Capítulo 197
La mirada de Rudville se detuvo apenas un instante en Odelli, a quien sostenía entre sus brazos.
Era una mirada llena de ternura y cuidado, como si sostuviera el tesoro más preciado del mundo.
Pero en el momento en que volvió a alzar la vista para enfrentar al Duque…
Aquella calidez se evaporó como una ilusión, y solo quedó una intención asesina más fría que el mismo infierno.
Ya no dudaba.
Una vez decidido a no escatimar medios, los humanos que tenía delante no eran más que combustible viviente para devolverle la vida a Odelli.
Además, él tenía experiencia.
«¿Habrá sido la vida número tres mil doscientos…?»
El recuerdo borroso de haber destruido el mundo entero, de haber llamado su nombre sobre un mar de cenizas, cruzó fugazmente su mente.
No importaba cuál había sido el precio entonces, ni cuán atroz fue el final.
Estaba dispuesto a repetirlo.
La gema del retorno se había hecho añicos y esta era una vida sin marcha atrás.
Eso no importaba.
Lo único que importaba era que ella abriera los ojos.
Y para lograrlo, aunque tuviera que triturar a estos humanos miles de veces, no sería suficiente.
—No son culpables.
—¡S-sí! ¡Eso es! ¡Yo… yo ya he pagado lo suficiente…!
—Son combustible.
Rudville chasqueó los dedos.
¡CRACK!
El cuerpo del Duque fue levantado en el aire, como si una mano invisible le estrangulara el cuello, y quedó suspendido fuera de la ventana.
El cuerpo de Rudville, portador del alma del dragón, emanaba una presión abrumadora incluso después de tres años de autodestrucción.
Sobre sus robustos brazos, mientras blandía magia antigua, venas negras se retorcían como serpientes venenosas.
Los parientes lejanos, los magos y los investigadores que habían sido criados en el calabozo alimentándose de su magia fueron arrastrados hacia él como si fueran atraídos por un imán.
Decenas de personas gritaban mientras eran absorbidas hacia su alrededor.
—¡Khk…! ¡P-por favor…!
El Duque forcejeaba desesperado en el aire.
Rudville lo observaba con una mirada seca e indiferente.
—Son parásitos que echaron raíces en el cadáver de un dragón y sobrevivieron chupando su sangre. No creo que sus almas tengan valor alguno…
Lo recorrió con la mirada.
—Pero si los exprimo bien, algo saldrá. Después de alimentarlos con mi poder durante tres años, al menos servirán como combustible decente.
Si ni siquiera servían como abono, al menos obtendría algo a cambio del tiempo y la vida que habían devorado de Odelli.
Rudville cerró el puño en el aire.
Al instante, la presión alrededor del cuello del Duque aumentó.
—No te sientas agraviado. Si el huésped muere, es natural que el parásito arda con él.
Rudville golpeó el suelo.
Un torrente de energía oscura, espesa como sangre, se extendió por el jardín descuidado, cubierto de maleza tras tres años de abandono.
Se formaron complejos círculos geométricos y el aire comenzó a retorcerse con un chillido antinatural.
Traspasar la frontera entre pasado y futuro era un poder reservado únicamente a los dioses.
Lo máximo que un humano podía hacer era forzar una grieta y dejar escapar su voluntad a través de ella.
En el momento en que un cuerpo humano vivo cruzaba esa frontera, la ley de la causalidad lo borraba sin excepción.
Ese era un principio absoluto.
Así que llegó a una conclusión demencial.
«Si no hay llave… entonces basta con prenderle fuego a la puerta y quemarla.»
Su plan era elevar por completo las coordenadas de este espacio y hacerlas colisionar de frente con las coordenadas del pasado donde existía Odelli.
No era diferente a hacer chocar dos planetas de frente para desgarrar a la fuerza el muro entre dimensiones con la explosión resultante.
Por supuesto, el precio era atroz.
El calor generado en el impacto era tan descomunal que incluso el alma del ejecutor quedaría reducida a cenizas en un instante.
Por eso necesitaba escudos de carne desechables.
Cuerpos que ardieran en su lugar y absorbieran el terrible retroceso y la energía del desgarro dimensional.
Rudville observó a la familia del Duque, paralizada por el terror, y sonrió con frialdad.
—La puerta está dura… necesitará bastante aceite para abrirse.
Con un leve gesto de su mano, el espacio comenzó a distorsionarse.
—Así que ardan ustedes. Conviértanse en antorchas que iluminen el camino oscuro por el que mi esposa regresará.
Por supuesto, existía la posibilidad de que, como efecto secundario, el mundo entero ardiera y desapareciera para siempre.
Pero en los ojos de Rudville no había ni una pizca de vacilación.
—¡Aaah! ¡Mi cuerpo… mi cuerpo!
—¡Quema! ¡Aaaah!
Cuando el círculo de transmutación se activó, una energía roja comenzó a desgarrarse de los cuerpos suspendidos, como hilos arrancados a la fuerza.
No era solo fuerza vital lo que se extraía.
Era el alma misma, destinada al más allá, siendo quemada como combustible.
Un borrado absoluto de la existencia.
El dolor no podía compararse al de la carne ardiendo; era un sufrimiento que raspaba directamente el fondo del alma.
—No es suficiente.
Ni siquiera tras tres años de preparación, la barrera dimensional mostraba señales de ceder.
Los descendientes de los Cardel yacían ya en el suelo, secos como leña consumida.
—…¿Ni siquiera estas almas podridas sirven para algo?
Su mirada se desvió más allá de la mansión.
Más allá de la ciudad.
Más allá incluso del palacio imperial.
Se expandió hasta abarcar todo el imperio.
—Entonces… que arda todo.
En sus ojos violetas brilló una locura voraz, como la de una bestia hambrienta que ha fijado a su presa.
El círculo de transmutación se expandió violentamente.
En el centro de la tormenta de magia, su cabello dorado ondeaba como la melena de un león.
Las venas negras que sobresalían de su piel pálida demostraban que hacía tiempo había dejado de pertenecer al ámbito humano.
Un pilar rojo se alzó desde la mansión Cardel, atravesando el cielo.
Era como una lengua carmesí emergiendo de la garganta del mundo.
—Este es el precio por no haberla protegido.
El cielo se tiñó de rojo sangre.
La barrera dorada que una vez protegió al imperio se había desvanecido el día en que el poder de purificación desapareció.
Sin protección alguna, el cielo del imperio comenzó a abrirse, revelando el abismo prohibido más allá de las dimensiones.
La destrucción ya no era una posibilidad.
Era una certeza.
Y también el mayor funeral que Rudville podía ofrecerle al mundo.
—Ábrete.
Rudville alzó la mano.
Para arrancar la magia del imperio entero.
Para desgarrar las almas de todos los seres vivos.
En el instante en que cerrara el puño, las leyes del mundo colapsarían y la tierra quedaría reducida a un yermo sin alma.
—¡D-detente! ¡El mundo… el mundo va a desaparecer!
Un mago, cuyo espíritu ya estaba medio consumido, vomitó sangre mientras gritaba desesperado.
Pero Rudville lo miró como a un insecto y, sin más, besó la fría frente de Odelli mientras murmuraba:
Entre un mundo en el que Odelli no existe y la desaparición del mundo entero…
—¿Qué diferencia hay?
A su espalda, una sombra negra, capaz de devorar el mundo, cayó como una cascada interminable.
En medio de aquella oscuridad desesperada, él solo aferraba a Odelli.
—Despierta, Odelli. Por favor…
El precio de haber quebrantado el tabú estaba destruyendo su cuerpo desde dentro.
Incluso mientras sus vasos sanguíneos estallaban y sus huesos se hacían añicos bajo la presión aplastante de la causalidad, él no se detuvo.
Solo que su cuerpo, llevado más allá del límite, terminó expulsando lágrimas rojas.
PLOP… PLOP…
Su sangre caliente se derramó sobre la pálida mejilla de Odelli, extendiéndose como una flor carmesí.
Como si dejara sobre ella una marca grabada con sangre.
La mano de Rudville se cerró con fuerza.
Justo cuando iba a apretar el puño y cortar el aliento del mundo entero—
Uuung…
En medio de ese mundo devorado por el poder rojo, surgió una vibración distinta.
En el centro de la tormenta de destrucción y muerte, desde el pecho de Odelli, que yacía sin fuerzas entre sus brazos… comenzó a brotar una luz.
Una luz azul, tan clara y pura que dolía mirarla.
—……?
La mano de Rudville se detuvo en el aire.
En el lugar donde antaño el dragón había atravesado su corazón, en aquel abismo de desesperación abierto en su pecho, algo estaba naciendo.
Una presencia primigenia, inmensa, sagrada…
Desde el centro de aquella luz azul, algo empezó a tomar forma.
Era una gema.
La ‘gema del retorno’.
Rudville la reconoció al instante.

RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD