Capítulo 17
—Señorita Ilina —me giré completamente hacia ella y hablé—. ¿Sabe por qué el Imperio Rubarck y en los demás reinos del continente no toman como prisioneros ni a Sacerdotes ni a Caballeros Sagrados?
—¿Qué intenta decir con eso?
Ilina frunció el ceño con desconfianza, pero la ignoré y continué.
—Porque podemos orar para que el castigo divino caiga sobre los herejes.
Entonces, fui yo quien le tomó el brazo, y la miré con los ojos bien abiertos, intencionalmente intensos.
—Desdichado aquel que, aun viendo los milagros, no teme al poder de Dios. Jamás entrará al reino de lo divino.
Fingí ser una fanática religiosa, y mi actuación fue tan convincente que Ilina se estremeció y retrocedió un paso, asustada.
—Y-yo… no era mi intención… eso no era…
El miedo se reflejaba en sus ojos, completamente descompuestos por el pánico.
En este mundo, los dioses existen. Y los milagros concedidos a través de su poder son reales. Y entre todos los dones divinos, el más temido junto al de sanación… es el castigo.
… No es como si realmente tuviera intención de usarlo, claro. Pero si no le metía un buen susto, seguiría fastidiándome cada vez que pudiera.
—Fue… solo un malentendido…
Noté que su brazo temblaba bajo mi mano. Entonces la solté al fin.
—Por supuesto que sí, ¿verdad? Siendo la doncella personal de la noble señorita Ruanax, es natural que también sea una mujer devota.
Le dediqué una sonrisa cálida y compasiva, como si nada hubiera pasado, y retiré la mano con gentileza.
—Dejaré pasar el comentario que hizo sobre el “adorno”, por ahora. No lo reportaré al templo.
No es como si tuviera conexiones con la sede principal, ni tampoco planeaba revelar mis habilidades para aceptar los deberes y derechos que eso implicaría… pero una advertencia nunca estaba de más.
—Ya veremos si fue o no un malentendido.
Porque si alguna vez llegaba a hacer algo más allá de molesto, algo que realmente pusiera en riesgo mi seguridad, no podría simplemente dejarlo pasar.
Mientras Ilina y yo intercambiábamos esas palabras en voz baja, Vivian, por su parte, parecía haber logrado convencer a la Marquesa Hillis. La ayudó a moverse hasta una de las salas de exhibición más cercanas. No estaba completamente vacía, pero comparada con el vestíbulo exterior, era mucho más tranquila.
Tal como imaginaba, en cuanto terminé de tratar la rodilla de la Marquesa, varias personas se acercaron una tras otra, exagerando síntomas ridículos como si fueran graves enfermedades, pidiendo ayuda. Y Vivian, como era de esperarse, respondía con frases como “Dios mío, debe ser muy difícil para usted” y “qué pena”, solidarizándose con todas.
Me quedé en silencio, con las manos juntas, observando a Vivian mientras me miraba con ojos brillantes, como si me suplicara con la mirada.
Entonces le sonreí con dulzura y dije:
—Por supuesto, no hay problema. Con gusto las atenderé.
Después, mientras preguntaba a cada una su nombre y sus síntomas, una de las damas me miró con curiosidad y preguntó:
—¿Y por qué quiere saber nuestros nombres?
Era natural que lo preguntara. Cuando uno va al templo, los sacerdotes no piden el nombre antes de tratar a alguien.
—Es necesario para informar al templo.
—¿Disculpe? ¿Al templo?
—Claro que sí. Los dones de sanación que recibimos los sacerdotes provienen de Dios. Incluso los milagros más pequeños deben ser registrados y celebrados como corresponde.
Tras escucharme, las damas comenzaron a intercambiar miradas incómodas.
—Ah… ¿de verdad es necesario?
—No podríamos… dejarlo como un pequeño secreto entre nosotras…
Por supuesto que eso las incomodaba.
Porque si informaba estas sanaciones al templo, ellas no tendrían más remedio que hacer una donación. Y para no manchar el nombre de su familia, tendrían que donar una cantidad acorde a su estatus.
¿Acaso no era justamente por ahorrarse unas cuantas monedas de oro que habían preferido soportar el malestar físico antes que ir al templo?
A los plebeyos con dificultades económicas a veces se les ofrece sanación divina avanzada por solo una moneda de plata. Pero cuando se trata de nobles o de la realeza, se les cobra lo máximo posible. Al fin y al cabo, la caridad y el servicio también necesitan fondos.
Incluso Lionel, cuando fue a buscarme, hizo una donación al monasterio tan grande que dejó a todos boquiabiertos. Y aún así, me ofreció una recompensa aparte.
«¿Y ahora quieren aprovecharse? Si tanto les gusta lo gratis, pues vendan su dignidad.»
Mantuve la sonrisa, fingiendo no entender en absoluto lo que decían.
—¿Perdón? ¿Qué quisieron decir? No me digan que están en contra de alabar a Dios…
—Oh, no, no, ¡claro que no!
—Es solo que… si mi familia se entera, se van a preocupar. Por eso he tratado de mantenerlo en secreto hasta ahora…
—Ah, ya veo. Entiendo perfectamente.
Respondí con amabilidad, pero en cuanto me preparé para iniciar el tratamiento, más de la mitad de las damas nobles comenzaron a escabullirse con una u otra excusa.
Gracias a eso, solo traté a tres más, aquellas cuyas dolencias realmente valían el gasto de una donación. Entre ellas, una Condesa que decía haber estado soportando el dolor por consideración a su familia resultó necesitar sanación divina de nivel avanzado. En términos de mi vida pasada, era como si tuviera cáncer en etapa terminal.
