Capítulo 12
—Ten cuidado cuando mis dedos estén dentro de ti. Si no los saco con cuidado, podrían desgarrarte al salir.
—¡Ah! ¡Ah…!
—Si sigues apretando así, algún día se te romperán todos los dientes. Y cuando eso ocurra, te haré practicar sexo oral.
—…
—Aunque no esperaré tanto. Ya se te quebró un colmillo… cuando se rompan los demás, te los arrancaré uno por uno. Luego, mientras te obligo a chupar, te describiré al oído cada sensación… para que lo recuerdes bien.
Rane, que había estado mordiendo con fuerza el palo entre sus dientes, aflojó la presión de pronto. Si otro colmillo más se rompía, esas palabras podrían convertirse en realidad.
Con encías desdentadas… por más que intentará morderlo con fuerza, no lograría hacerle nada. Entonces, aunque no lo quiera, tendré que meterme su miembro en la boca y tragar hasta su semen.
Solo de imaginarlo, sintió la papilla que había comido en la garganta, subiendo de nuevo.
—Muérete… Muérete y arde en el infierno por toda la eternidad. Si existe un Dios, jamás te perdonará.
—Quizá. El Dios patético que rige Akin podría hacerlo, pero el de Cask… estoy seguro de que me adora.
—¿Qué…?
—El respeto que la gente de Cask me profesa está más allá de lo que podrías imaginar. Sin que yo lo pida, se postran ante mis pies y alzan las manos, adorándome como a un dios.
Para otros, Jer era un terrible mensajero de la muerte. Pero para Cask, era el gran vencedor de la guerra.
Como si el cielo aprobará sus palabras, un rayo de sol se filtró por la ventana, iluminando únicamente la espalda de Jer, sin tocar ni un centímetro de Rane.
«No necesito verlo para saber que detrás de él hay un sol cálido…»
Su momentánea sumisión se desvaneció. La frustración regresó al sentir cómo el glande de Jer rozaba su trasero.
Cuando la presión sobre su cuello disminuyó, Jer soltó su cabello.
—El desayuno estará listo pronto. Terminaré antes de eso, así que no te preocupes —Jer deslizó su glande erecto entre los pliegues de sus nalgas.
Aunque su inexperiencia le impedía una penetración adecuada, no se impacientó. Se frotó lentamente, sabiendo exactamente qué emociones despertaba en ella con solo el roce de su piel.
Ya le había confesado, incluso, esos pensamientos que había evitado… ese miedo invisible que significaba defraudar a su padre.
¿Era una suerte? Mientras Jer se tomaba su tiempo, un subordinado anunció desde fuera que la comida estaba lista.
Jer interrumpió su intento de penetración. Se incorporó, se ajustó los pantalones y la dejó tendida en el suelo. Volvió a apretar las cuerdas que se habían aflojado alrededor de sus muñecas.
Mientras se abrochaba el cinturón con calma, le lanzó un último consejo:
—Divertido… pero no te rebeles demasiado. Cuanto más lo hagas, más rápido se derrumbará tu imagen como Príncipe Ramu. Las mentiras… siempre salen a la luz.
Incluso después de que Jer cerró la puerta, Rane permaneció inmóvil, boca abajo, con los ojos cerrados.
El olor a madera, en lugar del hedor a sangre, pólvora, el fétido aroma humano o la vibración de la muerte, le brindó una inexplicable y silenciosa comodidad. Una calma suficiente para desnudar el corazón… y dejarlo desbordarse en lágrimas.
Rane permaneció boca abajo, con los ojos cerrados, durante mucho tiempo. Hasta que el suelo quedó completamente empapado.
₊ ⊹ ✧ ˚
Akisha seguía vigilando el estado de Dongtae. Como no había recibido la orden de matarlo, y pese a las múltiples heridas de cuchillo en el abdomen, se le había proporcionado un descanso más decente que a los demás prisioneros. Incluso le desinfectaron las heridas con manos rudas, solo para evitar una infección.
Tuvo que soportar todo tipo de insultos por el emblema tallado en su vientre. Pero no le importó. Comparado con el Príncipe Ramu, que estaba siendo torturado en persona, ese grabado no era nada.
