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Capítulo 134

―¿Cuándo despertará? ¿De quién será el alma que habita en ese cuerpo?…  

―No, más bien… ¿Realmente podrá despertar?  

Lee Rowoon apretó los dientes para contener la explosión de pensamientos caóticos. En ese instante, con la cabeza dando vueltas por el agotamiento extremo, un impulso violento de destrozar su propio cuerpo lo invadió. Su mirada filosa recorrió su antebrazo. El corazón le palpitaba con un deseo irracional de autolesionarse.

―Ha…  

Al darse cuenta de lo al borde que estaba, Lee Rowoon tragó una risa amarga. Si seguía así, terminaría cediendo al impulso. Si no se reponía, podría acabar haciendo un espectáculo de autodestrucción frente al director Baek.  

―Vicepresidente, hace frío. Debería abrigarse…  

Al levantarse, el director Baek le colocó un cárdigan sobre los hombros. Aunque intentó rechazarlo con un “estoy bien”, al final asintió en silencio. En ese momento, hasta añadir palabras le resultaba tedioso.  

En ese breve lapso, la oscuridad ya había envuelto el exterior.  

El cielo, despojado de su efímero esplendor, ahora mostraba un azul frío y melancólico. Un viento cortante y seco rozó la mejilla de Lee Rowoon.  

Después de un largo rato mirando al vacío, el impulso autodestructivo que lo atormentaba comenzó a ceder. Con la mente un poco más clara, murmuró una vez más una plegaria sin destinatario.  

Si realmente existe alguien omnipotente, por favor, escucha esta súplica desesperada.  

Aunque nunca había sido religioso, desde el consejo de Yong Ok, había adquirido el hábito de rezar. El problema era que la mayoría de sus plegarias eran súplicas destructivas: “Te daré una parte de mí, pero devuélveme a esa mujer”. Por más que lo intentara, no podía evitar odiarse a sí mismo.  

Hasta ahora, había perdido muchas cosas y ganado otras tantas.  

Perdió a su madre, pero ganó el apoyo de la familia. Perdió su libertad, pero ganó un propósito. Perdió la oportunidad de reflexionar sobre sí mismo, pero ganó un futuro asegurado. No era un intercambio equitativo, pero al menos cada pérdida había venido con una compensación.  

No podía juzgar qué había sido mejor. Solo sabía que, hasta ahora, había sobrevivido sin mayores contratiempos, lo que paradójicamente significaba que ninguna de esas pérdidas había sido realmente indispensable.  

Pero ella… ella no podía ser parte de ese cálculo.  

No podía siquiera concebir la idea de intercambiarla por algo.  

―¿Y si… Han Jiah nunca despierta? ¿Qué haré entonces?  

«Entonces… ¿Y si yo muero de repente? ¿Qué harás tú?»  

«Aunque desaparezcas, viviré mi vida al máximo. Seré feliz, seguiré adelante con mi rutina.»  

Al recordar esa pregunta que tanto había evitado, un dolor agudo le atravesó el corazón. En ese mismo instante, Lee Rowoon intuyó el futuro que le esperaba.  

«Había prometido vivir bien, pero era una mentira.»  

Si la perdía, cargaría con esa cicatriz de por vida. No podría liberarse de la culpa de haber permitido su muerte, y su existencia se reduciría a una cáscara vacía, luchando contra el impulso de morir.  

No estaba seguro de poder soportar ese futuro.  

―Así que, por favor…  

Su voz temblorosa escapó entre sus labios justo cuando algo en su pecho se quebró. Su visión se nubló, y una humedad tibia resbaló por sus mejillas secas. Tardó en darse cuenta de que estaba llorando.  

A pesar de haber resistido tanto, una vez superado el límite, las lágrimas eran imparables. La intensidad de su llanto reflejaba la frustración acumulada. Finalmente, Lee Rowoon se desplomó en el suelo, convulsionando.  

―Ha… hu…  

Las lágrimas que caían dejaban pequeñas manchas redondas en el suelo. Plop, plop. Era como si solo lloviera donde él estaba.  

Después de un rato, un copo de nieve cayó sobre una de esas manchas húmedas. Lee Rowoon levantó la cara, confundido. Desde el cielo violeta y gélido, comenzaba a nevar. Era la primera nevada del año.  

«Puede que regrese antes de que caiga la primera nieve. Pero incluso si no es así, no importa. No importa en qué estado esté, si logro sobrevivir, veremos juntos la primera nevada.»  

De pronto, la voz de ella resonó en sus oídos como una alucinación. Recordar los sueños que habían compartido, la plenitud que habían sentido, lo hizo querer rendirse por completo.  

―Ugh… hic…  

Cubriéndose el rostro con sus grandes manos, Lee Rowoon exhaló un aliento caliente y prolongado. Intentando calmarse, repitió una plegaria desesperada. Pero esta vez, su súplica no estaba dirigida a un ser superior. Por primera vez, le rogaba a ella.  

«¿Qué puedo hacer por ti, Han Jiah? Dime qué puedo hacer. Por favor, no me dejes así. Por favor, por favor… Jiah.»  

Restregándose las lágrimas con el dorso de la mano, Lee Rowoon mordió su labio. No sabía cuánta más desesperación podía infundir en su súplica. Otra lágrima cayó desde su nariz hasta el suelo.  

