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Capítulo 115

Finalmente, Henry consiguió la caja de joyas del Duque Lorenst y regresó felizmente a la casa Ducal de Timothy. Edwin había ido a buscarlo, pero Henry lo rechazó sin piedad con la excusa de que era tarde. Quería regresar a casa y admirar tranquilamente la imagen de Edwin en su infancia.

Gracias a eso, Edwin terminó realmente molesto con Henry. Desde ese día, cada vez que Henry visitaba la casa de Lorenst, Edwin se negaba a recibirlo con la excusa de que estaba ocupado. También rechazaba cualquier invitación que Henry le enviaba.

—Por mucho que sea así, ¿no me extrañaste ni un poco? Solo quería tomarme mi tiempo para disfrutar lo lindo que eras en el pasado.

Henry murmuró con fastidio cuando, después de una semana, Edwin finalmente respondió a una de sus cartas. Se arrepintió de haberle dicho a Kayla que Edwin era amable y gentil. Y para colmo, Edwin todavía no parecía haberlo perdonado del todo, ya que lo llamó directamente a su ubicación en lugar de ir a la casa de Timothy.

A pesar de su molestia, Henry decidió hacerle caso y fue al lugar indicado para calmar a Edwin. Ya se había acostumbrado al mayordomo, quien no lo trataba como un invitado sino como parte de la familia Lorenst, y lo guió con naturalidad hasta la habitación de Edwin.

—¿Cómo ha estado Edwin últimamente?

—Ha estado ocupado.

—Bueno, como heredero, supongo que tiene muchas responsabilidades.

«Quizás por eso no me ha contactado», pensó Henry, pero rápidamente negó con la cabeza. No, Edwin definitivamente seguía molesto con él. Aun así, pensó en usar el tema del trabajo como una excusa para iniciar una conversación.

—Puede pasar.

El mayordomo abrió la puerta y se hizo a un lado. Henry le dedicó una mirada agradecida y giró la cabeza hacia la habitación. Justo cuando estaba a punto de entrar, se quedó paralizado ante la escena que tenía ante él.

—…

La habitación de Edwin había cambiado tanto que no pudo dar un paso adelante de inmediato. Miró alrededor con incredulidad y exclamó:

—¿Qué demonios es esto?

—Entra.

—¿En serio esperas que entre ahí?

—Entra.

Edwin lo repitió con tal firmeza que Henry se contuvo de darse la vuelta y salir corriendo. Con gran esfuerzo, cruzó la puerta.

El lugar estaba lleno de cajas de joyas.

—Así que esto es en lo que has estado ocupado últimamente en lugar de contactarme.

No importaba hacia dónde mirara, solo veía cajas de joyas. Había de todos los tamaños: desde pequeñas, del tamaño de un puño, hasta algunas tan grandes que sería difícil abrazarlas. A simple vista, Henry calculó que había más de veinte.

Algunas estaban abiertas, mientras que otras permanecían cerradas.

—No me digas que todas están llenas de joyas.

—Pensé en cubrir todo el suelo con ellas, pero creí que eso no te gustaría.

—Ah… ¿Así que esto es lo que consideras contenerte?

—Sí.

Ante la descarada respuesta de Edwin, Henry se quedó sin palabras y simplemente observó las cajas de joyas. Bueno, al menos no estaban esparcidas por el suelo, y veinte no eran tantas considerando la riqueza de un Ducado. Además, Edwin nunca había sido alguien derrochador, salvo en la compra de armas. No era un problema en términos financieros.

Un Noble común y corriente seguramente tendría más ambiciones materiales que Edwin. Entonces, ¿por qué esto le preocupaba tanto?

—Haa…

Intentó convencerse a sí mismo, pero algo lo incomodaba: la sospecha de que todo esto tenía que ver con él. Y las palabras de Edwin lo confirmaban.

—¿No me digas que esto es por la partida de ajedrez con el Duque Lorenst?

El Duque Lorenst había apostado una caja de joyas llena de retratos de la infancia de Edwin, y Henry se había emocionado tanto que se negó a levantarse y marcharse con Edwin.

¿Había hecho todo esto por aquel incidente?

Los ojos de Henry se apartaron de las joyas y se encontraron con los de Edwin. No hubo respuesta verbal, pero la expresión de Edwin lo decía todo. A diferencia del Duque Lorenst, Edwin había preparado joyas de verdad. Ya antes había dicho que él mismo se las daría, pero Henry nunca imaginó que lo haría en serio.

—Oye, maldito lunático. ¿Cómo se te ocurre hacer algo así?

Henry se llevó la mano a la frente, frustrado. Ahora entendía bien qué clase de consecuencias tenía dejar que Edwin se obsesionara con algo. Sin embargo, Edwin permanecía tranquilamente sentado en el sofá, imperturbable ante la reacción de Henry. Peor aún, recorrió las cajas de joyas con la mirada y dijo con total naturalidad:

—Encuentra la joya que contiene mi feromona.

—…¿Qué?

¿Qué tontería estaba diciendo ahora? Henry lo miró incrédulo y tomó una de las joyas. Brillaba con esplendor, pero no sentía ningún rastro de feromonas en ella. Además, desde que había entrado en la habitación, el aroma de Edwin ya se había extendido como una neblina, así que encontrar una joya con su esencia era…

—No me digas que compraste feros.

Si hablaban de joyas que pudieran contener feromonas, solo podían ser las que vendía la firma Leve. Al escuchar la pregunta, Edwin asintió sin vacilar.

—Me tomó algo de tiempo reunirlas todas.

—…Así que, ¿por eso rechazaste verme todo este tiempo?

—Quería verte cuanto antes para proponerte matrimonio, pero el tallado tomó más tiempo del esperado.

Henry estaba a punto de abrir una de las cajas cuando su mano se detuvo. 

«Espera, ¿qué acababa de decir Edwin? ¿Acaba de decir “proponer matrimonio”?»

Henry, aún sosteniendo la caja, giró la cabeza lentamente hacia Edwin y luego miró de nuevo la caja. Finalmente, abrió completamente la tapa, revelando un interior lleno de piedras preciosas que brillaban bajo la luz.

Cada joya era única en su diseño, todas tan hermosas que era imposible apartar la vista. Se notaba que Edwin había puesto especial atención en seleccionar las mejores.

—Entonces… ¿quieres decir que todo esto lo preparaste para pedirme matrimonio?

—Estuve pensando en cómo hacerlo, y como parecía que te gustaban las joyas…

—A todos les gustan las joyas. Pero en mi caso, lo que me gustó fue tu infancia, no las joyas en sí…

Henry se quedó sin palabras, esta vez por una razón diferente. Antes se había preguntado por qué Edwin había comprado tantas joyas, pero ahora que sabía el motivo, su corazón comenzó a latir con fuerza. Se sintió avergonzado y extrañamente emocionado al mismo tiempo. Mientras revisaba las joyas, una en particular llamó su atención.

Era un anillo con un diseño más sencillo que el resto. Una banda lisa con una piedra incrustada de manera simple, sin demasiados adornos. Pero por alguna razón, Henry no podía apartar la vista de él. Se lo acercó a los ojos y, en ese instante, sus pupilas se abrieron de golpe.

Podía sentir la feromona de Edwin emanando del anillo. Era la esencia cálida y afectuosa que siempre había asociado con él.

—¡Este es…!

Henry exclamó con emoción al encontrar la joya impregnada con la feromona de Edwin. Se sintió como cuando, de niños, jugaban a la búsqueda del tesoro y escondían notas por toda la habitación.

—Así es.

—Para estas cosas soy un experto.

Orgulloso de haberlo encontrado en un solo intento, Henry sonrió ampliamente. En ese momento, Edwin, que ya estaba justo a su lado, tomó el anillo de su mano y sujetó su otra mano con firmeza.

—Te daré todas estas joyas.

—Si me lo hubieras dado todo de golpe hace un rato, habría sido abrumador, pero ahora no está tan mal.

Al principio, la cantidad de joyas le había parecido excesiva, pero ahora solo sentía satisfacción. Saber que Edwin había preparado todo esto solo para pedirle matrimonio lo llenó de felicidad. Henry asintió con una sonrisa, pero de repente se le ocurrió algo y, con una expresión un tanto incómoda, se rascó la mejilla.

—Pero yo no preparé nada para ti.

Como Edwin había organizado todo en secreto, Henry no tenía nada que ofrecer a cambio. Se sentía un poco culpable por estar con las manos vacías. Al notar su incomodidad, Edwin sonrió levemente y acarició suavemente su mejilla, justo donde Henry se había rascado y enrojecido. Como si le molestara incluso esa pequeña marca, Edwin le dedicó una mirada tierna.

—Tu feromona es mi joya. Más preciosa y valiosa que cualquier otra cosa.

—¿Cómo puedes decir algo así con tanta naturalidad? ¿Eres realmente el Edwin que conozco?

—¿O prefieres que diga que tu mera existencia es mi joya más valiosa?

—Edwin…

¿Era en serio la misma persona que antes apenas hablaba y, cuando lo hacía, solo soltaba comentarios fríos? Tal vez fuera por el cambio en su forma de hablar o, quizás, por la confesión en sí, pero Henry no pudo mantenerle la mirada. Desde hace un rato sentía que hacía calor en la habitación… aunque probablemente se debía a que Edwin no había abierto ninguna ventana.

Se abanicó la cara con la mano, pero Edwin la atrapó suavemente, como si la hubiera estado esperando. Luego, acarició el anular de Henry y lo miró con la silenciosa petición de su consentimiento.

Henry movió ligeramente los dedos y, tras un breve instante, asintió con una leve inclinación de cabeza. Con esa simple señal, Edwin, radiante de felicidad, deslizó el anillo en su dedo.

El frío contacto de la joya recorriendo su piel le provocó un cosquilleo en el pecho. Ya no le importaba en absoluto el calor que sentía en su rostro.

—Este anillo es la prueba de que eres la persona a quien amo.

Edwin giró suavemente la sortija sobre su dedo mientras hablaba. Henry, asimilando el significado de esas palabras, solo pudo asentir en silencio. En ese momento, Edwin sostuvo su mentón y lo obligó a levantar la cabeza.

Sus labios se encontraron en un beso suave y cálido.

—¿Aceptas mi propuesta?

La dulce presión de sus labios se mezcló con el susurro de Edwin, envolviendo a Henry por completo.

Toda la frustración que había sentido por la semana sin verse se esfumó en un instante, disolviéndose con el contacto de aquel beso.

Sin abrir los ojos, Henry dio su respuesta.

—Por supuesto.

Se casarían. Igual que en la historia original, pero esta vez con un futuro lleno de amor y esperanza.

«————FIN————»

Eliza: Como que fiiiiin comoooo así T_T



TRADUCCIÓN: KEEP
CORRECCIÓN: MR
REVISIÓN: ELIZA TORRES.


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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