Capítulo 3
Eun-gyeom recortó sin prisa la distancia que lo separaba de Si-young.
—¿Por qué sigues queriendo irte? —inquirió él con rudeza—. Te recuerdo que la casa donde vivías hasta ahora, era el lugar donde querías parasitar durante el mayor tiempo posible.
Su mirada recorrió el brazo de Si-young, y ella, al ver sus ojos llenos de fuego intenso, lo echó hacia atrás intentando esconderlo.
Sin embargo, el aroma de su piel, y sus hombros redondeados que asomaban bajo una fina camiseta, eran estímulos lo suficientemente embriagadores como para despertar los recuerdos de los momentos que compartían en la cama.
Eun-gyeom la contempló con excitación. Primero, su clavícula blanca, pensando en lo magullada que quedaba siempre por el esfuerzo del sexo mañanero que mantenían. Luego el cuello, donde la mordía y dejaba rastros de sus besos. Después, sus labios tentadores, los cuales solían temblar ligeramente cada vez que introducía su miembro duro dentro de ella. Pero lo que de veras lo volvía loco, eran sus pupilas, que, aunque ahora se mostraban brillantes, bajo él, se tornaban borrosas entre constantes vaivenes de placer ardiente.
Sin poderlo soportar más, Eun-gyeom, extendió su brazo de nuevo. No obstante, esta vez, antes de que sus dedos pudieran apretar o acariciar algo del cuerpo de Si-young, ella se apresuró y lo apartó de un manotazo. Ante esta reacción inesperada, él se quedó observando su mano, que se detuvo en el aire con un ruido sordo, para luego, volver su mirada hacia Si-young.
El rostro de Eun-gyeom se enfrió por un momento. Lentamente, bajó la mano a su lugar de descanso y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Ya no me necesitas?
—Madre…—masculló Si-young, pareciendo que se iba a morir de un momento a otro. Pero, tras inspirar profundamente y dejar escapar un largo suspiro de entre sus labios, continuó—. No, yo… Es raro para mí estar en una casa cuya dueña ha fallecido. Fue gracias a ella que he podido quedarme hasta ahora, y…
Eun-gyeom rápidamente la interrumpió y corrigió el malentendido de Si-young.
—No fue, amablemente, “gracias a ella”, sino un acto egoísta para ella misma.
—…
—No te engañes, Si-young, sabes perfectamente que quedaste allí porque mi madre te necesitaba. Nada más, y nada menos que “por ella”.
—Cierto. —respondió ella levantando la vista bruscamente—. Sí, por ella. ¿Y qué? Eso no cambia nada…
—“Yoo Si-young…”—murmuró Eun-gyeom marcando la pronunciación al decir el apellido.
Él era consciente de que su nombre era Yoon Si-young, pero había sido “Yoo Si-young” durante mucho tiempo. Desde que Eun-gyeom ni siquiera sabía que ella existía, por estar en el extranjero, hasta que Tae-ra murió. Al final, todo había sido por su madre, Jang Tae-ra, que no podía aceptar la muerte de su hermana, la verdadera Yoo Si-young.
—¿Por qué “Yoo”…? Soy “Yoon”. Ahora, que esa necesidad de pretender ha terminado, es justo que vuelva a ser yo misma, ¿no? Lo dijiste entonces, cuando mencionaste que estaba bien, que volviera a ser Yoon Si-young, que regresara a ser “yo”…
—Ya, lo sé. Fue lo que dije yo mismo ese día y no me arrepiento.
—…
—Pero pensé que habías dicho que no. —alegó Eun-gyeom dando un lento paso adelante—. Sí, vuelve a ser Yoon Si-young, no tengo ningún problema con eso… Porque, en primer lugar, la única persona que alguna vez pensó en ti como Yoo Si-young no fui yo, sino mi madre.
—…
—Así que, Yoon Si-young. —determinó Eun-gyeom, como haciendo una declaración irrefutable—. Quédate en casa.
—¿Qué quieres decir con “casa”…?
—Te necesito. —confesó mientras su voz áspera se clavaba en el oído de Si-young—. Esta vez será mucho más fácil que antes. No tendrás que fingir ser “Yoo Si-young”, a quien ni siquiera te pareces.
Eun-gyeom enarcó las cejas ante la mueca que se dibujó en el rostro de Si-young.
«Porque sí, no hay parecido, aunque digas lo contrario, Si-young.»
En silencio, los dos se miraron fijamente, con expresiones muy diferentes. Como un depredador dispuesto a acorralar a su presa, Eun-gyeom se aproximó con una zancada y Si-young, con el corazón palpitante, respiró hondo dando otro paso hacia atrás.
Sin embargo, la habitación era demasiado pequeña y Si-young había llegado al punto en que no pudo retroceder lo suficiente. Apoyando la espalda contra la pared, ella se sintió aún más pequeña de lo normal mientras se pegaba todo lo que podía a la superficie vertical, para evitar ser aplastada.
Eun-gyeom, satisfecho por la imagen de ella, siendo intimidada por su acercamiento, la agarró. Esta vez Si-young no pudo esquivarlo y, antes de darse cuenta de lo que pasaba, se encontraba con los dos brazos levantados mientras él, con una mano, los sujetaba firmemente contra la pared. Si-young forcejeó como si estuviera esposada, pero para Eun-gyeom solo fue un leve y adorable desafío.
—En mi casa…—susurró él—. … Puedes quedarte como Yoon Si-young.
Con su otra mano libre, él se movió como una serpiente, bajando su toque por uno de los brazos de Si-young. Luego, con una pequeña pausa, sonrió y utilizó uno de sus dedos para recorrer la silueta de los hombros redondeados, pasando por la suave piel de la clavícula hasta llegar al cuello de manera sugerente.
Eun-gyeom, jugueteando sensorialmente con aquello que su vista devoraba, soltó una pequeña risa por lo bajo, y, siguiendo su roce con su índice autoritario, lo subió suavemente por la garganta de Si-young hasta la barbilla. Cuando levantó el rostro de ella, y pudo apreciar los ojos aterrorizados de la joven a punto de ser absorbida por su imponente cuerpo, dijo, con un deje de picardía:
—“Por mí” esta vez.
Ante las firmes palabras, los ojos de Si-young cambiaron sutilmente e, inmediatamente, la bestia que la deseaba se abalanzó sobre ella, su presa.
━━━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━━━
Eun-gyeom, divertido, observó a Si-young arrastrándose furiosamente por el suelo como si estuviera escalando un acantilado para alejarse de él.
«Vaya, Vaya, Si-young… ¿Cómo puedes mostrarme semejante espectáculo estando completamente desnuda? O bien ya no te importa no llevar ropa en mi presencia, o bien estás demasiado desesperada como para salir de aquí, aunque sea sin una mínima pieza de ropa sobre tu cuerpo…»
Parecía ser lo segundo, pero tampoco le importaba mucho a Eun-gyeom que se deleitaba con las tentadoras vistas.
La mera determinación de Si-young para salir de ahí era suficiente para incluso reptar, obligando a sus piernas a doblarse por debajo de sí misma. Cuando parecía estar fuera de su alcance, Eun-gyeom exhaló bruscamente. Era su forma de hacerle saber que ya estaba despierto y preparado para otra ronda.
Mirando la delgada e inmaculada espalda de Si-young que, al escucharlo, se había puesto rígida con un breve resoplido, Eun-gyeom preguntó inocentemente:
—¿Frustrada?
Para un depredador sediento de placer como él, no había nada más excitante que ver cómo su captura intentaba liberarse de sus garras. Si-young no se imaginaba que, su intento por escapar, había despertado los instintos viscerales de Eun-gyeom, quien, en un instante, se abalanzó sobre ella.
Con sus fuertes y fibrosas manos, que la habían sujetado toda la noche, volvió a agarrarla por los brazos. Luego, recorrió su piel desde la mitad del antebrazo hasta sus muñecas y, utilizando el dedo índice y corazón para presionar la base de las palmas, Si-young las abrió con recelo, como si de una flor se tratase. Esto le permitió a Eun-gyeom deslizar sus dedos entre los de ella, para amarrarla con mayor firmeza contra el suelo. Ante esto, y con impotencia, los hombros de Si-young se limitaron a temblar ligeramente mientras jadeaba débilmente debajo del fornido cuerpo de él.
Eun-gyeom, mientras observaba el pecho de ella subir y bajar con cada pequeña bocanada de aire, sintió cómo el aire de la habitación se había vuelto bastante cargado. Por ello, dirigió su mirada hacia la pequeña ventana que había en una de las paredes y susurró:
—¿Puedes abrir la ventana?
Sin recibir respuesta, sus manos se deslizaron por el cuerpo de Si-young, que estaba tendido como un cadáver en el suelo, para levantarla. Le rodeó suavemente la cintura con el brazo y tiró de ella, que aún tenía sus contorneadas caderas húmedas, por el sudor que no se había secado y por el semen que él había derramado sobre ella.
Incapaz de mantenerse en pie sin tambalear, Si-young perdió el equilibrio cuando abrió la ventana, inclinándose hacia Eun-gyeom en contra de su voluntad. Rápidamente, trató de apartarse, pero él se lo impidió. Una vez ya resignada, ella simplemente bajó la mirada.
Su cuerpo era un desastre. Sus piernas, que brillaban blancas bajo el resplandor incandescente, estaban magulladas por las manos de Eun-gyeom, cuyos dedos se enraizaron profundamente en su carne, cada vez que la penetraba sin control. Las marcas rojas de sus mordiscos también eran evidentes, llegando a ser, en algunas partes, tan definidas, que hasta se podían contar hasta el número de dientes que había hincado en su piel.
Era el trabajo artístico de un hombre que se la había follado innumerables veces desde la noche hasta la madrugada. Un cuadro provocativo, cuyo lienzo era el cuerpo de Si-young, y en el cual, entre todos los moretones azules y la piel enrojecida que bañaban sus curvas, se apreciaba el semen disperso de él, como si de pinceladas blancas se tratasen.
Aquella escena era tan irresistible, que las comisuras de los labios de Eun-gyeom se torcieron sutilmente en una especie de sonrisa picarona. Satisfacción no sería la palabra más adecuada para describir la emoción de Eun-gyeom en aquel momento, pues él mismo ni podía precisar lo que sentía. Pero de lo que sí estaba seguro, es que le gustaba tanto verla cubierta de sus marcas, que llegaba al punto de despertar placer con solo una breve mirada.
Llevándola en brazos, él la tumbó sobre la estrecha cama. Cuando ella se dio cuenta de dónde se hallaba, giró inmediatamente la cabeza e hizo contacto visual con él. Un segundo bastó para que Si-young abriera sus ojos de par en par. Una reacción que le permitió a Eun-gyeom intuir cómo debía ser su mirada sin reflejarse al espejo.
Ante la mujer que lo excitaba en sobremanera, él, bajo la apariencia de una fiera, cuyas pupilas brillaban con un deseo desenfrenado, sintió una terrible sed en la garganta, como si no hubiera bebido nada en días. Si en ese instante, Si-young fuera la culpable de haber cometido un pecado, sería el de haber estimulado demasiado el insaciable apetito sexual de Eun-gyeom con cada uno de sus movimientos.
Cuando él pasó sobre ella, Eun-gyeom se deleitó con la expresión de Si-young. Sus miradas se fundieron en una sola, la cual ya sabía lo que iba a suceder. Unas manos impacientes la agarraron de la cintura y, con un movimiento rápido, él le dio la vuelta a su cuerpo. El miedo se apoderó de Si-young, quien golpeó las sábanas con las rodillas en señal de protesta, pero a Eun-gyeom no pareció importarle. En su lugar, recorrió su espalda con los dedos. Una sensación que se esparció desde la cadera hasta la nuca donde, al llegar, él la sometió.
Eun-gyeom, ejerciendo su fuerza, la obligó a inclinar su cuerpo, aplastando sus hombros redondeados sobre la cama, a la vez que sus prominentes senos se hundían bajo el edredón. Al mismo tiempo, él apoyó todo su peso sobre la suave y delgada espalda de Si-young, quien, en respuesta, apretó la arrugada manta con tanta desesperación, que incluso venas azules brotaron en el dorso de sus puños.