No entendía por qué el coronel Jer los había mantenido vivos a ellos y al príncipe Ramu. Pero gracias a eso, había aprendido cuántos guardias vigilaban y cuándo se realizaban los relevos.
Habiendo servido al príncipe Ramu tanto tiempo, Akisha conocía el palacio como la palma de su mano. Y aunque ahora estaba atado, sin armas, no sabía cuándo podría surgir una oportunidad, así que comenzó a repetir en su mente:
«Cinco… cuatro… tres… dos… uno…»
—Oye, cambio de turno.
El guardia entrante, quizás por su carácter tímido, era tan puntual como un reloj. Aunque llevaba una espada, Akisha calculó que, si llegaba a producirse un enfrentamiento, podría tener cierta ventaja en comparación con otros guardias. Todo con tal de escapar y rescatar al príncipe Ramu.
Lo único que podían hacer era rechazar la comida, pero en ese mismo momento, el Príncipe Rane podría estar sufriendo torturas.
Aunque siempre se había esforzado al máximo como príncipe, Akisha no podía asegurar cuánto resistiría ella, frágil como era. Como el único que sabía que Ramu era una mujer, vivía cada día con el corazón en un puño, temiendo que el coronel Jer lo descubriera.
La mirada del coronel al acercarse a Rane, justo antes de que Akisha perdiera el conocimiento, dejaba claro que ya lo sospechaba.
—…
Al recordar ese instante, Akisha cerró los ojos con fuerza.
Sabía cómo pensaban los hombres. Lo que harían al descubrir que la persona a la que torturaban no era un príncipe, sino una mujer. Y peor aún si el que lo descubría era el coronel Jer.
Como hombre, comprendía pensamientos que a las mujeres les costaba siquiera imaginar y una ola de preocupación lo invadió, volviendo su respiración áspera. Pero, en una situación como esa, perder el control no servía de nada.
Tras recomponerse, clavó una mirada afilada en el guardia que estaba de turno.
La voz de Rane, gritando:
«¡Por favor!»
Temiendo que él muriera, volvió a resonar en sus oídos.
₊ ⊹ ✧ ˚
Quería quedarse quieta, inmóvil, como un ratón muerto. Pero su estómago no dejaba de gruñir. Cuando un subordinado de Jer, en lugar de él, le mostró descaradamente un ataúd y un poco de caldo, no le quedó más remedio que tragárselo. Lo lamentó de inmediato, pues eso aceleró sus necesidades fisiológicas.
Después de aguantar toda la mañana, su vejiga llegó al límite. Apenas podía mover un dedo.
Cuando Jer entró a la habitación al mediodía, encontró a Rane tambaleándose, al borde del desmayo. Había resistido todo lo que pudo, pero su cabeza daba vueltas.
Aunque Jer notó su palidez inusual, no pareció preocuparse.
—Por favor… déjame ir… al baño.
ZAS.
Jer giró la cabeza por completo al escuchar su voz, quebrada y apenas audible. Para entonces, Rane ya estaba de rodillas, temblando por el esfuerzo desesperado de contener las ganas de orinar.
El roce de sus muslos torturados contra las pantorrillas casi le resultó un alivio, al menos ese dolor le distraía del impulso fisiológico que intentaba contener.
Al ver la agonía de Rane, el coronel Jer cerró la ventana que había dejado abierta para ventilar la habitación, apoyándose con calma en el marco. Su expresión serena resultaba tan insultante como humillante.
Si pudiera matar a Jer, ¿no habría mayor felicidad?
Apretó aún más las pantorrillas para resistirse a la vejiga que estaba a punto de reventar. Rane ahogó otra oleada de vergüenza antes de ceder a la necesidad humana.
—El… baño… —suplicó Rane.
Al oír su voz quebrada, Jer se apartó lentamente de la ventana y, de pronto, con la misma tranquilidad, colocó frente a ella una tetera. El radiante sol pintado en su centro le era dolorosamente familiar.
Su rostro se heló al reconocerla, la había elegido la propia Rane tiempo atrás.
Él solo inclinó ligeramente la cabeza hacia el objeto, señalándole con la mirada.
—¿Qué… clase de… broma es esta?
—…
—¿Acaso el ejército de Cask… usa teteras para…?
—Si dejo que una mujer como tú salga al baño, todos querrán arrancarte los pantalones para ver cómo es tu… equipamiento.
—¡!
—Si lo deseas, puedo organizarlo. Pero si no, eres más tonta de lo que pensaba.
—…
—Lo supe desde que te quejaste del olor y pediste bañarte. Un príncipe falso como tú delata su mentira hasta en la forma de hablar.
¿Qué tenía de malo querer ir al baño?
Las palabras del coronel Jer continuaron desgarrando su dignidad con ese tono frío e implacable. Por suerte, la necesidad era tan urgente, que apenas las oía, como un eco distante.
Rane ya no podía aguantar más. El pudor era un lujo que no podía permitirse.
—Déjame… sola.
—…
—Haré lo que dices… lo resolveré aquí.
Jer ladeó la cabeza, sin emitir palabra. Rane lo comprendió: tendría que hacerlo frente a él.
Con las manos aún atadas, tomó la tetera y se arrastró tras un barril que, aunque pequeño, ofrecía algo de cobertura. Evitando su mirada glacial, luchando con cada movimiento. Dudó antes de bajarse los pantalones, incluso en ese momento crítico.
Pero el dolor en la vejiga era tan insoportable que, al final, cedió y se sentó sobre la tetera.
El sonido del alivio llenó el aire en medio del silencio. Rane apretó los ojos, negándose a aceptar la humillación, incluso cuando su cuerpo la traicionaba.
Permaneció ahí más tiempo del necesario, temiendo moverse. Si el suelo llegaba a empaparse, sus subordinados, aún prisioneros, podrían oírlo. Ese rumor de su vergüenza llegaría a ellos más rápido que cualquier mensaje.
Se lo imaginó nítidamente.
«El Príncipe Ramu… orinando como un niño. Inundando el suelo con un río de orina.»
Los murmullos burlones imaginarios, las risas ahogadas, las miradas lascivas…
No. No podía permitirlo, que sus hombres, ya de por sí desmoralizados, escucharan semejante humillación.
Cuando terminó, la tetera estaba casi llena. Solo entonces, el rostro de Rane ardió de vergüenza y autodesprecio. Incluso después de aliviarse, la vejiga, distendida al límite, seguía doliendo.
Al girar apenas la cabeza, encontró los ojos de Jer fijos en ella desde el otro lado del barril. Quiso estrellarse contra la madera y desaparecer, pero en su lugar, se puso de pie con torpeza, fingiendo indiferencia y se ajustó los pantalones.
Mantener la dignidad como príncipe, mientras renunciaba al pudor de su cuerpo femenino, era una línea demasiado frágil.
Aunque el alivio físico fue inmediato, se sintió más vacía que nunca. La ligereza del cuerpo contrastaba con el peso invisible que oprimía su espíritu.
—¿Dónde está tu padre?
—¡…!
Ahí empezaba. La pregunta que temía.
La efímera tranquilidad se hizo añicos.
Rane giró lentamente el rostro hacia Jer. Él la había escuchado orinar… y ahora le ofrecía la “cortesía” de responder antes de torturarla.
No era la muerte… la Muerte solo tomaba vidas; no jugaba con el dolor.
Era un demonio. Un vil demonio caído, abandonado por los dioses.
Rane guardó silencio, con la mirada fija en él. Esa misma mañana, sus dedos habían jugueteado bajo su pelvis; ahora, sería todo su cuerpo al que profanaría. El príncipe que alguna vez fue tratado con reverencia se aferraba a los últimos vestigios de cordura, después de haber orinado frente a su enemigo.
«No soy más que un cascarón. Este cuerpo… es solo eso.»
Jer le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Por supuesto, ella no se movió. La tensión se prolongó en el aire, densa y muda, pero él no mostró enfado; simplemente repitió el gesto.
«Solo soy un cascarón…»
Rane avanzó arrastrando los pies, con las ataduras limitando cada paso. Al llegar junto a él, Jer la empujó sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, le desató las cuerdas de las piernas y sacó un frasco de cristal del bolsillo.
