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Capítulo 10

La antiestética cicatriz, en el interior de su muñeca, era lo suficientemente antigua como para que él pudiera imaginarla en su mente sin tener que mirarla. A lo largo de los años, solo tres personas habían conocido la existencia de aquella marca, y era, porque, obviamente, estaban implicados directamente con el suceso de la herida. Por tanto, los únicos conocedores de este hecho eran: uno; el propio Eun-gyeom, dos; quien se lo hizo, y tres; el que permitió que eso sucediera. Pero eso, hoy, estaba a punto de cambiar.  

—¡Ah! Ehh… Esto…—la joven a su lado, atónita con el descubrimiento, titubeaba sin saber muy bien qué decir.

Por supuesto, él no esperaba que hubiera un cuarto en aquella lista. Es más, nunca se había esperado que, en el caso de haber otra persona, ésta averiguara su secreto de una forma tan ridículamente fácil.

Eun-gyeom sintió que no solo ella, sino que también él estaba más perplejo que nunca.  Aunque sabía que debía disimularlo y actuar con despreocupación, la rigidez de su cuerpo no se relajó tan rápido como esperaba. Eun-gyeom, ante esto, no pudo hacer otra cosa más que fruncir el ceño, pues ya era demasiado tarde. Él mismo sabía muy bien que había perdido la oportunidad de hacer un comentario casual para quitarle importancia a lo sucedido. Al reaccionar tardíamente, ya no podía evitar la excesiva atención de Si-young en su cicatriz y, por consiguiente, su mandíbula se tensó. 

No obstante, ella, haciendo acopio de la poca compostura que pudo mantener, simplemente dijo:

—Si me disculpas, iré a limpiarme un momento.

Si-young, siendo consciente de la incomodidad en el ambiente, fue la primera en alejarse. Con una caja en la mano, pasó junto a él, sin siquiera mirarle a los ojos.

Sin embargo, Eun-gyeom, paralizado por unos instantes, solo se movió cuando los pasos de ella se desvanecieron en la distancia, en dirección a la sala de suministros. Mientras caminaba de vuelta a su despacho, la idea de ser descubierto lo atormentaba, como si estuviera atrapado por las cadenas que él mismo se había impuesto. 

«¡Mierda! ¿Por qué la tuve que ayudar? No tenía por qué… Solo un momento de despiste y… ¡Maldita sea!»

Estaba tan alterado que, incluso después de estar dentro de la oficina, ni siquiera se molestó en volverse a abrochar las mangas de la camisa. Debería estar tranquilo, pero apenas podía controlar su respiración tras verse en tal inesperada situación. Inhalando hondo, y exhalando lentamente para calmarse, tragó a duras penas la exaltación que le subía a la boca.

—Bueno…—interrumpió la voz de ella.

Al escucharla, Eun-gyeom, con un respingo, levantó la vista, manteniéndose en pie a duras penas con ambas manos sobre el escritorio. 

—He terminado de ordenar.

—…

Su rostro se arrugó al oír la voz superficial de Si-young, como si no se hubiera dado cuenta, hasta ahora, de que ella ya se encontraba en el despacho, frente a él, mirándolo con cautela. 

Pero, cuando, en un instante, la joven Yoon se atrevió a robarle un pequeño atisbo a su muñeca, intentando disimular su genuina curiosidad, Eun-gyeom no pudo contenerse más:

—¿Qué? ¿A qué viene tanta precaución? Hace un momento, la estabas mirando casualmente…

Si-young inmediatamente giró la cabeza a un lado, sin darse cuenta de que él había aprovechado ese momento para acortar la distancia entre ambos con una zancada.

—¡L-lo siento, no era mi intención…!—balbuceó ella, intentando buscar una excusa plausible.

Sin embargo, ella no llegó terminar la frase. Antes de que pudiera dar un paso atrás, la mano de Eun-gyeom, la agarró por sorpresa del hombro. La boca de Si-young se contorsionó con una mueca al sentir el dolor del fuerte agarre y él, ignorando su expresión de dolor, tomó primero la palabra:

—Dime, Yoon Si-young, ¿de qué te arrepientes?

