Capítulo 74
¿Quién está detrás del intento de envenenamiento?
El corazón de Rose latía de manera irregular y frenética.
Sobre la blanca camisa del Gran Duque, el vino tinto se había esparcido como sangre.
—¿…Gran Duque?
Rose lo sacudió con el rostro pálido, él no dio señal alguna de respuesta.
«¿No estará… muerto?»
Un pensamiento aterrador cruzó por su mente, ¿habría muerto el Gran Duque?
Su cuerpo temblaba como una hoja al viento.
¿Al final, no había podido cambiar el contenido de la novela?
¿Había sido arrogancia suya creer que podía desafiar el destino?
—Ah…
El Gran Duque estaba muerto.
Mientras ese pensamiento horrible la invadía, su rostro se volvió lívido.
Sus ojos se enrojecieron, calientes por las lágrimas que pronto rodaron por sus mejillas.
Con la vista nublada, Rose lo miró fijamente, sus lágrimas cayeron sobre su camisa.
Varios médicos del palacio abrieron paso entre la multitud.
Se apresuraron hacia el Gran Duque y revisaron su respiración. Luego, colocaron las manos sobre su pecho y comenzaron la reanimación cardiopulmonar.
En medio del caos del banquete, el Gran Duque yacía inconsciente.
A pesar de los esfuerzos, no mostraba señales de despertar.
Los médicos lo cargaron en una camilla y se lo llevaron.
Rose, que lo había estado mirando atónita, finalmente reaccionó y gritó:
—¡No!
Extendió la mano demasiado tarde, pero no logró agarrar nada.
Entonces, un grito desgarrador resonó en el salón.
—¡Ah, no…! ¡No más…! ¡Aaaah!
Era la voz de Diana.
Tambaleándose, sostenida por sus guardias, de repente gritó y se agarró la cabeza con dolor.
—¡Su Alteza!
—¡¿Está bien?!
Los guardias intentaron sostenerla, pero Diana, con los ojos perdidos, tuvo convulsiones antes de colapsar.
—¡Su Alteza!
—¡Diana!
Con la caída de la Princesa, el Emperador, la Emperatriz y más médicos se apresuraron hacia ella.
El banquete por el nacimiento de Diana terminó abruptamente con el Gran Duque y la Princesa inconscientes.
***
—Parece intoxicación por veneno.
El médico que tomaba el pulso del Gran Duque, tendido como un cadáver, murmuró en voz baja.
—¿Qué? ¿Envenenado?
Un hombre de aspecto severo, con cabello platino y ojos azules rasgados, gritó con incredulidad.
Era el Emperador, tío del Gran Duque y padre de Diana.
Apretando los puños, crujió los dientes.
—¿¡Cómo se atreven…!? ¿Quién intentó asesinar a alguien de sangre imperial? ¡Traiganlos ahora mismo!
Bajo sus órdenes, los caballeros arrastraron a una sirvienta y un sirviente, ambos demacrados y magullados.
Eran quienes habían servido el vino a Rose, el Gran Duque y Diana.
—Ugh…
—Aah…
Gemían de dolor, con moretones en sus rostros.
—¿Quién los contrató?
La fría voz del Emperador los hizo estremecer.
El miedo a morir los consumía.
—¡S-somos inocentes, Su Majestad…!
La sirvienta, al borde del llanto, inclinó la cabeza.
—¿Inocentes? ¡Encontraron veneno en tu bolsillo!
Al oír “veneno”, cerró los ojos con fuerza y balbuceó— ¡n-no sabía nada! Solo me dijeron que me pagarían mucho si seguía instrucciones… ¡No sabía que era veneno! ¡Lo juro!
Era nueva en el palacio, ingenua y sin malicia.
En un lugar lleno de conspiraciones, aceptar un trato así era suicida.
Pero el dinero ofrecido equivalía a un año de salario.
El sirviente, por su parte, era inocente. Solo había abierto la botella.
—Yo… solo cambié turnos…
Se sentía injustamente acusado.
Un compañero le pidió cubrirlo ese día, y él aceptó sin sospechar.
Ahora, frente al Emperador, ni siquiera podía hablar por el dolor.
—¡Ugh…!
Lloraba desesperado, suplicando clemencia.
El Emperador se acercó lentamente y se arrodilló.
—Levanten la cabeza.
Temblando, obedecieron.
Sus fríos ojos los escudriñaron.
—Tú no puedes hablar, ¿verdad?
Agarró al sirviente por la barbilla y luego lo golpeó con el dorso de la mano.
—Y tú no paras de hablar.
Se inclinó hacia la sirvienta y susurró— dime quién está detrás de esto.
Ella negó con fuerza.
—¡N-no lo sé!
El Emperador cambió de tono, fingiendo compasión.
—Pobre cosa… ¿No se lo dijiste a nadie?
Le tocó el rostro con fingida amabilidad.
«No habló… Qué alivio.»
Sonrió satisfecho. Lo peor hubiera sido que confesara.
Con lengua serpentina, murmuró— El Gran Duque no está muerto. Si me dices quién lo hizo, te perdonaré la vida.
La sirvienta titubeó.
Si el Gran Duque moría, ella también.
Había resistido la tortura para proteger a su familia.
Pero si él vivía…
—¡L-lo haré!
Una esperanza iluminó su mirada.
El Emperador sonrió, halagándola.
—Habla. No solo vivirás, sino que serás recompensada.
Ella tragó saliva y decidió confesar.
—El que… el que lo ordenó fue…
En ese momento, el Emperador se levantó bruscamente, tomó una espada y la atravesó sin piedad.
—¡Ah…!
La sangre salpicó como una fuente.
El sirviente corrió la misma suerte.
«Estúpida. Hablar cuando te lo piden…»
El Emperador miró los cadáveres con desdén.
—Limpien esto. Se atrevieron a envenenar a la familia imperial y a insultar al Gran Duque frente a mí.
Se limpió la sangre de su rostro como si nada.
Los caballeros, sin haber escuchado la conversación, obedecieron.
Cubrieron los cuerpos y limpiaron la sangre.
El Emperador miró al Gran Duque con odio, su plan había fallado.
Diana debía haber sido la envenenada, no el Gran Duque.
«¡Maldito seas…!»
Todo había salido mal.
El Gran Duque, un simple gatito, se había convertido en una bestia.
«Debí matarlo antes.»
El difunto Emperador murió enfermo, y si el Gran Duque también moría, la sospecha caería sobre él.
Por eso lo dejó vivir, vigilado.
Pero ahora…
—Tiene resistencia al veneno… ¿Y aun así cae así?
No, seguramente fingía.
Era una farsa para tenderle una trampa.
Quería aplastarle el cuello.
Mientras el Emperador lo miraba con rabia, la comisura del Gran Duque se curvó levemente.
Era hora del contraataque.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NOLART
REVISIÓN: NONA