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CAPÍTULO 26

Elena sonrió. 

—Se lo prometo por el honor del Gran Duque, Madame.

—¿De verdad puede prometerlo? ¿Cómo? 

—Si no confía en mí, podría dejarlo por escrito si usted gusta. No quiero recomendarlo, pero lo escribiré si quiere.

 

Madame Plumrose había estado pensando con toda su astucia e inteligencia. En el mundo social, era una mujer que se hacía pasar por una dama entre damas, pero no dudaba en cometer adulterio obsceno detrás de todos, así que se apresuró a elegir. 

—No, creeré la promesa de Su Majestad. 

—Esa es una sabia decisión. 

Elena, quien hizo el trato, tomó la taza de té y se la llevó a la boca.

—Puedes decirle a Liabric que me envió a esa niña a cambio del pañuelo.

—Sí, Su Majestad.

—Permanezcamos cerca en el futuro, Madame. 

Cuando Elena dejó espacio para una relación duradera, Madame Plumrose parecía tener en el rostro una expresión que le impedía reír o llorar. Liabric regresó a la sala de recepción con un elegante vestido de tipo imperial. 

—Siento haber estado fuera demasiado tiempo.

Liabric volvió a sentarse, buscando una explicación. 

—¿Tuvieron una charla mientras no estaba? 

—Hablamos sobre el comportamiento y modales de una dama. No creo poder olvidar nunca la conversación de hoy, cada palabra de Madame fue parecida a una joya. 

Elena volvió al espíritu puro de siempre con rapidez, como si desde un principio nunca hubiera existido una conversación secreta. Una figura tan neutral como esa, ponía en ridículo a Madame Plumrose, pero no podía expresarse porque estaba en una situación en la que no podía vencer, ni contradecir a Elena. 

—Su Majestad, la razón de mi visita es para devolver el pañuelo. 

—No pedí que se me devolviera el favor. 

Elena trató de disuadirla dándole un ligero golpe en la mano, pero Madame Plumrose permaneció silenciosamente fiel a su papel. 

—Tengo dos años con esta niña bajo mi cuidado. Es alguien que puede hablar con buenos modales y posee excelente talento. Me atrevería a decir que encajaría perfecto con la dignidad y personalidad de Su Majestad. 

—Madame, ¿Está diciendo que me dará a su doncella? ¿En serio? 

Elena se tapó la boca con las manos como si estuviera conmovida.

—No es suficiente, pero es un regalo para Su Majestad. ¿Lo aceptará?

—Por supuesto…

Elena que estaba dispuesta a responder, miró el rostro de Liabric antes de decir las últimas palabras. Mientras estuviera presente en la reunión, debía consultar su opinión; pero Elena estaba segura de que Liabric nunca rechazaría la oferta.

«No hay forma de que pierdas una oportunidad como esta.»

Era un regalo de Madame Plumrose, no de otra persona. En la sociedad aristocrática, el intercambio de doncellas era símbolo y prueba de amistad y cercanía, algo que simplemente no se podía comprar con dinero. Sin embargo, Liabric no pudo responder con facilidad ya que le preocupaba que Elena fuera una sustituta y que la mujer que recibió como regalo de cortesía directamente pudiese enterarse. Temía que se filtrara el secreto así que a medida que aumentaba la vacilación, Madame Plumrose volvió a preguntar. 

—¿Su Alteza? 

—Eso es… Bueno… 

Liabric, que había estado luchando, naturalmente la ayudó a tomar la decisión.

—Es la primera vez que hace este tipo de cambio, así que supongo que Su Majestad no puede tomar una decisión. Por favor, tómela, Alteza. Madame está avergonzada.

—¿Qué? ¡Sí! Madame, lo tomaré con mucho gusto. Probablemente nunca olvidaré la emoción del día de hoy.

Elena sonrió alegremente. No fue una mueca llena de falsedad, era una sonrisa sincera y pura. En ese momento, mostró su verdadera sinceridad, pero no le importo. 

—Me siento más aliviada de ver a Su Majestad tan feliz. La visitaré a menudo, permanezcamos cerca.

—Me sentiría honrada si lo hiciera. Esperaré, Madame.

Elena y Madame Plumrose se dieron la mano afectuosamente. 

«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅ » ──────»

En nombre del ahora discapacitado Conde Rondo, Madame Plumrose se ocupó de los grandes y pequeños acontecimientos que figuraban en nombre de su marido. Su trabajo era tan justo y resonante como su reputación social. Por lo que nadie, desde los más bajos, hasta los nobles, fueron capaces de criticarlo. 

—¿Me llamó, Señora?

Madame Plumrose llamó a su doncella May a la oficina, asustada de volver después de la salida.

—Acércate.

—Sí, Señora. 

Madame Plumrose miró a May fijamente, que estaba de pie cortésmente, tranquila, sin distracciones, siempre haciendo las tareas del hogar a la luz del sol. A diferencia de una criada cualquiera, tenía una piel intacta, insoportablemente limpia, sin ninguna peca. El cabello recogido que le cubría las orejas estaba perfectamente ordenado y la línea horizontal de los hombros era firme y recta. 

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Este es mi segundo año.

—El tiempo vuela. Ahora que lo pienso, te has portado bien desde que llegaste aquí. Eres una chica muy buena. 

—Me siento halagada, Señora.

May estaba encantadoramente emocionada con los elogios de Madame Plumrose, quien se rumoreaba era bastante tacaña alabando inclusive a la mejor de las doncellas. 

Era una chica tranquila, que no mostraba ningún color y a pesar de ser una doncella, la calma que transmitía a menudo sorprendía a Madame Plumrose.

—Cuando te miré, pensé que era una lástima que no hubieses nacido en una familia noble. 

—¿Nobleza? Nunca encajaría en el título, Señora. 

May inclinó la cabeza como si hubiera recibido demasiados elogios. Madame Plumrose, que la estaba mirando, dijo.

—Deja de decir tonterías. Para mí, la nobleza es decidida por el cielo. Levanta la cabeza y mírame. 

May levantó la cabeza con cuidado, evitando mirarla a los ojos, para que Madame Plumrose no se sintiera ofendida. Ella era perfecta a los ojos de la dama, el ejemplo de una criada perfecta. Lamentó tener que enviar a una niña así como obsequio para el Gran Duque, pero desistió de la pena al pensar que su vida y su camino eran primero. 

—Eres alguien que podrá convertirse en una doncella de honor en cualquier familia. Me gustaría recomendarte alguna que se adapte muy bien a ti.

—¿Señora? 

Madame Plumrose habló con calma. 

—Quiero que vayas con el Gran Duque.

—… 

Los ojos de May temblaron seriamente. Era la primera vez que Madame Plumrose la miraba bajo una luz tan exigente. 

—A la Princesa Verónica le alegró demasiado escuchar sobre ti, ¿Por qué no vas con el Gran Duque y piensas en cambiar tus condiciones de vida y futuro?

—Pero, es tan repentino… 

—Las elecciones más importantes de la vida siempre son repentinas. ¿Irás ahí?

Los ojos de May se profundizaron. Estaba claro que ella no estaba dudando en si ir o no. Más bien, había un poco de alegría en sus ojos como si hubiera estado esperando por este momento. 

—Sí, seguiré su voluntad.

May respondió claramente con una voz pequeña, pero poderosa. 

—Bien pensado. Será una decisión sin remordimientos.

Madame Plumrose asintió con una sonrisa de satisfacción. En la superficie, era el trato perfecto para conseguir lo que cada uno quería. Y fue Elena quien manipuló los hilos e impulsó este trato perfecto.

«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅ » ──────»

Un carruaje enviado por Madame Plumrose entró en el enorme patio del Gran Duque France. Aunque fuese sólo para enviar a una doncella, Madame Plumrose no dudó en dedicar tiempo y esfuerzo en un carruaje. Tenía la intención de mostrar la fuerte y sólida relación que tenía con la Princesa Verónica.

May, que había salido del carruaje, miró hacia la mansión. La mansión del Gran Duque, que se decía, que era más espléndida y colorida que el Palacio Imperial, era lo suficientemente magnífica como para hacer a una audiencia derramar exclamaciones. 

—¿Eres May?

Anne, que estaba de pie frente a la casa, fingió duda y preguntó, con una postura torcida. May la miró en silencio, parecía unos tres o cuatro años más joven que ella, pero no podía creer que le estuviera hablando tan informalmente. Desde el principio sintió que a Anne no le hacía mucha gracia su presencia, como si quisiera tener ventaja en el orden y fila de las doncellas. 

—Sí.

Cuando May respondió, Anne se cruzó de brazos y la barrió de arriba a abajo con una expresión desagradable. May, que tenía una piel limpia y pulcra, era más hermosa que la piel llena de pecas de Anne, no parecía agradarle en absoluto. 

—¿Tienes todos los documentos?

—Sí. 

—Sígueme. 

Anne llevó a la nueva sirvienta a la oficina de Liabric, buscando armar un lío. 

—Dame lo que tienes.

May entregó la identificación que había traído consigo, los datos personales y las cartas de recomendación que había escrito Madame Plumrose. Liabric comprobó una y otra vez cada palabra, para ver si había posibilidades de problemas. 

 «No quisiera, pero considerando la reputación de la Princesa que cayó en desgracia, no puedo evitarlo.»

Todavía le era desagradable el pensar en tener a una criada de afuera al lado de Elena, pero ya había decidido elevar el estatus social de la Princesa Verónica. Cuando no encontró nada malo con la identificación y los papeles, Liabric entregó el contrato a May y ella firmó obedientemente. 

—A partir de este momento, ella será la doncella directa de Su Majestad la Princesa. Si hay algo que no sepa, pregunte a Anne y aprenda.

—Sí, serviré a Su Majestad con todo mi corazón.

—Vaya y salude a la Princesa. 

May asintió y salió de la oficina. Anne se adelantó y trató de explicarle la riqueza del Gran Duque, era abrumadora. A May no le importaba tanto cobrar un gran cheque o el nivel del costo de su servicio. Las circunstancias de su llegada era lo primero que había que averiguar. 

Anne se detuvo frente a la puerta de mármol más grande y espectacular del segundo piso del edificio principal. Aunque sabía que aún era muy joven, podría adivinar que esa era la habitación de la Princesa Verónica, por el simple hecho de que la puerta estaba custodiada por un caballero de aspecto hermoso. 

—Su Alteza, le traigo una nueva doncella.

—Déjala pasar, por favor.  

Una voz tranquila se escuchó del otro lado de la puerta. Anne, que tenía prisa y un mal genio, susurró.

—¿Qué estás haciendo ahí parada como estatua? Su Majestad la Princesa está esperando. 

May empujó lentamente la manija para abrir la puerta y mientras se adentraba a la habitación pensó que esta no era tan diferente de la habitación en la que se alojaba Madame Plumrose. Elena estaba sentada junto a la ventana, bajo el cálido sol.

—Ven aquí. 

May se acercó ante la llamada de Elena. Se paró ante ella con un andar firme, hombros rectos y un paso notablemente perfecto para ser considerada la presencia de una doncella. 



RAW HUNTER: ANÓNIMO
TRADUCCIÓN: ANÓNIMO.
CORRECCIÓN: ANÓNIMO.
REVISIÓN: LUMA


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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