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Capítulo 16

El incidente fue instantáneo y los culpables estaban allí, a la vista.   

Eran Young-min y otro hombre, quienes, con la cara roja de vergüenza, se encontraban tirados en el frío mármol de la sala. Pero, cuando, entre risas y murmullos, todos los ojos de los presentes se dirigieron hacia ellos, ambos se pusieron de pie a trompicones mientras se dedicaban a gritar con frustración. Un mal intento de disimular el hecho de que ellos mismos eran los causantes de tal estropicio. Por supuesto, tampoco hacía falta mirar las imágenes del circuito cerrado de televisión, ni preguntar a nadie cercano para saber lo que pasó. Claramente, había un trozo de cristal que se había partido por la mitad exactamente donde estaban Young-min y la otra persona. Probablemente, estaban discutiendo y peleando al punto de empujar hasta perder el equilibrio y caer juntos en el suelo. 

—¡Oh, Dios mío! ¡Mirad, está sangrando! ¡Está sangrando!—chilló alguien, entre la multitud.

Un reguero de sangre goteaba de la palma de la mano de Young-min, quien, horrorizado, no paraba de berrear:

—¡¡Aaargh!! ¡¡Aaaargh!!

Aunque tampoco era el único que vociferaba, ya que varios miembros del personal, alterados, se apresuraron inmediatamente a ayudar en medio de exclamaciones que iban y venían de un lado a otro. De modo que, pronto, la tranquila sala de exposiciones se convirtió rápidamente en una escena caótica. 

Mientras Si-young estaba estupefacta, Eun-gyeom fue el primero en moverse de los dos. En un abrir y cerrar de ojos, Eun-gyeom se abrió paso entre la muchedumbre hasta llegar junto a la mesa acrílica sobre la que se había colocado la escultura principal de la exposición. Sin embargo, ahora se encontraba vacía, como si nunca hubiera habido allí nada, para empezar. 

—¡Oh, no! ¡Qué podemos hacer, Director! Esta escultura pertenecía al difunto Ex-Director…—lamentó el empleado más antiguo, que llevaba allí desde la época de Jang-hyun. 

El viejo trabajador estaba llorando, como si fuera su propia obra la que hubiera sido destruida. Se trataba de una escultura que estaba colocada en la segunda sala de exposiciones y había sido esculpida por el mismísimo Jang-hyun, para conmemorar la primera apertura del Museo Janglim. De hecho, Eun-gyeom la había dejado allí, porque no podía ignorar el número de visitantes que venían a verla en persona. Sin embargo, ahora había algo más importante que apenarse por el destrozo de dicha pieza, y era tranquilizar a los nerviosos presentes, para no agraviar la situación con otro incidente. 

Así que, Eun-gyeom, con calma, levantó la cabeza y se dirigió a la multitud. 

—Pido disculpas por el accidente ocurrido durante la exposición. Por favor, diríjanse a la Sala de Exposiciones 1, limpiaremos rápidamente.

Varios miembros del personal se dirigieron, con presteza, hacia donde estaba Eun-gyeom. Pero éste les impidió acercarse imprudentemente y ordenó con serenidad:

—Déjalos salir primero. Luego despeja la zona a su alrededor y guíalos para que no se hagan daño.

Por su parte, Si-young necesitó de unos cuantos minutos para reaccionar. Tras esto, se adelantó, trajo una escoba y un recogedor, además de un par de cajas para recoger los trozos rotos de cristal. Luego, se abrió paso entre la multitud de gente que acababa de salir y, sin saber hasta dónde habían llegado los fragmentos de la escultura, dejó las cajas en la entrada. 

No obstante, cuando intentó acercarse al lugar del accidente desde donde estaba, el sonido del cristal rompiéndose bajo los tacones de sus zapatos fue agudo. Un claro aviso de que corría el riesgo de cortarse. Por lo que, alarmada, Si-young no tuvo más remedio que retroceder con ligereza.

Sin embargo, al mirar a su alrededor, ella vio a Eun-gyeom sentado con las rodillas dobladas bajo la mesa acrílica y, mientras contemplaba la anchura de su espalda curvada, se percató de la imprudencia que estaba cometiendo, haciendo que ella se volviera inmediatamente hacia él.

