Capítulo 101
Sera sonrió como si nada y soltó la verdad, pero Jaeheon no le ofreció consuelo alguno. Solo repitió su pregunta con voz serena:
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? Sé que puede sonar a intromisión innecesaria, pero si está en mis manos, quiero ayudarte.
Su propuesta era sencilla, sin rastro de lástima. Un sentimiento indescriptible comenzó a crecer en Sera, haciendo que su pecho se agitara levemente.
—¿No me escuchaste? No soy nadie. Preocuparte por mí es solo una pérdida de tiempo.
Ante la afilada autodefensa de Sera, una sonrisa tenue apareció finalmente en el rostro de Jaeheon.
—¿Y qué?
—¿…Eh?
La pregunta, desconcertantemente tranquila, la dejó paralizada. Jaeheon repitió con claridad:
—¿Hay alguna razón por la que mis sentimientos deberían cambiar solo porque no eres la hija del presidente Shin?
—Jaeheon…
—Sé que estás en problemas. Pero eso no cambia quién eres en esencia. Tus logros hasta ahora tampoco desaparecerán por esto.
—…
—Para mí, sigues siendo la misma Shin Sera de siempre. ¿Es tan raro eso?
Sera frunció el ceño. Jaeheon era la excepción; la mayoría no lo vería con tanta ligereza. Desde que el escándalo estalló, era obvio que la mancha del estigma la seguiría. No había espacio para el optimismo.
—Ya te lo dije… No quiero aceptar una bondad que no puedo corresponder.
Aun así, las palabras toscas de Jaeheon la reconfortaron. Al menos una persona en el mundo la veía por lo que era, y eso le dio un frágil sostén en medio del caos.
—Lamento decepcionarte, pero no pienso ofrecerte tanta generosidad. Así que no sufras por mí y mejor busquemos una solución juntos.
Jaeheon tomó su mano y esbozó una sonrisa. A diferencia de lo usual, sus dedos estaban helados. Al recordar la interminable espera que debió soportar, una mezcla de culpa y gratitud le oprimió el pecho. Como ella no respondió de inmediato, él añadió en tono ligero, como si fuera una broma:
—Por supuesto, esto es entre amigos. No tienes que sentirte presionada.
Su descaro le arrancó la primera risa genuina desde que el escándalo estalló.
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Las palabras de Jaeheon sobre que su esencia no había cambiado surtieron efecto. Tras el incidente, Sera había flotado en un limbo, pero poco a poco recuperó la compostura. Solo entonces entendió cuánto había necesitado ese consuelo.
—¿No ha habido instrucciones sobre mi situación?
—No, ninguna.
La respuesta la sorprendió.
—¿Será porque sabe que usted me tiene estima y quiere evitarme?
—Imposible. Todo en la secretaría pasa por mí, y el departamento de planificación tampoco ha mostrado movimiento alguno.
—Qué extraño…
Sera frunció el ceño. Si el presidente Shin, quien la despreciaba, hubiera visto esta oportunidad, la habría aprovechado sin dudar. ¿Por qué no actuaba? Podía entender su silencio público para evitar el escándalo, pero…
{—Si yo fuera tú, dejaría de lado ese orgullo inútil y elegiría la mejor opción.}
La frase le resonó en la mente.
¿Sería que, como dijo la señora Song, su salud lo había vuelto indulgente? No podía permitirse el optimismo, pero necesitaba confirmar sus intenciones. Decidida, le preguntó al secretario Baek:
—¿Está el presidente en casa hoy?
—No, fue a Hanam.
—¿Hanam? ¿Para qué…?
—Hoy es el aniversario luctuoso del presidente Jeong. Está en el Parque Conmemorativo Seowon.
—Ah.
Era el aniversario de Jeong Iltae. Aunque el funeral había sido la semana pasada, al parecer el presidente Shin había ido personalmente al mausoleo.
No era de extrañar, considerando los cientos de millones que había invertido en construir ese parque en su honor. Una amistad tan intensa que resultaba casi perturbadora. Aunque no simpatizaba con la señora Song, si el presidente Shin hubiera dedicado la mitad de ese cariño a su esposa, quizá esta tragedia nunca habría ocurrido.
Claro que, en ese caso, Shin Sera ni siquiera habría nacido.
—Iré ahora mismo.
—¿Qué?
El secretario Baek la miró sorprendido. Ella se encogió de hombros.
—En días como estos, la gente suele hundirse en la melancolía, ¿no? Es el momento perfecto para una conversación sincera con el presidente.
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El Parque Conmemorativo Seowon, donado por el grupo al gobierno, era un complejo funerario que incluía salas de velación, crematorios, nichos y áreas para entierros naturales. Aunque su propósito era fúnebre, los jardines bien diseñados atraían a tantos visitantes los fines de semana que apenas había espacio para caminar.
Todo un detalle del presidente Shin para que Jeong Iltae no se sintiera solo.
El mausoleo privado de la familia emitía una solemnidad impecable. Tres biombos con paisajes tradicionales enmarcaban el centro, donde un altar de madera guardaba las cenizas de Jeong Iltae. Un espacio que respiraba elegancia y minimalismo.
—¿Qué haces aquí?
El presidente Shin, que velaba en solitario, no pareció sorprenderse por su llegada.
—Vine a rendir mis respetos.
Se sentó a su lado sin permiso y observó la foto del hombre en el altar. Un apuesto rostro, similar al de Lee Rowoon, sonriendo con confianza dentro del marco.
Aquel hombre había muerto sin saber que tenía un hijo, mucho menos dejarle su apellido. Tanto Lee Rowoon como ella habían tenido mala suerte con sus padres. Tragando amargura, Sera rezó brevemente por él.
Un silencio incómodo se prolongó hasta que ella lo rompió:
—¿Por qué me crio todos estos años?
El presidente Shin frunció el ceño ante la pregunta intrusiva, pero Sera continuó:
—Sigue sin tomar una decisión sobre mí. Por más que lo pienso, no encuentro respuestas, así que vine a preguntarle directamente.
Él suspiró y respondió con franqueza:
—Orgullo infantil.
—…
—Preferí reconocerte como mi hija antes que admitir que mi esposa me había engañado. Al menos en ese momento, así lo creí.
La crudeza de su respuesta le arrancó un rubor a Sera. ¿Qué había esperado? Sabía que no habría una razón noble, pero no pensó que fuera tan patética.
—Vivió toda una vida soportando dudas. Qué pena que su orgullo terminara herido sin remedio.
El presidente Shin rio ante su sarcasmo, pero la risa se apagó pronto, dejando un silencio pesado.
—… Aunque, a veces —murmuró de pronto, mirando la pintura—, deseé que fueras realmente mi hija.
Sera lo miró, sorprendida por la inesperada confesión. Pero su rostro no revelaba nada más. Con un suspiro, continuó en voz baja:
—…¿Qué hará con mi madre? Dijo que ni siquiera ha hablado bien con ella.
—¿Qué queda por decir?
Se recostó en el sillón, indiferente. Sera decidió arriesgarse:
—He pensado que no puedo rendirme tan fácilmente. Al fin y al cabo, heredé la ambición de la señora Song. Mis acciones no serán muy diferentes.
—¿A qué viene eso?
—Si usted juega sus cartas, yo tendré que responder acorde.
El presidente Shin la miró con los ojos ligeramente abiertos.
—Si el escándalo se reaviva, no podrá evitar el ridículo. Con las disputas de control corporativo, el riesgo para su imagen sería grave. Esta pelea no solo me perjudica a mí.
—Suenas descarada para alguien en tu posición.
Recuperando la compostura, el presidente Shin sonrió, divertido. Sera asintió.
—Cuando se trata de supervivencia, no hay límites. Pero…
Su voz, antes firme, tembló de pronto. Bajó la mirada y continuó:
—Si la razón por la que me toleró hasta ahora no fue solo orgullo o reputación…
—…
—Sí, así como yo lo ame como padre, usted también me vio como su hija alguna vez…
La palabra “amor” le provocó urticaria al decirlo, pero valió la pena al notar el destello de emoción en el rostro del presidente Shin.
—Quiero una oportunidad. Sé que es egoísta, desear seguir siendo su hija… Nunca fui alguien de quien enorgullecerse, no soy tan descarada.
—…
—Pero le pido un último acto de gracia. Si reconoce lo que he contribuido a Seowon, aceptaré cualquier decisión. Como dijo: el orgullo es momentáneo, pero la vida es larga.
Era una forma indirecta de pedir que le garantizara ciertas acciones.
Preparada para un rechazo, el presidente Shin solo la observó en silencio. Comparado con su actitud previa de echarla sin más, su reacción la dejó desconcertada.
—Como dije, no pienso tolerarte sin condiciones.
Su esperanza se desvaneció, pero sus siguientes palabras hicieron brillar sus ojos nuevamente.

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ROBIN