Capítulo 170
El altar subterráneo era un infierno donde el tiempo se había petrificado desde el instante en que ella cerró los ojos.
En medio de aquel infierno, Rudville se acercó al ataúd de cristal donde yacía Odelli, sosteniendo la gema.
Lo que él deseaba no era nigromancia cualquiera.
No quería resucitar un cadáver por la fuerza, sino a ella completa, su alma intacta, una resurrección verdadera.
—…Es hora de despertar, Odelli.
Su mirada, al observar a través del cristal el rostro dormido de ella, destilaba un amor obsesivo y enloquecido.
Al fin y al cabo, una gema creada con un cuerpo humano no podía revertir el tiempo de todo el mundo.
Pero si, al menos, podía revertir el tiempo de una sola persona, de Odelli, y borrar a la fuerza el resultado llamado muerte…
¡ZUUM…!
Al liberarse el poder de la gema, el tiempo se distorsionó.
La profunda herida que atravesaba el pecho de Odelli comenzó a cicatrizar rápidamente, como si el tiempo se rebobinara.
El color regresó a sus pálidas mejillas y su corazón detenido latió con un pum.
—…¡!
¿Había tenido éxito?
En el momento en que Mir contuvo la respiración…
CRIIIC…
Un espeluznante sonido de desgarro quebró el silencio.
La herida cicatrizada se abrió de nuevo como si nada, y el color que por un instante había regresado a su rostro se tornó cenizo.
Rudville apretó los dientes e intentó de nuevo.
Pero por muchas veces que lo repitiera, ella volvía a morir tras ser revivida, una y otra vez.
Se había convertido en una tortura sin fin, recreando una y otra vez con sus propias manos el momento de su muerte.
—…
Rudville se quedó inmóvil, con la mano temblorosa apoyada en el cristal.
La fría pared de cristal que no transmitía su calor.
Presionó la superficie hasta que sus yemas de dedos palidecieron, y luego deslizó la mano lentamente, como arrastrándola.
—…Al fin y al cabo, no funciona.
La sensación de pérdida, que no se mitigaba ni tras miles de repeticiones.
Se limpió el rostro con sus manos ensangrentadas y abrió los ojos, inyectados en rojo.
La desesperación era un lujo.
Si este método era erróneo… debía encontrar otra variable, aunque tuviera que desgastarse hasta los huesos.
Mientras activaba la gema, Rudville intentó también agarrar y bombear el corazón con su magia.
Forzó aire a los pulmones y quemó energía mágica en los vasos sanguíneos ya rígidos para hacer circular la sangre a la fuerza.
Pero ¿qué sentido tenía?
No podía revivir a una Odelli ya muerta.
Todos los medios físicos y mágicos chocaban contra la ley absoluta que era la muerte.
Porque la causalidad del mundo había fijado su muerte como un valor inmutable.
—Basta ya… lunático.
Ante la voz que llegó desde sus pies, las pupilas sin foco de Rudville giraron lentamente.
Mir, frotando su mejilla contra el ataúd de cristal que encerraba a Odelli, murmuró:
—Déjala ya en paz. La dueña… la dueña está sufriendo.
En el instante en que ese llanto resonó en la soledad del subterráneo, la mano de Rudville se detuvo en el aire.
Sus ojos inyectados en sangre atravesaron a Mir con la mirada.
—¿Dueña?
Esa palabra familiar resonó con especial fuerza hoy en sus oídos.
El término dueña que Mir usaba, desde el principio hasta ahora, solo se había dirigido a una persona: Odelli.
—¡Sí, deja de atormentar a la dueña y déjala ir en paz!
—Qué curioso.
Rudville inclinó lentamente la cabeza.
Como un estudioso frente a un nuevo problema, un frío raciocinio brilló en su mirada enloquecida.
—Tú dijiste con tus propias palabras que eras un secuaz del Dragón.
—…S… sí, lo dije.
—Entonces ¿por qué sigues llamando dueña a Odelli, que no es el Dragón?
Mir se quedó sin palabras por un momento.
Ni él mismo lo sabía.
Los fragmentos de sus recuerdos eran borrosos, como un espejo roto.
La mayor parte de los recuerdos de los miles de años que había vivido se habían esfumado.
Pero el instinto era más claro que la memoria.
Por alguna razón, esa mujer debía ser su dueña.
—No lo sé. ¡Ya te dije que no lo sé! ¡Simplemente es la dueña porque es la dueña! ¡No es ninguna confusión! ¡Mi alma lo recuerda así!
Mir gritó desesperado.
