Capítulo 11
La pregunta completamente inesperada dejó a la señora Campbell visiblemente desconcertada, y esa era la reacción que Winston ya había anticipado. Al confirmar que su suposición era correcta, frunció aún más el ceño.
—Madre, no haga esas tonterías infantiles.
—No sé de qué me hablas —repuso la señora Campbell, seriamente, quitándole importancia. Pero ella misma sabía que ya era tarde. A regañadientes, la señora Campbell confesó con franqueza—: Pensé que, si olía tus feromonas, enloquecería y haría el ridículo delante de ti. Solo quería que vieras su verdadero aspecto, por si acaso volvías a dejarte influenciar por esa… criatura despreciable.
A pesar de su larga excusa, Winston solo pudo suspirar hondo con el rostro contraído.
—¿Para que me diera cuenta del peligro? Madre, ¿y si yo hubiera enloquecido por las feromonas y hubiera hecho algo terrible?
Ante la observación de Winston, la señora Campbell, seria, le espetó:
—¡Eso es imposible! Él es un omega común y corriente. Tú eres un Alfa Dominante. Además, seguramente agotaste tus feromonas en la fiesta. No hay manera de que te dejaras afectar por los feromonas de un omega tan insignificante.
Esto también era lo que Winston había anticipado. Si él no hubiera faltado a la fiesta de feromonas la noche anterior, ella nunca habría hecho algo así. Pero ella sobreestimaba demasiado a su hijo.
—Tu hijo también es solo un Alfa ordinario —dijo Winston, pero la señora Campbell, seria, lo negó de inmediato—: No es así. Tú eres un Alfa dominante, como tu padre.
El único Alfa dominante de la familia.
Gracias a eso, aunque era el menor, Winston heredó la mayor parte de los bienes familiares. La señora Campbell ya esperaba que Winston, el más destacado de sus hijos, continuara con el linaje, pero cuando él se manifestó como Alfa dominante, su esperanza se convirtió en certeza. Su hijo menor era perfecto. Aquella sanguijuela que se le había aferrado brevemente ni siquiera era una pequeña mancha en su vida.
Sin embargo, la inteligencia de su hijo, de la que tanto se enorgullecía, era un obstáculo en momentos como este. Siempre percibía con facilidad los engaños y estratagemas de los demás, dejándola sin margen para maniobrar.
Aquel mismo Winston había caído en una trampa una sola vez. En parte, fue porque la artimaña había sido urdida con todas sus fuerzas por la señora Campbell y los demás, pero la razón fundamental de su éxito era otra. A la señora Campbell siempre le había inquietado esa razón. Aunque se consolaba pensando que, al fin y al cabo, habían logrado lo que querían.
Si Winston no hubiera amado tanto a esa despreciable criatura, no habría caído en una treta tan burda.
Cegado por el amor, no pudo juzgar con racionalidad y, como resultado, cometió un error monumental. Y aún no se había dado cuenta. Según lo planeado, habría terminado sin saberlo nunca.
«¿Harold tuvo que recurrir a esa artimaña al final?»
La señora Campbell volvió a sentir odio hacia su difunto marido.
«¿Acaso sintió algún mezquino remordimiento en su lecho de muerte? ¿Y qué hay de los hijos que dejó atrás? ¿Y yo?»
Hasta el final, Harold le revolvió las entrañas. Ella pensó que, si pudiera, lo resucitaría para matarlo con sus propias manos.
—En cualquier caso, olvida a esa despreciable criatura. Como no pasó nada, ¿no es suficiente? Todo irá bien de ahora en adelante.
Dicho esto, la señora Campbell se levantó y besó la cabeza de Winston. A él no le gustaba que lo tratara como a un niño, pero no dijo nada.
Después de que su madre se fuera, Winston se quedó solo en el comedor. Hundido en la silla, contemplaba el exterior a través del amplio ventanal de una pared. Entre los árboles, donde soplaba una brisa fresca, se veían pájaros trinando. Era una mañana tranquila. Todo lo contrario a su propio estado de ánimo, hecho un desastre.
—Maldición.
Al recordar, de nuevo sintió un ardor en la parte inferior de su cuerpo.
«¿Crees que como agoté mis feromonas estaré bien?».
Internamente, hirvió de rabia ante las palabras despreocupadas de su madre. Era el tipo de comentario insensato que haría una beta, que nunca en su vida experimentaría algo así. Sí, con cualquier otro omega, ella habría tenido razón. Pero el que estaba en la cama era Eugene.
El mismo Eugene que una vez fue su omega.
Durmiendo profundamente, completamente desnudo y ajeno al mundo.
La primera vez que lo vio, Winston pensó que quizás las feromonas le habían afectado la cabeza y estaba alucinando. O tal vez, debido a su antiguo insomnio, finalmente estaba soñando con los ojos abiertos.
Pero el otro aroma que se mezclaba en la habitación con su familiar olor a feromonas le decía con demasiada claridad que era real. Era el olor a omega de Eugene.
No podía estar equivocado. Incluso en las fiestas saturadas de feromonas omega, Winston no se excitaba en absoluto. Al contrario, a menudo el olor le resultaba repulsivo y estuvo a punto de marcharse en más de una ocasión. Solo había un aroma que lo excitaba así.
