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Capítulo 9

El Gran Duque entró en el salón arrastrando tras de sí a un hombre, cuyo agarre en el tobillo dejaba un rastro carmesí sobre el mármol.     

La línea roja se marcaba en línea recta, siguiendo sus pasos.  

—¡S-Su Alteza…! —alguien gritó, horrorizado, pero él ignoró el comentario.  

Lanzó al hombre, que apenas respiraba, al centro del salón. La sangre se esparció como un charco.  

—Esto ya empieza a aburrirme. Sería agradable un poco más de creatividad —murmuró con tono hastiado, desenvainando su espada con rostro impasible.  

De pronto, entre el murmullo de la multitud, alguien jadeó y se tapó la boca.  

—¡E-Es el sacerdote que acompañaba a la Santa!  

Era el mismo hombre que, horas antes, había llegado al banquete como protector de la supuesta Santa.  

Mientras la identidad del hombre se revelaba y el caos se apoderaba de la sala, una mujer fue arrastrada por dos caballeros, sujetada por los brazos.  

La Santa.  

Aquella de quien todos sospechaban que podría ser la elegida del Gran Duque de Exión.  

—Si eres la verdadera Santa, deberías ser capaz de predecir el futuro cercano —dijo él, volviendo su mirada hacia la mujer arrodillada.  

Su tono era ligero, como si planteara un acertijo, pero su voz goteaba sarcasmo.  

—¿Crees que mataré a este asesino que intentó envenenar mi té, o seré lo bastante magnánimo como para perdonarlo?  

Rudville sonrió con languidez.  

—Adelante, profetiza.  

Sus pasos eran vacilantes, su mirada, ligeramente desenfocada.  

Estaba claramente ebrio, pero sus ojos violeta brillaban como los de una bestia acechando a su presa.  

La mujer, pálida y temblorosa, se desplomó de rodillas.  

—¡P-Perdóneme! ¡Le suplico misericordia…! —gritó, postrándose frente a él.  

Pero Rudville respondió antes incluso de que terminara.  

—Incorrecto.  

En el siguiente instante, un sonido cortante rasgó el aire, y la espada relampagueó.  

El hombre ya no se movía.  

—¡Aaaah! —La Santa, con las piernas flojas, cayó al suelo y gritó.  

Los caballeros, como si fuera rutina, la levantaron sin pestañear y se la llevaron arrastrando.  

Y entonces, el salón quedó en silencio.  

Nadie se atrevía a hablar.  

Rudville empujó el botín ensangrentado con la punta del pie y se dirigió al asiento principal, como si nada hubiera pasado.  

Sus ojos no reflejaban emoción alguna, solo un vacío más profundo que la locura.  

—¿Quién sigue? —preguntó, helando el ambiente con una sola frase.  

Nadie se atrevía a dar un paso.  

Nadie.  

En medio del silencio, Odelli lo observó detenidamente.  

Rudville Exion.  

«Mi Ru…»  

Lo recorrió con la mirada en lugar de con los dedos.  

Su frente, su mandíbula apretada, su mejilla salpicada de sangre.  

Como si buscara el calor de un ser vivo en ese hombre envuelto en locura y olor a sangre.  

Como en su primer encuentro, aquel que ahora recordaba. Como si sus sentidos reaccionaran primero, igual que cuando lo observaba tras una pared.  

«Mi amante, mi salvador, mi espada… y mi engañador.»  

El hombre que una vez derramó sangre por ella y, otra, fue más cruel que cualquiera.  

Y, aun así, al final, la mantuvo con vida.  

«Estás vivo. Todavía…»  

Pero había cambiado demasiado.  

En el pasado, fue un gobernante, un estratega.  

Controlaba el caos, por intenso que fuera.  

Ahora, solo era un animal perdido, guiado por instinto y ferocidad.  

Aquellos ojos que antes brillaban con cálculos incansables ahora estaban vacíos como un abismo.  

«Su memoria desapareció, sin duda.»  

Que no la buscara directamente, que deambulara rodeándose de mujeres, era prueba de ello.  

Parecía no recordar nada de ella, salvo fragmentos como sus ojos azules.  

Y eso era un problema.  

Él había vivido con un solo propósito: salvarla.  

Ahora, sin ese rumbo, era como un barco a la deriva en un océano infinito.  

Era la peor situación imaginable.  

«Quería que me olvidaras y fueras feliz.»  

«Quería que vivieras tu vida.»  

Pero si lo dejaba así, tarde o temprano, se hundiría.  

—… La siguiente soy yo —rompió el silencio, avanzando.  

Y, lentamente, alzó la vista.  

Odelli tomó una decisión.  

«Lo observaré.»  

«Me quedaré a su lado.»  

«Llenaré ese vacío en su memoria, no conmigo, sino con cualquier otra cosa.»  

Sus ojos, visibles bajo una túnica gastada, se fijaron únicamente en él.  

—Vengo a proponer un trato, Su Alteza.  

Rudville respondió con lentitud.  

—¿Un trato? —su tono era seco y aburrido.  

No parecía importarle quién estuviera frente a él.  

—¿De qué clase? —preguntó, como desafiándola a hablar.  

No había expectativas, ni cautela. Solo una respuesta automática, como tantas otras veces.  

—… No es algo que pueda discutirse aquí.  

Rudville esbozó una sonrisa burlona.  

—Claro. La apariencia misteriosa con capucha, la historia secreta, la condición de estar a solas… Todas las que se hacen llamar Santas o Princesas caídas empiezan igual.  

—Yo no…  

—¿También dirás que eres la mujer que busco? —preguntó, sin siquiera mirarla.  

—…  

Ella no respondió.  

Ante el silencio, Rudville giró la cabeza, como si todo le resultara tedioso.  

—Creo que es hora de terminar el banquete.  

Y, descaradamente ignorándola, se levantó.  

Odelli se quedó sin palabras.  

—…  

«Quiero decirte que soy la persona que buscas.»  

Pero no podía hacerlo.  

Odelli no viviría más allá de los veintinueve.  

Con apenas cinco años de vida, era una sentenciada.  

Si Rudville volvía a encariñarse con ella…  

Sería condenarlo de nuevo a la perdición.  

Rudville pasó junto a ella.  

Como si el mar se abriera ante un milagro, la multitud hizo silencio y le abrió paso.  

Su capa negra ondeó con indiferencia sobre el tapete rojo.  

Odelli lo miró durante largo rato, en silencio.  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

Mientras tanto, Rudville abandonó el salón y caminó por un largo pasillo sin rumbo.  

A medida que la música y las risas se alejaban, el vacío en su pecho se hacía más denso.  

«¿Cuándo empezó?.»  

«¿Cuándo empezó el mundo a desmoronarse?.»  

Un hombre nacido esclavo, que escaló desde el fondo más bajo del Imperio.  

El Gran Duque de Exion, gobernante de las tierras más hostiles al norte.  

Con solo la ferocidad grabada en su sangre, había derribado miles de enemigos y cortado cientos de conspiraciones.  

Pero…  

«…Qué fastidio.»  

No sabía por qué, pero así era.  

Comandar tropas, jurar lealtad al Imperio.  

Ganar, conquistar, gobernar.  

Repetir, una y otra vez.  

En algún momento, todo perdió sentido.  

«¿Por qué luché tan ferozmente?.»  

«¿Por qué arriesgué mi vida?.»  

Hablar, moverse, respirar… todo se sentía como una cáscara vacía.  

Las voces de la gente sonaban distantes, como si vinieran desde detrás de un muro.  

Y esa sensación era insoportable.  

Como si hubiera olvidado algo crucial.  

Algo por lo que valdría la pena morir antes que perderlo…  

—Ugh.  

De pronto, un dolor agudo lo hizo tambalearse.  



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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