A medida que Eun-gyeom hincaba sus dedos en la piel de la joven, los nudillos de su mano se volvían cada vez más blancos. 

—¡Aaay!

—Lo viste, ¿verdad?

Si-young parecía indefensa. Eun-gyeom agarró su otro brazo y tiró de ella hacia atrás. Su espalda chocó contra la pared con un ruido sordo, sus talones se levantaron mientras era empujada hacia arriba y, descentrada, Si-young se encontró clavada a él, con los dedos de los pies apenas tocando el suelo y los ojos cerrados por el dolor. Sin embargo, en el momento en que los entreabrió, tenía delante la intensa mirada de Eun-gyeom, que la atravesó mientras apretaba fuertemente los dientes, escondidos tras su cincelada y tensa mandíbula. 

Era un rostro que ella nunca antes había visto. Incluso se hacía difícil mirarlo directamente a los ojos de tan cruda que era la emoción que transmitía. Aún así, había un extraño magnetismo hechizante que impedía que ella pudiese apartar sus pupilas de él, como si estuviera atrapada por la misteriosa aura que emanaba Eun-gyeom de su cuerpo. Una sensación excitante y, a la vez, peligrosa o, mejor dicho, prohibida. 

Si-young, ante esto, apretó los labios temblorosamente y recordó las cicatrices que había visto en el interior de ambas muñecas. Al fin y al cabo, era difícil de olvidar, pues, el detonante, para que él la devoraba con la mirada digna de una bestia, fue que ella viera aquella vieja cicatriz, o mejor dicho, la huella de una herida emocional, que todavía permanecía fresca.

Cuando Si-young se disponía a confesar afirmativamente su pregunta, apenas llegó a abrir la boca, cuando un fuerte sonido vibratorio comenzó a sonar.

BZZ, BZZ, BZZ, …

Era demasiado fuerte para ignorarlo y, los rostros de las dos personas, que se habían estado mirando intensamente, se pusieron rígidos al mismo tiempo. Si-young inmediatamente se dio cuenta de que, los ojos de Eun-gyeom, miraban más allá de ella, concretamente hacia atrás, donde estaba su escritorio. La dirección del sonido coincidía con la de su mirada y, al instante, recordó haber dejado el teléfono sobre su escritorio por un momento, mientras se cambiaba el uniforme y se ponía ropa cómoda antes de salir a asearse. 

Temerosa de cómo ambos acabarían esta noche, si no fuera por la conveniente interrupción de su móvil, éste quedó en silencio, pero inmediatamente empezó a vibrar de nuevo. Aún no había mirado quién llamaba, mas Eun-gyeom ya sabía de quién se trataba, pues tenía razón. Solo había una persona que podía estar llamando a esas horas de la noche, pasada la una de la madrugada, y él la conocía muy bien. Si-young se encogió de hombros y habló en voz baja:

—Probablemente sea mi madre.

Quiso soltar su mano para atender la llamada. No obstante, Si-young se sorprendió por el siguiente movimiento de Eun-gyeom. Ella se giró para mirar cómo él pasaba rápidamente a su lado, y, antes de que pudiera hacer nada, Eun-gyeom ya había cogido el teléfono que estaba sonando en su escritorio. Lo peor es que ella sabía perfectamente que el hombre, que le había estado gruñendo hacía un momento, no se había movido tan habilidosamente para entregarle el móvil por amabilidad. Si-young quiso arrebatárse con urgencia, pero Eun-gyeom, nuevamente, se adelantó y contestó:

—¿Sí?

Si-young se reprendió a sí misma por, antes, soltar algo de más, que nadie le había preguntado. Decir en alto que la llamada era de Tae-ra, le costó el precio de que Eun-gyeom tomara el control de la llamada. 

—Ella sigue siendo un museo de arte.

—…

—Sí, estamos juntos.

Al escuchar aquellas palabras, Si-young miró a Eun-gyeom con ansiedad. 

«¿En qué demonios está pensando este hombre, respondiendo a la llamada de Tae-ra y, aún por encima, decir eso como si nada? ¿No debería saber lo que más odia su madre?» 