Esa respuesta simple e instintiva insufló una nueva posibilidad en la mente de Rudville.
«Un ser mágico que vivió milenios, al despertar del sello, llamó dueña a una simple humana como Odelli.»
Y, sobre todo…
Incluso el cadáver del Dragón resucitado por nigromancia, al verla, la llamó Della y se obsesionó con ella.
Al principio, juzgó que sería por la habilidad de purificación de Odelli o porque su apariencia se parecía a la amada del Dragón.
Pero ¿y si no era eso?
La era en la que los gatos servían al Dragón.
Ese pasado remotísimo.
«…¿Acaso el alma de Odelli está allí?»
Una risa hueca brotó de los labios de Rudville.
Quizás no fuera más que la ilusión de un loco delirante.
Pero recordó el momento en que el Dragón, ese maldito cadáver que ansiaba sin fin a Odelli llamándola Della, le atravesó el corazón y la mató.
¿Realmente la mató?
¿Y si no la mató para acabarla, sino que envió su alma al pasado remoto, a la era donde estaba su verdadero cuerpo?
Para poseer completamente su alma, a la que él creía firmemente que era Della, por cualquier medio…
La mirada de Rudville se dirigió al pecho de Odelli.
El lugar donde quedaba la enorme cicatriz atravesada por el golpe del Dragón.
Extendió la mano como en trance y posó su palma sobre la herida.
Cosas que antes, cegado por el dolor, no había visto, comenzaron a hacerse visibles ahora que recuperaba la fría razón.
—…Ja.
La comisura de Rudville se torció.
Los residuos de energía mágica que sentía en la punta de sus dedos no eran el aura de muerte que cercena la vida.
«Hay un rastro.»
El Dragón no intentó matarla.
Quedaba la huella de haber extraído solo su alma, matando su cuerpo físico, para luego enviarla a la fuerza a algún lugar.
«¿Se atrevió… con Odelli…?»
—No estaba… muerta.
Los ojos de Rudville se enrojecieron.
Se regocijó, como un creyente que al fin encuentra la luz de la salvación al final del infierno.
—No estabas aquí…
El Dragón se la llevó.
Entonces, el destino final solo podía ser uno.
Había sido secuestrada a un pasado muy lejano.
En el momento en que comprendió ese hecho, la impotencia desapareció del rostro de Rudville.
En su lugar, lo ocupó una demencia espeluznantemente serena.
Su obsesión, que había perseverado diez mil años con gusto por salvar a una persona, volvió a relucir.
—¿Qué clase de locura piensas hacer ahora? —preguntó Mir, erizando su pelaje.
Había percibido que las ondas de energía mágica vibrando en el aire no eran normales.
—¿Piensas forzar la apertura de una dimensión? ¡El viaje físico es imposible! Si lo haces, no solo tu cuerpo, ¡tu alma también se desgarrará y…!
—Lo sé.
Rudville, sin vacilar, barrió de la mesa al suelo toda clase de grimorios y libros prohibidos.
Los registros de un mes de desesperación, llenos de forcejeos infinitos por revivir a Odelli, rodaron inermes por el suelo.
Apretó con fuerza la gema de retorno, creada quemando un alma.
Aunque no era más que un sucedáneo que no alcanzaba el poder del original, esa tosca cristalización era el único hito que podía guiarlo hacia Odelli.
—Ábreme el camino.
Murmuró con una voz lúgubre que parecía rasgar los tímpanos, extendiendo la mano hacia el vacío.
ZUUUN…
La atmósfera vibró como si gritara.
Una energía mágica azulada que brotó de las yemas de Rudville desgarró violentamente el vacío.
No era una fórmula elaborada ni un sistema mágico cualquiera.
Era una violencia bruta y abrumadora: abrir un camino rompiendo a la fuerza el muro dimensional cerrado.
Rudville llevó su mano a la altura de su pecho izquierdo.
Y, sin el menor titubeo, clavó sus cinco dedos, perforando la piel y hundiéndolos con rudeza.
—Ug…
CRUNCH.
El sonido crudo de la caja torácica sólida rompiéndose resonó claramente.
Ni siquiera ante el dolor del desgarro de su carne su expresión cambió. Más bien, con una mirada intensamente brillante, fijó sus ojos en el vacío.
Este corazón había latido, a lo largo de miles de vidas, solo por Odelli.
Por lo tanto, sin duda encontraría sus coordenadas, dondequiera que estuviera, en otro tiempo y espacio.
«Odelli, ¿dónde estás?»
Robin: ASUUUUUUU

RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD