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Capítulo 16

La sangre empapaba el uniforme allí donde la espada lo había rozado, aunque era difícil imaginar el dolor que sentía en los testículos, el simple hecho de que hubiera podido sujetar el filo con la mano y detenerla era impresionante.

Kal Jer exhaló un largo y pausado suspiro. Solo después de dominar el punzante dolor que le martillaba la cabeza, permitió que su respiración se estabilizara. Un sonido que heló la sangre de Rane.

CLICK. CLICK. 

Los botones de su uniforme se fueron desabrochando uno a uno, pero Rane no se atrevió a mirar. Cerró los ojos con fuerza, anticipando lo que vendría: golpes brutales, ropa desgarrada, cosas peores que ni siquiera se atrevía a imaginar.

Había silencio. El silencio que precede a la tormenta.

Kal Jer se quitó la chaqueta, limpiando con indiferencia la sangre de su pecho.

—¡Ugh!

De repente, su mano ensangrentada se aferró al mentón de Rane, forzándola a mirarlo.

Sin camisa, su torso se mostraba firme, musculoso, sin un ápice de suavidad. Un solo golpe de esos brazos podría dislocarle la mandíbula.

—Adivina —su voz sonaba tranquila, casi indiferente—. ¿Qué crees que voy a hacer ahora?

Rane esperaba una reacción violenta, inmediata. Pero su tranquilidad era mucho más aterradora. Intentó apartar la cara, pero sus dedos apretaron el mentón con más fuerza.

Prefería que la golpeara sin pensar. Al menos, eso tendría algo de lógica. Pero esa frialdad… esa calma contenida, era impredecible.

Sin querer, sus ojos se desviaron hacia la mano de Kal Jer: la piel desgarrada por la espada, improvisadamente vendada con tiras de tela de su ropa. Y, aun así, con esa misma mano, comenzó a bajarse los pantalones con total calma.

Aunque no tenía heridas externas, cuando se tocó los testículos, el ceño de Kal Jer se frunció, la mandíbula apretada. El dolor seguía allí, latiendo, presente.

—¡Agh!

Kal Jer la sujetó de las piernas, las mismas con las que ella lo había golpeado, con fuerza suficiente como para romper huesos.

—Si por algún milagro llegas a ganar esta guerra… abdica —sus palabras estaban cargadas de desprecio calculado—. Vuelve a ser la Princesa Rane. No sigas fingiendo que eres el Príncipe Ramu.

—¿Qué…?

—Si me matas… —sus ojos la taladraban—. ¿Qué crees que pasará después?

Rane lo observó con recelo, cada músculo tenso.

—Tal vez sientas euforia. Incluso orgullo —añadió, sin una pizca de emoción en la mirada—, pero Akin se convertirá en un mar de sangre.

Las pupilas de Rane temblaron. Pero no apartó la mirada.

—Al rey Hetep no le basta con esta guerra. Si muero… no buscará a tu padre. Solo arrasará con tu pueblo. Los exterminará. O los convertirá en esclavos —inclinó su rostro hacia ella—. Incluido tu “querido” padre.

El pecho de Rane se encogió.

¿Esperanza? ¿Qué esperanza? Su intento de asesinarlo había sido estúpido. La muerte de Kal Jer solo desataría la furia de Hetep.

—Tu ignorancia resulta entretenida —soltó Kal Jer con un humor vació—. Este momento, que yo decido entretenerme contigo… es el único respiro que Akin tendrá.

Rane quedó inmóvil.

—¿Usarán ese tiempo para reagruparse? ¿O morirán como idiotas, intentando rescatarte? —se encogió de hombros—. Si yo fuera príncipe de Akin… apostaría por lo segundo.

Rane se quedó sin aliento. ¿Rescatarla? ¿Por qué no lo había pensado?

Kal Jer era capaz de ver mucho más allá de lo que ella podía imaginar.

—¿Debería cortarte el tendón de Aquiles? —musitó, tomando su delgado tobillo—. No. Prefiero que camines con tus propios pies y me chupes los testículos con devoción.

El silencio cayó como una losa.

Apretó los labios con fuerza. Pero no podía enojarse. Tampoco tenía fuerzas para gritarle insultos.

Las palabras del coronel Jer volvieron a confundir la cabeza de Rane, hasta hacerla desmoronarse poco a poco.  

«¿Por qué, estando en cautiverio, insisto en hacer cosas que solo ponen en riesgo al reino de Akin?», pensó.

Aun así, aunque no pudiera hacer nada útil, tampoco podía quedarse inmóvil, reducida a un simple juguete sexual en manos de ese hombre.

Era un infierno.

Este lugar no era más que un infierno del que no podía escapar.

—Mátame de una vez… —la frase escapó en un susurro, cargada de un desprecio brutal hacia sí misma y hacia lo que quedaba del futuro de Akin.

Kal Jer, que seguía sosteniéndola del tobillo, arqueó una ceja. De repente, la tomó del cuello y la levantó sin esfuerzo.

El rostro de Kal Jer se acercó tanto que Rane contuvo la respiración, con los ojos muy abiertos.

—Después de actuar sin pensar, ¿ahora quieres rendirte? —su voz goteaba crueldad.

—¿No te das cuenta de que, en esta situación, morir sería la mayor de tus suertes? Y me pides que te conceda esa suerte —su mirada la atravesaba como un cuchillo—. Exiges demasiado, sobre todo del hombre al que intentaste matar.

—Jaa… Recupera la razón, Princesa Rane —sus palabras caían pesadas, como grilletes—. Antes de que tenga que decírtelo, ya deberías estar de rodillas, chupándomela, llorando y suplicándome por cualquier cosa —Kal Jer soltó lentamente el cuello de Rane.  

Ella, atrapada en un vacío emocional, no reaccionó. Su cuerpo cayó sin fuerza, su cabeza golpeó el suelo con un sonido seco.

Kal Jer la observó sin rastro de triunfo ni arrogancia. Solo la examinó de pies a cabeza con una mirada helada, incrustada en su hermoso rostro.

—Tendrás que pagar por lo que hiciste —murmuró con una calma que helaba la sangre.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

—Mi Rey…

En el estrecho sótano, donde no entraba ni un rayo de luz, una única vela permanecía encendida, suficiente para no consumir más oxígeno del necesario.

Durante las noches frías y ventosas, cuando las calles quedaban vacías, la luz del sótano se encendía y quienes se refugiaban allí despertaban.

Ese era el escondite del rey de Akin, el mismo al que Hetep buscaba con tanto fervor. Junto a él, unos veinte soldados vivían en ese lugar subterráneo. Cada noche ideaban mil formas de derrotar al reino de Cask, mientras forjaban armas y diseñaban trampas rudimentarias con los escasos recursos disponibles.

Cuando lograban desarrollar un arma útil, el más ágil del grupo salía del refugio y se la entregaba a los soldados de Akin o les enseñaba a fabricarla.

Pero a medida que la guerra se prolongaba, las ideas para crear nuevas armas y tramas comenzaban a agotarse. No solo carecían de herramientas útiles, sino que algunos incluso morían congelados. Sobrevivir se había vuelto su única prioridad.

Lo único que podía considerarse favorable era que, desde la llegada del coronel Jer, conocido como el Ángel de la Muerte, las masacres y las batallas despiadadas habían cesado temporalmente.

El significado de esto era un tema de debate entre los soldados cada noche.

El rey de Akin, al ver el rostro sombrío del mensajero que se acercaba, asintió en silencio, dándole permiso para hablar. Ya estaba acostumbrado a recibir malas noticias a diario.

—… Lo siento mucho.

—Habla. ¿Qué ha ocurrido? —el rey de Akin lo observó sin moverse.

—El teniente Itan… regresó ayer tras entregar las armas —tragó saliva—. Escuchó noticias inquietantes.

—No te andes con rodeos. 

—El… Príncipe Ramu… —el sirviente titubeó.

Incluso el rey, que hasta ese momento había mantenido la compostura, endureció su expresión al escuchar ese nombre.

—¿Qué pasa con él?

—Ha sido capturado por el coronel Jer —las palabras salieron como cuchilladas, secas y sin consuelo.

Un silencio espeso se instaló en el sótano.

—Lo siento. Reuniremos a los soldados en entrenamiento —añadió el sirviente—. Y rescataremos al Príncipe Ramu.

El impacto de la noticia dejó al rey sin palabras. Permaneció paralizado por unos segundos hasta que, con movimientos lentos, se puso de pie. Le dio la espalda al sirviente, exhaló y apretó los puños.

El rey de Akin había escuchado hablar del coronel Jer. Sabía de su crueldad. Decían que sus métodos de tortura eran tan inhumanos que quienes los presenciaban terminaban vomitando.

El rey, aún con los puños tensos, sentía que el pecho estaba a punto de estallarle. Cerró los ojos con fuerza.

—¿Cuándo… cuándo fue capturaron? —preguntó tras una pausa.

—No lo sabemos. Supimos de ello hace dos días —el sirviente dudó, pero al ver el silencio del rey, continuó—. No se preocupe. Lo rescataremos.

—No actúen con imprudencia. Si damos un paso en falso, todos moriremos.

—Pero…

El rey, más que nadie, era quien más estaba preocupado por el príncipe Ramu. Además llevaba consigo una preocupación más profunda: la princesa Rane, su hija muerta, cuya existencia seguía siendo un secreto incluso para los soldados del sótano, era su mayor angustia.

Pero si actuaba impulsado por sus emociones, no solo no salvaría a Rane: condenaría a todos, todos serían masacrados.

La única razón por la que resistían en ese encierro sofocante era la esperanza de derrotar al reino de Cask y asegurar el futuro de Akin.

Aun así, el rey no lograba abrir sus puños. Contuvo la respiración y mordió sus labios con tanta fuerza que casi sangraban, reprimiendo la ira una y otra vez. En su mente, imaginaba lo que pasaría si, durante la tortura, se descubría que el príncipe Ramu era en realidad la princesa Rane, solo pensarlo le quitaba el aliento.

Tras contener su corazón por varios minutos, el rey finalmente habló con calma.

—Tráeme un mapa —ordenó—. Debemos averiguar dónde está el Coronel Jer y con cuántos soldados cuenta.

Nynx: Al fin vol. I terminado, mientras veo mi serie y corrijo esto, me di cuenta y me pregunto, ¿qué carajos pasa en mi mente para que mi coronel despiadado me guste? Estoy loca. JAJAJA ya quiero en serio ver cómo se desarrolla todo esto, porque el asunto está fuerte.

[<Fin del Volumen I>]

[<Continuará en el Volumen II…>] 



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



© 2026 ACOSB

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