Capítulo 103
En los ojos de Rudville surgió una luz peculiar.
«…Al fin.»
Por fin había encontrado el hilo de sus recuerdos.
Aunque solo fue un instante, en ese momento todo fue claro.
No era una ilusión difuminada escondida tras un velo, sino un recuerdo nítidamente grabado en su mente.
No estaba sumergido en el sma o la magia, sino completamente lúcido, y esa sensación permanecía vívidamente.
Rudville exhaló un aliento áspero.
—Ja, ja, ja…
Pronto, las comisuras de sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa llena de euforia.
No era una alucinación.
No estaba loco.
Mientras comenzaba a reír como un demente, una energía peligrosa, evidente para cualquiera, lo rodeó.
Ante esa expresión de locura, Adela, sin darse cuenta, tragó saliva y retrocedió un paso.
Pero Rudville estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera la miró.
«¿Repetir el tiempo?»
¿Yo… lo hice?
«¿Vendrás otra vez?»
Eso significaba que había ido cada vez, ¿no?
«…Sí.»
Entonces todo tenía sentido.
Porque, desde el principio, era algo que no había sucedido en el presente.
La razón por la que había sido atormentado por la ilusión de esos ojos azules, imposibles de existir tanto en el tiempo como en el espacio.
Y por qué, cada vez que tenía una pesadilla, escuchaba cientos, miles de veces superpuestas, la voz de esa mujer muriendo.
Era por el pasado que se repetía una y otra vez.
No sabía qué método había usado para controlar el tiempo, dominio de los dioses, ni cuántas veces lo había repetido, ni por qué había perdido todos sus recuerdos…
«Me preguntaste si vendría otra vez…»
Siempre prometiste que irías, que incluso si el mundo se derrumbaba primero, irías…
Y, como un idiota, perdiste todos tus recuerdos y solo vagaste.
«…¿Estará esperándome?»
Debía recuperar más recuerdos, y rápido.
Rudville se sintió desesperado.
Y, de inmediato, esa desesperación se dirigió hacia la persona frente a él.
—…
Adela, que había retrocedido unos pasos al ver la sonrisa demente de Rudville, recuperó el coraje al ver la mirada angustiada que siguió.
Sabía que esos ojos miraban más allá de ella, y lo consideró una oportunidad.
«Debo hacer que esa mirada se fije en mí.»
Tenía la certeza de que, si lograba captar la atención de esa persona que parecía un niño perdido, esta vez podría arrebatarle «todo» de verdad.
—Su Alteza el Gran Duque… ¿por qué pone esa expresión de dolor?
La voz de Adela se acercó más.
Un paso.
Otro paso.
A medida que se acercaba, su perfume se volvía más intenso.
Era sofocante.
Un aroma dulce y nostálgico, casi enloquecedor, que se aferraba a su nariz como si lo asfixiara.
—¿Quiere que… lo consuele?
Con renovado valor, Adela extendió su mano hacia Rudville.
Y justo cuando sus dedos estaban a punto de rozar su mejilla…
Rudville inhaló profundamente, enfrentando directamente ese aroma que nublaba su mente.
Un olor que confundía sus sentidos, perturbaba su razón y ahora… incluso sus recuerdos perdidos.
Rudville conocía esta sensación.
Como cuando absorbía directamente el aura de un monstruo.
O cuando, en el pasado, se destruía a sí mismo fumando interminables cigarrillos.
«Así que esto es falso.»
Metió la mano en su bolsillo y sacó lo que había estado sosteniendo todo este tiempo.
Era una daga afilada.
—¿Q-que… Su Alteza?
La voz de Adela tembló.
Al ver el destello del filo, su rostro palideció y retrocedió tambaleándose.
Rudville levantó la daga y…
—¡…!
Sin dudarlo, la clavó en su propia palma.
CRASH.
Sintió el peso del metal atravesando su carne.
Con un sonido corto y seco, un dolor sordo lo invadió mientras el hueso se quebraba bajo la presión.
Y entonces…
Su mente confusa comenzó a despertar, lentamente.
La mujer, paralizada por el shock sin siquiera gritar, se volvió más clara ante sus ojos.
El olor a sangre reemplazó el perfume intoxicante que lo había asfixiado, lavándolo todo de un golpe.
La neblina que ocupaba su mente se dispersó, y su visión finalmente se aclaró.
Observó con indiferencia la sangre que goteaba de su mano, tiñendo de rojo la nieve a sus pies.
—Ahora estoy más despierto.
—…
Adela retrocedió, conteniendo un grito con ambas manos.
Rudville la miró en silencio.
Pero su mirada ya no era la de un hechizado.
Ahora, era la expresión de alguien que finalmente entendía cómo tratarla.
Con una sonrisa feroz, preguntó:
—¿No dijiste que me consolarías?
—…
La respiración de Adela se aceleró, temblorosa.
—Vamos, sigue con lo que ibas a hacer.
Por fin esos malditos recuerdos parecen asomarse.
Tragó saliva y movió un dedo hacia ella.
Adela retrocedió desesperadamente.
—¿A dónde crees que vas?
—…
Inclinó la cabeza con lentitud.
—Ah, ¿por esto? ¿De verdad te asusta algo tan pequeño?
La sangre seguía goteando de su mano.
—Hmm, si esto te da miedo, no entiendo cómo te atreviste a acercarte a mí.
Su rostro mostró genuina curiosidad.
Pensó que, si se atrevía a ofrecer consuelo a un hombre casado, tendría la audacia de no inmutarse ante algo así.
Pero verla asustarse tan fácilmente le hizo pensar que carecía de la astucia para urdir un plan.
«La sospecha de mi esposa sobre alguien detrás de esta mujer parece ser cierta.»
Pero ella le había advertido: si mostraba sospechas, podrían esconderse mejor.
Si Adela realmente robaba la vitalidad de los niños, podrían usar métodos extremos para encubrirlo, incluso sacrificándolos.
Y si eso ocurría, podrían cortar cualquier rastro.
Así que, hasta que se aclararan las cosas, debía evitar provocarla.
—Solo háblame.
—…
—Te lo ruego.
Recordó su voz, susurrando mientras sostenía su mano con urgencia.
Aunque su rostro mostraba ansiedad por conocer su temperamento, también había una fe inquebrantable en sus ojos.
Como si fuera la persona que más confiaba en él en este mundo.
—…
Se dio cuenta de la realidad.
…¿Ya era demasiado tarde?
¿Le regañaría? ¿O se enojaría?
O quizá, suspiraría y negaría con la cabeza, como diciendo que era incorregible.
Cualquiera que fuera su reacción… solo quería ver a Odelli.
Ese pensamiento le surgió tan naturalmente que, por un momento, se sintió ajeno a sí mismo.
—N-no entiendo por qué me hace esto… ¿Hice algo mal…?
—Basta.
Rudville cortó el balbuceo de Adela.
Y, con tono autoritario, como un superior reprendiendo a un subordinado, ordenó:
—Acércate. Ahora.
—…
—Contaré hasta tres. Si no vienes antes…
Ella se acercó, con una expresión a punto de llorar.
Aunque mantuvo la distancia, los ecos de sus recuerdos volvieron a flotar ante sus ojos.
…Y aún así.
Ahora estaba seguro de una cosa:
Esa no era la mujer que buscaba.
Observando a Adela, cuyo rostro reflejaba una mezcla de emociones, Rudville sonrió.
«Lo siento, esposa.»
«Parece que no podré cumplir tu petición como debería.»

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD