreso del séquito real de Akin estaba cargado de una pesadez sofocante. Hasta los caballos, sensibles al ambiente, se movían con lentitud.

Ramu, especialmente, tenía el labio inferior hinchado y pálido. No era por el cansancio, sino por la rabia seca que le agrietaba la boca.

Los manjares que Hetept les había ofrecido, inaccesibles para el pueblo de Akin, le parecían impregnados de lágrimas ajenas.

Al cruzar la frontera, al ver las tierras áridas que se extendían como una herida abierta, deseó arrancarse las vestiduras reales.

«Aunque herede el trono, seré un títere de Cask. Akin ya está condenado.»

De pronto, Ramu tiró bruscamente de las riendas. Akisha intentó detenerla, pero ya había galopado hacia el frente, interrumpiendo la marcha.

—¿Qué insensatez es esta?

—Padre.

Desmontó de un salto, cayó de rodillas y comenzó a cavar la tierra con las manos desnudas.

La tierra era tan dura que, de haber tenido las uñas más largas, se le habrían partido.

—¡Te hice una pregunta! ¿Qué estás haciendo?

—¡Mire esta tierra! Está llena de piedras, imposible de cultivar. Pero si sacamos los guijarros, si la limpiamos y sembramos con constancia… ¡Con unos años de esfuerzo, Akin podría recuperarse! Pero si seguimos enviando grano y mujeres a Hetept… —Ramu calló, tragándose la furia—. Akin… caerá.

—Príncipe Ramu.

Akisha la llamó con firmeza, casi como si la reprendiera. Pero ella permaneció inmóvil. Mantuvo la mirada fija en su padre, con desesperación en el rostro.

—Nunca en mi vida he podido hacer algo según mi voluntad. Siempre he estado atrapado en este destino torcido, arrastrado por corrientes que no elegí. Ni siquiera he podido mantenerme en pie.

Una sombra cruzó el rostro de Akisha. El Rey también palideció.

Los pocos que sabían la verdad, que no era Ramu, sino Rane, entendieron el peso de cada palabra.

—Cuando el remolino me arrastra y empiezo a odiar mi vida, pienso en la gente de este reino. Me repito una y otra vez que soy el Príncipe Ramu. Mi sueño es hacer de Akin un país fuerte, un lugar donde vivir dignamente. Pero mire a su alrededor, padre… ¿ve un futuro para Akin? —preguntó mirando a su alrededor con frustración—. Porque yo no lo veo. No veo absolutamente nada —la voz de Ramu se quebró al final.

—¿Qué estás queriendo decir?

—Que debemos enfrentarnos a Hetept.

Akisha cerró los ojos.

—Si luchamos, moriremos. Si no lo hacemos, también. Pero el pueblo se unirá a nosotros. Ya no tienen miedo. Lo peor que podría pasarles ya lo están viviendo; ver a sus hijos morir de hambre. Si les damos armas, lucharán como nadie contra Cask.

—…

—El arroz y el vino que comimos en Cask están hechos de la carne y las lágrimas de nuestro pueblo. No me llamen necio. La guerra es la única forma de que Akin sobreviva.

El rey, con los ojos aún cerrados, volvió la mirada hacia su hija, que seguía arrodillada frente a él. Ya no veía al Príncipe Ramu, sino a Rane, la hija a la que jamás había podido mimar. En su rostro había una determinación más propia de un monarca que ni él mismo había logrado reunir.

Un rey incapaz, que ni siquiera había podido negociar, solo agachar la cabeza mientras seguía entregando tributos.

Un pueblo leal que, a pesar de todo, continuaba siguiéndolo.

Bajó lentamente de la litera. Mientras los sirvientes se postraban, dejó escapar un suspiro.

«Pobres de ellos, que me siguen a pesar de mi ineptitud. Pobre de mi hijo, arrodillado en esta tierra árida.»

—Príncipe Ramu.

—Sí.

—¿Crees de verdad que la guerra es el único camino? Ni siquiera tenemos armas suficientes para resistir a Cask.

—Los hombres de Akin pueden ser más pequeños, pero dominan las montañas y el mar. En eso, superan a los soldados de Cask. Y su lealtad no tiene comparación.

—Habrá muchas bajas.

—Lo sé. Pero serán menos que los que mueren de hambre. Usted tampoco puede dormir por las noches, ¿verdad? En el fondo, piensa igual que yo.

La voz firme de Ramu lo convenció.

—Tienes razón —el rey asintió lentamente.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

La guerra estalló.

Fue, desde el inicio, una lucha desigual: David contra Goliat. Aunque en este caso, David era Akin.

Y, contra toda expectativa, la guerra se prolongó.

Tal como Ramu había previsto, los habitantes de Akin, expertos en las montañas y en el mar, comenzaron a tender trampas y a defender sus tierras. No ganaban batallas, pero tampoco se rendían. Y eso bastó para enfurecer a Hetept.

Cuando se supo que otros reinos vasallos de Cask enviaban alimentos y armas a Akin en secreto, las represalias fueron brutales.

Las masacres de Cask empezaron a provocar rechazo incluso entre sus propios aliados. Nadie se atrevía a apoyar abiertamente a Akin, pero muchos deseaban, en lo más profundo, su victoria.

Aun así, la guerra era despiadada. Aunque recibieron ayuda, la mayoría de los habitantes de Akin tuvieron que refugiarse en las montañas para sobrevivir.

El solo hecho de que el Príncipe Ramu luchará en el frente les daba esperanza para soportar el sufrimiento.

—¡Capturen al Rey de Akin! —ordenó Hetept, frustrado—. Sin él, la moral de su gente se derrumbará.

Con cada día que pasaba, la paciencia de Hetept se agotaba más. Quería colgar la cabeza del monarca como advertencia. Pero no lograban dar con él.

Algunos generales juraban haber visto al Príncipe Ramu en el campo de batalla, pero el paradero del rey seguía siendo un misterio.

—Debí matarlos en su momento… —murmuró Hetept, apretando los dientes—. Seguro fue idea del Príncipe Ramu. Sabía que su pueblo le es leal, así que debió esconderlo antes de que comenzara la guerra. ¡¿Dónde está el Coronel Jer?! —preguntó. 

—Llegará pronto.

Hetept no había querido enviar al invencible Coronel Jer contra un simple reino vasallo. Le parecía excesivo, pero con el conflicto alargándose y sus tropas fracasando, no tuvo otra opción.

No soportaba que Akin siguiera desafiándolo.

—¡Ah! —al ver a Jer, Hetept esbozó una sonrisa—. ¡Al fin!

Ese hombre pondría fin a la guerra de un solo golpe. Jer no necesitaba explicaciones; ya llevaba su espada enfundada, preparado para cumplir su misión.

—Sabrás bien por qué estás aquí. Derrota a Akin, donde todos esos generales mediocres fracasaron. ¿Puedes hacerlo?

Jer inclinó la cabeza. Nunca en su vida había pronunciado las palabras “no puedo” o “es imposible”.

Esa era una de las razones por las que Hetept lo valoraba tanto.

—Encuentra al Rey de Akin. No lo mates, tráemelo vivo. Ah, y mata al Príncipe Ramu.

—Entendido.

—Con su rey capturado, la moral de esos rebeldes se caerá por completo. Y, Jer, sé cómo trabajas, pero no masacres a demasiados. Los convertiremos en esclavos. Su grano es valioso… y sus mujeres, aún más. Algunas son demasiado hermosas como para desperdiciarlas.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



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