Eugene.
En el instante en que se dio cuenta, casi perdió la razón. Su corazón latía desbocado y su estómago ardía. ¿Era esto real? ¿Era realmente Eugene?
¿Eugene había vuelto realmente a él?
Incrédulo, se quedó clavado en el sitio, sin parpadear siquiera, solo mirando a Eugene. La luz de la luna, excepcionalmente brillante, revelaba todo su cuerpo. Los suaves labios, el cuello largo, los pequeños pezones que se elevaban adecuadamente sobre el pecho delgado, la esbelta cintura que fluía hacia unas nalgas firmes y luego hacia las piernas… Winston no podía recuperar el sentido. Todo era igual. Igual que el día en que Eugene le entregó su cuerpo por primera vez. El día en que se sintió embriagado por la satisfacción y la sensación de victoria, como si lo tuviera todo. Al recordar, la mente de Winston se quedó en blanco. Eugene, brillando pálido bajo la luz de la luna, lo tentaba de nuevo.
{—Winnie.}
Desde el cabello hasta las uñas de los pies, no había una parte de él que no fuera hermosa.
Winston recordó una vez más lo completamente hechizado que había estado por él. Sentado desnudo en la cama, Eugene susurraba su nombre y extendía los brazos. Como pidiendo un abrazo. Por supuesto, Winston no pudo resistirse a un Eugene así, y desde entonces se convirtió completamente en su esclavo. Habría hecho cualquier cosa por Eugene. Si Eugene le hubiera dicho que se matara, realmente lo habría hecho. Lo amó sinceramente y le entregó toda su fe. Hasta el momento en que supo cuánto Eugene lo había estado manipulando.
Pero ese él ya no existía. El Eugene que Winston amó tampoco era real. Cuando se dio cuenta de todo, la ilusión se rompió por completo y creyó que su amor por él también se había hecho añicos y desaparecido.
Para su frustración, el cuerpo de Eugene seguía cautivando su alma. ¿Cuántos años habían pasado ya? Después de haber sido tan severamente traicionado y de no haberse visto durante años, la sola existencia de Eugene lo sacudía por completo. Eugene no había extendido la mano hacia él, ni sonreído, ni hecho nada; simplemente estaba dormido en la cama.
El hecho de que en ese momento le apuntara con una pistola, furioso con Eugene, también demostraba su derrota.
Hubiera sido mejor si, vencido por el deseo, simplemente lo hubiera abrazado. Entonces habría tenido excusas: que fue por las feromonas, que al estar desnudo en la cama obviamente deseaba ese resultado, que de todos modos era un desecho, así que ¿qué importaba si lo abrazaba?
Pero Winston, enfurecido, le apuntó con la pistola. Eso demostraba que, hasta ahora, Winston no había olvidado en absoluto a Eugene. Que aún no podía olvidar ni los recuerdos de aquel amor tan profundo ni la agonía de la traición, y que seguía completamente cautivo y atado a Eugene.
—Esta es la última vez.
Winston se frotó la cara con ambas manos, como lavándosela en seco, y exhaló un suspiro breve. Eugene no valía la pena. Además, ¿no había dado a luz a un niño con la semilla de quién sabe quién?
Al recordar esas palabras, sus manos apretaron involuntariamente los puños con fuerza. Las uñas se clavaron en sus palmas y, al recuperar apenas la cordura, bebió un vaso entero de agua fría para calmarse.
Ahora Winston no volvería a ser engañado por él. Nunca, jamás. Una vez fue suficiente para hacer el ridículo. Si caía dos veces, sería mejor volarse la cabeza de un tiro.
«Después de que se revele el testamento, Eugene se irá.»
Era una conclusión demasiado obvia. No tenía razón para quedarse aquí. Entonces realmente no tendrían oportunidad de verse nunca más. Solo debía aguantar hasta entonces.
Solo debía ver su rostro una vez más.
Ese día lo vería donde todos estarían reunidos. Era completamente diferente a verlo a solas, indefenso en la cama en medio de la noche. ¿Podría haber algo más seguro? Solo una bestia podría entrar en celo a plena luz del día, ante tantos ojos.
Además, evitarle en esta vasta mansión sería demasiado fácil. Winston pensó que, ahora que se cumplían todas las condiciones, debía presionar al abogado para que acelerara la lectura del testamento. Y se repitió a sí mismo que, hasta ese día, evitaría encontrarse con Eugene a toda costa.
***
Después de confirmar que Winston había salido de la mansión, Eugene salió de la habitación con Ángela y se dirigió a la cocina. Tras pedir comida y recibir pan y sopa sencillos, pudieron por fin llenar sus estómagos vacíos y conversar.
—Papi, ¿hasta cuándo nos quedaremos aquí?
Preguntó Ángela después de lavarse y cepillarse los dientes en el baño de invitados. Eugene, sintiéndose culpable sin razón, titubeó.
—Bueno… El dueño de aquí falleció y dejó un testamento donde, al parecer, también está mi nombre. Por eso hemos venido a escucharlo. ¿Sabes qué es un testamento?
Ante la pregunta de Eugene, Ángela asintió rápidamente y respondió:—Es cuando dejan dinero al morir. O sea, ¿también podemos recibir dinero?

RAW HUNTER: ANA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
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