Capítulo 114
¿Debería sentirse aliviado de que no se tratara de Henna, o más bien preguntar por qué William había comenzado a interesarse en Hook? Al pensar en Hook, Henry recordó la conversación que había tenido anteriormente con el Príncipe Heredero.
—¿Así que esa fue la razón por la que me preguntaste sobre Hook la otra vez?
—Exactamente. Me daba curiosidad.
William respondió sin ninguna intención de ocultarlo. Ahora que había establecido un nuevo trato con Hook, quería conocerlo mejor. Incluso en ese momento, al pensar en él, lo primero que le venía a la mente era qué excusa podría usar para volver a llamarlo. Henry, al notar aquella expresión en el rostro del Príncipe, dejó entrever su escepticismo.
—No sé si eso será algo bueno para Hook.
William y Hook… Bueno, si ambos estaban de acuerdo, no tenía nada que ver con él. Pero, ¿qué pensaría Hook sobre todo esto? Aunque la situación se estaba desarrollando de manera inesperada, Henry simplemente se encogió de hombros.
—Si te interesa, haz lo que creas conveniente.
Dejando claro que no tenía intención de involucrarse, Henry vio cómo William lo miraba con expresión de reproche antes de soltar una carcajada.
—Entonces, me retiro.
Al comprobar la hora, Henry se levantó de su asiento. Como era de esperar, Edwin se puso de pie al mismo tiempo, lo que provocó que William los mirara con aire divertido.
—Ahora sí que son una pareja inseparable.
Agitó la mano, insinuando que ya no podía concebirlos por separado.
—Los llamaré de nuevo la próxima vez.
—Hasta entonces.
Henry se despidió con cortesía y se alejó, seguido de Edwin, quien simplemente asintió en silencio. Tras levantarse, Edwin se ubicó naturalmente a su lado, y Henry, al verlo, sonrió y le tomó la mano.
Observando la espalda de la pareja, William dejó escapar una risa sarcástica. Antes, deseaba que el amor de Henry se hiciera realidad, pero ahora que los veía juntos, solo podía sentir envidia.
—No tendría que haberme llevado a Edwin en aquel viaje.
Chasqueó la lengua, lamentándose tardíamente, pero ni siquiera eso logró disipar la atmósfera dulce y cálida que rodeaba a Henry y Edwin.
Después de despedirse de William y salir del palacio, Henry subió con Edwin a la carroza con destino a la Casa Ducal de Lorenst. Pasaron el día anterior juntos, y cuando se separaron, Henry se sintió reacio a hacerlo. Por eso, después de la reunión con el Príncipe Heredero, estar con Edwin le parecía lo más natural del mundo.
—Henna dijo que te vio hace poco.
Dijo Henry de repente mientras jugaba con la mano de Edwin dentro de la carroza. Aunque fue un comentario espontáneo, Edwin lo escuchó con interés.
—Me dijo que no tuvo oportunidad de saludarte porque de repente te metiste en un callejón. ¿Recuerdas cuándo fue?
Henry no tenía mucho más que decir al respecto, así que simplemente lo mencionó a la ligera. A fin de cuentas, aquel callejón no era más que un camino entre tantos, nada especial. Sin embargo, lo inesperado fue la reacción de Edwin.
Henry, con su sensibilidad hacia las feromonas de Edwin, notó un ligero temblor en su aroma. Sus ojos se entrecerraron con sospecha.
—Así que sí lo recuerdas.
Eso significaba que no era un simple incidente sin importancia. Cuando Henry lo miró con clara intención de saber más, Edwin guardó silencio por un momento antes de dejar escapar un nombre, casi como si no fuera gran cosa.
—Taylor.
—¿Taylor? No me digas que lo atrapaste.
Ante la sorprendida pregunta de Henry, Edwin asintió con la cabeza.
—¿Dónde? ¿Cómo?
Henry también lo había estado buscando. Después de exponer todos sus escondites secretos, solo quedaba esperar que se mostrara por sí mismo, pero tras detectar su rastro por un breve instante, Taylor había vuelto a desaparecer sin dejar huella.
Mientras pensaba en él, Henry aflojó la mano sin darse cuenta. Edwin, en respuesta, apretó su agarre y dijo con firmeza:
—Admitió su culpa, así que lo envié directamente a prisión.
—Oh, ya veo. Ahora que lo pienso, nunca consideré la posibilidad de que terminara en la cárcel.
Siempre creyó que Taylor intentaría escapar hasta el final. Por eso no se le había ocurrido que estuviera encerrado en prisión todo este tiempo.
Aunque sentía un ligero pesar por no haber podido tomar represalias en persona, el hecho de que pagara por sus crímenes no era un mal desenlace. Después de todo, aquel incidente le había servido a Henry para darse cuenta de que no podía estar sin Edwin. Así que, en cierto modo, había ganado algo valioso.
—Oh, ya llegamos.
Henry sintió que la carreta se detenía y se levantó de inmediato, emocionado por llegar a la mansión de Edwin. Su entusiasmo fue tan evidente que incluso Edwin se sintió contagiado por la energía de Henry. Mientras lo seguía fuera de la carreta, Edwin miró con ternura la redondeada parte trasera de su cabeza, encontrándola adorable.
—Bueno… entonces, hasta luego.
—…¿Qué?
Apenas pusieron pie en tierra, Henry se giró y le dijo adiós, agitando la mano con naturalidad. Edwin se quedó en silencio, sin entender por qué se estaba despidiendo cuando claramente habían llegado juntos a la Mansión Ducal.
Al notar su confusión, Henry le explicó con una sonrisa:
—Tengo un asunto que atender.
La ceja de Edwin se arqueó. No le gustaba la idea, y su expresión lo dejaba bastante claro. Pero Henry simplemente volvió a agitar la mano y se dirigió hacia la Mansión Lorenst, aunque no en dirección a las habitaciones de Edwin, sino hacia otra parte de la propiedad.
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Sentado frente al Duque Lorenst, Henry acariciaba distraídamente la taza de té frente a él, con una ligera sonrisa en los labios. Le había parecido divertido jugar un poco con Edwin, por lo que había decidido no decirle nada con antelación.
Su truco había funcionado a la perfección: en cuanto se bajó de la carreta y se despidió repentinamente, Edwin reaccionó con genuina sorpresa.
«Ahora ya no necesita feromonas para mostrar una mayor variedad de expresiones.»
Pensó Henry con satisfacción.
Solo con mirar su expresión, Henry podía darse cuenta de lo que Edwin estaba pensando. Esa era una prueba clara de cuánto había cambiado. Y, sin duda, seguiría cambiando aún más en el futuro.
—Aceptaste mi invitación sin dudarlo.
—¿Eh? Ah, sí, por supuesto.
Ante la observación del Duque Lorenst, Henry se sorprendió por un instante antes de asentir. La noche anterior, después de pasar tiempo con Edwin y prepararse para volver a casa, uno de los caballeros del Duque Lorenst se le había acercado nuevamente. Le entregó una invitación idéntica a la anterior y le dijo que podía acudir si así lo deseaba. Henry notó que el mensaje reflejaba una actitud completamente abierta a su decisión, y no necesitó pensarlo dos veces antes de aceptar.
—Pensé que te resultaría incómodo reunirte conmigo.
El Duque Lorenst recordó sus conversaciones pasadas mientras hablaba. Henry se llevó una mano a los labios, borrando la sonrisa de su rostro.
—Para ser sincero, no puedo decir que me sienta del todo cómodo con usted, Duque.
Era inevitable. No tenía una relación cercana con él y, considerando la distancia que mantenía con Edwin, tampoco podía tratarlo como alguien completamente amigable. Al fin y al cabo, seguía siendo el padre de su amigo.
—Pero debo admitir que, cuanto más lo veo, menos incómodo me resulta. Por eso, quiero visitarlo con más frecuencia.
—Ho, ho.
—Si no tiene otros planes para hoy, ¿le gustaría jugar una partida de ajedrez conmigo?
Henry, decidido a acercarse al Duque Lorenst, dio el primer paso y le extendió la mano.
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—¿Dónde está Henry?
—Sigue con el Duque.
Ante el informe del caballero, Edwin no ocultó su molestia. Sentía que le habían arrebatado a Henry y, lo peor, era que quien se lo había llevado no era otro que su propio padre. Si no fuera por él, ahora podría estar con Henry.
—Voy a verlo.
Incapaz de contenerse más, Edwin se puso de pie abruptamente. Desde que le entregó a Ferox por petición de Henry, nunca había ido a ver a su padre por su propia voluntad. Aunque su relación ya no era tan tensa como antes, aún existía una incomodidad entre ambos, y habían establecido límites tácitos para no invadir el espacio del otro. Pero ahora que Henry estaba involucrado, esos límites dejaron de tener sentido.
Sin dudarlo, Edwin irrumpió en la estancia del Duque Lorenst. No le importaron las miradas sorprendidas de los sirvientes mientras avanzaba con decisión hasta la puerta de su despacho y se detuvo frente a ella.
—Voy a anunciar su llegada.
—No hace falta.
Antes de que el caballero pudiera moverse, Edwin lo detuvo y abrió la puerta por sí mismo. Entrar sin previo aviso era un acto completamente descortés, pero Edwin no mostró ni un atisbo de vacilación. Después de todo, su padre también se había llevado a su persona sin pedir permiso, así que tenía derecho a hacer lo mismo.
—No tienes modales.
Tal como lo esperaba, el Duque Lorenst le dirigió un comentario mordaz sin inmutarse lo más mínimo. Probablemente ya había anticipado su llegada. Henry, que estaba sentado frente a él, tampoco parecía sorprendido. Al contrario, le sonrió a Edwin con naturalidad y lo saludó con entusiasmo.
—¿Viniste?
—He venido a llevarme a Henry.
Edwin le hizo una señal a Henry para que se marcharan juntos, al mismo tiempo que dirigía sus palabras al Duque Lorenst. Su actitud dejaba claro que estaba ahí para recuperar lo que era suyo.
—Haz lo que quieras.
Contra sus expectativas, el Duque Lorenst no intentó detenerlo. Al contrario, su tono parecía decir que si podía llevárselo, que lo intentara.
—Espera, Edwin. No puedo levantarme ahora.
Edwin, convencido de que Henry se pondría de pie de inmediato, se quedó perplejo ante su respuesta. Hasta ese momento, solo había prestado atención al Duque Lorenst, sin fijarse en lo que había entre ellos. Henry, en lugar de levantarse, lo estaba deteniendo.
—Aún no he terminado.
Fue entonces cuando Edwin bajó la mirada y notó lo que había sobre la mesa entre ellos: un tablero de ajedrez con las piezas desordenadas.
—Henry, juega conmigo en su lugar.
—No.
Henry rechazó tajantemente su propuesta. «¿Era porque no quería levantarse hasta ganar?» Edwin ladeó la cabeza con curiosidad, pero entonces Henry señaló una pequeña caja de joyas a un lado de la mesa.
—Si gano, el Duque me la dará.
¿Estaban apostando la caja con la partida de ajedrez? ¿Desde cuándo a Henry le interesaban esas cosas?
—Si es por eso, yo también puedo darte joyas.
No importaba lo que contuviera esa caja, Edwin podía llenar a Henry de todo tipo de joyas si lo deseaba. Sin embargo, Henry lo rechazó sin titubear.
—Quiero específicamente esta.
Henry dejó clara su determinación, como si fuera una cuestión de vida o muerte. Edwin se sintió frustrado; quería llevárselo para descansar juntos, pero la situación estaba tomando un giro inesperado. Y entonces, de repente, algo le resultó familiar en la caja que Henry señalaba. Sus ojos se entrecerraron.
—Esto es…
—Sí, es tu retrato.
Edwin abrió la caja. Dentro, había varios objetos con retratos de su infancia: un colgante, pequeñas medallas y otros accesorios con su imagen de niño grabada.
—El Duque los ha conservado todo este tiempo. Y, por cierto, eras realmente hermoso de pequeño.
—…
—Por eso quiero tenerlo.
Con renovado entusiasmo, Henry tomó otra pieza de ajedrez, decidido a ganar.
—Veamos si puedes conseguirlo con tu habilidad.
El Duque Lorenst, sin prestarle la menor atención a Edwin, sonrió, disfrutando del momento con Henry.
Mientras tanto, Edwin se encontraba atrapado en una extraña sensación. No sabía si debía sorprenderse de que su padre hubiera guardado esas imágenes suyas durante tanto tiempo o simplemente ignorarlo.

TRADUCCIÓN: KEEP
CORRECCIÓN: MR
REVISIÓN: ELIZA TORRES.