—¿Cómo dejó que esto avanzara tanto? Si vuelve a sentir algo parecido, debe acudir al templo de inmediato.
—Lo haré. Siento que por fin puedo respirar. Gracias de verdad.
Su rostro, antes pálido y demacrado por la enfermedad, se iluminó de inmediato. Ver eso me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, realmente satisfecha.
Pero… había usado tanto poder divino, hasta la última gota, que al terminar el tratamiento terminé desplomándome en el suelo… y sangrando por la nariz.
No es que hubiera creído que sería divertido, como dijo Vivian, pero… ¿esto? ¿Así?
—¡Dios mío, qué horror! Sacerdotisa, ¿está bien?
La Condesa, alarmada, sacó un pañuelo apresuradamente y me lo puso en la mano.
Vivian, que seguía conversando con la Marquesa Hillis, también corrió hacia mí, completamente sorprendida.
—¡Sasha! ¿Estás bien? ¿Te duele algo?
Era la primera vez en mucho tiempo que tenía zumbidos en los oídos acompañados de náuseas. Siempre había estado segura de que era alguien con suficiente poder divino como para no agotarse así de fácil…
—¿Qué sucede, Vivian?
En ese momento, una voz masculina interrumpió.
—¡Ardin!
¿Ardin…? No será… ¿Ardin Silias?
Ambos se abrazaron con naturalidad y, con una gran sonrisa en el rostro, se miraron con evidente alegría.
—¿Cuándo llegaste? Dijiste que estabas muy ocupado y que probablemente no podrías venir.
—Hace poco. Pero siendo el dueño de esta galería, al menos debía pasar a comprobar que todo estuviera en orden.
Parpadeé varias veces, tratando de enfocar bien la vista, y finalmente logré mirar con claridad al hombre frente a Vivian.
Un apuesto joven de expresión amable, con el cabello rubio brillante como si tejiera la luz del sol y ojos verde esmeralda.
No, no me había equivocado.
Ese hombre que acababa de aparecer era, sin duda, uno de los tres protagonistas masculinos de “La noche en que las serpientes se enredan”: Ardin Silias.
—Ya veo. Me pareció un evento excelente. La causa es noble y todo ha salido muy bien.
—Qué bueno que lo pienses. Por cierto… esa chica… ¿es tu sirvienta?
Ardin me miró de reojo, notando cómo seguía en el suelo, cubriéndome la nariz con un pañuelo.
—No, Ardin. Sasha es una sacerdotisa sanadora que está alojándose en la mansión como invitada de mi hermano.
—¡Ah, así que usted es la sacerdotisa!
Vi perfectamente cómo sus ojos verdes, que al principio reflejaban un leve desprecio, se abrían de golpe con sorpresa. Y entonces, dio un paso hacia mí con toda la amabilidad del mundo, extendiéndome la mano.
Annad: Ugh, ya me cae mal.
—¿Está bien, sacerdotisa? Si necesita descansar, puedo guiarla a un lugar más cómodo.
Así que la amabilidad de este tipo depende del valor que le ve a la otra persona.
«Todo eso… no es más que actuación.»
No podía resultarme agradable.
Ardin Silias ocupaba el rol de amigo de la infancia de Vivian, alguien que la conocía desde pequeña. Pero su cercanía real comenzó mucho después, cuando ella fue reconocida oficialmente como parte de la familia Ruanax.
Es decir, desde el principio, Ardin se había acercado con la intención de usar a Vivian para obtener información de la familia Ruanax.
Un hombre que le pone precio hasta a su amabilidad también convierte cualquier pequeño favor en una deuda. En otras palabras, un prestamista moderno disfrazado de caballero.
—Lamento haber causado una escena tan desagradable.
Rechacé la mano de Ardin y me levanté por mi cuenta. Sentía mareo, el estómago revuelto, pero aun así… prefería hacerlo de esa forma.
—Condesa Ganel, ¿podría devolverle el pañuelo en otra ocasión?
—No hace falta que me lo devuelvas. Más bien me siento mal por haberte hecho esforzarte tanto por mí.
—No diga eso. Seguro fue voluntad de Dios que me enviara para su recuperación.
No me arrepiento de haberla tratado. Seguramente sufrió mucho en silencio, soportándolo todo por el bien de su familia… No pude evitar pensar en mi padre.
Me dolía el pecho al recordar a mi familia, que jamás dejó entrever ni una pizca de sombra ante mí, incluso hasta el día antes de la ruina de nuestra casa.
Y ahora, lo único que esta hija menor inmadura podía hacer por ellos era escribirles cartas y enviarles dinero. Solo deseaba que vivieran sanos, sin enfermarse ni sufrir. Y si llegaban a pasar por algo doloroso, o por una enfermedad… que alguien apareciera como un milagro para ayudarlos.
Tal como yo lo hice por la Condesa Ganel.
—Señorita Vivian, volveré al carruaje primero.
—Ah…
Vivian, sin saber qué hacer, nos miró a Ardin y a mí alternadamente antes de bajar la mirada con tristeza.
—Perdón, Sasha. Creo que al final te puse en una situación incómoda.
No tenía ganas de responder con un “no te preocupes”, ni siquiera por compromiso, así que simplemente cerré la boca, me incliné en silencio ante Vivian y me di la vuelta.
«Cuando regrese a la mansión, le propondré a Lionel que cambiemos los términos del contrato.»
Necesitaba una excusa razonable para rechazar futuras invitaciones de Vivian.
Al principio quería cuidar bien de la protagonista del harem inverso, pensando en todo lo que tendría que soportar entre tres hombres… pero he cambiado de opinión.
Si alguien tiene la capacidad de arruinar mi vida en cualquier momento, es mejor mantenerla a distancia.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANNAD
RAW HUNTER: ANNA FA