Y entonces…  

―…  

Un escalofrío extraño lo recorrió. La sensación de una mano acariciando su hombro hizo que todos sus músculos se tensaran. Paralizado, Lee Rowoon levantó la cabeza lentamente. Sus pupilas dilatadas buscaron a tientas en el aire.  

Los copos de nieve habían crecido, bailando caóticamente con el viento. En medio de ese silencio disperso, Lee Rowoon intentó revivir la sensación que acababa de experimentar. Era como si… una mano lo hubiera tocado para consolarlo.  

―…Ha.  

«¿Me estoy volviendo loco de verdad?»  

«¿Por qué, sin ninguna razón, siento que ahora podría verla?»  

Tambaleándose, Lee Rowoon se puso de pie. Se frotó los ojos con el dorso de la mano y, al no ser suficiente, enterró el rostro en el cárdigan que el director Baek le había prestado. Después de secarse torpemente, dio unos pasos inestables. Con cada movimiento, su corazón latía más rápido.  

Tal vez esta intuición también era otra ilusión mental, producto del tiempo que había pasado solo. Recordar las interminables esperanzas y decepciones mientras esperaba que ella despertara lo llenó de un miedo instintivo. Pero…  

―¡Por allá, rápido!  

Justo cuando Lee Rowoon salía del ascensor, las puertas del elevador contiguo se abrieron. Un grupo de médicos apareció de repente, caminando a paso veloz hacia la habitación. Detrás de la puerta abierta, el director Baek asomó.  

―¡Vicepresidente!  

Al verlo, el director Baek gritó con una expresión de alegría. Esa mirada radiante lo dejó aturdido. Aunque el director seguía hablando, Lee Rowoon no escuchaba nada, como si sus tímpanos hubieran dejado de funcionar. Solo podía soportar el zumbido en su cabeza.  

―…Ha.  

Un mareo abrumador lo invadió como una ola, y Lee Rowoon, apoyándose contra la pared, logró exhalar. Avanzó con pasos lentos, como si luchara contra una gravedad intensificada.  

«Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…»  

Aunque su corazón corría desesperado, sus movimientos eran lentos como los de un caracol. Al llegar a la puerta de la habitación, se aferró al marco. Entre el murmullo de los médicos, alcanzó a escuchar palabras como “milagro”.  

Su mirada perdida se dirigió primero a Shin Sera. Entre el gentío, vio a la mujer sin el respirador. Al cruzar miradas con esos ojos vacíos, entendió que la confesión de Han Jiah que sus almas se habían intercambiado era cierta.  

La mujer frente a él era la Shin Sera original, que no recordaba nada del último año.  

Conteniendo la agitación, Lee Rowoon desvió la mirada hacia la cama contigua. Los párpados de la mujer pálida se movían levemente. Él no parpadeó, como si quisiera grabar cada instante en su retina.  

Lentamente, sus finos párpados se abrieron, revelando unos ojos de un suave tono nocturno.  

―Señora Han Jiah, ¿puede oírme?  

Siguiendo las indicaciones del médico para comprobar su enfoque, la mujer parpadeó un par de veces. Poco a poco, un tenue brillo de vida regresó a su rostro. Con una expresión aturdida, como si despertara de un largo sueño, sus ojos buscaron algo.  

Al ver eso, los ojos de Lee Rowoon se enrojecieron de nuevo. Quería mostrarse fuerte para su primer encuentro con Han Jiah, pero… ni siquiera podía controlar su respiración. Solo lograba contener unos sollozos patéticos.  

―…Han Jiah.  

El nombre que había guardado en su pecho, sin siquiera tener la oportunidad de pronunciarlo, salió de sus labios temblorosos. Aunque solo eran tres sílabas, la avalancha de emociones partió su voz de manera lastimosa.  

―Jiah, Han Jiah.  

La llamada desesperada de Lee Rowoon atravesó el bullicio y llegó a ella. En ese momento, una intensa emoción apareció en el rostro de la mujer, que hasta entonces parpadeaba débilmente. Sus ojos giraron lentamente hacia él.  

Y entonces…  

Una sonrisa perfecta se extendió, lenta y pausadamente, por su pálido rostro.  

Lee Rowoon extendió una mano temblorosa y tomó la de ella. Pequeña y delgada, tan frágil que parecía quebrarse con un apretón, pero con el calor de la vida aún presente. Ante esa prueba irrefutable de su existencia, contuvo un gemido. Ella, mirándolo fijamente, movió sus labios descoloridos.  

―…Hola, Lee Rowoon.  

Una voz baja y ronca, pero dulce, resonó en sus oídos. La mujer que veía por primera vez en la realidad lo miró con ojos cariñosos y luego curvó suavemente sus párpados. Era la misma sonrisa que lo había sumido en la angustia y la desesperación.  

Mirándolo como hechizada, la mujer hizo un gesto hacia Sera y añadió, como disculpándose:  

―Llegamos tarde… por venir juntas.  

―… 

―Está nevando… la primera nevada.  

No hacían falta más palabras. Lee Rowoon intentó sonreír, pero al final se desplomó sobre la cama, enterrando el rostro en su mano. Los sollozos estallaron. Mientras las lágrimas caían, unos dedos delgados acariciaron su mejilla, como reconfortándolo.  

La persona que amaba había regresado.  

Eso era suficiente.  

Era el momento en que el mundo de Lee Rowoon volvía a ser perfecto.



TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ROBIN


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