Capítulo 1
Desde los días en que se fundó el Imperio Rubarck, había existido una enorme mansión. Incluso ahora, quinientos años después, seguía siendo igual de sólida y majestuosa.
El salón de banquetes, adornado con oro y cristales, era deslumbrante, y el invernadero de vidrio, donde florecían plantas exóticas en cada estación, resultaba encantador. Sin embargo, el lugar donde pasaba más tiempo, después de mi dormitorio, era este: la biblioteca anexa de la mansión Ruanax.
Con su tamaño comparable al de una biblioteca pública y estanterías repletas de libros de todas las áreas, era un sitio poco frecuentado y, por lo tanto, mi rincón más cómodo y tranquilo.
Así era.
Hasta ayer, sin duda, lo era.
AH… UUH…
—señor Danteer…
De los labios de la doncella, que enredaba las piernas en la esbelta cintura del hombre, se escapaban gemidos que rozaban el llanto.
El aire, que solía brindar serenidad con su mezcla de madera antigua y olor a libros, ahora se había tornado húmedo y sofocante.
Aunque la pareja enredada en un solo cuerpo se encontraba cerca de la puerta, a bastante distancia de mí, la atmósfera me lo hacía sentir demasiado próximo.
«¿Por qué tienen que hacerlo sin importar la hora ni el lugar…?»
Cerré los ojos con fuerza, desconcertada.
Más allá de los altos estantes repletos de libros, se escuchaba el roce de telas, el húmedo sonido del contacto.
HAA…
El suspiro del hombre, cargado de satisfacción, fue seguido por un ruido viscoso de cuerpos húmedos que se despegaban lentamente, tan vívido que parecía escucharse justo a mi lado.
Al bloquear mi vista, mis otros sentidos se agudizaron aún más.
—Ah, ngh… es… demasiado grande… —gimió la doncella entre jadeos, perdida en el placer.
—Entonces… ¿te gusta, cierto? —el hombre soltó una risita divertida.
«¿Le gustará de verdad…?»
Me golpeé mentalmente por esa estúpida curiosidad que surgió de la nada y la enterré a la fuerza.
¡AAAH…!
—¡Me encanta…!
«Parece que le encanta en serio…»
Aunque el mundo estaba lleno de personas sin dos dedos de frente, ese tipo pelirrojo que se acostaba sin pudor con una doncella ajena, en una mansión ajena, Danteer Orthatum, era sin duda uno de los peores.
No era alguien que mereciera despertar mi curiosidad.
Esa doncella tampoco debía de ignorar los rumores que corrían por la casa. ¿Entonces por qué cayó en la tentación? ¿Quería creer que solo eran chismes?
¿O será que esa sensación que compartían valía tanto la pena como para arriesgarlo todo?
Para alguien como yo, que jamás ha tenido una relación amorosa, era simplemente difícil de comprender.
«Dicen que el amor y el deseo no siempre van de la mano…»
Ellos tampoco deben de estar enamorados. Tal vez Danteer ni siquiera sepa cómo se llama la doncella con la que está enredado ahora.
El sonido húmedo y carnal de piel contra piel se volvió más intenso y explícito. Incluso si me tapaba los oídos, seguía escuchándolo, cada vez más fuerte.
—Envuélveme bien con las piernas.
—¡Ah…! Creo que… me voy a correr…
Aunque no había ni un gramo de amor en ese acto, la doncella parecía estar a punto de morir de placer, y momentos después, realmente comenzó a jadear como si no pudiera respirar.
«Por muy bueno que sea… ¿es normal que suene así?»
No podía serlo.
Levanté ligeramente la cabeza, que había tenido enterrada entre las rodillas.
—No puedes correrte sin permiso. Qué mala costumbre.
La voz del hombre seguía siendo lánguida. Por el sonido constante y húmedo de sus cuerpos golpeándose con fuerza, era evidente que no habían dejado de moverse.
Lo único que había cambiado era el sonido que salía de la doncella.
KGH… UGH…
Sus jadeos ahogados eran consecuencia de que le controlaran la respiración.
La verdad, yo ya sabía que Danteer Orthatum tenía la costumbre de estrangular a las mujeres durante el sexo.
Si preguntas cómo lo sabía, cuando ni siquiera éramos cercanos, la respuesta se puede resumir, aunque la historia sea algo complicada: lo “leí”.
Sí, lo leí en una novela para adultos, un harem inverso +19 llamado “La noche en que las serpientes se enredan”, donde ese tipo de hombres como él —y varios otros protagonistas masculinos— se relacionaban intensamente con una sola mujer protagonista.
En esa historia, Danteer también mostraba comportamientos sádicos, como estrangular a su pareja.
No lo hacía siempre, solo cuando se excitaba demasiado o estaba inestable emocionalmente. En esos momentos, sin falta, aparecía esa tendencia suya.
«¿Y ahora?»
«¿Será uno de esos momentos?»
«Estará… bien, ¿verdad…?»
Aunque sabía que era un hombre experimentado y que sabría controlar la situación, escuchar esos sonidos —una persona siendo estrangulada hasta jadear— me heló la sangre.
«Solo un poco más… Ya va a terminar…»
Pensando que sería mejor no oír más nada, llevé con cuidado ambas manos a mis orejas. Solo entonces me di cuenta de que tenía las palmas sudadas.
Pero en ese instante…
Mi codo rozó ligeramente la estantería que tenía a la espalda.
—¡…!
Fue un sonido pequeño, apenas un TOC, insignificante comparado con el escándalo que venía del otro lado. Sin embargo, el hombre que estaba apretando el cuello de la doncella no lo pasó por alto.
—¿Quién anda ahí?
La voz de Danteer retumbó con fuerza. Parecía que finalmente había soltado el cuello de la doncella, porque enseguida vinieron sus accesos de tos.
En ese momento, el susto fue tal que ni siquiera pude respirar. Me quedé paralizada, con el brazo adolorido levantado de forma torpe.
Estaba en el rincón más alejado de la biblioteca.
No tenía dónde esconderme, ni a dónde escapar. Solo me quedaba quedarme agachada así, esperando el instante en que Danteer Orthatum me descubriera.
Sin embargo, por alguna razón, no se oían pasos acercándose en esta dirección.
Al contrario, tras unos instantes, escuché cómo la puerta se abría y luego se cerraba.
—Danteer Orthatum.
Una voz mucho más baja y helada que la de Danteer resonó en la estancia.
—Ah, ¿qué? Cuando te pedí que me vieras no quisiste, ¿y ahora apareces aquí?
—¿Y esta vulgaridad en mi mansión?
Lionel Ruanax.
Era el cabeza de la familia Ducal Ruanax y el dueño de esta enorme propiedad. El corazón me empezó a latir con fuerza, pero por un motivo muy distinto al de antes.
Aun ante el reproche de Lionel, Danteer no parecía nada intimidado.
—¿Vulgaridad? Vamos, esto es un acto sagrado entre un hombre y una mujer.
Esa respuesta tan descarada hizo que la voz de Lionel se volviera aún más gélida.
—Ya te advertí que no dañaras, sin mi permiso, nada que perteneciera a mi mansión. ¿Lo olvidaste tan rápido?
—¿Dañar? ¿Qué daño? Solo nos estábamos divirtiendo los dos. Ella también quería probar algo así, ¿sabes?
Aunque hablaba en voz alta con descaro, su tono bajó ligeramente al final, como si tuviera algo de culpa.
—No la maltraté tanto. Es cierto que le dejé marcas en el cuello, pero desaparecerán en unos días.
Pude imaginar perfectamente la expresión y la mirada que Lionel le estaba dedicando. Seguramente lo observaba como si fuera un insecto que debía aplastar de inmediato o echar a patadas de su casa.
—Está bien, le pagaré el tratamiento, ¿sí? ¿Cuánto cuesta?
—Cien monedas de oro.
—… ¿Qué?
Incluso yo, que estaba escuchando a escondidas, me sorprendí tanto como Danteer.
Una doncella de una familia noble promedio tendría que trabajar diez años sin descanso y ahorrar todo ese tiempo para reunir, con suerte, unas cinco monedas de oro.
Claro, para los miembros de alto rango de las casas nobles, cuyo presupuesto anual supera las diez mil monedas de oro, puede que no parezca tanto, pero incluso así, era innegable que esa suma era exagerada como pago por un tratamiento para una doncella.
El propio Danteer parecía incrédulo.
—¿Qué clase de tratamiento cuesta…?
Aun así, momentos después, sacó lentamente su bolsa de dinero y se la entregó a Lionel, lo que demostraba que no quería ser echado de esta mansión.
—Te daré el resto después.
Sentía mucha curiosidad por ver la expresión de Danteer en ese momento, pero tenía que resistirme. Asomar la cabeza desde aquí para espiar sería una completa locura.
«Por favor, que todos se vayan ya.»
Me dejé caer con el rostro apoyado sobre las rodillas y los hombros vencidos por la tensión. Me sentía agotada sin razón.
«Solo quiero quedarme sola.»
Pero, para mi desgracia —o tal vez suerte—, ese deseo solo se cumplió a medias.
Escuché cómo la puerta se abría y cerraba, y por un instante me sentí aliviada… hasta que los pasos de unos zapatos empezaron a dirigirse sin vacilar directamente hacia mí.
Sin desviarse ni una sola vez, se detuvieron justo frente a mí.
Como si desde un principio supiera que yo estaba escondida aquí.
Al oír el roce de su ropa, alcé ligeramente la cabeza y vi el rostro de un hombre agachado frente a mí.
—Sacerdotisa.
Un hombre en la cima del poder, con una autoridad que se sentía natural, que emanaba una presión aplastante y un aura tan filosa que parecía cortar el aire.
Y aun así, su rostro era tan absurdamente hermoso que me hizo olvidar cómo respirar.
Lionel Ruanax me miraba fijamente a los ojos.
La luz del atardecer se colaba en diagonal, tiñendo sus ojos rojos con una temperatura distinta a la habitual. Me quedé mirándolo, hechizada, sin poder apartar la vista.
Entonces, él tomó mi mano con suavidad y colocó una bolsa en ella.
—Es una compensación, además de un consuelo, por haberte hecho presenciar algo tan desagradable.
Era tan pesada que el brazo me cedió, y tuve que sujetarla con ambas manos de forma apresurada. Fue en ese breve momento, cuando aparté la mirada, que me pareció oír la risa de Lionel.
Instintivamente, llevé la vista a sus labios para buscar la huella de esa sonrisa… y lo que vi fueron unos labios rojos, curvados de forma provocadora.
—Si necesitas algo más, puedes pedírmelo sin reservas.
¿Por qué justo en ese instante tragué saliva?
—Te daré lo que quieras.
Apenas aparté la vista de sus labios, y lo que vi fugazmente en sus ojos fue un deseo insistente, casi desesperado. ¿Fue solo una ilusión?
El calor que dejó su mano en mi muñeca ardía como una marca recién grabada.
Así ocurrió, durante la tercera semana desde que quedé atrapada en la hermosa pero peligrosísima mansión Ruanax.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANNAD
RAW HUNTER: ANNA FA