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Capítulo 217

Aunque la distancia en línea recta era considerable, al estar en un terreno elevado, la vista de la mansión se abarcaba de un solo vistazo.

La lujosa casa principal, los jardines bien cuidados, y detrás de ellos… la casa de invitados.

«…El laboratorio subterráneo.»

La mirada de Odelli se detuvo en el terreno, disfrazado a simple vista como un jardín común, junto a la casa de invitados.

La prisión donde ella había pasado su vida encerrada estaba en el sótano de aquella lujosa mansión, en un frío subterráneo donde no entraba ni un rayo de sol.

Pero, por supuesto, era imposible que se viera el laboratorio subterráneo donde Odelli había estado cautiva.

«No puede ser…»

Odelli levantó lentamente la cabeza y miró a Rudville, quien estaba a su lado.

Él, apoyado de forma desgarbada en la barandilla, jugueteaba en silencio con una botella de cerveza.

Al ver ese perfil indiferente, las palabras que él había dicho antes cruzaron por su mente.

—En mis tiempos de mercenario, cuando tenía la cabeza complicada, venía aquí a sentarme y a beber cerveza.

No había venido porque tuviera la cabeza complicada.

Había venido porque quería verla.

Desde su humilde condición de mercenario sin posesiones, no podía atreverse a cruzar los altos muros de la casa ducal.

Solo podía subir al punto más alto y contemplar sin cesar la mansión donde ella estaría respirando.

Un dolor punzante le recorrió una parte del pecho.

Pasó la yema de los dedos por los ladrillos de la barandilla, desgastados y ásperos.

¿Cuántas noches habría pasado él sentado aquí solo?

Bajo la lluvia o la nieve, con la mirada fija en aquella pequeña ventana que se veía a lo lejos.

«¿En qué estaría pensando?»

¿Estaría reprimiendo cada vez, con alcohol, el impulso de correr, derribar aquel muro y sacarla de allí?

—…No debías ver nada —murmuró Odelli en voz baja—. Yo estaba bajo tierra. En un lugar sin ventanas.

Ni siquiera habría podido ver su sombra.

Porque ella estaba encerrada tras rejas, bajo ese montón de tierra.

Entonces, Rudville sonrió con una risa burlona y bebió un trago de cerveza.

—Sí. Por eso pensé que me volvería loco.

Su voz era plana.

—Estás ahí, seguro. Bajo esa tierra, respirando, sufriendo…

Su mirada se clavó con insistencia en el jardín de la mansión ducal, hacia el laboratorio subterráneo enterrado bajo él.

—…pero a mis ojos solo se veía ese techo lujoso.

Todas las noches subía aquí, bebía trago tras trago mientras miraba hacia abajo, a esa mansión que era como una tumba donde ella yacía enterrada.

Por si acaso se filtraba un grito desde el subsuelo, o por si alguien sacaba arrastrando su cuerpo sin vida de la mansión.

Imaginándose un terror invisible, pasaba las noches en vela.

«…Así era.»

Su espera no había terminado después de que ella renaciera como humana.

Después de eso, incluso habiendo perdido todos sus recuerdos, él, por instinto, habría estado rondando a su lado, protegiéndola.

¿Cuántas noches habría pasado sentado aquí solo, sufriendo al imaginar lo que había bajo esa tierra?

Parecía sentir en las yemas de los dedos su desesperación, mientras se reprochaba su impotencia y apretaba con fuerza estos ladrillos.

—…Ya no tienes que mirar —dijo Odelli, tomando la mano de Rudville.

Mientras transmitía un calor reconfortante entre sus ya fríos dedos, ella habló con firmeza.

—Estoy aquí, ¿ves? No bajo tierra, sino a tu lado.

Solo entonces la mirada de Rudville, que se había quedado rígidamente fija en la mansión, se trasladó lentamente hacia Odelli.

Su plateado cabello, vívido incluso en la oscuridad, sus ojos azules llenos de vida.

Él, como hechizado, extendió la mano y acarició su mejilla.

—…Es cierto —suspiró con alivio y apoyó la frente en el hombro de Odelli—. Ahora por fin puedo verte bien.

Su espera había sido larga, desgarradora, y finalmente había llegado a su fin.

—Ahora que estoy contigo, llamaré a esa espera ‘recuerdos’.

—…

Pero Odelli no podía sonreír.

Porque su soledad, el peso de ese amor tan profundo, la inundó como una ola, empapando su corazón.

* * *

Tras disfrutar un buen rato del paisaje nocturno, los dos bajaron de nuevo a tierra.

El fervor del festival había llegado a su punto culminante.

El olor a alcohol y sudor, y la euforia de la gente excitada llenaban las calles.

Justo cuando salían de un callejón estrecho…

—Ooh, ¿qué hace una flor tan hermosa brotando en un lugar tan sórdido?

—…

Unos hombres, tambaleándose por la borrachera, bloquearon el paso de Odelli.

Pupilas dilatadas, miradas lascivas que la recorrían descaradamente.

Esto… ¿qué era si no una patética escoria de tercera categoría, sacada de un guión barato?

