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Capítulo 214

—Debo remover toda la tierra del jardín y colocar mármol.

—Por favor, cálmate. ¿Acaso no te he dicho que ahora estoy realmente fuerte?

Odelli le dio una palmada en el hombro, pero Rudville ni siquiera parpadeó. Al contrario, apretó con más fuerza el brazo que la rodeaba y susurró:

—Quédate quieta en mis brazos. No pienso dejarte caminar por este terreno tan áspero.

—¿…Entonces me llevarás en brazos para siempre?

—No suena mal.

Él sonrió entre dientes y continuó caminando con paso firme. Su abrazo era tan estable que no había la más mínima sacudida. Aunque sentía las miradas furtivas de los sirvientes que pasaban, Rudville las ignoró como si le parecieran una molestia.

«Aunque entiendo que el pánico por casi perderme fue enorme, si seguimos así, parece que mis pies nunca tocarán el suelo.»

«Esto no puede continuar.»

La mirada de Odelli cambió. Un perro feroz necesita ser envuelto en amor, pero a veces también requiere un freno claro.

—Rudville.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes incómoda?

—Bájame.

—No quiero.

—Si no me bajas cuando cuente hasta tres, dormiremos en habitaciones separadas esta noche.

—…

Ante la palabra habitaciones separadas, los pasos de Rudville se detuvieron en seco. La miró con ojos que transmitían incredulidad y una sensación de traición, como si Odelli hubiera hecho una amenaza de asesinato.

—¿Cómo puedes decir algo así…?

—¿Es una amenaza?

—Sí. Es una amenaza. Uno…

—…

—Dos.

Rudville dejó escapar un profundo suspiro y, con expresión de disgusto, la bajó lentamente. Odelli se arregló la ropa arrugada y señaló un banco cercano.

—Siéntate.

—¿…Qué?

—Siéntate en ese banco y cálmate un poco. No te muevas de ahí hasta que yo te lo diga.

Rudville se sentó con las piernas cruzadas y apoyó la barbilla en una mano. Aunque ponía una expresión de profundo descontento, no parecía tener la más mínima intención de desobedecer su orden. Simplemente la seguía con una mirada lánguida, enviándole una mirada pegajosa que parecía decir: «Esta noche te veré en la cama».

Un momento después, cuando regresaron al castillo después de pasear.

—¿A dónde vas?

—A bañarme.

Cuando Odelli se dirigió al baño para asearse, Rudville la siguió como una sombra.

—…

Odelli se detuvo frente a la puerta del baño y se volvió. Rudville también se detuvo.

—Bañémonos juntos.

Su tono era tan natural, como si fuera lo más obvio. Mientras él desabrochaba con naturalidad los botones de su camisa, Odelli lo detuvo, agarró el pomo de la puerta y negó con la cabeza.

—No, me bañaré sola.

—¿Por qué? Ayer nos bañamos juntos.

—Hoy quiero relajarme a solas.

—Entonces, déjame bañarte.

Rudville intentó meter su larga pierna por la rendija de la puerta del baño. Esa ansiedad por la separación, que no quería estar ni un segundo apartado. Odelli sintió que necesitaba un poco de corrección, así que puso una expresión estricta y se interpuso.

—Ru.

—…

—Espera.

Con esa única palabra, el cuerpo de Rudville, que intentaba entrar, se detuvo en seco.

—Quédate quieto aquí frente a la puerta. No te muevas hasta que yo salga.

—…Ja.

Rudville soltó una risa burlona como si estuviera exasperado. Pero al ver la mirada decidida de Odelli, que no parecía dispuesta a ceder, se apoyó contra la pared con una actitud de resignación.

—Está bien. Pero a cambio…

Se inclinó y susurró en voz baja cerca del oído de Odelli:

—Por esperar, tendrás que darme una recompense adecuada.

Odelli no respondió y cerró la puerta rápidamente.

CLIC.

El sonido del pestillo al girar sonó implacable.

Rudville contempló la puerta firmemente cerrada por un momento, luego se apoyó contra la pared del pasillo. Metió las manos en los bolsillos y prestó atención al sonido del agua que se filtraba por la puerta, como una bestia feroz guardando su guarida mientras espera a que su dueño salga.

Aunque parecía aburrido, su mirada brillaba con una persistencia y peligrosidad que parecía poder atravesar el pomo de la puerta.

—Su Alteza… ¿qué hace aquí?

Edwin, que pasaba por ahí, presenció la escena peculiar y preguntó con cautela. Su señor, quien recientemente había sumido al imperio en el terror ganándose el apodo de Dios de la Muerte Negro, ahora hacía de guardián de la puerta de un baño.

Sin levantar la cabeza, Rudville respondió con indiferencia:

—¿No lo ves? Estoy esperando.

—…

—Mi mundo entero se está bañando ahí dentro.

Señaló la puerta cerrada con la barbilla y sonrió entre dientes. Su sonrisa parecía serena. Sorprendentemente.

Edwin se quedó sin palabras por un momento. Era una expresión que nunca antes había visto. El aura amenazante que parecía un barril de pólvora a punto de estallar, la locura que quería destruir el mundo, habían desaparecido sin dejar rastro. En su lugar, solo quedaba una obsesión pesada y estabilizada, anhelando únicamente a la mujer detrás de esa puerta.

«…Al fin ha terminado.»

Edwin sintió un nudo en el pecho. Su señor siempre había parecido inseguro, como si estuviera al borde del precipicio. Pero ahora, por fin, tenía el rostro de un hombre que había encontrado tierra firme donde pisar. La lluvia y el viento ensangrentado se habían disipado, y al fin una verdadera calma había llegado a este castillo.

Con respeto y alivio, Edwin miró la puerta cerrada del baño.

«Al fin… te has convertido en un perro grande perfectamente domesticado.»

El Gran Ducado estaba recuperando, a su manera, una vida cotidiana pacífica.

* * *

Rudville esperó con paciencia hasta que el sonido del agua que se filtraba por la puerta cesó. Finalmente, el ruido del agua se detuvo y la puerta se abrió.

—¿Terminaste?

Al ver a Odelli salir con el cabello mojado envuelto en una toalla, Rudville la alzó en brazos de inmediato.

—De alguna manera, siento que ha pasado mucho tiempo desde que caminé con mis propios pies.

—Tengo que secarme el pelo. Me voy a resfriar.

Rudville, que parecía no poder soportar más, ignoró su tranquila protesta y se dirigió al dormitorio. Sentó a Odelli al borde de la cama y, con manos hábiles, soltó la toalla y comenzó a secar su plateado cabello mojado. Sus dedos, que creaban una cálida brisa mágica para secar meticulosamente cada mechón, eran tan cuidadosos como plumas.

—…Ru.

—Sí.

—¿Debería cortarme un poco el cabello?

La mano de Rudville se detuvo por un momento.

—¿Cuánto?

Su voz tembló ligeramente. Para un hombre que valoraba cada hebra del cabello de Odelli, cortarlo era casi una blasfemia.

Odelli respondió con una sonrisa juguetona:

—Al rape.

—…

Al ver que él no respondía, Odelli señaló justo debajo de la oreja.

—Entonces, esta longitud.

—…

—Es una broma.

Rudville, que había guardado silencio con expresión grave, suspiró y tomó las puntas de su claro cabello para besarlas.

—Has aumentado tus bromas.

—En realidad, no es broma.

—Odelli…

Cuando él puso una expresión quejumbrosa como de cachorro, Odelli sonrió levemente y negó con la cabeza.

—En realidad, no quiero cortar el mío, sino el tuyo, Rudville.

—…¿El mío?

—Sí.

Odelli se levantó y señaló frente al tocador. En un instante, las posiciones se invirtieron. Rudville se acercó y se sentó sin oponer resistencia. La imagen de este hombre grande encorvado en una silla pequeña y baja, mirando hacia arriba a Odelli, era exactamente la de un perro feroz de gran tamaño.

Detrás de él, su descolorida melena rubia, acumulada en capas durante tres años, caía como una cascada. Aquella deslumbrante cabellera dorada que brillaba como oro fundido había crecido salvaje y larga, tanto como el tiempo que su dueño la había abandonado.

—Tu cabello está muy largo. ¿No te lo has cortado en tres años?

—No estaba en mi estado mental para hacerlo.

Rudville respondió como si no fuera gran cosa. En un mundo sin Odelli, cómo lucía él o si su cabello le llegaba a los pies no eran cuestiones importantes en lo más mínimo.

Odelli sacó unas tijeras de un cajón.

—Bueno, pero ¿realmente está bien que yo lo corte? No soy profesional…

Vacilando en el momento de cortar, Odelli sostuvo las tijeras y preguntó con cuidado. Entonces, él cerró los ojos.

—Si es cortado por las manos de Odelli, incluso si no fuera mi cabello sino mi cuello, estaría bien.

—Otra vez dices cosas aterradoras.

Odelli tomó un peine y comenzó a desenredar su enmarañada melena. Era evidente cuán descuidado había estado su cuidado, ya que cada vez que el peine se atascaba en el cabello áspero, la cabeza de Rudville se sacudía hacia atrás.

«…Parece un perro abandonado.»

Pensó para sí misma.



RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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