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Capítulo 11

—Para cuando me pidas de rodillas que te abra las piernas, ya habrás olvidado que alguna vez fuiste el Príncipe Ramu —los ojos de Jer brillaron con un interés que parecía auténtico.

Aunque Rane había vivido como hombre, ver aquella expresión en alguien completamente desnudo, sin siquiera ropa interior, provocó una reacción inevitable en algún rincón de su instinto femenino.

Tal vez el dolor desaparezca y aunque no llegue a suplicar, su cuerpo podría llegar a humedecerse y aceptarlo con facilidad. No por voluntad, sino porque él se aseguraría de que ocurriera.

Jer soltó sus piernas, solo para volver a atarlas con firmeza. Luego le colocó un palo entre los dientes. 

Cuando Rane emitió un sonido casi animal, él actúo incluso como si no comprendiera el motivo e hizo un gesto para que bajara al suelo.

Era una escena humillante, una herida directa al orgullo del “Príncipe Ramu”, pero Rane obedeció sin vacilar. Bajó de la cama e intentó subirse los pantalones y la ropa interior como pudo, con las manos atadas.

A Jer no le importó. En cambio, comenzó a quitarse las últimas piezas de armadura. Cada parte que caía revelaba un cuerpo musculoso y marcado, imposible de comparar con el suyo. (¿No ya estaba completamente desnudo?)

Incluso con aquella ropa fina que todavía llevaba puesta, los abdominales marcados de Jer se veían con claridad, como si ya estuviera desnudo.

Se recostó en la cama, vistiendo solo eso con tranquilidad y sin precaución. Incluso cerró los ojos, se acomodó sobre las sábanas y almohadas que alguna vez habían sido de Rane.

Demasiado sereno, como si no tuviera atada frente a él a una persona que quería matarlo.

«No entiendo por qué, después de decir cosas tan horribles, simplemente me dejó aquí. Podría enloquecer de un momento a otro y volver a desnudarme…»

Pero Jer no volvió a tocarla después de cerrar los ojos. Ni siquiera la miró.

«Huelo horrible. Quisiera poder bañarme, poder caminar bien…»

Jer, que se había dormido en la cama que ella usó la noche anterior, abrió los ojos al amanecer. Durante la noche, Rane lo había observado una y otra vez, intentando imaginar cómo clavar una espada en su garganta. Calculó si podía tomar la espada que descansaba a su lado, pero al final no se atrevió a moverse.

Sería un desastre si despertara. Ni siquiera roncaba, así que no estaba segura si realmente dormía. En medio de esos pensamientos, solo logró un sueño ligero, despertando una y otra vez.

—Haa…

Al amanecer, el coronel Jer se levantó, se duchó meticulosamente y se vistió con una armadura impecable. Quizá por lo desesperado de su situación, su figura pareció más imponente que nunca al salir para entrenar a los soldados.

«¿Una espada siquiera podría atravesar esos hombros tan anchos?»

Su estatura, su complexión… todo en él la hacía sentirse insignificante.

«Pensé que había vivido bien como el Príncipe Ramu. Disfrazándome de hombre sin que nadie lo notara… pero frente a Jer, todo eso parece ridículo.»

Afortunadamente, Jer no la miró esa mañana. Ignoró por completo su presencia mientras se ocupaba de sus tareas.

En la soledad de la habitación, Rane intentó mover sus brazos y piernas atados. Las ataduras estaban tan ajustadas que ni siquiera con un cuchillo se soltarían fácilmente. Sin embargo, Jer los había desatado la noche anterior como si nada.

«Es físicamente superior y su personalidad es tan cruel que parece un error de los dioses. ¿Qué puedo hacer en esta situación?»

Pensó una y otra vez, pero solo se le ocurrieron dos opciones: matar a Jer o suicidarse.

«Pero si pienso en el reino de Akin, ni siquiera eso es una opción. A menos que ocurra un milagro o un desastre natural en Cask…»

Comenzó a idear formas de matar a Jer.

«Si actúo sumisa unos días, quizás baje la guardia y me libere de las ataduras. O podría atacarlo mientras duerme.

Sí. Para eso, primero debo actuar dócil y ganarme su confianza.»

Cuando Jer regresó del entrenamiento, Rane respiró hondo y relajó su expresión. Intentó borrar toda hostilidad de su rostro.

Observó su espalda mientras él se quitaba los guantes y suavizó su voz:

—Quiero… bañarme. Y usar el baño.

Jer se giró y la miró fijamente.

—¿Bañarte?

—El olor… debe ser molesto incluso para ti.

«Quizás si huelo mal, no querrá tocarme…» 

Pero ayer olía así. En el campo de batalla, bañarse era un lujo. La mayoría de los soldados apestaban igual o peor.

Jer ladeó la cabeza, como si estudiara cada gesto de su cara, buscando segundas intenciones.

Rane se obligó a no fruncir el ceño, manteniendo una expresión sumisa.

Tras un largo silencio, Jer llamó a un subalterno.

Rane se tensó de inmediato. Aun así, se cubrió con la ropa lo mejor que pudo, aunque aquel hombre no supiera que era una mujer.

—¿Me llamó, señor?

—Prepara un tazón grande para sumergir el rostro. Y agua caliente.

El subalterno miró de reojo el embudo que aún estaba en la habitación, pero obedeció y salió. 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚ 

—¿Para qué… lo necesita?

—El Coronel pidió un tazón grande y agua hirviendo.

—¿Para torturar al Príncipe Ramu?

—Sí. No creo que viva mucho.

—Pero si muere sin revelar la ubicación del Rey de Akin…

—No hay opción. Si el Coronel lo ordena, es porque no habla fácilmente.

—¡Solo ha pasado un día! —el subalterno vertió el agua caliente en el tazón y el vapor comenzó a elevarse en una fina neblina.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚ 

Igual que los soldados, Rane tampoco estaba segura.

«¿Esto es para bañarme… o para torturarme?»

Esperó, observando a Jer con incertidumbre.

Pero cuando finalmente prepararon un barril lo suficientemente grande para sumergir el torso, aunque no la cabeza, Jer le hizo un gesto con los ojos.

—No era agua preparada… para torturarme, ¿verdad?

—Si lo deseas, puedo hacerlo ahora mismo.

—… —Rane sintió una punzada de confusión, mientras observaba el agua que Jer había mandado a preparar.

¿Acaso esta era la reacción que se ganaba por mostrarse dócil?

Rane se levantó torpemente y caminó hacia el barril. Recordó cuando le habían cubierto el rostro con polvo de chile antes de sumergirlo en agua caliente y, sin darse cuenta, contuvo la respiración. Sentía como si el ardor regresara con solo recordar.

Entonces, Jer lanzó un trozo de tela a sus pies.

—El olor proviene de la pus en tus muslos. Si el agua toca las heridas, se infectarán. Y si se infectan, las probabilidades de que mueras aumentarán.

¿Aumentan las probabilidades de morir…?

Por un instante, los ojos de Rane brillaron.

Sin embargo, a pesar de notar ese brillo en los ojos, Jer desató la cuerda que ataba sus muñecas con la misma facilidad con la que solía atarla.

Rane lo miró fijamente, perpleja por su comportamiento impredecible. Incluso con las manos desatadas, mantuvo los brazos en alto, rígidos, sin moverse.

—Actúas como si morir fuera una victoria —dijo Jer con calma, mientras la observaba—. Pero debes recordar: usa la tela para limpiarte, pero evita que el agua toque tus muslos.