Se parecía a los frascos que los sirvientes de Akin usaban para suicidarse con hierbas venenosas.
Ella no logró apartar la vista de él.
Jer no le explicó el contenido.
En cambio…
—Por cada segundo que tardaste en venir, hoy estarás bajo mí.
Le arrancó los pantalones y la ropa interior de un tirón. Sus piernas, que forcejearon en el aire, fueron atadas a los lados, exponiendo brutalmente su pelvis sin pudor. Entonces entendió el propósito del frasco.
El coronel Jer vertió el contenido del frasco de vidrio. Era un aceite espeso con un aroma desconocido.
—¡!
Su mano, ahora cubierta de aceite, se deslizó sin esfuerzo por la pelvis seca de Rane, esparciendo el líquido uniformemente.
Aunque Rane intentó cerrar los muslos moviendo sus piernas atadas, Jer no mostró incomodidad alguna mientras aplicaba el aceite, cubriendo no solo los labios mayores y menores, sino también el clítoris.
—Este es el aceite que usaré hasta que estés completamente lubricada. Es de flor de Tanpat, el mismo que usan los prostitutos que atienden a la alta sociedad para lubricar el ano.
La flor de Tanpat. Una flor de propiedades estimulantes se utilizaba tanto en medicina como en perfumería.
Pese a sus beneficios antiinflamatorios, su cultivo era delicado y la extracción de su aceite, compleja, lo que lo convertía en un producto extremadamente costoso y exclusivo.
El coronel Jer, tras untar generosamente el costoso aceite en el cuerpo reseco, volvió a llenar sus palmas y frotó el aceite por los muslos de Rane con movimientos despreocupados. Aunque provenía de la realeza, jamás había tenido tanto aceite de Tanpat sobre la piel. Y aunque las manos de Jer eran ásperas, el líquido transformó su piel suave y brillante.
—¿Estás… usando este aceite tan caro solo para satisfacer tus deseos?
—Ya te lo dije. Quiero verte rogando por más.
—¿Qué?
—Lo entenderás pronto. Verás que todo lo que te he dicho, se cumplirá.
Rane apartó la vista del rostro de Jer.
Había algo inquietante en su convicción, algo que bordeaba en la arrogancia. Se prometió a sí misma que, sin importar lo que sucediera a continuación, no se dejaría afectar. Después de todo, ya había sido humillada hasta el punto de verse forzada a orinar frente a él; no podía haber mayor vergüenza que esa.
SLURP. SLURP.
Los dedos de Jer comenzaron a frotar su pelvis, aunque Rane se mantuvo firme por fuera, por dentro tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la compostura. Sus ojos, gélidos, se fijaron en la ventana cerrada, más allá de la cual recordaba los días felices bajo el sol radiante.
SLURP. SLURP.
La mano de Jer empezó a masajear el clítoris, ahora cubierto por la viscosidad del aceite. Rane sabía cómo se daban las relaciones entre hombres y mujeres, pero no conocía con precisión qué zonas podrían provocar excitación. Por eso no comprendía qué sentido había en aquellos toques, ni por qué Jer insistía tanto en ellos.
Jer notó que su mirada estaba perdida, fija en la ventana, pero no hizo nada por interrumpirla. En lugar de eso, desabrochó lentamente su blusa, dejando al descubierto sus pechos generosos. Su cabello, sin el pañuelo que solía ocultarlo, caía libre sobre los hombros y cada curva de su cuerpo, los muslos, los senos, incluso la zona más vulnerable entre sus piernas proclamaba con fuerza su feminidad.
Se tomó su tiempo. Durante varios minutos, Jer se limitó a masajear el clítoris. No hubo brusquedad, ni violencia, ni gestos que pudieran leerse como tortura… al menos no al principio. Solo cuando Rane, harta de su insistencia, le sostuvo la mirada con fastidio. Había aprendido en unos pocos días, que después de todo, nada de lo que él hacía era inocente. De hecho, habría preferido que se comportara como el animal que era y simplemente acabará con todo.
