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Capítulo 220

—…

Rudville pareció quedarse sin palabras. El calor que le subía por la nuca tiñó de rojo sus pálidas mejillas. Era una imagen terriblemente humana y juvenil, que no encajaba con la del trascendente que una vez miró al mundo como un dios.

Odelli no pudo contenerse y al final soltó una gran carcajada.

—A veces eres tan adorable…

—…

Pero esa timidez fue fugaz. Mientras saboreaba el delicado tacto de sus dedos acariciando la curva de su oreja, las pupilas de Rudville se contrajeron con extrema rapidez. Su respiración, enronquecida por contener el deseo, resonaba cada vez más fuerte en el dormitorio, sumido en un silencio absoluto.

—…¿Lo dices en serio?

La declaración de tener un hijo le abrió a la fuerza un cajón en su mente. La noche en que la luz de la chimenea iluminaba la habitación con un brillo especialmente cegador. La frase que Odelli, aún con visible aspecto enfermizo, sacó con cuidado mientras abrazaba sus propias rodillas:

—…Me gustaría tener un hijo. Me gustaría que fuera tan afectuoso como tú… Quisiera darle todo el amor que yo no recibí.

En aquel entonces, Rudville no había podido decir nada. Solo la abrazó como si fuera un pétalo a punto de deshacerse.

—Cuando estés completamente recuperada. Cuando no sufras como ahora, cuando puedas sonreír cada día. No será tarde para tenerlo entonces.

Aunque respondió así, por dentro Rudville se consumía en negras llamas. Porque sabía mejor que nadie que ese futuro quizás nunca llegaría, no, que definitivamente no llegaría. Incluso si la vida de Odelli se prolongaba milagrosamente, un cuerpo una vez quebrantado jamás podría recuperarse por completo. Hacer que un cuerpo que apenas soportaba su propio tacto tuviera un hijo no era diferente que empujarla de nuevo hacia la muerte. Como no quería perderla, Rudville terminó por poner cerrojo y candado a su propio deseo.

Pero…

Su rostro, sonriendo entre dientes mientras imaginaba una hija que se pareciera a él y un hijo que se pareciera a ella. Un recuerdo precioso como un tesoro que deseaba atesorar más que ningún otro momento, pero al mismo tiempo, una triste ilusión que parecía no cumplirse nunca.

Y sin embargo, ahora…

—Sí, lo digo en serio.

Esa ilusión tomaba forma, estaba ante sus ojos. Era diferente a cuando hablaba de la desesperanza llamada “algún día”. Entonces, ese “algún día” significaba una despedida y un final por venir, pero el futuro que Odelli le ofrecía ahora era tan vívido como el calor que tocaba su mejilla.

La voz de Rudville tembló miserablemente.

—Pero, ¿cómo podría no pensar que este momento es un sueño?

Era una realidad más onírica que un sueño. La felicidad común y corriente que nunca le había sido permitida en su vida, como un licor fuerte servido hasta desbordar, estaba aturdiento su mente. Un futuro real, permitido por primera vez en su vida. Ante esa enorme bendición, Rudville se entregó gustoso a la impotencia.

—…Y quizás, quien deba tener paciencia no seas tú.

Entonces, Odelli soltó de repente una idea atrevida.

—Quizás sea yo quien deba tener paciencia contigo. Podría ser que quien se canse y caiga primero no sea yo, sino tú.

—…?

Fue en el instante en que Rudville levantó la cabeza con expresión atónita. Odelli agarró el cuello de su camisa y tiró de él con fuerza hacia sí. El equilibrio de fuerzas se rompió. El gran cuerpo de Rudville fue arrastrado sin resistencia por su mano decidida. A una distancia tan cercana que sus narices casi se tocaban. Odelli miró fijamente sus pupilas púrpuras agitadas por el desconcierto y relajó las comisuras de sus labios en una sonrisa.

—Creo que ahora entiendo un poco por qué te comportaste de manera tan temeraria todo este tiempo.

—…Odelli.

—Básicamente, necesitabas un desahogo para esa energía incontrolable y desbordante, ¿no es así?

Los dedos de Odelli bajaron poco a poco y se introdujeron en el interior de la camisa, firmemente cerrada. En el instante en que sus yemas frescas tocaron su piel, la nuez de Rudville se agitó violentamente. El poder abrumador que había torcido sin miramientos las leyes de causalidad, ahora vagaba perdido ante sus palabras provocativas.

—Revolcarte en el campo de batalla, trastornar el mundo, quebrantar tabúes… Todo porque te sobraba fuerza, ¿verdad? Porque no tenías dónde verter ese aliento ardiente de dragón que hay en ti.

Por supuesto que lo sabía. Que Rudville había gateado desesperadamente a través del fuego del infierno durante miles de vidas para resucitarla a ella. Cómo iba a ignorar el peso de esa soledad y esa pérdida, insoportable para una mente humana, el dolor desgarrador que había soportado solo por la determinación de salvar a Odelli.

—Pero por muy abrumadora que fuera la tristeza de perder a su esposa, ¿cómo podría un humano común repetir algo así miles de veces?

Al final, lo que lo hizo actuar con tal temeridad y obstinación fue gracias al alma de dragón que habitaba en su interior. Y también gracias al cuerpo innato en el que nació, capaz de contener el grado de esa alma.

En cualquier caso, lo que Odelli quería decir era esto:

—Ahora, en lugar de malgastar esa fuerza en lugares inapropiados, úsala solo conmigo.

Como si quisiera sentir directamente los latidos de su corazón, Odelli apoyó su palma contra su firme pecho.

BUM, BUM.

Los latidos que transmitía su palma eran ardientes e intensos, como si fueran a estallar en cualquier momento.

—En esta vida, yo los recibiré todos.

Instantáneamente, la mirada de Rudville se volvió incandescente. Sus labios quedaron grabados con fuerza en su visión, nublada por la perplejidad.

—…

Un gemido apretado se filtró entre los dientes de Rudville. Él también, con su excelente oído, estaba escuchando el corazón de Odelli. No eran latidos débiles, a punto de detenerse, sino pulsaciones fuertes y ardientes como el acero. Latían como tentándolo a que la tomara, a que consumara esta unión eterna.

Ya no contuvo más. Empujó a Odelli hacia atrás sobre la cama y su cabello plateado se esparció sobre las sábanas como un río de estrellas deslumbrante.

—Entonces demuéstramelo. Hasta dónde puede ese corazón recibirme.

Cuando su gran envergadura bloqueó por completo su campo de visión, su mundo se volvió enteramente Rudville. No había rastro de la protección obsesiva ni de las consideraciones gentiles de siempre. Solo una implacable invasión, como si declarara su territorio en cada lugar donde su aliento llegaba. Como si, una vez que esta noche pasara, nada quedaría en ese cuerpo excepto su propia huella.

Odelli aceptó gustosa ese peso arrollador y salvaje que podía destrozarla. No, mientras abrazaba su espalda con más fuerza, como dando la bienvenida a ese deseo posesivo, lo guió profundamente dentro de sí. Solo el latido de dos corazones, enredados como uno, resonando como a punto de estallar, llenó la oscuridad. Como si intentara quemar de una vez todas las vidas pasadas, los escombros de aquella terrible pérdida.

* * *

El Gran Ducado de Exion estaba más ajetreado de lo habitual. Rudville estampó su sello en el último montón de documentos apilados como una montaña y los dejó caer. Gracias a ello, durante los últimos tres días había atendido los asuntos de gobierno sin descanso, día y noche. En cada frontera del territorio surgió una enorme barrera impregnada de su energía, completándose una fortaleza impenetrable que nadie podía cruzar sin la orden del Gran Duque.

Además, la reorganización de todo el sistema administrativo y militar del dominio, la suplementación financiera, e incluso las purgas para cortar de raíz cualquier posible rebelión… Había establecido un marco para que esta tierra funcionara sin él durante los próximos cincuenta años.

Por supuesto, de manera superficial.

—Con esto termina.

—¡¡Pero no puede terminar así, a medias!! ¡Incluso habiendo delegado plena autoridad en los ministros, si quien tiene el poder de decisión final sobre los grandes y pequeños asuntos del territorio abandona su puesto…!

Edwin gritó abrazando un fajo de documentos. Pero Rudville ni siquiera lo escuchó por el rabillo del oreja, mientras se ponía el ligero abrigo de viaje que Odelli misma había escogido y se miraba al espejo. Solo había una razón por la que este hombre, que nunca en su vida se había preocupado por su apariencia, se alisaba la ropa y se arreglaba el cabello: porque a Odelli le gustaba su pulcro cabello rubio y lustroso. Concentraba todos sus sentidos en ser querido por su esposa.

—Ya les he entregado incluso el presupuesto y el plan de defensa para cinco años. ¿Qué más necesitan?

—¡A Su Señoría! ¡Necesitamos a Su Señoría!

—Creo que ustedes sabrán manejarlo bien por su cuenta.

¡No es que lo crea, sino que le da igual lo que pase! Edwin tragó con dificultad un grito que le subía hasta la garganta.

—Si es muy difícil, pídeselo a los vasallos.

—¡Ja! ¿Y esos hienas me ayudarían? ¡Con suerte no intentarán apoderarse del título de Gran Duque aprovechando que Su Alteza abandona su puesto!

—No tendrán más remedio que ayudar. Si albergan otras intenciones o dejan la pluma, sentirán opresión en el pecho, y si intentan dormir, verán montones de documentos ante sus ojos.

—…¿Eh?

Edwin, que iba a preguntar qué significaba eso, tardó un latido en darse cuenta. Un escalofrío espeluznante le recorrió la espina dorsal.

—No… ¿acaso… también les ha impuesto el “Lenguaje del Dragón” a los vasallos?

—Solo una pequeña restricción. Muy generosa por mi parte.

El mundo llama a eso una maldición. La terrible maldición de la diligencia y la rectitud. A partir de ahora, los nobles del Gran Ducado, ni pensar en traición, sino que incluso cuando intenten dormir, el deseo de trabajar dominará sus cerebros. Todo para el retiro anticipado y perfecto de Su Alteza el Gran Duque.

—…Que tenga un buen viaje.

Edwin inclinó la cabeza con expresión de resignación. Decidió estar agradecido, al menos, de que él fuera (¿?) amable con los jefes de familia. Después de todo, no les había impuesto la maldición laboral. Mientras rogaba por el descanso de los vasallos que serían explotados para el cómodo retiro de su señor, Edwin despidió la espalda de Rudville, que se alejaba.



RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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