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Capítulo 10

Eso era todo lo que había aprendido y sabía sobre los Gamma.

—Los guardaespaldas del señor Miller son todos Gamma.  

Como si resolviera mi duda, Alice lo dijo con indiferencia. Yo pregunté en tono de broma:

—¿Nunca pensó que podía ser Beta?

Ella respondió con un aire desinflado, como a regañadientes.

—Bueno, por su aspecto pensé que sería Alfa u Omega. Es muy raro que un Beta sea tan atractivo como usted… Claro que también consideré la posibilidad de que lo fuera.

Alice frunció el ceño de inmediato.

—Pero nunca que fuera gay.

Carraspeé con un “ejem” y cambié de tema.

—¿Hay alguna razón por la que los guardaespaldas de Miller sean todos Gamma?

A propósito omití el trato formal, pero Alice respondió sin darle importancia.

—En el caso de los Alfa Dominantes es algo bastante común. Si por culpa de sus feromonas un Omega llegara a mutar o a entrar en celo, sería un problema. Interferiría en el trabajo. En ese sentido, nosotros encajamos perfectamente.

Sonaba convincente. Ella continuó:

—Eso sí, que seamos Gamma no significa que podamos bloquear al cien por ciento las feromonas de un Alfa Dominante. Si un Alfa dominante decide liberarlas a propósito, tampoco podemos hacer gran cosa.

—¿Los Gamma también mutan?

Como Beta, no tenía muchas oportunidades de escuchar sobre otros tipos, y menos aún sobre los Gamma. Lo único que sabía era que, a diferencia de los demás, los Gamma nacen así desde el principio. Lo pregunté por pura curiosidad, y Alice respondió sin molestarse.

—Es raro, pero sí, también mutamos. Aunque no es que las feromonas de un Alfa dominante nos hagan mutar directamente. La mayoría de las veces solo quedamos en sentirlas… pero si tenemos la mala suerte de mutar, es realmente terrible. Los Betas como usted, cuando mutan, se convierten en Omega y ya; en cambio, nosotros o morimos, o nuestra esperanza de vida se reduce a la mitad. Y si sobrevivimos, al tener hijos casi siempre terminamos muertos. Se dice que hay unos pocos que logran sobrevivir incluso en esos casos, pero son prácticamente un milagro. Y además quedan tan debilitados que no se levantan de la cama y pasan varios años postrados hasta morir. Es lo peor.

Sacudiendo la cabeza, añadió en un tono indiferente:

—En el caso de ustedes los Betas, una vez pasan de los veinte años, apenas existe riesgo de mutación. Pero los Gamma, aunque tengamos mayor resistencia a las feromonas, vivimos toda la vida bajo la amenaza de mutar.

Alice inhaló el humo de su cigarrillo con indiferencia.

—Es una mierda, ¿verdad?

Ante su pregunta cínica respondí con la misma calma.

—Supongo que que el hombre que te gusta sea gay es todavía peor.

A esas palabras Alice estalló en risa. Sus suaves ojos color café brillaron con belleza. Por un momento me entristeció no ser heterosexual.

—¿Cómo está su ojo?

Con su pregunta me di cuenta de que, por un instante, había olvidado el dolor en el ojo. Al retirar lentamente la mano, la sensación de ardor seguía allí, aunque ya no dolía tanto como antes. Parpadeé varias veces, pero lamentablemente la vista seguía sin estar clara.

—De todos modos no podrá conducir por un tiempo.

Con sus palabras recordé de golpe.

—¿Ese hombre de verdad intentó quemarme el ojo? ¿Con el cigarrillo?

Alice me miró extrañada y repitió la pregunta:

—¿Por qué piensa que no podría haberlo hecho?

Me quedé sin palabras. Solo parpadeé con la mirada vacía, mientras ella tiraba al suelo el cigarrillo consumido y sacaba uno nuevo.

—Aun así, es raro que lo haga en público. ¿Qué pasó exactamente?

La expresión “en público” me resonó con fuerza. ¿Significaba eso que en privado sucedía con frecuencia?

—Nada… me metí de repente y le dije que también tenía la culpa. Entonces, sin más, me agarró del cuello.

—¿Le dijo eso al señor Miller?

Ella exclamó pálida, como si gritara. Parecía realmente asustada. No sabía si temía a Nathaniel Miller o a otra cosa. Asentí. Con el rostro descompuesto volvió a preguntar:

—No me diga que incluso lo miró fijamente.

No respondí, pero ella soltó un “ah…” y negó con la cabeza.

—Agradezca que llegamos justo a tiempo para detenerlo. Si no…

Alice se persignó horrorizada. Al verla pensé que no temía tanto a Nathaniel Miller como a lo que él “podría haber hecho”. De pronto me asaltó una curiosidad maliciosa.

—¿Y qué habría pasado entonces?

Alice me miró con una expresión de lástima. Enseguida me di cuenta de que había hecho una pregunta tonta y obvia.

—Como mínimo habría muerto o habría quedado ciego. ¿No es obvio?

La reacción de ella me hizo pensar en varias cosas.

—¿Antes también le ha quemado los ojos a alguien?

Ella no respondió. Volví a preguntar:

—¿También ha matado a alguien?

Alice seguía en silencio. Pero sentí que ya conocía todas las respuestas.

Entonces, ¿cómo podía pasearse tan campante por las calles?

La respuesta era sencilla: porque era un Alfa. Y no cualquier Alfa, sino un Alfa dominante, de la más alta estirpe.

Los Alfa no reciben castigo, sin importar qué crimen cometan. Incluso si matan a alguien.

Tal como lo había hecho mi padre biológico.

En mis oídos resonó vagamente un disparo.

3

A la mañana siguiente, por suerte, la sensación de quemazón en el ojo había desaparecido. Sin embargo, quedaba un dolor punzante y, sumado a la falta de sueño, cada vez que lo abría y lo cerraba se sentía una molesta aspereza.

Por lo menos, al ir en taxi al trabajo pude descansar un poco cerrando los ojos. Me dije que a la hora del almuerzo debía comprar colirio.

—No tienes buen aspecto, ¿qué te pasó?

Nada más encontrarme en el pasillo, Doug se sobresaltó y me lo preguntó. Yo lo miré sin decir nada. Estaba hecho polvo, pero aun así me había frotado el cuerpo entero al lavarme, poniendo especial empeño en el cuello y las manos. El resultado fue que, al despertar, tenía el cuello y ambas manos hinchadas y rojas, además del ojo irritado y el rostro reseco.

—Esa cara bonita se te va a arruinar.

Doug chasqueó la lengua y me dio un golpecito en la mejilla. Yo giré la cabeza para esquivar su mano y presioné el botón de la máquina expendedora para sacar una lata de refresco.

—¿Vas bien con los preparativos?

Preguntó mientras metía billetes en la máquina y elegía su bebida. Con los ojos pesados, asentí brevemente. El gas de la cola me ardió en la garganta al tragar, y Doug, abriendo su lata, volvió a preguntar:

—La fiesta de cumpleaños del alcalde es pronto, ¿vas a ir también?

—No tengo tiempo para eso.

El juicio estaba cada vez más cerca. Tenía que reunirme con testigos para confirmar su testimonio, revisar de nuevo las pruebas, preparar expedientes… Había demasiado trabajo. Doug soltó una risita y dijo: “Tómalo con calma”, antes de marcharse.

Yo bebí mi refresco lentamente mientras repasaba lo que debía hacer. Quizá por no haber dormido, mi cabeza estaba embotada.



TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN TU PATRONA


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