Tae-ra apenas toleraba la presencia de Eun-gyeom en el Museo Janglim, y él lo sabía perfectamente. Una razón más, que se convirtió en uno de los motivos que lo impulsaron a responder al teléfono en lugar de Si-young.

—¿Acaso te olvidaste de que te dije que, cuando ella está aquí, es mi empleada?—dijo él, recalcando el “mi” de forma posesiva.

Si-young, con la mente en blanco, lo agarró del brazo una vez más. Intentó quitarle el móvil por la fuerza, pero Eun-gyeom no se lo permitió y, por supuesto, ella tampoco podía contra él cuando éste se resistía. Además, solo tenía una mano libre y, por mucho que retorcía su muñeca indefensa para liberarse por completo de su agarre, no podía apartarlo. Para empeorar las cosas, pese a que él la sujetaba por encima de su ropa, ella podía sentir lo caliente que estaba su piel, como si su contacto con él la quemase con sensaciones vibrantes que la recorrían por dentro. 

—Es extraño, madre.

Si-young, en pánico, miró por encima del teléfono para ver qué decía Tae-ra. Pero, la guinda del pastel, fue la forma en que Eun-gyeom le guiñó un ojo con una sonrisa burlona. Aquello lo decía todo. Eun-gyeom no estaba soltando sus divagaciones habituales y, provocar más a Tae-ra, no les haría ningún bien a ninguno de los dos. 

En un último esfuerzo, Si-young levantó el talón y torció la muñeca. Pero justo cuando se escapó de las manos de Eun-gyeom, perdió el equilibrio. La precaria posición de sus pies jugó en su contra, y mientras lanzaba apresuradamente el otro brazo al aire, intentando buscar, en vano, algo en lo que apoyarse, Eun-gyeom evitó que ella cayera hacia atrás, rodeándola con su mano y antebrazo al descubierto. 

—¡…!

Con su cuerpo parcialmente tumbado contra el pecho de Eun-gyeom, ella sentía la oscilación de su voz y respiración con cada palabra que pronunciaba.

—Estás actuando como si Yoon Si-young fuera tu hija biológica, madre.

Los dedos de Eun-gyeom volvieron a posarse alrededor de su hombro y se tensaron. Ella sintió cómo sus yemas se clavaban, apretando su carne, y se quedó paralizada, incapaz de moverse, como si el tiempo se hubiera detenido. Luego, él empujó ligeramente los hombros de Si-young, a la vez que la sujetaba firmemente, para que se incorporara de nuevo sobre ambos pies. 

A cámara lenta, Si-young jadeó al sentir cómo el tacto caliente, del dedo pulgar Eun-gyeom, se desplazaba por la clavícula hasta su piel al descubierto, por encima del cuello de la camisa. 

En un instante, aquel momento, que ella se había esforzado en olvidar durante la fiesta, volvió a su mente: Su espalda; pegada a la puerta del despacho, sus pechos; apretados contra el cuerpo de Eun-gyeom, y el tiempo; que se detuvo mientras ella estaba atrapada entre ellos. Unos largos minutos excitantes que se desarrollaron en esa misma oficina, cuando Eun-gyeom la separó de Jun-ho para llevársela con él.

Eun-gyeom, como si leyera sus pensamientos, queriendo evocarlos vívidamente ante él, para ella, bajó la mano, que había estado sosteniendo su hombro, hasta la cintura y la rodeó apretando sus caderas contra su entrepierna.

—¡Aah…!

Si-young, sobresaltada por la mano que se aferraba a su costado, dejó escapar un gemido involuntario y luego, al darse cuenta de lo que había hecho, se mordió el labio inferior con más sorpresa. Aunque aún respiraba entrecortadamente, sentía que se ahogaba y estaba a punto de desmayarse. En busca de misericordia, miró a Eun-gyeom con una mezcla de ansiedad y nerviosismo en los ojos, con las piernas temblando, como si se fuera a caer de un momento a otro.

—Yo me encargo. —siguió él, hablando por teléfono, mientras le devolvía la mirada con un fuego oculto tras sus pupilas.