Pero mientras el masaje continuaba, algo inesperado sucedió: sus dolores empezaron a disiparse. ¿Era el efecto del aceite de Tanpat? La irritación de sus muslos, el ardor en las heridas supuradas y ese dolor punzante dentro de su vagina comenzaron a diluirse.
Incluso su mente, hundida en aquel infierno oscuro, empezó a sentirse… extrañamente ligera. O tal vez, solo adormecida.
—¿Hasta cuándo piensas seguir con esto?
Nadie anhela la infelicidad. Incluso si alguien la busca, suele ser solo un medio necesario para alcanzar lo que realmente se quiere, superando así esa infelicidad. Pero en ese instante, Rane deseó ser miserable. El dolor que se desvanecía, la mente llena de frustración que ahora se relajaba… todo eso era un lujo que no podía permitirse.
Cuando Rane, incapaz de encontrar sosiego siquiera en el silencio, dejó escapar un sonido áspero, Jer le cubrió los labios con una mano aún empapada en aceite de flor de Tanpat.
Instintivamente, Rane sacudió la cabeza, horrorizada. Esa mano que ahora le tapaba la boca era la misma que le había tocado sus partes íntimas. Con la respiración agitada, no tuvo más remedio que inhalar profundamente el aroma dulce y denso de la flor de Tanpat.
Al percibir de lleno el aroma del aceite, Rane sintió que ese silencio no deseado la hundía aún más, volviéndose opresivo.
«Así que por eso los nobles y la realeza buscan este aceite, sin importar lo costoso que sea.»
—¿Acaso tu intención es burlarte de mí usando solo una simple flor de Tanpat? ¿O es que no te atreves a tocarme sobrio y necesitas el aceite para satisfacer tus deseos?
PFFF.
Rane frunció el ceño, dudando de si la risa de Jer era auténtica o no. El efecto del aceite de Tanpat resultaba más poderoso de lo que había anticipado: cuerpo y mente comenzaban a ceder, como si estuviera al borde de una ensoñación.
—Ya te dije que lo usaré hasta que estés completamente mojada. Incluso aunque no lo tuviera, doblegar tu cuerpo sería fácil.
SHLK, SHLK.
Rane apretó con fuerza el palo entre los dientes. Antes, no sentía nada; ahora, su cuerpo reaccionaba. Su clítoris, resbaladizo por el aceite, se estremecía bajo los dedos que lo estimulaban y los dedos de sus pies se contraían involuntariamente. Jer no lo pasó por alto. Sus movimientos se intensificaron, deslizándose no solo sobre el clítoris, sino también por los labios menores.
Rane giró la cabeza hacia la ventana hasta que su cuello quedó expuesto, tenso, y clavó la mirada en aquella luz brillante.
«Si el futuro del reino de Akin pudiera ser tan brillante como esta vista…».
SHLK, SHLK.
NNGH.
Un espasmo muscular que ya había aceptado como parte del castigo volvió a manifestarse. Ni siquiera estaba segura de si se trataba realmente de un espasmo o de otra cosa. Su pantorrilla se estremeció y tembló por sí sola. Entre sus piernas, abiertas de forma humillante, la mano de Jer, que alcanzaba esa zona con facilidad, se detuvo un instante al notar su reacción.
—Con solo un poco de aceite, reaccionas así. Mojarte será solo cuestión de tiempo —habló Jer con una frialdad burlona.
—No digas tonterías.
SLURP.
—¡Ugh!
El dedo, que hasta entonces acariciaba su clítoris y labios menores, se hundió de pronto en su vagina. Pero, a diferencia de lo ocurrido esa mañana, esta vez no sintió dolor.
El movimiento era fluido, ayudado por el aceite de flor de Tanpat, que funcionaba como lubricante. Su expresión mostraba confusión, desconcertada por la ausencia de dolor.
Jer, asegurándose de que el aceite impregnara también el interior de su vagina, se desató el cinturón de cuero y sacó su pene.
Iba a completar la penetración que había quedado pendiente por la mañana.
Frotó el glande contra el clítoris, los labios menores y la entrada de la vagina de Rane, todos cubiertos de aceite. Aunque su pene aún no estaba completamente erecto, comenzó a endurecerse mientras se estimulaba contra su cuerpo resbaladizo.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR