Capítulo 223
La superficie del agua se agitó y emanó luz. Rudville, dentro de ella, anheló un solo fragmento: un futuro envejeciendo en paz junto a Odelli. Pero lo que el espejo de agua alzó no era un futuro deslumbrante. Era sólo la brutalmente familiar reverberación del pasado.
«……».
Era el laboratorio subterráneo de la familia Kardel. La frente de Rudville se retorció violentamente. El lugar donde conoció por primera vez a Odelli, el origen de donde brotaron todas las tragedias y los regresos. Un lugar que ellos mismos habían aniquilado con sus propias manos, y que en el presente no dejaba ni rastro. Por lo tanto, la escena en el espejo de agua solo podía ser el pasado.
«Pedí que me mostrara el futuro, ¿por qué me muestra un pasado que ya conozco…?».
El pasado que comenzó en la mansión Kardel pasó rápidamente, sin pausa. Miles de recuerdos se rebobinaron a una velocidad vertiginosa. Una sonrisa amarga y fría se escapó de sus labios.
«Después de todo, no se puede».
Había recordado la época en que era un dragón, cuando a través del espejo de agua vislumbró a su yo futuro conectado con el alma de Odelli, y por un momento había albergado la esperanza… Pero si un destino que no pudo cambiar ni en miles de repeticiones, no era posible ver más allá con un simple artefacto. Para ver más, quizás tendría que sacrificar parte de su vida, o incluso quizás su vida entera. En el pasado, lo habría entregado sin dudar. Pero ahora tenía mucho que proteger. Odelli, y el deslumbrante milagro que respiraba en su vientre. El resto de su vida debía usarse solo como un escudo para protegerlos.
«… Así es».
El futuro no es algo que se mendiga, es algo que se forja con las propias manos. Como siempre ha sido. Justo cuando Rudville, sin apego, iba a guardar el espejo de agua, en la superficie ondulante se formó de repente una imagen diferente.
«… ¿?».
Era un pasado que ya había visto una y otra vez, hasta el cansancio. Pero esta vez había algo distinto. La altura de los ojos en el espejo era demasiado baja, y al alcance de la vista había un largo cabello plateado y unas pequeñas manos como hojas de arce. No era la perspectiva de Rudville, era la de Odelli.
«Ah…».
Era su más remota infancia, antes de conocer a Rudville. La Odelli de una época a la que, sin importar cuántas veces girara la gema, nunca había podido llegar. Sus regresos siempre comenzaban a los quince años, y él siempre había deseado retroceder más. A una época antes de ser un sujeto experimental, cuando en esas pequeñas y delicadas muñecas no había ni una marca de aguja, para poder interceptarla y huir con ella… El paisaje de esa época que tanto había anhelado estaba ahora al otro lado del espejo de agua.
El interior de la habitación donde estaba Odelli era grotescamente lujoso. El alto techo estaba lleno de pinturas sagradas con ángeles, y el suelo cubierto con alfombras de seda de la más alta calidad.
«¿Así que antes de ser arrastrada al subterráneo, vivía en un lugar así?».
Era un espacio lujoso, digno de una princesa imperial, pero en realidad no había juguetes para una niña, ni calidez humana. En esa habitación que parecía un museo exhibido, la niña respiraba sola. ¿Tendría unos cinco o seis años? Sus regordetes dedos, aún con restos de gordura infantil, forcejeaban para pasar las páginas de un libro encuadernado casi tan grande como ella.
—El héroe es quien carga con todo el sufrimiento del mundo. No dejó de sacrificarse, sublime, hasta el último momento.
La voz de la niña era clara, pero monótona, como si recitara mecánicamente una lección. Apenas terminó la respuesta, el falso sacerdote que estaba detrás apremió a la niña con una mirada severa.
—Conteste. ¿Quién fue quien selló la Grieta del Abismo y entregó su corazón?
—… El Santo Kaiden.
—Entonces, ¿la santa que actuó como escudo para la nación, reprimió la plaga y se marchitó?
—La Señorita Elina.
Él era sólo un experimentado actor contratado para inculcar, bajo el glorioso nombre de misión sublime, el sacrificio en Odelli. El anciano, como si estuviera satisfecho, sonrió y lanzó otra pregunta que oprimía la garganta de la niña.
—Correcto. Todos ellos consumieron sus vidas voluntariamente por el mundo. Entonces, ¿de qué héroe, entre todos ellos, debe usted tomar más ejemplo?
La niña vaciló un momento, y señaló con el dedo uno de los libros más desgastados entre las numerosas colecciones de héroes.
—… Rudville.
—Oh, ¿el indomable guerrero que nunca se arrodilló ni ante cientos de enemigos?
—Él estuvo solo hasta el final. Nadie lo ayudó, pero dicen que ni una sola vez cayó.
El sacerdote acarició la cabeza de la niña mientras susurraba sobre el sacrificio. Que su dolor era por una buena causa, que debía vivir cargando una sublime misión, como los héroes de los libros.
—¿Qué final tuvo el héroe Rudville?
—… Aunque fue rodeado por cientos de enemigos, hasta el final no soltó su espada.
—Exactamente, princesa imperial. Esa es la verdadera virtud del sacrificio. Si alguien nota tu dolor y te agradece, ya no es algo sublime. Se convierte en un simple trato por el que se busca elogios.
—…
—Las cosas verdaderamente grandiosas, sepa, ocurren donde nadie las ve, desapareciendo en silencio y soledad. Sólo cuando nadie en el mundo recuerde el nombre de la princesa imperial, cuando ni siquiera sepan por qué murió, se completará su propósito. Ese es el único valor de su nacimiento. ¿Lo ha entendido?
Las pupilas de la niña, perdidas, se agitaron. Eran palabras absurdas para una niña de cinco o seis años. Pero Odelli, como si fueran la respuesta más correcta del mundo, asintió con la cabeza, sus ojos sin enfoque.
—… Sí.
El puño de Rudville, que observaba la escena, tembló, blanco de furia. Incluso esa época pacífica a la que él nunca pudo llegar, para Odelli era otro tipo de laboratorio. La niña que conoció sólo después de que su cuerpo estuviera destrozado, ya tenía al menos la mitad de su alma mutilada por ese anciano. Rudville apenas pudo contener el impulso de extender la mano dentro del espejo de agua y retorcer el cuello de ese viejo allí mismo. Aunque todo había terminado, una amarga desolación oprimió su pecho con fuerza.
Se escuchó el sonido del sacerdote saliendo y la puerta cerrándose con llave. Odelli, mirando el cielo tras los barrotes de la ventana, murmuró en voz baja.
—… ¿Por qué todos los héroes mueren solos?.
—Yo no necesito ser una heroína, sólo desearía que papá me abrazara una vez.
La niña estaba sola. Cada noche, leer los cuentos sobre Rudville y proyectar su propia situación en la figura solitaria de ese héroe era su única tarea. Así, la niña que esperaba el calor de alguien, aprendió primero a guardar silencio en lugar de pedir un abrazo. La espera se convirtió en resignación, y la historia del héroe que admiraba se transformó, sin darse cuenta, en una cruel realidad que estrangulaba el cuello de la niña.
Donde pasaron siete inviernos indiferentes, sólo quedó una joven que ya no soñaba con nada.
Dentro de un carruaje adornado con intrincados patrones dorados. Odelli, de trece años, estaba sentada con un semblante pálido como un fantasma. En sus delgadas muñecas, sobre las vendas, se vislumbraban las rojas cicatrices de forzar su poder de purificación y las oscuras heridas que parecía haberse infligido ella misma al no poder soportar el dolor.
—Princesa imperial, mire por la ventana. Esos campos verdes y esa aldea pacífica.
El falso sacerdote sentado a su lado, con una sonrisa benevolente, susurró en voz baja, como si manejara una frágil pieza de cristalería.
—Gracias a las lágrimas que usted derrama en el altar de la purificación, ellos pueden sonreír. Su sacrificio es una sublime elección por un mundo tan hermoso. Así que nunca más… debe hacer intentos tan necios.
La voz del sacerdote era amorosa, pero en su interior latía una terrible amenaza. Para volver a adoctrinar a Odelli, cuyo espíritu se había quebrado, la familia le mostraba, bajo el nombre de una peregrinación, el mundo que debía proteger. Las calles de la capital, administradas meticulosamente por la familia imperial, eran extremadamente amables y tranquilas. Pero la obra perfectamente orquestada se desmoronó cuando el carruaje, tomando un atajo, entró en una ruta inesperada. Cerca de un lugar de ejecuciones, escondido tras los jardines floridos, donde vibraban los olores de excrementos y sangre.
—Tss, el cochero tomó el camino equivocado. Princesa imperial, no necesita ver una visión tan desagradable, cierre los ojos.
El sacerdote, con desagrado, intentó cerrar la ventana, pero Odelli, atónita, observó aquello atado a la picota. Eso se parecía más a un amasijo de carne teñido de rojo… que a una persona. Su cuerpo estaba desgarrado por latigazos y golpes, su cara tan hinchada que apenas podía abrir los ojos. Ni siquiera se distinguían sus rasgos, porque el cabello, empapado en sangre y suciedad, cubría la mayor parte de su rostro. La niña, cuyo deseo de vivir se había quebrado, sintió una extraña afinidad con el niño esclavo, destrozado más miserablemente que ella, esperando la muerte. Con voz temblorosa, Odelli dijo:
—Sacerdote… quiero llevarme… a ese niño.

RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD