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Capítulo 168

Sus pupilas se estrecharon con frialdad.

Con ese simple y leve movimiento, el aire de toda la cueva se heló.

Una intención asesina, ineludible y palpable, oprimió su garganta.

El aura letal del dragón punzaba su piel, pero Odelli no pestañeó siquiera.

Al contrario, aprovechó aquella atmósfera mortal para abrir rápidamente la boca.

—Sin embargo…

[—…]

—Puedo ofrecerle un sabor mucho más profundo que simplemente asarlo.

Ella alzó el fragmento gris que había puesto a un lado.

Era el resto carbonizado de una criatura, chamuscada y secada varias veces por el aliento ardiente del dragón, comprimido por el calor hasta formar un bloque sólido.

—Esto también lo hizo usted.

[—…]

—Como tiene pocas impurezas y es estable ante cambios de temperatura, pensé que podría usarse como carbón para impartir aroma a la carne.

Y lentamente quemó el fragmento gris junto con hierbas secas.

Era, en pocas palabras, carne ahumada.

No pasó mucho antes de que el interior de la caverna se impregnara de un tenue humo.

El aroma dulce y ligeramente amargo que despedían las hierbas al quemarse se esparció por el aire.

Era un olor acogedor, no agresivo.

Cuando Odelli ensartó la carne de reptil que había preparado en un espetón y lo clavó en el soporte, la superficie de la carne comenzó a envolverse lentamente en el humo.

Ella ajustó meticulosamente la temperatura, apartando los fragmentos grises a un lado para que la llama no tocara directamente la carne.

—Se le impregna de humo.

[—¿…Im-pregnar?]

—Cuando se queman hierbas así, el aroma viaja con el humo y se filtra entre las fibras de la carne. Solo así se elimina el olor peculiar del reptil y se profundiza el sabor.

Continuó hablando en un tono bajo.

—Llevará tiempo, pero hay que tener paciencia y esperar. Si se aviva el fuego con prisas, solo se chamuscará por fuera y el aroma no impregnará el interior en absoluto.

Odelli terminó de hablar y se sentó con las rodillas recogidas.

Apoyó la barbilla con despreocupación y observó las chispas crepitantes.

Actuaba como si aquel lugar no fuera la guarida de un monstruo, sino como si estuviera frente a la chimenea de su propia casa.

[—…]

Un silencio pesado descendió sobre la cueva.

¿Cuánto tiempo habría pasado?

Mientras el humo grisáceo se elevaba y el aroma de las hierbas se intensificaba gradualmente, esa pequeña humana hasta parecía estar a punto de tararear una canción.

Asperilion la observó desde arriba, inmóvil.

Era exasperante.

«¿Acaso ahora yo estoy esperando a que un simple humano ase carne?»

[—……Es discordante.]

Este es su espacio, lleno solo de fría roca, hedor a putrefacción y muerte.

Y sin embargo, esa pequeña humana encendía fuego, desprendía aromas, cocinaba, y teñía este espacio a su antojo con sus propios colores.

Sentía como si su mundo solitario y perfecto, custodiado durante milenios, se derrumbara ante el sonido de aquel simple tarareo.

Fue en ese momento.

Una sensación extraña recorrió la espina dorsal de Asperilion.

[—¿…Qué fue eso?]

Era, sin lugar a dudas, escalofrío.

Él, un dragón, había sentido un estremecimiento al observar a ese humano pequeño y débil.

Era absurdo, no podía comprender la razón en absoluto, ni podía explicarla… pero…

Lo supo por instinto.

Debía matarla ahora.

No era por su actitud descarada. Tampoco por el irritante delito de haber usado su propio calor.

El instinto de un ser absoluto que había vivido milenios enviaba una advertencia, más rápida que su razón.

«Si dejo con vida a esa cosa, sin duda me arrepentiré.»

Ahora no es más que un insecto que solo sugiere cocinar algo.

Pero si empiezo a permitir cosas, una por una, atraído por esta ridícula curiosidad…

La siniestra intuición de que, al final, esta pequeña existencia derribaría el gran dique y sacudiría por completo el mundo que era el.

Era como un presagio de perdición.

[—……Está bien.]

Asperilion finalmente llegó a una conclusión.

Debía cortar este terrible brote ahora mismo.

Antes de que fuera demasiado tarde.

«Debería matarla.»

«Debí haberlo hecho antes.»

¿Por qué dudar ahora?

[—”¿Matarla?”, dices.]

Como si yo hubiera vacilado siquiera.

Sintió desdén hacia sí mismo por haber considerado, ni siquiera por un instante, otra opción.

Él, como siempre había hecho, cortó sin piedad ese tenue rastro de emoción.

La sombra negra se agitó y, simultáneamente, una garra gigante descendió implacable como un rayo.

¡KWAAAANG-!

Con un estruendo tremendo, la roca del suelo se hizo añicos.

Una nube de polvo se elevó como una explosión, y el pequeño cuerpo de Odelli debería haberse convertido en un charco de sangre.

Pero…

[—…]

Su pata no aplastó a Odelli.

Lo que se hizo añicos no fue ella, sino una roca justo a su lado.

La trayectoria de su garra se desvió por reflejo ante el objeto que invadió súbitamente su campo de visión justo antes del impacto.

—¡Ya está lista! —exclamó la pequeña humana, alzando de repente y con fuerza el espetón de carne ahumada hasta casi su nariz.

Como si ese trozo de carne fuera el único escudo capaz de detener su enorme intención asesina.

En el preciso instante en que el dragón atacaba, milagrosamente, la carne había quedado perfecta.

[—…]

Era una situación ridícula.

Habiendo levantado su pata con sincera intención de matar, lo que recibió a cambio no fue un contraataque, sino una invitación a comer.

Sin esquivar, sin gritar.

Pero esa locura, efectivamente, funcionó.

El profundo aroma de la carne ahumada y la pungencia de las hierbas se elevaron como una explosión, golpeando su olfato agudizado.

La razón le ordenaba claramente matar a ese pequeño ser.

Pero su cuerpo, hambriento durante milenios, su instinto primario, traicionó la voluntad de su dueño y puso un freno.

[—¿Por un simple aroma como este, yo…?]

Era vergonzoso.

Pero lo más terrible fue darse cuenta de que la siniestra premonición que acababa de sentir se estaba cumpliendo.

[—……No puedo controlarlo.]

Esta pequeña humana lo sabía instintivamente. Sabía qué debía ofrecer para sobrevivir.

Con la demencial audacia de presentar comida ante las fauces del dragón, finalmente se había ganado su supervivencia.

[—……Ja.]

Le surgió una risa vacía por lo absurdo.

Lentamente, muy lentamente, retiró su pata.

[—Está bien] —resonó su voz grave en la caverna—. [Ya que arriesgas tu vida por ello, probemos qué sabor tan magnífico tiene.]

Era una prórroga.

Una advertencia mortal: si el sabor no estaba a la altura de sus expectativas, le retorcería el cuello al instante.

Un sudor frío llovió por la espalda de Odelli.

«…Estoy viva.»

Aunque las yemas de sus dedos temblaban levemente, ella fingió total naturalidad y siguió ofreciendo el espetón en silencio.

Asperilion finalmente tomó el espetón.

[—……Comida humana inferior.] —refunfuñó con tono desdeñoso.

Pero el olor de la carne evocaba una y otra vez el residual recuerdo de su primera experiencia en sus papilas gustativas.

Era terriblemente perturbador.

[—¿A qué sabrá realmente la carne impregnada de aroma?]

Mientras él solo miraba el espetón, sin comerlo ni tirarlo, Odelli rompió el silencio con calma:

—Si la prueba antes de que se enfríe, estará más sabrosa.

[—…]

Y finalmente,

sin decir nada, se la llevó a la boca.

—¿Qué tal?

La carne ahumada tenía un sabor completamente distinto a la simple carne asada que había probado la primera vez.

El humo había penetrado profundamente en la carne, haciendo que por fuera estuviera masticable, mientras que en su interior estallaba de golpe un sabor concentrado y jugoso.

El aroma que envolvía la carne era el dulzor profundo y sostenido propio del humo que había permanecido sobre un fuego suave.

El primer sabor fue suave y dulce, pero pronto emergió con fuerza la pungencia dejada por las hierbas.

Ese sabor se desplegaba lentamente desde dentro de la carne, dejando capas de regusto en la boca.

Si la carne asada era solo el sabor de un jugo caliente explotando, la carne ahumada era…

El sabor de haber concentrado el bouquet, de haber acumulado tiempo dentro de un solo bocado.

Instintivamente, él distinguió la diferencia.

[—…]

Las pestañas de Asperilion temblaron casi imperceptiblemente.

[—……Esto es…]

No pudo continuar por un momento.

Si la primera comida que probó en su vida había creado una grieta en sus sentidos, esta carne ahumada había clavado una cuña en esa misma grieta.

Esto no era solo sabor.

Era una intrusión.



RAW HUNTER: SUNNY
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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