Capítulo 101
En ese instante, incluso el sonido del viento pareció detenerse por un momento.
Odelli sintió cómo su rostro ardía. Sus orejas, calientes y enrojecidas, palpitaban.
Rudville hundió su nariz en la nuca de Odelli y aspiró profundamente.
No era un gesto superficial para captar su aroma, sino más bien… como un perro de caza confirmando el olor de su dueño…
—D-deténgase.
—Quédese quieta.
«¡Quietá… qué!»
Odelli intentó empujarlo, pero en cambio, él la rodeó con fuerza por la cintura. Rudville giró la cabeza y enterró su rostro aún más en su nuca.
El viento frío y su aliento caliente se mezclaron en su piel.
«Sus labios están a punto de tocarme… No, ya lo hicieron… ¿verdad?»
Afuera, los sirvientes, magos y caballeros que esperaban desviaron la mirada al unísono, como si hubieran visto algo que no debían.
—…Rudville.
Lo llamó en voz baja, pero su voz tembló levemente.
Rudville no se movió. Parecía alguien al borde de perder la cordura, intentando desesperadamente recuperar el control de su respiración.
—Un momento. Solo… un momento así…
Su voz grave y ronca rozó su oído como un susurro.
—¡L-listo! ¡Lo arreglamos!
Fue entonces.
Los magos, que finalmente habían logrado aplicar un hechizo de inmovilidad a las ruedas, alzaron la voz al unísono.
—¡Ahora no se detendrá ni aunque caiga en un lago!
—¡Debe de tener frío, entre rápido!
Con las manos juntas en señal de respeto, señalaron el carruaje, ansiosos por que subieran.
Rudville, llevando las cosas al extremo, levantó a Odelli en brazos y se dirigió directamente al carruaje.
«¡…!»
«¿Estará actuando el papel del amante?»
Pero no parecía el caso.
Su expresión no era para nada fingida.
Su mirada era inquietantemente seria, y su respiración entrecortada delataba un rostro que luchaba por contenerse.
Parecía a punto de perder el control y enloquecer, apenas logrando mantenerse en su lugar.
Rudville cerró la puerta del carruaje con un golpe seco, como si planeara algo indecente.
El sonido del cerrojo resonó extrañamente fuerte.
—…
—…
Un silencio incómodo cayó entre ellos.
Odelli permaneció inmóvil, con los ojos tan redondos como los de un conejo. Rudville la miró en silencio por un momento.
El tiempo pasó lentamente, sofocante.
Su mirada descendió desde sus ojos hasta su mandíbula, luego a su nuca, con una intensidad descarada.
Sin decir nada, ese simple vistazo la dejó paralizada.
—Ejem.
Finalmente, Odelli tosió levemente.
Rudville, que la observaba como un hambriento, la bajó con cuidado al asiento.
—Ya está.
—…
«¿Ya está?»
Odelli se quedó pasmada un instante antes de recomponerse, fingiendo calma.
—¿Qué… qué le pasa?
Rudville frunció el ceño, como si tampoco entendiera qué lo había poseído.
—Lo hice porque quise.
«Porque quiso…»
—¿De repente le dieron ganas de olerme?
—¿Hay algún problema?
«Eso es lo que dice ahora…»
Odelli soltó un largo suspiro.
—Ya es hora de que deje de actuar por instinto y piense un poco en su dignidad.
—Apenas llevamos dos meses de matrimonio.
Rudville continuó con tono sereno.
—¿Qué puedo hacer? Soy un Duque. Si un marido no puede resistirse a su amada esposa… que los demás lo entiendan.
—…
—Así es.
No añadió nada más y desvió la mirada.
Sin remordimientos ni excusas, se reclinó en el asiento con naturalidad, como si lo que había hecho fuera lo más normal del mundo.
«Cada vez se vuelve más descarado…»
Odelli lo miró de reojo antes de apartar la vista.
¿Ganas de olerme de repente?
Era tan absurdo que ni siquiera valía la pena discutirlo.
«Ya está loco…»
A veces actuaba de manera tan extraña que no quedaba más que ignorarlo.
Así pasó un tiempo incómodo y prolongado.
Solo la ventisca fuera del ventanal rompía el silencio, arremolinándose sin cesar.
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—Primero debe ser examinada por el médico. Luego actuará.
—Sí.
—Quizá el médico pueda resolverlo. No, seguro que sí. Trajimos a uno bastante competente de la familia Exion.
«¿No decías que era un charlatán?»