«…Aquí están, los verdaderos gamberros.»

El entrecejo de Odelli se frunció levemente.

Se arrepintió de haber llamado ‘gamberro’ a Rudville para ocultar su vergüenza.

El estado de los ‘auténticos’ que tenía delante era demasiado lamentable.

—Oye, amigo. No te lo guardes solo para ti…

En el instante en que uno de los hombres, con una sonrisa burlona, intentaba extender la mano hacia el hombro de Odelli, el aire del callejón se volvió pesado como plomo en un abrir y cerrar de ojos.

Odelli sintió cómo los músculos de Rudville, a su lado, se tensaban rígidamente.

—…

Él no dijo nada.

Solo inclinó lentamente su enorme complexión y miró hacia abajo al hombre.

Pero en ese breve silencio, una sombra negra se agitó de forma extraña y se enroscó alrededor de los tobillos de los hombres.

Sus ojos, antes violetas, se tiñeron de negro en un instante, como un abismo de oscuridad total.

[Desaparezcan.]

El color desapareció al instante del rostro de los hombres.

Porque estaban enfrentando directamente el aura letal que emanaba un depredador superior.

—¡Ji, jiii! ¡S-sálvanos…!

Los hombres huyeron arrastrándose por el suelo, sin siquiera poder gritar adecuadamente.

En un instante, el callejón quedó vacío.

Pero el aura letal de Rudville no cedía.

Sus ojos, que aún miraban fijamente hacia donde habían desaparecido los hombres, parecían dispuestos a perseguirlos y desgarrar sus nucas allí mismo.

—Rudville.

Odelli le agarró el brazo.

Los músculos, endurecidos como piedra, se estremecieron ante su contacto.

—Basta.

—…

—Tus ojos han vuelto. Relájate.

Ella deslizó su mano entre los dedos de él y entrelazó sus manos.

Al hacer contacto con su calor corporal, el color violeta regresó lentamente a sus ojos.

Él, respirando entrecortadamente, la atrajo con fuerza hacia su pecho.

—…Me dan asco —refregó su mejilla contra la de Odelli, de forma obsesiva y desesperada, como si quisiera cubrirla por completo con su olor.

…Esto no era propio ni de una bestia.

—No te comportes como un gato.

—Me provoca náuseas incluso que las miradas de otros toquen tu cuerpo.

Odelli pasó su mano por su espalda y la acarició lentamente.

—Celos que valgan la pena, sí. Yo tengo un gusto exquisito. Esos ni siquiera me parecen humanos.

—…Lo sé. Lo sé, pero…

Rudville apretó con más fuerza el brazo que rodeaba su cintura.

Como si quisiera envolverla por completo dentro de su abrigo, aislándola de todas las miradas del mundo.

Rudville soltó una risa burlona, como de autodesprecio.

A él mismo le parecía ridículo.

Que el dragón que una vez tuvo el poder de destruir el mundo, desprendiera aura letal por unos simples borrachos pasajeros y mostrara un deseo de posesión tan infantil.

—El instinto humano es más difícil de controlar de lo que pensaba —murmuró como quejándose, pero su mano entrelazada apretaba la de ella con fuerza, hasta hacerle daño.

El sonido estridente de la música, las risas de la gente y el pulso que sentía a través de sus palmas.

De repente, Rudville miró hacia abajo, a la pequeña mano de ella que tenía en la suya.

«…Está caliente.»

En ese instante, un recuerdo de hace 850 años cruzó por su mente.

El frío campo nevado. El dolor de las lanzas de hueso clavadas en su cuerpo. Su corazón, congelándose lentamente.

En su lecho de muerte, hubo una oración que suplicó con tanta desesperación.

«Dios mío. Si hay una próxima vida…»

«Permíteme vivir una vida ordinaria, en la que pueda caminar tomando su mano.»

No necesitaba la autoridad de una deidad, ni el poder para dominar el mundo.

Solo soñaba con sentir un calor trivial y común, y con quejarse de nimiedades como los celos en una vida cotidiana insignificante.

—…¿Ru?

Odelli lo llamó, extrañada, al ver que se había detenido de repente.

Solo entonces Rudville se dio cuenta.

Que estos sentimientos mezquinos y triviales que ahora sentía eran la prueba de la ‘vida’ que tanto había anhelado.

No podía contener la emoción que lo inundaba.

Allí, en medio de la calle, presionó sus labios con fuerza contra su frente.

La luz de las farolas brilló sobre sus párpados cerrados.

—…Es un milagro.

—¿Eh?

—Que yo sienta celos.

—…Qué tontería.

Odelli se rió como si le pareciera absurdo, pero Rudville no sonrió.

Frotó su mejilla contra el dorso de su mano y respiró hondo.

—El milagro que tanto deseaba… era precisamente esto.

No era nada grandioso.

Que tú estés a mi lado, que caminemos juntos, que yo tiemble pensando que otro macho podría arrebatarme tu presencia… en este momento insignificante.

No podía haber un milagro más perfecto.

—Odelli —la llamó por su nombre—. Ahora que lo pienso, ¿alguna vez hemos tenido una boda como es debido?



RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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