—¡¿Qué estás haciendo?!—preguntó Si-young preocupada.

En un lapsus momentáneo, Eun-gyeom había puesto tontamente su mano desnuda en el suelo. Cuando él volvió su mirada hacia Si-young por un momento, ella tragó saliva y continuó hablando con toda la calma que pudo.

—¿Por qué intentas recoger eso con las manos? Al menos, deberías usar unos guantes adecuados… Déjalo. Yo lo limpiaré.

Eun-gyeom, haciendo caso omiso de la genuina advertencia de Si-young, estiró ambos brazos sin ningún reparo. En un instante, colocó sus manos en una de las dos mitades seccionadas del cristal. En concreto, Eun-gyeom se dispuso a mover la que tenía la superficie más afilada, como si quisiera quitar primero el trozo más grande para facilitar la limpieza. 

Si-young, incapaz de quedarse de brazos cruzados, se volvió para recoger las cajas que había dejado atrás. Pero, justo entonces cuando se dirigió a la entrada, algunos de los miembros del personal, que llevaban más materiales de limpieza, pasaron junto a ella tambaleándose y se acercaron a Eun-gyeom.

—¡Oh, Dios mío! ¡¡Director!!

Cuando escuchó aquel alarido, Si-young giró la cabeza bruscamente. Algo rojo goteaba de entre los largos dedos de Eun-gyeom, quien seguía mirando hacia abajo, concentrado en el destrozo.

—¡¡Estás sangrando mucho…!! ¿No te habrás cortado la palma?—preguntó uno de los empleados. 

De repente, se escuchó un sonido sordo.

¡POFF! 

Una de las cajas cayó de las manos de Si-young y, bajando la mirada hacia las manos de Eun-gyeom, ella acudió rápidamente junto a él, ajena a cómo crujían los cristales bajo las suelas de sus zapatos. 

 

La sangre, que se agolpaba en su palma, corrió hacia las mangas de su camisa y las empapó. La escena parecía preocupante y, aunque fuera por un corte superficial en la piel, lo cierto es que el reguero de color granate no cesaba mientras corría por la cicatriz de sus muñecas.  

—¿No deberías ir al hospital?—inquirió Si-young en cuanto llegó a su lado.

—¡Director! ¡Límpiese con esto!—dijo uno de los empleados, que se agachó frente a él y sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta. 

Si-young miró alternativamente al ceño fruncido de Eun-gyeom y, luego, a su mano sangrante. Pronto, el pañuelo azul marino con el que presionaba el corte se volvió turbio.

—En primer lugar, hay que detener la hemorragia para después aplicar los primeros auxilios…—comentó Si-young.

—No pasa nada. No es un gran corte. —interrumpió Eun-gyeom.

Pero ella lo ignoró y continuó explicando:

—Creo que también deberías ir al lavabo y limpiar bien toda la sangre. Mira… La tienes por toda la muñeca e incluso has ensuciado las mangas de la camisa, así que, ¿por qué no la desabrochas un segundo y…?

Si-young dio un paso adelante, se acuclilló y, cuando acercó sus manos hacia él, Eun-gyeom retiró bruscamente su brazo.

—¿Director?—preguntó uno de los empleados, sorprendido por su reacción.

Eun-gyeom, al darse cuenta de su error, cerró el puño con fuerza y oprimió el pañuelo en su palma sangrante. Luego miró a Si-young, que aún estaba a su lado, impactada por su rechazo y se excusó.

—Lo siento, pero, antes de nada, necesito que terminéis de ordenar y limpiar la zona. Yo me encargaré de esto.

—No, yo lo haré por ti. Necesitas que alguien te ayude. —respondió ella con firmeza.

Fue una sugerencia bastante impulsiva por parte de Si-young, algo poco habitual en ella.

—…

Eun-gyeom, que no se esperaba tal contestación, se quedó en silencio. Por algún motivo, parecía inusualmente nervioso. Sin embargo, solo dejó que se notara durante un instante, y luego, con calma, sacudió la cabeza negativamente.

—Tú también deberías ayudarme a organizar este lugar, Si-young. Es más importante despejar la zona para que no haya más heridos.

Si-young miró la manga enrojecida de su camisa. La mancha ya se estaba extendiendo por el antebrazo.

—Iré rápidamente a la oficina a por el botiquín y luego me pondré a limpiar.

Sin molestarse en esperar a que Eun-gyeom diera su permiso, Si-young se adelantó y salió de la sala de exposiciones. 

━━━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━━━

En tan solo unos minutos, Si-young encontró el botiquín en el armario de suministros y lo trajo consigo de vuelta a la oficina, donde él la esperaba. 

Eun-gyeom no se quejaba de dolor como lo hizo Young-min, pero, aun así, ella estaba un tanto nerviosa e impaciente. La cantidad de sangre en la palma de su mano era demasiada para considerarla una simple herida superficial. 

«¡Maldita sea! No ayuda en nada que sea tan testarudo… ¡Debería ir a un hospital cuanto antes!»

Pensó Si-young, a quien no le valían las razones y excusas que él decía.

—Súbete las mangas, por favor. —ordenó ella con seriedad en su tono.

Eun-gyeom se llevó la mano a la muñeca, que, casualmente, resultó ser el lugar donde tenía la cicatriz. Se lo veía dudoso, sin apenas moverse mientras miraba los puños de su camisa, que ya estaban completamente manchados de sangre. Aunque la hemorragia aún no se había detenido, Si-young no le metió prisa, pese a sentirse ansiosa. 

A sabiendas de que era algo irónico y contradictorio ver cómo Eun-gyeom se hacía el duro cada vez que se topaba con una situación en la que se sentía vulnerable, también entendía perfectamente lo que él estaba pensando en aquel momento. Si-young era consciente de que es difícil revelar tu debilidad a alguien que no conoces del todo, incluso si ese alguien era la misma persona con la que habías hablado de ello. Así que, ella comprendía su recelo a la hora de mostrar sus heridas. 

«Sé que esto no debe ser algo fácil para él, por eso no lo regañé antes por ser tan terco… Pero ahora, al menos, debe detener la hemorragia y desinfectar el corte. No me importa si cubre su cicatriz con las mangas ensangrentadas…»

—Ya limpiarás lo demás por tu cuenta más tarde, pero primero, muéstrame la palma de tu mano…—insistió Si-young.

Como si nada, Eun-gyeom se desabrochó la manga de su camisa.

Sentada frente a él, en el sofá, Si-young sacó lo que necesitaba del botiquín mientras él se arremangaba obedientemente. Frenéticamente, sacó uno a uno los medicamentos, pero, cuando miró al suelo, ella suspiró. Esparcidos, había trozos de papel arrugados y manchados de rojo por todas partes.

«¿Por qué es tan descuidado en momentos como este?  Mientras iba en busca del botiquín, pudo haberse limpiado adecuadamente la sangre con un pañuelo de tela, en vez de usar clínex. »

Si-young frunció el ceño y se tomó un momento para sacar un pañuelo de su bolso. Apoyó su mano izquierda bajo el dorso de la de Eun-gyeom y, luego, cogió la blanca tela con la derecha. Con sumo cuidado, Si-young le limpió la palma suavemente, ejerciendo un poco de presión para el cese de la hemorragia. Por suerte, la sangre ya no emanaba tan efusivamente como antes, justo después de que se hiciera el corte, pese a que aún no se había contenido el sangrado por completo.

Una vez limpiada la herida, el largo tajo en medio de la palma de su mano se hizo evidente. No era tan profundo como para ser grave, pero era demasiado largo y, a simple vista, no parecía requerir puntos. 

Con ayuda de un hisopo, Si-young recogió las gotas rojas que emergían de entre los recovecos de la piel abierta y, antes de que se acumularan de nuevo formando regueros de sangre, ella sacó el desinfectante y un algodón.

—… Va a doler. Aguanta.

Tras una breve advertencia, Si-young desenroscó el tapón y, en lugar de aplicar poco a poco una pequeña cantidad, inclinó todo el frasco vertiendo todo su contenido sobre el corte.

 

Aunque ella era sumamente cuidadosa, eso no hizo que su dolor fuera menor, y su mano, que había permanecido firme todo el tiempo, tembló ligeramente.

Si-young sabía lo mucho que le debía doler, pero no había más remedio que hacerlo. Incluso en el hospital habrían hecho lo mismo. Así que, lentamente, derramó todo el desinfectante hasta empapar su palma por completo y sendas gotas se deslizaron de entre sus dedos, mojando sus pantalones negros. El olor del medicamento, fresco y penetrante, se mezcló con el persistente aroma a sangre y hierro. Si-young frunció el ceño y frotó los bordes de la herida con el algodón que había preparado previamente, limpiando la sangre reseca que no se había desprendido del todo.

—Eres buena.

Al oír el breve comentario de Eun-gyeom, Si-young respondió con calma.

—Solía hacerlo a menudo cuando era más joven.

Pero, aunque Eun-gyeom no se molestó en preguntar más, ella siguió hablando con su mirada fija en el tratamiento que le estaba haciendo.

—Si dejabas a un grupo de chicos muy nerviosos en el mismo sitio durante mucho tiempo, siempre había peleas. Incluso aunque no se estuvieran peleando entre ellos, siempre volvían con alguna herida en algún sitio, así que tuve que aprender a hacerlo bien.

Afortunadamente, la hemorragia ya se había detenido. 

«Después de haberse gastado casi una caja entera de pañuelos de papel, no me extraña que no le quede más sangre que soltar…»

Pensó Si-young, mirando de reojo el desastre que había en el suelo, mientras sacaba la pomada. Pero cuando aplicaba el medicamento suavemente, esparciendo la crema con leves golpecitos, ella recordó cómo se había hecho aquel corte. Un incidente que, a su parecer, podría haberse evitado perfectamente.

—Entonces, ¿por qué…? ¿Hiciste eso?—preguntó ella secamente—. No había necesidad de coger aquel trozo de cristal con las manos desnudas…

Eun-gyeom no respondió de inmediato y, esta vez, Si-young no se dejó intimidar por su silencio. Una reacción un tanto inusual en ella, que normalmente se quedaba paralizada con cada mínimo gesto de Eun-gyeom. 

—Si no lo hubiera hecho yo, vosotros dos, tú y aquel empleado, os habríais excitado tanto quitando aquel fragmento, que habríais tenido un accidente mayor.—contestó él finalmente.

El aroma de la colonia de Eun-gyeom, que emanaba de su cuello, todavía le picaba a Si-young en la punta de la nariz. Sin embargo, por algún motivo, parecía que se había intensificado, como si él se hubiera acercado de forma sigilosa, aprovechando que ella aún estaba concentrada, tratando la herida de la palma de su mano. 

—Si me lo hubieras dejado a mí…—reprochó Si-young.

—Lo dije antes, ¿no es así?—interrumpió él—. Tú también estabas allí, en la sala, y sé que lo escuchaste perfectamente.

Ella apartó la mirada de la herida abierta en su carne hacia un lado mientras Eun-gyeom continuaba hablando.

—No me importan las cosas que no valen nada, a diferencia de ti.

Mientras él pronunciaba aquella frase, Si-young notó cómo una pequeña brisa le acariciaba el rostro y, con vacilación, levantó la vista. 

Pero, inmediatamente, se arrepintió. Eun-gyeom estaba demasiado cerca de ella y lo que había sentido, rozando su piel, era la agitada respiración de él, al hablar.

—En otras palabras, me resulta perturbador cuando te preocupas por cosas que no valen la pena, como esta, Yoon Si-young.

Mimy: O dicho de otra forma, Eun-gyeom tiene sentimientos encontrados cuando Si-young se preocupa por él, mostrando un lado maternal que él nunca tuvo. Obviamente, eso le molesta, porque dificulta que se mantenga consistente con la decisión de usarla como medio para vengarse de Tae-ra, pero, en el fondo, le gusta cuando ella actúa así.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R



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