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Capítulo 4

Odelli regresó a su habitación y contempló el anillo con expresión angustiada durante un largo rato.  

Era el anillo que él nunca se quitaba, ni un solo día.    

Ella había creído que era un símbolo de promesa compartido con su amante.  

«¿Por qué está grabado mi nombre?»  

No había ninguna razón… absolutamente ninguna.  

{—Me daba igual quién fuera.  

—Tú eras la que más se ajustaba a las condiciones.  

—¿Es todo lo que tienes que decirme?}  

Había sido cruel, tan cruel que no dejó espacio para el arrepentimiento.  Si no era por su amante, ¿por qué había buscado a Odelli Kardel?  

Su mente estaba repleta de él.  

Aquella fría mirada que la observaba desde arriba.  

Su espalda alejándose tras abrir la puerta de la mazmorra. 

El beso en la boda.  

Hasta sus últimas palabras: que nunca volverían a verse…  

Entre el caos de emociones revueltas, sin darse cuenta, Odelli acarició el anillo con los dedos.  

Y en ese instante, ocurrió.  

Un destello iluminó la habitación oscura.

Al bajar la mirada, vio un resplandor azul surgir del anillo de Rudville.  

Más precisamente, de la gema azul incrustada en él.  

Hasta ahora, había creído que era solo un zafiro. 

«¿No era una gema común?» 

Si era así…  

Odelli dudó un momento antes de colocar el anillo en su dedo con manos temblorosas.  

Era demasiado grande, apenas logró ajustarlo en su pulgar cuando…  

Sus “recuerdos” la inundaron.  

  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

Como si una niebla blanca se elevara, su visión se nubló.  

Poco a poco, la neblina se disipó, revelando un paisaje desconocido.  

O, más bien, no tan desconocido.  

«¿Este lugar es…?»  

Odelli detuvo sus pasos.  

Contuvo la respiración y tensó todo su cuerpo.  

Era nada menos que la mansión de la familia Kardel.  

El laboratorio subterráneo conectado a la “Habitación Secreta” donde Odelli había estado encerrada toda su vida.  

En ese momento, un sonido metálico de cadenas captó su atención.  

Al girar la cabeza, vio a alguien en un estado espantoso.  

Un joven, desplomado y atado a una silla.  

Su piel, quizá contaminada por energía maligna, estaba ennegrecida y agrietada en partes.  

Su cabello rubio, empapado de un rojo tan intenso que apenas se distinguía su color original.  

Y entre esos mechones, unos ojos violeta brillantes, como los de una bestia.  

«… ¿Rudville?» 

Odelli abrió los ojos desmesuradamente.  

«¿Por qué está él…?»  

Con mirada confusa, observó al joven, que parecía tener poco más de quince años.  

Claro, Odelli no había sido la única encerrada en ese laboratorio subterráneo en el pasado.  

La familia Kardel periódicamente traía esclavos para usarlos como sujetos de experimentación.  

Para realizar sin problemas los “rituales de purificación” en los que insertaban “impurezas” en el cuerpo de Odelli, era esencial contar con pruebas clínicas.  

«Pero si él pasó su infancia aquí, ¿cómo es que no lo recuerdo?»  

Odelli lo había visto por primera vez seis años atrás, durante el Día del Guardián.

Antes de eso, solo conocía su infame reputación como el “Gran Duque de Hierro y Sangre”, extendida por todo el Imperio.  

Mientras trataba de entender qué ocurría, escuchó la conversación de los investigadores.  

—El cuerpo no resiste la contaminación. Preparen el siguiente espécimen.  

Una voz fría resonó en el lugar.  

Los investigadores llamaban a Rudville ‘RU-39”.  

Era el sujeto experimental número 39, destinado a colapsar. 

El joven permanecía en silencio.  

No gritaba, ni suplicaba por su vida.  

Solo abría y cerraba los ojos.  

Fue entonces cuando…  

—¿Y la maldición de los Lowell? ¿Sigue activa?  

—Se está expandiendo. Si tardamos más, la familia Lowell comenzará a sospechar de la barrera ancestral.  

—Debemos usar el elixir antes de que sea tarde.  

Odelli siguió la mirada de los investigadores.  

Allí, encogida, había una niña pequeña y frágil. 

Era, sin duda, su “yo” del pasado.  

«La maldición de los Lowell… Ah, lo recuerdo.»  

Odelli siempre había sido usada como elixir para purificar impurezas.  

El alcance de estas era amplio:  

Maldiciones, enfermedades, energía maligna, locura, semillas de calamidad… todo lo dañino del mundo.  

En ese entonces, a Odelli le inyectaban las maldiciones directamente.  

El objetivo era que las purificara dentro de su cuerpo.  

Entre ellas, la maldición de los Lowell era especialmente dolorosa. 

El calor abrasador la hacía sentir como si su cuerpo se consumiera, y al abrir los ojos, siempre veía lugares distintos:  

El laboratorio, la Habitación Secreta, el laboratorio, la Habitación Secreta…  

Los días transcurrían con su ropa empapada de sudor frío y sin fuerzas ni para mover un dedo.  

Pero…  

«¿Por qué no recuerdo a Rudville?»  

Ahora, los dos estaban encerrados en habitaciones separadas por un muro.  

Eso no formaba parte de sus recuerdos.  

Sin embargo, todo lo demás coincidía con lo que había vivido.  

Las maldiciones que debía soportar.  

Las enfermedades que debía purgar. 

La energía maligna que debía absorber.  

Todos los experimentos…  

«¿De verdad estuvo Rudville aquí en su infancia?»  

Decidió observarlos.  

Rudville y Odelli eran conscientes el uno del otro a través del muro.  

Escuchaban su respiración.  

Algunos días era tranquila, otros, agitada.  

Cuando la escuchaban entrecortada, ambos sabían que el experimento de ese día había sido terrible.  

Hasta que, un día…  

TOK.  

Odelli, agachada en el suelo, golpeó la pared con la punta de los dedos. 

Un gesto sin significado ni contexto.  

Un sonido que debería haber terminado ahí.  

Pero entonces… 

TOK.  

Una respuesta vino del otro lado.  

Odelli se quedó inmóvil un instante antes de pegar la oreja a la pared y golpear de nuevo, esta vez con más fuerza.  

Y, de igual modo, Rudville, apoyado contra el muro, respondió. 

TOK-TOK.  

Sin darse cuenta, ese silencioso “diálogo” se convirtió en una rutina que confirmaba que seguían vivos. 

TOK, golpeaba la esclava.  

TOK, respondía la ofrenda.  

No intercambiaban palabras ni miradas, ni siquiera sabían sus nombres, pero a través de ese muro, se sentían.  

Su única conexión permitida.  

La única forma de decirse: “Estoy aquí”.  

Un día, mientras los investigadores estaban ausentes…  

Tras los silenciosos golpes, llegó un sonido nuevo: 

—… No mueras.  

No era un ruego por vivir, ni una promesa de sobrevivir juntos.  

Solo eso: “No mueras”.  

Las primeras palabras de Rudville.  

Odelli, sentada contra la pared con la respiración agitada, sonrió burlonamente y respondió:  

—Tú morirás primero.  

—…  

—Eres mi sujeto experimental. La familia te trajo aquí para prolongar mi vida al máximo… ¿No lo sabías? 

 

Sus palabras, murmurradas con ironía, sonaban casi como una confesión.  

Un silencio breve siguió.  

—Entonces, es un alivio.  

«¿Acaso me odia por eso?»  

Odelli, con los ojos cerrados y mordiendo los labios, se detuvo de golpe.  

—… ¿Qué es un alivio?  

—Significa que tú podrás vivir más que yo.  

Ella replicó, como si la idea le pareciera absurda:  

—¿De qué sirve vivir mucho en un lugar como este? 

 

—No lo sé… Pero tú vivirás.  

Su respuesta no contenía emoción alguna.  

Como si la vida de un esclavo no tuviera valor ni motivo para ser protegida.  

Así transcurrieron los días.  

A veces, Rudville reía a carcajadas; otras, lloraba en silencio sin que Odelli lo supiera.  

Desde que comenzaron a hablar, sus expresiones se volvieron más variadas.  

Separados por un muro, dependían solo de su respiración y unas pocas palabras.

  

Y así pasaron diez años.  

Veinticinco años.  

Odelli intuía que le quedaba poco tiempo.  

Una noche, tras soportar los experimentos de siempre… 

 

Ese día, la vigilancia de los investigadores era más laxa.

  

Esa misma noche, Odelli abrió la puerta del laboratorio donde estaba Rudville y entró.  

—… ¿Odelli?  

Era la primera vez que se veían las caras.  

Pero la suya estaba tan cubierta de sangre que apenas se distinguían sus facciones.  

—¡Odelli!  

De pronto, Odelli tambaleó y cayó. Rudville, por reflejo, se levantó y la atrapó en sus brazos.  

Sus pulmones, dañados, hacían que escupiera sangre con cada respiración, y su aliento se volvía cada vez más irregular.  

Aun así, Odelli no se detuvo.  

—Quédate quieto… un momento.  

Apoyó su frente contra su pecho y colocó la punta de sus dedos sobre su corazón.  

Una luz dorada de purificación brilló. 

 

La toxicidad que fluía por sus venas.  

Las cicatrices de los experimentos incrustadas en sus tejidos.  

Las grietas en su magia y el daño a sus nervios.  

Todo el dolor que sentía al respirar… desapareció en un instante, “purificado”.  

Rudville se quedó paralizado, mirándola con expresión atónita. 



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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