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Capítulo 115

Cuarta regresión, quinta vida.  

Una pequeña cabaña en las montañas.  

Abriendo camino por un sendero aún cubierto de nieve, Rudville llegó jadeando y abrió la puerta de golpe, sin siquiera tocar.  

Dentro, un anciano giró la cabeza, sorprendido.  

—¿Qué… qué demonios?  

—Vine a aprender esgrima.  

—… 

«…¿Qué clase de mocoso loco es este?»  

Rudville, sin perder tiempo, continuó:  

—Ya tengo lo básico. Tengo el nivel de un caballero novato. Mi cuerpo aún no está listo, pero lo prepararé en un mes. Enséñeme lo que viene después.  

—Tú…  

—Sé que no tengo talento.  

Cortó seco, con determinación.  

—Mi estructura ósea es mala, estoy flaco, soy débil, lo sé todo. Pero no me importa.  

—…  

—No importa si mi cuerpo se rompe o si muero en el intento. Así que, ahora mismo, deme una espada de madera. No tengo tiempo. Mientras decide, estaré en el patio practicando.  

—¿Qué clase de lunático…?  

El anciano, como si le estuviera diciendo que se largara, lanzó una espada de madera a sus pies.  

Rudville la recogió y se puso de pie.  

Y comenzó a blandirla en silencio.  

Una vez.  

Dos veces.  

Hasta la milésima.  

Hasta que sus manos fueran lo suficientemente fuertes para proteger a alguien.  

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En su vida pasada, mientras Odelli yacía en la cama, él había recorrido el mundo buscando medicina.  

Médicos, boticarios… todos le decían lo mismo:  

—Vaya, buscando un remedio que solo el Emperador del Imperio puede conseguir.  

—Una medicina tan rara solo está al alcance de los nobles, y solo de los de alto rango.  

—¿Rutas de importación? ¿Acaso es usted el hijo de alguna familia noble? ¿O… quizás el heredero de un gremio mercante?  

—Esa medicina ya no se distribuye en todo el Imperio. Bueno, si usa métodos alternativos, quizás haya una forma de conseguirla. ¿Cuánto está dispuesto a pagar?  

Para salvar a Odelli, en esta vida solo necesitaba una cosa:  

«Poder.»  

La medicina que podía salvarla no se obtenía con dinero ni con esfuerzo.  

Era algo que solo caía en manos de quienes tenían poder.  

Es decir, debía ascender a una posición que nadie pudiera rechazar.  

Quizás, desde ese momento, había enloquecido.  

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Cuando finalmente fue capaz de defenderse, se paró frente a un centro de reclutamiento militar.  

La situación era desastrosa.  

Un pequeño conflicto en la frontera sureste del Imperio se había convertido en una guerra total por las rutas comerciales.  

Nobles influyentes y ciudades-estado marítimas se habían aliado en rebelión, y el Imperio había perdido varios territorios.  

El Emperador, bajo el lema de “recuperar la patria”, reclutó un ejército masivo.  

Un niño soldado, un esclavo sin nombre ni linaje.  

Su lugar estaba en la primera línea del frente.  

Sin armadura gruesa, sin escudo resistente.  

Solo un pedazo de hierro sobre harapos y una lanza desafilada.  

Un “escudo humano” que debía correr hacia el enemigo.  

Las órdenes resonaron desde atrás, los gritos de guerra desde adelante.  

El sonido de miles de cascos golpeando el suelo retumbó como un trueno.  

El olor a sangre llegó después de la desesperación.  

En medio de todo, Rudville agarró su lanza y se movió por instinto.  

Olor a sangre, pólvora, sudor y orina.  

Soldados tambaleándose, caballos galopando sobre ellos.  

En ese infierno donde la vida se extinguía sin pausa, Rudville corrió.  

Esquivó espadas, pisó cadáveres carbonizados, se aferró a su lanza para no caer.  

El cielo tembló con el sonido de metal chocando y gritos de agonía.  

El fuego se extendió, las flechas llovieron.  

Oyó demasiado cerca el sonido de una flecha atravesando el ojo de un compañero.  

Un segundo tarde.  

La sangre salpicó.  

El sabor metálico inundó su boca, su visión se nubló.  

En medio de la guerra, solo un pensamiento cruzó su mente:  

«…Si me detengo, terminaré así.»  

Cargó sin pensar.  

Sin entrenamiento, sin estrategia.  

Solo quería vivir, y el enemigo debía morir.  

Y entonces, clavó su espada en alguien.  

No por odio, sino por miedo y desesperación.  

En ese momento…  

Una lanza atravesó su costado.  

Fácilmente, ridículamente fácil.  

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Cuando abrió los ojos, de nuevo vio la luz azul.  

Había regresado.  

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En el siguiente campo de batalla, duró más.  

Se escondió tras un hoyo, agarró su escudo con fuerza.  

Pero una flecha rozó su nuca, tropezó, una espada le cortó el muslo, y finalmente sus rodillas cedieron.  

Botas pisoteándolo.  

Costillas rotas.  

Sangre llenándole la boca.  

Y murió.  

Otra vez.  

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Veinte, veintiuno, veintidós…  

Las regresiones siguientes se repitieron hasta volverse borrosas.  

Piel ennegrecida por el fuego.  

Cadáveres pálidos.  

Gusanos en las heridas.  

Gritos de compañeros, llantos de desertores.  

Regresión y otra muerte.  

La certeza clavada en su pecho.  

«¿Por qué estoy haciendo esto?» o «Debo salvarla a ella», todos esos pensamientos se desvanecieron en la sangre y la locura.  

Se rompió cada vez, pero en cada regresión aprendió algo.  

Cómo esquivar.  

Cómo volverse imperceptible.  

Cómo ignorar la muerte ajena.  

Cómo clavar una espada en alguien.  

Cómo no cerrar los ojos cuando la sangre salpica.  

Quincuagésima regresión.  

Sabía cuándo moriría, así que en ese instante giró la cabeza, esquivó la flecha y desvió la espada con su lanza.  

Así comenzó a sobrevivir.  

Se acostumbró.  

Llamó la atención de su capitán y dejó de ser un escudo humano.  

Por primera vez, le dieron armadura y espada de verdad.  

Tras aguantar varias batallas, se convirtió en un “superviviente”.  

Y el “superviviente” pronto se volvió el “vencedor”.  

Robin: Era obvio que no iba a ganar en la primera regresión, me gusta esta perspectiva de esta novela y me da tristeza todo lo que tuvo que pasar.

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Centésima regresión.  

Fue entonces cuando su rostro perdió expresión, habló menos y comió sin inmutarse entre el olor a sangre.  

Repetición tras repetición.  

Cada regresión, su habilidad con la espada crecía como si estuviera grabada en su alma.  

De escudo humano a caballero formal, hasta ganar un título nobiliario.  

Incontables horas pasaron.  

¿Barón? Demasiado bajo.  

¿Conde? Aún insuficiente.  

¿Duque? No está mal, pero aún lejos de su meta.  

Solo como Gran Duque, gobernante de un principado, tal vez tendría una oportunidad de salvarla.  

Pero entonces, un día…  

Al cerrar los ojos un momento para recuperar el aliento…  

«…Odelli.»  

No pudo recordar su rostro.  

Sus últimas palabras, el tacto de sus labios en su mejilla… todo eso seguía claro.  

Los cientos de vidas que juró protegerla.  

Esa memoria seguía ahí.  

Pero…  

¿Cómo sonreía? ¿Primero sus labios o sus ojos?  

¿Su voz era grave? ¿O más clara de lo que recordaba?  

¿La cicatriz en su clavícula estaba a la izquierda o derecha?  

Al intentar recordar, los contornos se difuminaron.  

Su corazón se hundió.  

—Maldición.  

Se aferró la cabeza.  

Pero el vacío no se calmó.  

Por más que intentó aferrarse, los recuerdos se desvanecieron como cristales rotos.  

Solo quedaban…  

El frío de su cuerpo, su voz que nunca volvería, su nombre que nunca olvidaría.  

Fue más doloroso que la muerte.  

Entonces, Rudville entendió.  

El motivo por el que, tras cientos de regresiones, nunca la había buscado.  

«Porque… verla morir de nuevo me daba más miedo que cientos de guerras, cientos de muertes…»  

Había evitado inconscientemente ese terror.  

El hecho de haber alejado el rostro que más quería proteger le atravesó el pecho como una daga.  

Cerró los ojos con fuerza, luego los abrió.  

La emoción lo golpeó como una ola.  

«No puede ser. No puedo olvidarla.»  

Rudville alzó la cabeza.  

Tenía que escapar de esta maldición que borraba incluso el rostro de quien quería proteger.  

Debía volver.  

A donde ella aún vivía.  

Para no olvidar.  

No, para recuperarla.  

Desenvainó su espada lentamente.  

Y sin dudar, la clavó en su cuello.  

—¿M-Milord?  

La voz de su ayudante, llena de horror, llegó a sus oídos…  

¡CHAS!  

La sangre brotó,  

y el tiempo lo tragó de nuevo.  

Era más o menos su tricentésima décima regresión.  

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El punto de partida siempre era a los quince años.  

Esta vez, fue directo a buscar a Odelli.  

No tenía certeza de salvarla.  

Solo… quería verla.  

El camino al laboratorio subterráneo no tuvo obstáculos.  

Los obstáculos se eliminaron rápido; nada podía detenerlo.  

Los registros ya los había robado, y los otros niños del laboratorio escaparon en el caos.  

Antes de que sonara la alarma, llegó a su destino final.  

Y la vio.  

Trece años.  

Pequeña, frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento.  

Una niña acurrucada en un rincón, mirando al vacío.  

Labios secos, hombros caídos.  

Ojos azules que parecían perdidos en el mundo.  

Se quedó paralizado.  

Odelli.  

Estaba viva.  

Respiraba.  

Ella alzó la cabeza.  

Al ver a un niño demacrado mirándola, se encogió, asustada.  

—…¿Quién eres?  

Una voz frágil.  

Mirada temerosa, tono cauteloso.  

—¿Cómo entraste aquí?  

Ella, aún inocente, demasiado joven.  

Pero viva.  

En ese momento, se derrumbó.  

Sus hombros temblaron, su pecho se oprimió, su garganta ardía.  

La persona que quiso proteger pero nunca pudo.  

No, la persona que evitó por miedo a fracasar.  

Al acercarse, Odelli se encogió más.  

Él se arrodilló y susurró:  

—Perdón. Llegué tarde.  

Ella parpadeó, confundida.  

—Me llamo Rudville.  

—…¿El héroe Rudville?  

—Sí. Vine a salvarte.    



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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