De repente, Eun-gyeom tiró fuertemente de Si-young hacia arriba, hasta que estuvo la altura suficiente como para enterrar su frente por debajo del hueco de su hombro. 

—¡Haaa…!

Un jadeo ahogado se escapó de sus labios mientras la voz de Eun-gyeom, aún más baja de lo habitual, le llegaba a los oídos. 

—No me importa.

—…

Si-young intentó girar la cabeza para alejarse de él, temerosa de que aquellos sonidos pudieran escucharse a través de la llamada telefónica. Pero, en cuanto miró los ojos ardientes de Eun-gyeom, no pudo hacer nada. Nada, como estar atrapada por sus pupilas, aún más oscuras que de costumbre. 

Eun-gyeom terminó la breve llamada y la soltó, tendiéndole el móvil con un rostro extrañamente sereno, pues no coincidía en absoluto con la mirada hambrienta que mostró hace tan solo unos segundos. Si-young, hecha un ovillo, y con la cara ligeramente sonrojada, le arrebató el teléfono, hablando con un deje de ansiedad:

—Sabes que esto no le va a gustar…

—Olvídalo.—interrumpió él, de forma brusca y tajante.

—…

—Lo que viste hoy, ni se te ocurra ahora fingir que no lo sabes. Olvídalo*.

*Se refiere a la cicatriz.

— …

Si-young, paralizada, no pudo responder fácilmente.

— Yoon Si-young.

En lugar de darle la contestación que él buscaba, ella puso su mano en su hombro, justo donde los dedos de Eun-gyeom la habían tocado. Le palpitaba aquella zona, como si su cuerpo todavía se aferrara a la sensación estimulante del roce con su piel.

«¿Cómo puede pedirme que olvide su cicatriz? Es imposible…»

Era comprensible que Si-young se viera entre la espada y la pared. Aquella marca era lo suficientemente grande y profunda, como para no ser olvidada. Las huellas de una herida tan oscura, como para hacer que sus ojos titilaran nerviosos ante ella. Incluso, en ese momento, recordando la impresión que le produjo tal descubrimiento, hizo que el rastro, del roce de caliente su mano, aquella que le había tocado brevemente su cuello, desapareciera por completo.

━━━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━━━

A partir de ese día, la relación de Tae-ra y Eun-gyeom empeoró en demasía. 

Por así decirlo, el ambiente entre los dos era, como mínimo, terrible. Hasta las sirvientas de las dependencias bromeaban diciendo que Eun-gyeom solo se mudaría cuando llegara al punto de suplicar por un vaso de agua. 

Aunque, afortunadamente, ambos estaban tan ocupados como para no tener que verse todos los días, había ciertas ocasiones en las que era imposible el poder evitarse, más que nada porque vivían en la misma casa. Sus encuentros, no frecuentes, solían pasar cada tres o cuatro días y, cuando por casualidad se cruzaban, el comportamiento mutuo era tan brusco que congelaba a todos en la casa.

Si-young tampoco se escapaba de quedarse atrapada entre ellos, paralizada, ante aquel comportamiento hostil y glacial que se desarrollaba con cada encuentro esporádico.

Sin embargo, a diferencia de otras veces en las que Si-young optaba por ignorar a Eun-gyeom, ahora ella no podía evitar lanzar, alguna que otra, mirada furtiva a aquel hombre con el que trabajaba. 

Últimamente, él había estado muy ocupado entre su pelea personal contra Tae-ra, dentro de la casa, como fuera, con su nueva exhibición en el Museo Janglim. Por tanto, hacía mucho tiempo que él no había tenido un día libre en el que poder relajarse. 

Si-young conocía muy bien su rutina, mejor que nadie, y sabía cuánto tiempo llevaba él sin tener un descanso en condiciones. El cansancio no era rival para los negocios, y Eun-gyeom se sentía, a menudo, algo más lánguido de lo normal. De hecho, desde ayer, empezó a ser tan notable que ya se veía como algo serio.

Estaban juntos en la oficina, como de costumbre, cuando la mirada de Si-young se deslizó lentamente por la línea de su cincelada barbilla. Allí, pasando sus ojos furtivos por su masculina mandíbula, llegó hasta el cuello, donde aún estaba el arañazo, casi borroso, provocado por las implacables uñas de Tae-ra, en una noche donde, una discusión entre ambos, se les fue de las manos. 

De hecho, las marcas debieron haber sido lo suficientemente visibles a simple vista como para que Eun-gyeom se viera obligado a ponerse un jersey de cuello alto para ir a trabajar, durante tres días consecutivos. Más que nada, porque quería evitar la molestia de tener que escuchar cualquier especulación entre sus compañeros de trabajo, cuyos ojos de águila, siempre estaban dispuestos para captar un mínimo detalle que les diera pie a formar un nuevo y jugoso rumor del que hablar. 

Pero, aquel día, hacía tanto calor, que, aunque mantuvo la parte superior del suéter, hasta arriba, durante el mayor tiempo posible, al final cedió en la solitaria oficina, exponiendo su cuello y mostrando las cicatrices para sí mismo, mientras ignoraba el hecho de que Si-young también era una espectadora.

—…

Al ver las heridas, ella bajó su tímida mirada hacia su escritorio y recordó las ruidosas historias que había archivado en su memoria.

{—Es el único heredero. Incluso podría haber hecho menos si el Director* no hubiera muerto.}

*La directora del Hotel Taejoong es Tae-ra y el presidente es su marido, Jang-hyun. Pero aquí se refieren al antiguo Director del Museo Janglim, que únicamente era Jang-hyun, el padre de Eun-gyeom.

{—¡Oh! Pensar que es nuevo aquí… No conoce los entresijos y va de sobrado. En vez de hacer de menos, está haciendo de más… Seguro que es por la herencia, si no habría vuelto antes…} 

{—Pero, de ese tema, bien que está calladito tanto él, como la madre. ¿No fuiste tú el primero que empezó a yuxtaponer sobre eso cuando se fue repentinamente de Corea? Si es cierto, es de lo peor. Ni siquiera pestañeó ante lo que pasó con la niñita…}

{—¿Qué dices? ¿Era una niña pequeña? ¡Dios mío, pobre criatura! ¡Aunque no le importara, aún era una niña!} 

{—¡Cielo Santo! ¿Cómo pudo reaccionar así?}

{—¿Cómo? ¿Hablas de la hija? ¿De lo que pasó antes de que se fuera a estudiar al extranjero…?}

Desde que Eun-gyeom había llegado, la gente de las dependencias no había dejado de hablar de él. Gracias a eso, Si-young fue capaz de reunir bastante información sobre Eun-gyeom y, a medida que se acumulaba, empezó a entender la razón de su comportamiento errático. Además de, también obtener, bastantes respuestas plausibles a algunas preguntas que ella se había hecho más de una vez: 

¿Por qué Eun-gyeom se veía tan serio en el funeral de Jang-hyun? ¿Por qué su relación con Tae-ra había ido de mal en peor? E, incluso, ¿Por qué parecía odiarse tanto a sí mismo? Algo que, recientemente, ella descubrió, al notar que, a veces, Eun-gyeom daba la sensación de que quería desaparecer del mundo, junto a la mansión de Tae-ra, y las miradas inquisitivas ajenas que, a la mínima, buscaban juzgarlo sin piedad alguna. 

—…

Si-young cerró los ojos y sacudió la cabeza. No debería pensar en ello, pero no podía dejar de hacerlo. Era imposible hacer que su mente se olvidara de ciertas cosas relacionadas con Eun-gyeom. Tales como su espalda solitaria o su corazón, que, durante todo este tiempo, debía haber cargado con el dolor de las cicatrices que ocultaba en su interior.

—… -young.

«Nunca pensé que algún día llegaría a sentir compasión por él…»

Aunque, más bien era, literalmente, lástima, y no había otra palabra más exacta para describir lo que ella sentía por él. Un sentimiento de pena, que la inundaba cada vez que recordaba el momento en que Eun-gyeom le reveló sus muñecas heridas, temblando de ansiedad. Pese a que, como ahora, Si-young se decía, una y otra vez, a sí misma:

«¡No! No puedo permitirme sentir lástima por Eun-gyeom.» 

Aun así, no podía ignorar las emociones crecientes con cada latido de su pecho. Bien es cierto que ella no podía comprender la magnitud y la profundidad de la herida invisible que Eun-gyeom llevaba a cuestas, pero era lo suficientemente consciente acerca del dolor y el peso que conllevaba cargar con algo parecido. Sabía, de primera mano, lo solitario y desgarrador que era tener una brecha en el corazón. Una, que no se podía contar a nadie y que se debía ocultar y guardar para uno mismo. 

—¡Yoon Si-young!—gritó, la misma voz varonil, que antes ella no había escuchado, al estar sumida en sus pensamientos.

—¡…!—Si-young, con un respingo, enfocó la vista. 

Por primera vez, en mucho tiempo, sus ojos se encontraron con los de Eun-gyeom, justo en el momento en que él giró la cabeza para verla. Se preguntó si Eun-gyeom lo había sabido todo este tiempo, que ella lo había estado observando a escondidas mientras perfilaba cada ángulo de su cuerpo con la mirada. Evocando en su mente el cómo él le había advertido que “lo olvidara”, Si-young contestó nerviosa:

—¡Ah! ¡Lo siento! Estaba concentrada en los papeles.

—¿En serio? Porque parecía que estabas pensando en otra cosa.

—… No. —negó ella antes de cambiar de tema rápidamente, temerosa de que él viera a través de su mentira—. Bueno, me llamaste, ¿no? ¿Hay algo que quieras que haga?   

Marie T: “Algo” que ella necesita para que pueda irse :v

Eun-gyeom empujó en silencio un archivador a un lado de su escritorio. Sin decir nada más, Si-young se acercó a su mesa, cogió la carpeta en brazos y se dirigió a la impresora. Era algo  que hacía habitualmente; fotocopiar material de reuniones, copiar contratos de trabajo y otros documentos de importancia para el Museo.

—Estoy a punto de irme a una reunión.—dijo él, levantándose de su asiento, mientras se abrochaba y arreglaba el cuello de su camisa—. Así que si tienes tiempo, puedes ir a…

Pero, antes de que Eun-gyeom pudiera terminar la frase, la puerta del despacho se abrió de golpe. Ninguno de los empleados del Museo era capaz de abrir de forma brusca la entrada de la oficina del Director y, mucho menos, sin llamar previamente. Si-young solo conocía a una persona capaz de hacer eso; Tae-ra, en cuyo caso, su aparición repentina, no era de mucha ayuda y solo significaba problemas. 

La cabeza de Si-young giró rápidamente en un arrebato de ansiedad, y miró al intruso que abría la puerta sin vacilar, confirmando la identidad del sujeto.

—¡Ah! ¡Aquí estás, Si-young!

Si-young respiró aliviada.

—Choi Young-joon. —pronunció Eun-gyeom.

«Después de todo, no es Tae-ra… ¡Uf! ¡Menos mal! No necesito volver a sentir que estoy caminando sobre cáscaras de huevo otra vez, como en la mansión.» 

Sin embargo, tan pronto como ella se calmó lo suficiente, se planteó cuáles eran las intenciones del hombre que sonreía y saludaba a Eun-gyeom. Además de, la relación que ambos mantenían.

«Reconozco ese nombre y creo haber visto a esta persona en algún otro sitio… ¿Quién era? Mmms, Choi Young-joon… Choi Young-joon…» 

Pensó Si-young mientras hacía memoria. 

—Terminé mi trabajo de la mañana rápidamente y, como tenía algo de tiempo libre, vine aquí, para reunirme contigo. —dijo Young-joon a la vez que se acercaba y le tendía la mano a Si-young—. Ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos, ¿verdad? ¿Cómo has estado?.

—¡Oh…!

Al instante, ella lo recordó:

{—¡Wow! Realmente te pareces a ella cuando sonríes así. Como Si-young*, me refiero.}

*Yoo Si-young

«Entonces es él… Choi Young-joon, ese hombre que me habló durante la fiesta de la exposición…»



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: MARIE
CORRECCIÓN: MIMY
REVISION: M.K.R



© 2026 ACOSB

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