—…

—Si intentas mojarte a propósito para morir, te romperé el cuello aquí mismo Después de torturarte, anunciaré que descubrí que eras mujer, te desnudaré por completo y exhibiré tu cadáver frente al castillo —continuó Jer con la misma calma—. Le diré al pueblo de Akin que el Príncipe Ramu fue siempre la Princesa Rane. ¿Crees que Hetept se preguntará si tu cadáver en descomposición era virgen o no?

—¡!

—El día que mueras, también empezará la matanza de la gente de Akin. Si no quieres ver a tu padre construyendo un muro con tu cuerpo y las cabezas de los ciudadanos, será mejor que tengas cuidado.

Ahí estaba la razón por la que el general le había soltado las manos con tanta facilidad. Por la que le había arrojado un trozo de tela.

Rane cerró los ojos con fuerza, ocultando el leve brillo que los delataba. Luego, los abrió nuevamente con dificultad.

Sí, Jer no era alguien que actuaba sin motivo. Aunque deseaba que él bajara la guardia, tendría que estar aún más alerta en todo momento para no descuidarse.

Rane no respondió. Ante su silencio, Jer volvió a sentarse en la cama y la observó fijamente.

Ella olvidó incluso que quería usar el baño. Recogió la tela del suelo y comenzó a limpiar su cuerpo maloliente con el agua caliente. Mientras limpiaba sus brazos y sus piernas, se dio cuenta de que el foco real del hedor era su entrepierna.

Era exasperante. A pesar de tener las manos libres, solo sostenía un trapo en lugar de una espada. Pero las palabras de Jer eran grilletes más duros que el metal. Con cuidado extremo, evitó que el agua tocara sus muslos.

Había creído que Jer tendría cuidado para evitar que Hetept descubriera que era, en realidad, Rane… pero los muertos no hablan. Y cualquier mentira que Jer dijera sobre su cadáver distorsionaría la verdad para siempre en el olvido.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Qué…?

—Te preparé agua caliente, ¿y ahora juegas conmigo?

—Estoy haciendo lo que dijiste: limpiarme… sin dejar que el agua toque mis muslos.

—La gente de Akin no tiene agua para beber y deben recolectar agua de mar. Y tú, que no soportabas el olor de tu propio cuerpo, ¿me pediste agua solo para lavarte brazos y piernas?

Durante un segundo, la expresión de Rane se congeló. Fue como si alguien la hubiera golpeado con un mazo en la nuca.

Tenía razón.

El agua que usaba ahora era un líquido precioso para la gente de Akin. Tal vez su mente, afectada después de tanta tortura y humillación, el ser arrastrada al castillo donde alguna vez vivó, lo había olvidado.

El brazo de Rane que sostenía el trapo se detuvo de golpe. Y quedó inmóvil.

—Desvístete.

—…

—Quítate la ropa y límpiate bien. Cada rincón.

A pesar de sus palabras, Rane ya no podía permitirse el lujo de usar esa agua preciosa para limpiar su cuerpo con extravagancia. No se había bañado propiamente desde que comenzó la guerra. Vivir entre sangre y barro le había entumecido los sentidos y, aunque no notaba el hedor durante las batallas, ahora el olor de la pus en sus muslos le resultaba insoportable. Por eso había hecho tal petición.

Sin embargo, a pesar del cambio emocional de Rane, los ojos de Jer se volvieron más afilados. 

—Realmente no entiendes tu lugar, ¿verdad? Me hiciste una petición, ¿y ahora vuelves a fingir que eres el Príncipe Ramu? —preguntó Jer, levantándose de la cama.

Instintivamente, Rane apretó con fuerza el trozo de tela entre sus dedos.

De un paso largo, Jer acortó la distancia. Tomó el cuello de la holgada ropa que Rane llevaba puesta y con sus ojos a escasos centímetros, parecían los de una bestia feroz, como un tigre a punto de cazar un ciervo. 

—Desvístete.

—…

—Si tuviste el valor de pedirme un favor, muéstrame cuán necesitada estabas para hacerlo.

Rane tragó saliva. Intentó mantener el contacto visual, pero estaba tan cerca que hizo que la sensación de ser el príncipe Ramu desapareciera por completo.

Intentó recuperar la compostura y recordar que era el príncipe Ramu de Akin, pero las palabras de Jer barrieron sus pensamientos como espuma.

—Si tengo que desvestirte por la fuerza, lo que ocurrirá después será tan terrible que no querrás vivirlo otra vez más en tu vida —amenazó Jer—. Lo aseguro.

Aunque su voz no sonó amenazante, las palabras de Jer bastaron para que Rane apretara los puños. Sabía que podía soportar cualquier cosa que le ocurriera, pero no la posibilidad de que otros sufrieran en su lugar. No había vuelto a ver a Annie desde su captura. Quería preguntar por ella, pero no podía darse el lujo de preocuparse por nada más, si Jer le exigía que demostrará por qué necesitaba el agua.

Rane pensó en cuántas veces había maldecido su pecho y su cuerpo, lo había odiado por vivir como el príncipe Ramu en lugar de su hermano. 

«Mi cuerpo no es nada.»

Se repitió internamente.

«Esta piel… estos huesos… solo son el cascarón de mi espíritu.»

Pronto, con sus manos libres, Rane comenzó a desabotonarse la camisa de casco que llevaba puesta. Uno a uno, los botones cedieron, dejando ver lentamente el escote de su pecho expuesto.

Jer la observaba, sin apartar la mirada.  

—…

«Este cuerpo es solo un cascarón. No permitiré que mi espíritu, que ha vivido como el Príncipe de Akin, sea humillado también.»

Lo repitió mentalmente, pero al desabrochar los últimos botones y quitarse la ropa, sintió cómo su cuerpo se tensaba al verse expuesto.

Con determinación forzada, tras quitarse la túnica, se despojó de los holgados pantalones. Jer no dijo nada, cuando se detuvo antes de quitarse la ropa interior, pero sabía que era inevitable.

Al hacerlo, vio sus muslos en carne viva, quedaron expuestos, tal como Jer había dicho: inflamados, costras secas, zonas supurantes. Sanar por completo llevaría tiempo.

Rane humedeció el trapo y empezó a limpiar su cuerpo. Tierra, sangre ajena, sudor… la tela pronto se ensució rápidamente. Las heridas y los hematomas, ahora visibles, hacían que su ya frágil figura pareciera aún más deplorable. Si no hubiera visto el cuerpo musculoso de Jer, quizá no habría sentido tanto rechazo hacia el suyo.

No pudo evitar compararse. Su cuerpo, que había fingido ser masculino durante años, palidecía frente al de un hombre como él. Era como mirar la diferencia entre el poder de Cask y el de Akin.

Tras limpiarse el rostro, dejó el trapo sucio a un lado con desdén y comenzó a ajustarse los pantalones enrollados en las pantorrillas.

Pero entonces, la mano firme de Jer se interpuso, deteniéndola. Cuando Rane lo miró confundida, él señaló, sin rodeos, justo debajo de su pelvis.

—Aquí es donde entraron mis dedos. ¿No piensas limpiarte?

—…

—¿O es que te gustó cómo se sintió?

Ante el silencio de Rane, Jer se inclinó. Sus pechos, apenas cubiertos, quedaron tan cerca que casi rozaron su pecho. Instintivamente, ella cruzó un brazo sobre el torso y sujetó el otro, como si temiera que sus pezones lo tocaran.

Jer soltó una risa burlona ante su reacción. Por mucho que hubiera vivido como hombre, sus gestos delataban su verdadera naturaleza. ¿Sería consciente de ello mientras intentaba aferrarse a su identidad como príncipe?

—¡…! —la expresión de Rane se tensó.

Cuando Jer, sin previo aviso, metió la mano bajo su ropa interior.

—¿O es que no sabes cómo lavarte?

Sus dedos se deslizaron entre los pliegues aún secos. Rane intentó empujarlo, pero ni con ambos brazos logró moverlo.

En un solo movimiento, Jer le arrancó la ropa interior y separó sus piernas sin esfuerzo. Si no hubiera estado aún atada de los tobillos, la postura habría sido incluso más humillante.

SSUK.

—Aquí.

Su dedo penetró su vagina sin previo aviso.

—Si llego a venirme dentro de ti —murmuró Jer con tono despreocupado—. Métete los dedos y sácalo. Tal vez así reduces las probabilidades de quedar embarazada.

Un leve crujido se escuchó. Rane apretaba los dientes con tal fuerza que parecía que uno de ellos cedería.

—En los burdeles de efebos que mencionaste —continuó, indiferente—. Después del acto, se meten los dedos en el ano para sacar todo el semen. A veces, si el cliente es un viejo con gustos particularmente retorcidos, hasta les insiste en enjuagarse con agua.

—…

—¿Qué pasa? ¿Te molesta? Pensé que te interesaría, ya que hablaste tan fácil de “efebos”.

Esa misma mañana, Rane había jurado comportarse con sumisión para ganar tiempo. Pero ahora, con sus dedos invadiéndola de nuevo y esas palabras recordándole su feminidad, su respiración se agitó. El estrés la superaba. Ver su propio reflejo en el agua del barril, tan expuesta, tan reducida, podría quebrar a cualquiera.

¡PAK!

De pronto, Rane lo embistió con la cabeza.

El impacto fue directo al pecho. Jer retrocedió, tambaleante. Rane aprovechó el desequilibrio para lanzarse hacia la empuñadura de la espada que colgaba de su cintura. La hoja, pesada para sus manos débiles por los días que estuvieron atadas, apenas se desenvainó a medias antes de que Jer se la detuviera.

Pero no se rindió: volvió a golpearlo con la cabeza, esta vez a la mandíbula.

Jer, sin embargo, atrapó su cabello justo antes de que lo alcanzara.

—¡Ja!

Le retorció el cuello hacia atrás, dejándole la nuca expuesta. Aun así, Rane fuera de sí, forcejeó y lanzó puñetazos. Golpeó donde la armadura no lo protegía y se enfocó en su rostro. Incluso logró acertar una vez, justo en su nariz.

¡CRASH!

—¡Ugh!

Jer podría haberla noqueado de un solo golpe. En lugar de eso, la arrojó al suelo con brusquedad y la inmovilizó, usando el peso de su cuerpo como ancla. Cuando Rane volvió el rostro con dificultad para mirarlo, le escupió con palabras envenenadas:

—¡Muérete! ¡Desgraciado! Si tengo suerte y muero aquí, mi espíritu quedará atrapado para matarte. Pudriré tus extremidades… morderé tu cuello… junto a las almas de cada ciudadano de Akin que asesinaste.

—Adelante. Pero morirte… te llevará tiempo, ¿no? —su voz sonaba tranquila, como si nada le afectara. Incluso con el rostro sangrando, no se inmutó.

Frustrada, Rane comenzó a golpear su propia cabeza contra el suelo.

Pero Jer la detuvo, agarrándole de nuevo por el cabello.  

—¿Quieres saber por qué estás así?

—¡Cállate! ¡ Basura! ¡Solo estar cerca de tu cuerpo asqueroso ya es…!

—Debiste ser una decepción para tu padre.

—¡¿Qué…?!

—Tu reacción al ser llamada mujer lo dice todo. ¿Tu hermano, el verdadero Ramu, era inteligente? ¿Hábil con la espada? Y tú… un sustituto patético, cargas con la culpa de nunca ser suficiente.

—¡No sabes nada!

—Pero la próxima vez que reacciones así…

SLURP.

—¡Ugh!

Sus dedos se clavaron en su trasero, penetrándola de nuevo.

«¿Qué… qué está haciendo…?»



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



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