Cuando un aliento frío le rozó por detrás de las orejas, Si-young gimió y se retorció entre los brazos de Eun-gyeom. Pero de poco valió resistirse, pues él la sujetaba firmemente por las muñecas mientras ella se aferraba cada vez más a la colcha. Sin saber qué más hacer, Si-young entreabrió los labios diciendo:
—Me… Duele…
Apenas pronunció esas dos palabras, el cuerpo de Si-young volvió a voltearse como una hoja de papel. Él se inclinó hacia ella y volvió a tumbarse encima. Si-young jadeó brevemente bajo el peso que la aplastaba. Sus pechos estimulados rozaban contra la piel de los músculos de Eun-gyeom, el cual, a su vez, frotaba su dura erección contra el vientre de la joven. Implacable, le levantó los brazos por encima de la cabeza y la aprisionó con su mano, cruzando sus muñecas. Luego, se aproximó lentamente al rostro de la chica y susurró:
—¿Solo te duele…? No mientas, Yoon Si-young…
Cuanto más se acercaba a ella, más oscuras eran las sombras desplegándose sobre la cara de Si-young. Pero ella evitó su intensa mirada volteando la cabeza hacia la izquierda, mientras las aguas saladas de sus ojos se deslizaban por el puente de su nariz.
Eun-gyeom no se molestó en girar su rostro a la fuerza, solo esperó pacientemente viendo cómo iba menguando lentamente el reguero que corría por sus mejillas.
Sin embargo, cuando los amargos recuerdos de la joven volvieron a aflorar en el silencio, las lágrimas empezaron a acumularse de nuevo y, ante esto, Eun-gyeom, ya no pudo contenerse más. Suavemente, él frotó sus labios bajo los hermosos ojos aguados de Si-young y ella, al sentir su calidez, cerró los ojos, incapaz de impedir que las gotas de sus pupilas siguieran cayendo por su rostro.
Al verla tan vulnerable, Eun-gyeom persiguió sus lágrimas con sus labios, ávidos de deseo. Sus delicados besos tocaron la parte superior de los temblorosos párpados de la chica y se movieron entre las definidas y curvadas cejas de ésta. Finalmente, terminó su dulce toque, deslizándose por el puente de su nariz hasta la punta, en la cual separó sus labios.
Luego, con su mano libre, Eun-gyeom recorrió el brazo de Si-young, desde las muñecas atadas hasta los hombros y, posteriormente, la clavícula, donde su roce se deleitó, garabateando caricias con las yemas de los dedos. La sensación fue tan sugerente que la boca de Si-young se entreabrió, dejando escapar un suspiro de placer.
—¡Haaa…!
Por su parte, Eun-gyeom no desaprovechó el momento que había estado esperando y mordió con fuerza los labios separados que parecían invitarlo. Al instante, su lengua se adentró, mientras un hilo rojo mezclado con saliva se filtraba entre sus bocas compartidas. Si-young se retorció debajo de él, como un pez fuera del agua, saboreando el dolor con el regusto metálico de la sangre. Al mismo tiempo, él se puso de rodillas, encajó una de sus piernas entre las de Si-young y, sin detener aquel beso invasivo, recorrió el interior de la boca de ésta hasta que la punta de su lengua sanguinolenta tocó lo más profundo de la joven sometida.
No contento con esto, Eun-gyeom le sujetó la barbilla con fuerza y la inmovilizó para que no pudiera moverse. De forma ruda y violenta, asaltó los labios de Si-young durante un largo rato. Un acto visceral en el que, incluso, el sonido de la respiración de la joven fue amortiguado por la lengua penetrante e implacable del hombre.
Durante el forcejeo, ella liberó una de sus manos y empezó a golpear a Eun-gyeom, quien seguía con el intenso morreo hasta casi dejarla sin sentido. Si-young apretaba los puños dándole golpes en el hombro y el pecho, pero él no desistió en lo absoluto. Es más, llegó hasta el punto de clavarle las uñas en la piel, arañando sus brazos y espalda indiscriminadamente, e incluso, en una de estas, hundió los nudillos en su duro esternón. Mas, por desgracia, no fue suficiente para apartar a Eun-gyeom de su cuerpo. Con su fuerza, él podía llevar a Si-young hasta los límites de la asfixia todo el tiempo que quisiera y, eso mismo, era lo que estaba haciendo.
Tras un largo rato, él levantó la cabeza y sonrió con satisfacción mientras pasaba el pulgar por la comisura de sus labios. Sus dedos estaban finamente cubiertos de saliva sanguinolenta y, al verlos, Eun-gyeom posó su mirada en Si-young, quien jadeaba desesperada en busca de oxígeno. Contemplando la marca sangrante de su mordisco, volvió a bajar la cabeza y aspiró profundamente, chupando los labios partidos de Si-young. Mientras succionaba toda la sangre que se había derramado, de vez en cuando, él limpiaba cuidadosamente la herida con algún que otro lametón.
Sin embargo, ella, dolorida, reaccionó e intentó apartarlo con las dos manos:
—¡Ey…!—protestó Eun-gyeom agarrando las muñecas de Si-young que lo empujaban incansablemente.
De manera forzosa, él besó y colocó la palma de la chica en su mejilla. Por un instante fugaz, el rostro de Si-young se iluminó involuntariamente y, sin dudarlo, levantó las uñas para rasguñar la cara de Eun-gyeom.
Como siempre, él permitió que Si-young se saliera con la suya en ese aspecto de su vida. Daba igual quién de los dos era el que marcaba al otro. Lo importante era dejar esos rastros en el cuerpo que denotaban la morbosa posesión que mantenían entre los dos, aunque eso fuera a base de dolor y heridas. Al fin y al cabo, un pequeño mordisco o arañazo era algo que se curaba rápidamente, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.
Además, a él también le resultaba placentero ver los indicios de ella en su piel, como si fuera una respuesta recíproca a las huellas que él le regalaba a cada momento.
Pensando en lo bien que le sentaría una marca de uñas en su mejilla al mirarse al espejo, Eun-gyeom se rio suavemente y besó la muñeca de Si-young.
—Sé sincera, Yoon Si-young…
—…
—Puedes poner tanto como quieras esa cara de que preferirías morir a estar entre mis brazos, pero en realidad sé que no lo odias.
En el momento en que sus miradas se cruzaron, el cuerpo entero de Si-young se relajó, como si fuera un balón desinflándose paulatinamente. Eun-gyeom agitó su muñeca floja con una mano y susurró:
—Creo que deberíamos atarla. Si sigo sujetándola con tanta fuerza, se romperá… Y tampoco es que quiera lidiar ahora con una fractura…—deslizándose fuera de la cama, él siguió murmurando mientras añadía—. Te retuerces tanto cuando te la meto… Que, si quiero embestir tu coño en condiciones, es mejor que te inmovilice con algo que no sean mis manos…
De pie, junto a la cama, y con una expresión burlona, Eun-gyeom contempló a Si-young con una ceja encarnada.
Desde anoche, cada vez que él eyaculaba y hacía una pausa para recuperar el aliento, Si-young se arrastraba incansablemente por el suelo. Al principio, había inspeccionado la habitación con los ojos, intentando localizar algo de ropa para ponerse y huir, aunque fuera a duras penas. Pero, luego, como si se hubiera dado por vencida, había intentado salir desnuda de la habitación.
Al final, daba igual lo que hiciera o hiciese porque Eun-gyeom siempre volvía hacia ella, agarrándola tiernamente por el pelo y metiéndola bajo su cuerpo. Un repetitivo ciclo que solo se terminaba cuando él lo decidía, y, donde, por supuesto, tampoco se tenían en cuenta las constantes lágrimas y protestas por parte de ella. Exactamente igual que lo que sucedía en ese momento.
La luz del sol brillaba en su cara manchada de lágrimas y sudor. Eun-gyeom entrecerró los ojos mirando a Si-young, que resplandecía de forma tentadora. Esa forma en que la luz se reflejaba en ella lo volvía loco, despertando sus ansias de romperla en pedazos.