Recordó que Rudville lo había insultado cuando el médico le sugirió dejar de fumar.
—Solo permitiré una purificación al día. Y no valen trucos como “hacer el doble en una sola vez”.
—…
—No hace falta decirlo, ¿verdad? Está en las cláusulas. Si las rompe…
—…Lo sé. Basta.
Odelli ignoró los regaños de Rudville y bajó del carruaje.
Al llegar al orfanato, ya era noche cerrada.
Dentro del edificio, atrapado por la ventisca, solo unas pocas lámparas titilaban.
Al abrir la puerta, un olor a medicamentos y débiles gemidos escaparon al pasillo.
Los niños yacían en la habitación más grande, con rostros enrojecidos y respiración agitada.
Odelli se quitó el abrigo y se acercó a ellos… o al menos lo intentó.
—Ejem.
De pronto, Rudville le envolvió el rostro con un pañuelo, como una mascarilla.
—No se acerque así. No sabemos qué enfermedad es.
—Con mi poder de purificación, da igual…
Odelli empezó a explicar, pero se detuvo.
Era mejor ceder ante su terquedad.
—Usted debería hacerlo, no yo.
—¿Yo?
—Sí. No asuma que es inmune a todas las enfermedades.
Rudville arqueó una ceja, sorprendido, antes de sonreír y sacar otro pañuelo. A diferencia del que le había dado a Odelli, se lo colocó descuidadamente.
«…Sigue cargando dos pañuelos.»
«Qué hábito más persistente… incluso después de perder la memoria.»
De pronto, un recuerdo pasó por su mente: cada vez que ella tosía sangre, él le ofrecía su pañuelo sin inmutarse, la limpiaba y la abrazaba en silencio.
Uno de esos recuerdos difusos que surgieron cuando la gema de la regresión se fusionó con su corazón.
{—No se preocupe, Odelli. Yo la limpio.
—Sí… duele, ¿verdad? Lo siento. Yo… yo lo arruiné todo.
—No permitiré que esto vuelva a pasar.}
Por un instante, su corazón se encogió.
Odelli sacudió rápidamente esa imagen.
Ahora no era momento para nostalgias.
—Hada…
Mientras se inclinaba para revisar a los niños, una voz débil llegó a sus oídos. Era la niña que antes esperaba un conejo de peluche, ahora con los ojos entreabiertos y vidriosos por la fiebre.
—Está bien.
Odelli acarició su mejilla, sintiendo el calor abrasador.
El médico se acercó y tomó el pulso de los niños.
—La fiebre alta los ha debilitado. No hay otros síntomas. Pensé que era sarampión, pero parece una simple fiebre.
Miró a Rudville con cautela.
—Aunque es raro que reaparezca tras días de tratamiento. Si tuviera que dar una causa exacta…
El médico bajó la cabeza, avergonzado.
—…Lo siento. No lo sé.
Rudville lo observó fijamente, pero Odelli intervino antes de que su mirada perforara al pobre hombre.
—Si es fiebre, quizá se infectaron con algo. El orfanato era un lugar precario antes de la reconstrucción.
—¿Y?
—Significa que puedo curarlos con purificación.
—…
—Dijo que una vez estaba bien, ¿no?
—Aunque le dijera que no, lo haría igual. ¿Para qué pregunta?
¿Estaba enojado?
Pero si había venido sabiendo que ella usaría su poder.
Odelli lo miró de reojo antes de aplicar su habilidad a los niños. Para una simple fiebre, no necesitaba esforzarse mucho. Un destello dorado brilló y se desvaneció al instante.
—Bajé la fiebre. Podría ser peligrosa si persiste.
Los cuidadores, atónitos, reaccionaron tarde y corrieron a revisar a los niños.
El pulso era débil pero estable. La fiebre disminuía. En apariencia, era solo una fiebre común.
Pero…
«…Qué extraño.»
¿Por qué se repetía tanto?
El médico dijo que estaban agotados, pero Odelli sentía algo distinto.
Colocó su mano en la frente de la niña y cerró los ojos.
Si la energía vital tuviera forma, el desgaste natural sería suave.
Pero aquí, parecía arrancada a la fuerza, como si alguien la hubiera robado.
«Como cuando pierdo vitalidad al purificar…»
La causalidad estaba invertida.
La causa era que alguien había absorbido su energía vital.
Su mirada se dirigió instintivamente hacia alguien en la distancia.
Alguien que, pese a su apariencia frágil, rebosaba una vitalidad inquietante…
«¿…Adela?»

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD