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Capítulo 100

Durante los días siguientes, los regalos no dejaron de llegar al palacio.  

Cada mañana, la habitación amanecía con montañas de cajas, durante el día llegaban vestidos nuevos y joyas, y por la noche, los sirvientes traían documentos y objetos preciosos sobre bandejas de plata.  

Rudville extendió una caja lujosa y solo dijo:  

—Acepte esto.  

—…   

Al abrirla, encontró un abrigo invernal azul pastel.  

—Es para mantener la dignidad de la esposa del Gran Duque. Por favor, acéptelo.  

—Dijo que no tenía sentido comprarme cosas.  

—Al menos es mejor que no comprarle nada en absoluto.  

—…

Ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo.  

Al final, no tuvo más remedio que aceptarlo todo.  

Rudville observó la escena y asintió con satisfacción.  

—Debió ser así desde el principio.  

—…  

Odelli ahora tenía un nuevo abrigo invernal.  

Mientras lo usaba, comenzó a organizar los documentos esparcidos sobre el escritorio.  

Afuera, todo seguía cubierto de blanco.  

Desde la mañana, los copos de nieve caían sin cesar.  

El mundo entero parecía sumido en la nieve y el silencio.  

Fue entonces.  

La puerta se abrió violentamente y Freya, la dama de compañía, entró apresurada.  

—Gran Duquesa, lo lamento mucho. En este momento…  

Odelli alzó la vista.  

—¿Qué ocurre?  

—Una mujer del orfanato que fundó, El Hogar de la Paz, ha venido a buscarla.  

Su mano se detuvo sobre los documentos.  

Un breve silencio llenó el aire.  

Los copos de nieve golpeaban con fuerza la ventana.  

«…Una mujer. ¿Será Adela?»  

Odelli cerró los ojos un instante y respondió con calma:  

—Tráela.     

Poco después.  

Un sonido de pasos empapados por la nieve resonó por el largo corredor del palacio.  

Adela se detuvo frente a la puerta.  

Su cabello y ropa estaban completamente blancos por la humedad, y su rostro, privado de calor, era pálido como el vidrio.  

Sin embargo, sus ojos azules brillaban con una claridad inquietante.  

Nada más cruzar el umbral, se desplomó en el suelo.  

Sus manos, mojadas por la lluvia, temblaban sin control.  

—Por favor… ayúdenme.  

Su voz también temblaba.  

—Los niños del orfanato… ahora mismo…  

Sus palabras se desvanecieron.  

Como si intentara recuperar el aliento, Adela se inclinó y apretó sus dedos temblorosos.  

—Si los dejamos así… todos morirán.  

—…¿Morir?  

Odelli se levantó de un salto, alarmada.  

—Los niños comenzaron a tener fiebre alta y erupciones de repente. Cuando los traté con mi poder, parecían mejorar. Me tranquilicé, pero pronto la fiebre volvió y ha continuado por días. Ahora otros niños también se quejan…  

—…

—Con mi… limitado poder, no pude salvarlos.  

—…  

—He oído que la Gran Duquesa posee un poder de purificación. Con él, podríamos salvar a los niños. Así que…  

Adela habló entre lágrimas.  

En ese momento, de repente, se detuvo y se quedó rígida.  

Había sentido una mirada gélida detrás de ella.  

Rudville estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados.  

Como si no quisiera acercarse a ella.  

—Si los niños estaban así, ¿por qué no avisaste antes?  

Adela bajó la cabeza, sobresaltada.  

Sus manos temblaban mientras se encogía sobre sus rodillas.  

—Lo… lamento mucho…  

Su voz sonaba quebrada.  

—Al principio pensé que era solo una fiebre leve. Creí que con medicina y mi poder, mejorarían pronto.  

Secó sus lágrimas con dedos temblorosos.  

—Pero con el tiempo, más niños enfermaron… Llamamos a médicos, pero no encontraron la causa.  

La mirada de Rudville seguía siendo fría.  

Adela respiró con dificultad.  

—Tal vez… esto pasó por mi culpa. Se supone que soy una Santa, todos confían en mí, pero… debí pasar algo por alto…  

Su voz se hizo más baja.  

—No… podía decirlo fácilmente.  

Inclinó la cabeza como alguien aplastado por la culpa.  

—Aceptaré mi castigo después. Pero si esperamos más, los niños…  

Su llanto silencioso llenó la habitación.  

Odelli la observó en silencio.  

Adela, postrada y sollozando, era un espectáculo que despertaría lástima en cualquiera.  

Pero Rudville no respondió, apretando los labios.  

Su mirada aún estaba teñida de sospecha.  

Un pesado silencio se extendió.  

Odelli respiró hondo y se levantó.  

Su mirada se posó en Adela, encogida en el suelo.  

—Está bien.  

Su voz fue tranquila y firme.  

—Iré.  

Adela levantó el rostro bañado en lágrimas.  

Como si hubiera visto una mano salvadora, exhaló un aliento tembloroso.  

—¿En… serio?  

Odelli asintió.  

—No puedo dejar a los niños así.  

Mientras se ajustaba el abrigo azul, sintió un movimiento detrás de ella.  

Era Rudville.  

Desplegó lentamente los brazos.  

Aunque su mirada seguía fría y sombría, su tono era más calmado.  

—…Yo también iré.  

Odelli lo miró por un momento.  

Sabía que decir es peligroso, iré sola no serviría de nada.  

—Sí, está bien.  

—…  

Rudville pareció sorprendido de que aceptara tan fácilmente.  

Pero pronto una breve sonrisa apareció en sus labios.  

Adela bajó la vista, inquieta.  

Rudville ni siquiera la miró.  

—Prepárense para partir.  

—Sí.  

Sus órdenes frías hicieron que los sirvientes se movieran rápidamente.  

Odelli miró de nuevo a Adela.  

—Gracias. Los dos… No sé cómo podré pagar este favor…  

Murmuró su agradecimiento con la cabeza gacha.  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

El carruaje avanzó durante horas a través de la tormenta de nieve.  

Las ruedas se atascaban una y otra vez, obligándolos a detenerse y reiniciar el viaje.  

—Esto es un desastre. Será mejor encantar las ruedas con magia.  

Un mago llamó a la puerta del carruaje para pedir permiso.  

Aunque teletransportarse sería lo ideal, el orfanato no tenía un círculo preparado.  

No había tiempo para preparar un portal, y la ventisca afectaba la precisión.  

—Detendremos el carruaje. Mientras encantamos las ruedas, el interior puede moverse. Les pido disculpas, pero ¿podrían salir un momento?  

Todos bajaron y se agruparon afuera mientras los magos trabajaban.  

Los copos de nieve caían sin cesar sobre sus ropas.  

Y Rudville… se pegó a Odelli como si fuera lo más natural.  

—…¿Qué haces?  

—¿Acaso es raro que un esposo esté junto a su mujer?  

—… 

No, pero ¿era necesario estar tan cerca?  

Fue entonces.  

Adela, aprovechando que nadie le prestaba atención, dio un paso hacia ellos.  

Al principio, parecía tímida, con la mirada baja.  

Pero poco a poco, sus ojos se movieron hacia la ropa de Rudville, sus manos… y finalmente su rostro.  

—Gran Duque, quisiera decirle algo…  

Contuvo la respiración y dio otro paso.  

Un dulce aroma emanó de su cabello, mecido por el viento.  

Y en ese instante.  

Rudville se inclinó lentamente.  

Su mirada, que parecía dirigirse a Adela, se desvió abruptamente hacia Odelli.  

Sin previo aviso, su mano se posó sobre el hombro de Odelli.  

—¡…!  

Ella contuvo el aliento, sorprendida.  

En seguida, Rudville enterró su rostro en su cuerpo y respiró hondo.  

—Perdóneme.  

—…  

—Es que… siento que voy a enloquecer. 



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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