«Por la manera en que se revolcó por el suelo hace unos momentos… No creo que le queden más fuerzas como para resistirse… »
Eun-gyeom le dio un par de vueltas a aquel pensamiento, pero luego negó con la cabeza.
Temía que, si por un instante, Si-young agitaba el brazo en un último intento por escapar de él, justo cuando su excitación alcanzaba el punto máximo, ella al final acabaría con sus muñecas partidas en dos. Pensando en lo poco que se controlaba durante el sexo con ella, Eun-gyeom levantó la mano y alisó el pelo revuelto de Si-young. Fue una caricia cariñosa para tranquilizarla.
—Espera. —dijo mientras rebuscaba su cinturón entre el desorden de ropa del suelo.
Era lo único que encontró para atarla. Le saldría un moratón, pero era mejor que una fractura.
—Lo siento…—musitó Si-young.
Eun-gyeom se detuvo al oír la pequeña vocecita contra su espalda.
—¿“Lo siento”, por qué? ¿Qué es lo que hiciste?
—…
Al no recibir respuesta, él se dio la vuelta jugueteando con su cinturón,
—¿No piensas responder? Dime, Yoon Si-young, ¿por qué me estás pidiendo perdón ahora?
—Por todo…—contestó Si-young sentándose de rodillas mientras la luz del sol de la pequeña ventana iluminaba la piel de sus hombros redondeados—. … Todo hasta ahora… Por entrar en tu casa, por hacerme pasar por Yoo Si-young, por ser avariciosa, por hacerte…
Eun-gyeom la interrumpió golpeando bruscamente el colchón con la rodilla, mientras ella retrocedía.
—¿Por qué cojones parece que te arrepientes?
—Porque me arrepiento…
Frustrado, él volvió a rodear a Si-young con los brazos.
—¡Maldita sea! ¡Deja de hacer eso, Yoon Si-young!
—…
—Parece que estás negando todos los momentos que pasaste conmigo. Todas esas veces que lloraste a mi lado y debajo de mí…
—Suplantar una identidad, haciéndome pasar por otra persona…—dijo ella con un tono indiferente—. …Fue mi mayor error…
—…
—O mejor dicho, mi mayor arrepentimiento.
—No, no hay arrepentimiento en tu voz. Así que digamos que fue tu mayor error. —determinó él marcando el “tu” en su frase.
En el momento en que sus miradas se encontraron, los ojos de Eun-gyeom se iluminaron. No eran los relajados a los que ella estaba acostumbrada, había un trasfondo de malicia en ellos.
—¿En serio acabas de decir que…?
Las manos de Eun-gyeom se tensaron escuchando a Si-young parecer sorprendida.
—No me mires así. Son las mismas palabras que acaban de salir de tu boca. —su mirada era dura al contemplar el rostro húmedo de la chica frente a él—. “Tu mayor error” Algo que está mal, ¿no? Bien, pues déjame decirte que, antes de arrepentirse, los males deben castigarse…
Rápidamente, cruzó las muñecas de Si-young, anudando el cinturón. De un tirón, la ató con tanta fuerza que, por mucho que se retorciera, apenas podía mover sus extremidades.
Luego, pasó sus manos por sus brazos, deslizándose y tocando sus hombros delgados y temblorosos, sus pechos firmes y su vientre plano. Al llegar a sus caderas, agarró los extremos de sus bragas y se las quitó de un movimiento. La minúscula pieza de ropa que le quedaba a Si-young, una tela blanca del tamaño de la gran palma de Eun-gyeom, colgó sin fuerza alrededor de su tobillo izquierdo.
Vulnerable y desnuda ante sus ojos, fue la tentación que hizo que él apretara aquellos muslos que brillaban a la luz de la mañana, sintiendo cómo su polla estaba a punto de explotar.
—Así que, sé buena chica y abre las piernas para recibir tu castigo. —dijo mientras su pene, duro como una piedra, frotaba la entrada húmeda de Si-young.
Inmediatamente, él se dobló por la cintura y, de una embestida, volvió a juntar sus cuerpos metiendo su miembro hasta la raíz. Con uno de sus rudos besos, se tragó los gritos de Si-young quien, inútilmente se retorcía, una vez más, a la sombra de Eun-gyeom.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R